Capítulo 8
Bethencourt, esposado, fue conducido hacia un coche patrulla mientras la luz del amanecer, todavía tímida sobre las crestas del barranco, empezaba a teñir de un naranja pálido las rocas volcánicas que horas antes habían sido testigo mudo de la confrontación.
Fernández, que rara vez se dejaba ver en el lugar de los hechos, prefiriendo coordinar desde la distancia de su despacho, llegó en persona a Guayadeque en cuanto recibió la confirmación de que el operativo había concluido sin bajas, algo que en sí mismo decía mucho de la tensión acumulada durante los últimos meses de aquel caso.
—La Jefatura Provincial ya está preparando una rueda de prensa —le dijo a Paco, que seguía sentado sobre una piedra, el brazo vendado de forma improvisada por uno de los sanitarios que había subido con el primer grupo de refuerzo—. Ahora resulta que Betancor siempre confió en ti.
—Dile que se quede con la foto. A mí me sobran los focos, Fernández. Y dile también que revise quién le pasaba información a Lasanta desde dentro.
Fernández asintió despacio, sin necesidad de que le explicara nada más. Llevaba días sospechando lo mismo, atando cabos que ahora, con la confirmación de Paco, cobraban todo el sentido que antes se resistían a tener.
Carmela se acercó, todavía temblando un poco por la descarga de adrenalina, con una manta térmica sobre los hombros que alguien le había colocado sin que ella se diera del todo cuenta.
Un poco más allá, apoyada contra el lateral de un coche patrulla, Thais fumaba un cigarrillo con manos que ya no temblaban tanto, observando la escena con una calma que ya no tenía nada que ver con la barra de un club, como si aquella noche la hubiera transformado en una versión de sí misma que apenas empezaba a reconocer.
—Jefe... gracias —dijo Carmela, la voz todavía algo rota.
—Gracias a ti. Le has ganado el pulso a un cuchillo, Carmela. Vas a ser una inspectora de las buenas. De las que no se rinden.
Paco se acercó después a Thais, caminando despacio, notando cada uno de los golpes recibidos en las últimas semanas concentrarse de repente en un cansancio que ya no podía seguir ignorando.
—Sin usted todavía estaríamos leyendo cruces sin saber qué decían, Thais. Si algún día se cansa de las copas, la comisaría necesita gente que sepa traducir cosas que el resto no entendemos.
—Lo pensaré, inspector —sonrió ella, cansada pero satisfecha, dando una última calada antes de apagar el cigarro contra la suela del zapato, un gesto que ya empezaba a resultarle casi ritual—. Aunque después de esta noche, cualquier turno en el Eros me va a parecer tranquilo en comparación.
*
Dos días después, en una sala de interrogatorios de la comisaría que Paco conocía mejor que su propio salón, Ezequiel Bethencourt, ya sin la túnica ceremonial, vestido con un simple mono gris de detenido, esposado a la mesa metálica, había perdido buena parte de la compostura que había mostrado en la cueva.
Llevaba dos días sin dormir apenas, según el informe del calabozo, y las ojeras le daban un aspecto todavía más desencajado.
—Cuatro mujeres muertas, Bethencourt. Rebeca con Jegudiel en la boca, aunque tardamos ocho años en encontrarlo. Soledad con Jeremiel. Cristina con Miguel. Marta con Rafael.
¿Dónde estaba usted cada una de esas noches? —preguntó Paco, sentado frente a él, la grabadora encendida sobre la mesa entre ambos, Carmela de pie junto a la puerta con los brazos cruzados.
—Ya se lo he dicho cien veces. No sé nada de esas mujeres.
Yo no he matado a nadie — respondió Bethencourt, la voz quebrándose, sin el aplomo académico que había exhibido en la cueva—.
Esta noche iba a ser la primera vez. Se lo juro.
Aunque si busca a Gabriel, inspector, tampoco lo va a encontrar en mí.
Ese arcángel, por lo que yo leí en sus páginas, nunca llegó a interesarle al verdadero autor.
Lo saltó a propósito, como quien deja una casilla vacía en un tablero solo para que el contrario se pregunte por qué.
—Tiene usted un altar idéntico al de cuatro escenas de crimen, una cruz forjada a mano y un manifiesto que habla del mismo ritual, palabra por palabra. Explique eso, si no le importa.
Bethencourt guardó silencio un largo instante, calculando, con los restos de su orgullo académico, cuánto podía contar sin hundirse todavía más.
—No es un manifiesto mío. Lo encontré hace meses, en el departamento.
Alguien lo dejó olvidado, o quiso que lo encontrara, no lo sé.
Cuarenta páginas de un genio que había resuelto lo que yo llevaba veinte años intentando entender sin conseguirlo del todo: cómo devolverle a esta tierra la pureza que perdió hace siglos.
Lo copié, lo estudié hasta memorizármelo.
Y cuando empezaron a aparecer los cadáveres con las medallas de los arcángeles, supe que aquello no era teoría.
