Capítulo 8 #2
El nombre de Emilio Melián no pertenecía a nadie.
Lo había construido pieza a pieza, años atrás, como un segundo yo administrativo: una cuenta bancaria, una dirección de correo, un currículum académico ficticio lo bastante creíble como para firmar con él facturas, alquileres y, cuando hizo falta, una coartada de última hora frente a la propia Policía que ahora lo interrogaba.
Ser Melián le permitía, además, algo que Bethencourt necesitaba casi tanto como la propia violencia: la fantasía de un rival a su altura, alguien tan versado como él en la misma materia, alguien digno, por fin, de compartir tribuna.
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Paco se levantó despacio, sin la sensación de victoria que había esperado sentir dos noches atrás en la boca de aquella cueva.
Tenía, detenido y esposado frente a él, a un hombre capaz de matar, pero no al que había matado.
Y tenía, además, una pregunta nueva y mucho más peligrosa que cualquiera de las anteriores, una que no pensaba compartir todavía ni con Fernández ni con nadie: ¿quién, en su propio entorno, había podido avisar a Melián?
—Llévenselo —dijo, sin mirar atrás, saliendo de la sala con el peso de esa pregunta instalándose en su estómago con más fuerza que ninguna herida recibida en los últimos meses.
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En el Instituto Anatómico Forense, esa misma tarde, Rodolfo celebraba, con una bolsa nueva de patatas fritas, esta vez de jamón serrano, un jaque mate por fin conseguido contra su ayudante, que se llevaba las manos a la cabeza con resignación cómica ante el tablero de ajedrez que llevaba días presidiendo, sin ganador, una de las estanterías del despacho.
—¡Veintitrés años esperando este momento! —exclamó, exultante, golpeando suavemente la mesa con la palma abierta—. Que quede constancia: el maestro ha superado al aprendiz. Que alguien lo anote en un acta notarial, por favor.
Paco, que pasaba por el pasillo a firmar el cierre definitivo del expediente forense, se asomó a la puerta con una sonrisa cansada que, por primera vez en semanas, no le costaba ningún esfuerzo sostener.
—Veo que aquí, al menos, alguien sí que cierra sus casos a tiempo.
—Cuestión de paciencia, Paco. Y de patatas al jamón, que ya veo que al final le hice caso a tu consejo de hace unas semanas —dijo Rodolfo, ofreciéndole la bolsa con gesto generoso.
Paco cogió un par, se las llevó a la boca, y por primera vez en semanas, la sonrisa le salió sin ningún esfuerzo, sin la sombra pesada del caso arrastrándose detrás de cada gesto cotidiano.
En una sala fría de Asuntos Internos, sin ventanas, con la grabadora encendida sobre la mesa, dos agentes revisaban un listado impreso de llamadas y mensajes frente a Verdejo, que llevaba ya media hora sentado en la misma postura rígida, las manos entrelazadas sobre la mesa metálica.
—Inspector Verdejo, tenemos registro de al menos seis encuentros con el concejal Manuel Lasanta en las últimas tres semanas —dijo el primer agente, sin levantar la vista de sus papeles
—. ¿Quiere explicarnos la naturaleza de esas reuniones?
Verdejo se retorció las manos bajo la mesa, donde nadie podía verlas, buscando desesperadamente una explicación que sonara mínimamente convincente y no encontrando ninguna.
—Conocidos de toda la vida. Coincidimos en el barrio, de jóvenes —intentó, con la voz apenas firme.
—Curioso que esos «conocidos de toda la vida» se reúnan siempre de noche, en aparcamientos, y siempre después de que usted haya tenido acceso a información sensible del caso Arcángel —replicó la segunda agente, sin ninguna hostilidad en el tono, lo que de algún modo resultaba todavía más devastador que cualquier reproche directo.
El silencio se alargó, incómodo, hasta que por fin Verdejo habló, con la voz quebrada de quien ya no tiene nada que perder disimulando ante nadie.
—Quería que alguien, por una vez, notara que yo también sirvo para algo en esta comisaría. Nada más. No pensé que le estuviera haciendo daño a nadie, solo... dándome a mí mismo una oportunidad que aquí dentro nunca me han querido dar, en once años de servicio sin un solo reconocimiento de verdad.
La agente apagó la grabadora sin decir nada más, un gesto que resultó más demoledor que cualquier reprimenda verbal, dejando a Verdejo solo con el eco de su propia confesión y la certeza, ya inevitable, de que su carrera policial había llegado a su fin de un modo mucho más silencioso de lo que jamás hubiera imaginado en sus fantasías de reconocimiento.
*
En el cementerio de Vegueta, ante una tumba sencilla con flores ya algo marchitas por el sol de las últimas semanas, Yolanda, la hermana mayor de Soledad Pérez, colocaba un ramo nuevo de claveles blancos cuando vio acercarse a Paco por el sendero de tierra, sombrero en mano, con ese andar pausado que solo adoptaba en los lugares donde sabía que las prisas resultaban una falta de respeto.
—Inspector. Vi las noticias. Dicen que ya han cogido al que lo hizo.
—Así es. No le devuelve a su hermana, lo sé. Pero al menos no volverá a hacerle esto a nadie más, y eso, aunque no sea suficiente, es algo.
Yolanda asintió despacio, la mirada fija en la lápida, en el nombre grabado en la piedra que todavía le costaba leer sin que se le formara un nudo en la garganta.