Cruces y sombras Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—Soledad no era ninguna santa, inspector —dijo al fin, con una honestidad cruda que solo el duelo prolongado terminaba concediendo—.

Trabajaba en ese club porque no le quedaba otra, con dos niños que mantener y un ex marido que nunca aportó ni un euro en cinco años.

Pero era buena persona. La mejor hermana que se puede pedir, la que siempre llegaba con algo de comer cuando yo pasaba apuros, la que nunca dejó que sus hijos supieran de dónde salía el dinero.

—Eso es lo único que de verdad importa, Yolanda. Lo demás, se lo aseguro, no pesa nada en la balanza cuando uno mira las cosas con la distancia suficiente.

Se quedó un momento más, en silencio, acompañándola frente a la tumba, el sol de media tarde calentando las lápidas cercanas, antes de despedirse con un apretón de manos y dejarla a solas con su duelo, consciente de que había visitas que un policía debía hacer no por procedimiento, sino porque algo en la propia conciencia lo exigía sin excepciones.

En las oficinas portuarias del terminal de contenedores, esa misma mañana, Anke Müller, al frente de varios agentes de UHEDO, esposó a Luis Guedes mientras dos compañeros suyos observaban la escena desde la distancia, sin atreverse a intervenir ni a levantar la voz en su defensa.

—Esto es un error. Llevo veinte años trabajando en este puerto sin una sola queja — protestó Guedes, el rostro congestionado de indignación fingida.

—Veinte años de nóminas dobles a través de una consignataria fantasma dicen lo contrario, señor Guedes —respondió Anke, sin alterarse, revisando un documento con la misma frialdad metódica con la que abordaba cada operativo—.

Tiene derecho a un abogado. Le recomiendo que lo use, y que lo elija bien, porque va a necesitarlo.

Sara Brito, algo apartada, observaba la detención con la satisfacción tranquila de quien cierra un capítulo que llevaba días persiguiendo sin descanso, aunque sabía, por experiencia acumulada en años de este oficio, que alguien más ocuparía ese hueco en el engranaje portuario antes de que terminara la semana, porque la codicia, a diferencia de los hombres concretos que la encarnaban, nunca terminaba de jubilarse del todo.

*

Ingrid Asland llevaba tres días sin apenas dormir, encerrada en la sala de archivo de la oficina de UHEDO con la pequeña pieza de piedra pulida que habían encontrado entre los objetos del altar de Bethencourt, la misma que Sara le había enseñado a Paco días atrás sin conseguir situarla del todo.

La había fotografiado desde todos los ángulos posibles, había medido cada grabado con un calibre de precisión, había comparado la composición mineral con muestras de sus propios archivos y con bases de datos de media docena de museos europeos con los que UHEDO mantenía colaboración permanente.

Noruega de nacimiento, criada en Bergen entre los libros de historia antigua de su padre, arqueólogo de formación aunque reconvertido en profesor de instituto por necesidades económicas familiares, Ingrid había heredado de él tanto la pasión por el pasado como la incapacidad casi patológica para dejar un enigma sin resolver.

Su llegada a UHEDO, tras un doctorado brillante sobre iconografía mediterránea de la Edad del Bronce, había supuesto para el equipo de Sara Brito una inyección de conocimiento que en más de una ocasión había resultado decisiva para cerrar casos que, sin su intervención, hubieran quedado varados en la mera intuición policial.

Los grabados de la pequeña piedra no correspondían a ningún estilo aborigen canario documentado, ni tampoco a la iconografía templaria que Melián había intentado imponerle en su propia narrativa delirante.

Las líneas, entrelazadas en un patrón que Ingrid reconoció, tras horas de comparación, como emparentado de forma lejana con ciertos símbolos fenicios encontrados en yacimientos del Mediterráneo oriental, sugerían un origen mucho más antiguo y mucho más lejano de lo que cualquiera hubiera imaginado al ver aquel objeto modesto entre las pertenencias de un asesino en serie.

—Sara, esto no tiene sentido si lo miramos solo desde Canarias —le dijo, por fin, una madrugada, cuando ya casi había perdido la cuenta de las horas invertidas—.

Si mis comparaciones son correctas, y todavía necesito una segunda opinión antes de afirmarlo con rotundidad, esta pieza podría tener un origen mediterráneo, quizás fenicio, quizás más antiguo todavía.

La pregunta que no consigo responder es cómo demonios terminó en manos de un profesor de Historia canaria con obsesiones templarias, y esa pregunta, mucho me temo, nos va a llevar bastante más lejos de lo que ninguno de nosotros esperaba.

Sara se quedó mirando la fotografía ampliada en la pantalla del ordenador, sintiendo esa mezcla particular de fascinación y desasosiego que solo el verdadero misterio histórico era capaz de despertarle, consciente de que aquel pequeño objeto de piedra, encontrado casi por casualidad entre los despojos de una tragedia humana, podría terminar abriendo una investigación que trascendería con mucho el caso que todavía los mantenía a todos en vilo en Gran Canaria.