Que alguien ya lo estaba llevando a la práctica.
—¿Y decidió unirse a la fiesta? —intervino Carmela, sin disimular el asco en la voz.
—Decidí que si él podía hacerlo, yo también.
Que llevaba toda la vida a la sombra de otros, publicando artículos que nadie citaba, mientras alguien con la mitad de mi talento se atrevía a escribir la historia con sangre en vez de con tinta.
Quería demostrarle, demostrármelo a mí mismo, que yo también era capaz.
—Sabe perfectamente de quién hablo cuando digo Emilio Melián, Bethencourt. Llevamos semanas con su nombre subrayado en cada pizarra de esta comisaría. ¿Cuándo fue la última vez que habló con él? —preguntó Paco, inclinándose hacia adelante, cada palabra pesando más que la anterior.
—Hace meses que no cruzamos más de un saludo en el pasillo de la facultad. Nunca le confesé que tenía su manifiesto, ni que sospechaba de él. ¿Cómo iba a hacérselo saber, inspector? Hubiera sido como avisarle de que alguien le pisaba los talones.
—Entonces explíqueme una cosa, Bethencourt.
Teníamos un dispositivo preparado en esa cueva desde hacía tres días, con la fecha exacta que figuraba en el propio manifiesto que usted dice haber copiado.
La persona a la que estábamos esperando tenía nombre y apellido, y no era el suyo.
¿Cómo es que apareció usted en su lugar, la misma noche, en la misma cueva?
Bethencourt palideció, y por primera vez desde que había empezado el interrogatorio, algo parecido al miedo real, no al miedo a la cárcel sino a algo más profundo, le cruzó el rostro.
—No lo sé. Se lo juro. Yo elegí esa cueva por mi cuenta, hace semanas, estudiando los mismos planos que él debió de estudiar.
Nunca pensé que pudiera coincidir con… —se detuvo, la voz reducida a un hilo—.
¿Y si él también iba a venir esa noche, inspector?
¿Y si alguien le avisó de que ustedes estarían esperando?
Paco no respondió a eso. Se quedó muy quieto, con una pregunta abriéndose paso entre todas las demás, mucho más incómoda que cualquier respuesta que Bethencourt pudiera darle: si alguien había avisado a Melián, ¿quién, dentro de su propio operativo, había tenido acceso a esa fecha y a esa cueva?
—¿Y Thais Romero? —intervino Carmela desde la puerta, cambiando de tercio—. Su fotografía apareció en el trastero de Melián, sin tachar todavía. ¿Sabe usted algo de ella?
—Nunca he oído ese nombre en mi vida —respondió Bethencourt, con una honestidad que, por primera vez en toda la entrevista, sonaba del todo genuina—. Le prometo que mi obsesión empieza y termina en esas páginas que encontré. No sé nada de las mujeres reales detrás de los nombres.
*
Todo lo que Ezequiel Bethencourt acababa de declarar era mentira, con la única excepción, cuidadosamente calculada, del nombre de Emilio Melián.
Llevaba dos noches puliendo esa versión en su cabeza, sentado en el calabozo, consciente de que la verdad —que el manifiesto no lo había encontrado él, sino que lo había escrito él mismo, veinte años atrás, en los márgenes de una tesis doctoral que nadie quiso dirigirle— no le serviría de nada frente a un investigador con la paciencia y la memoria de Paco Figueroa.
Había sido, en su día, un estudiante brillante, de los que prometen cátedra antes de cumplir los treinta.
Pero la universidad, como cualquier otro ecosistema cerrado, tenía sus jerarquías, y Bethencourt descubrió pronto que el talento, sin el padrinazgo adecuado, apenas alcanzaba para ocupar plazas de interino que se renovaban año tras año sin llegar nunca a consolidarse.
Vio cómo colegas con la mitad de su rigor conseguían cátedras, proyectos financiados, portadas de suplementos culturales, mientras él acumulaba rechazos de revistas y la certeza, cada vez más amarga, de que la isla que llevaba media vida estudiando —sus templarios apócrifos, sus linajes secretos, sus órdenes que sobrevivían tres expulsiones para volver siempre a la misma esquina— no le debía a él ningún reconocimiento.
El primer asesinato, ocho años atrás, no había sido un ritual.
Fue, en su recuerdo distorsionado por la propia necesidad de justificarse, casi un accidente: una discusión con una antigua alumna que había osado cuestionar públicamente una de sus teorías, una discusión que se torció, que se le fue de las manos, y que terminó con un cuerpo que ya no tenía remedio y con una decisión, tomada en el pánico de aquella misma noche, de convertir el error en mensaje.
Fue entonces cuando recordó sus propios apuntes sobre los arcángeles, sobre las cruces patadas, y decidió que si iba a cargar con aquello el resto de su vida, al menos lo haría dejando una huella que la historia, tarde o temprano, tendría que estudiar.