Cruces y sombras Capítulo 7
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Capítulo 7

El Barranco de Guayadeque separa los municipios de Ingenio y Agüimes como una cicatriz profunda tallada en la piedra volcánica de la isla, un cañón de paredes abruptas horadadas por siglos de agua y viento que los antiguos canarios, mucho antes de que ningún castellano pusiera un pie en Gran Canaria, habían convertido en su necrópolis más importante.

Cientos de cuevas artificiales y naturales salpicaban sus laderas, algunas todavía visibles desde el sendero principal, otras ocultas tras matorrales que solo alguien que conociera el terreno palmo a palmo sería capaz de encontrar sin ayuda de un guía.

Bethencourt conocía aquel lugar mejor que cualquier guía turístico de la zona.

Llevaba años investigando sus cuevas con el pretexto académico de catalogar restos arqueológicos, un pretexto que, cierto o no, le había franqueado el paso a rincones que ningún otro estudioso de la isla había pisado jamás.

Nadie, ni siquiera sus colegas de facultad más cercanos, sabía qué hacía allí en realidad, ni con qué frecuencia, ni desde cuándo.

*

Paco llegó primero a la boca de la cueva, con Carmela pisándole los talones y Matías cerrando la marcha, la linterna todavía apagada colgando de su cinturón, guiándose los tres por el resplandor tenue que se filtraba desde el interior.

El aire, al acercarse, olía a cera quemada y a algo más antiguo, un aroma mineral y seco que parecía impregnar la piedra volcánica desde hacía siglos.

Al llegar a la entrada, vieron el interior: velas dispuestas en un semicírculo, un altar improvisado con piedras volcánicas apiladas con precisión geométrica, cuatro medallas ya colocadas en fila sobre un paño oscuro, un espacio vacío marcado con tiza para una quinta que, por suerte, todavía no había llegado a ocupar nadie.

Bethencourt, de rodillas ante el altar, vestía una túnica improvisada de lino oscuro con la cruz patada bordada en el pecho con hilo dorado, cosida a mano con la misma paciencia obsesiva que había dedicado a cada detalle de aquel ritual.

Se levantó al oír pasos, sin sobresalto, como si llevara toda la vida esperando exactamente ese momento.

—Inspector Figueroa —dijo, sereno, casi feliz, la voz resonando levemente contra las paredes de piedra—. Sabía que llegaría antes de que terminara. Está todo escrito.

Paco avanzó despacio, con las manos visibles, calmando la escena con cada paso, consciente de que un solo movimiento en falso podía precipitar algo que ya no tendría vuelta atrás.

—No hay ningún templario esperándolo al final de esto, Ezequiel. Solo un profesor solo, con demasiados libros y ninguna historia propia que contar.

El rostro de Bethencourt se contrajo, el dolor transformándose en furia con una rapidez que hizo que Carmela, un paso por detrás de Paco, llevara instintivamente la mano hacia su arma.

—¡Mi sangre es más antigua que esta isla entera! —gritó, la voz quebrándose por primera vez en toda la persecución—. Esta ciudad se ha mezclado, se ha corrompido, ha olvidado quién la fundó de verdad. Yo solo devuelvo la pureza a lo que quedó sucio.

—Rebeca Tejada tenía diecinueve años. No purificó nada. Solo la mató.

Bethencourt palideció un instante al oír ese nombre pronunciado en voz alta, en aquel lugar que él consideraba sagrado, pero no fue culpa lo que cruzó su rostro, sino un desconcierto genuino que a Paco, con cuarenta años de experiencia leyendo caras, le costó un instante identificar como auténtico.

Sus dedos, alrededor del mango del cuchillo ceremonial que sostenía junto al altar, se tensaron, más por pánico que por rabia.

—Yo no… yo no he tocado a nadie todavía. Esta iba a ser la primera. Mi primera piedra.

*

Se abalanzó con el cuchillo ceremonial en alto, un movimiento tan repentino que ni siquiera Matías, con todos sus años de entrenamiento, llegó a anticiparlo del todo.

Paco retrocedió un paso, pero el costado, todavía dolorido de la paliza en el puerto apenas unos días atrás, le falló en el último instante: el primer tajo le abrió un corte superficial en el antebrazo cuando lo alzó por instinto para protegerse, un dolor caliente que le recorrió el brazo entero.

Matías se lanzó desde un lateral, intentando sujetar el brazo armado de Bethencourt con ambas manos, pero el profesor, con una fuerza inesperada en un cuerpo tan delgado, una fuerza que parecía nacer de algún lugar más profundo que el simple músculo, se revolvió y lo golpeó con el codo en la sien.

El pescador, sorprendido por la violencia del impacto, cayó contra el altar de piedra, derribando dos de las velas encendidas que rodaron por el suelo esparciendo pequeñas lenguas de fuego que se apagaron casi de inmediato contra la tierra húmeda.

Carmela desenfundó, apuntó, el dedo tenso sobre el gatillo, pero no tenía ángulo limpio: Paco y Bethencourt forcejeaban demasiado cerca el uno del otro entre las sombras que proyectaban las velas caídas, sus siluetas confundiéndose en la penumbra de un modo que hacía imposible distinguir con certeza a quién podría alcanzar un disparo.

—¡Apártate, Paco! ¡No tengo tiro! —gritó, la voz rota por la tensión, dando pasos laterales intentando encontrar un ángulo que no llegaba.

Paco, ignorando el dolor del antebrazo, consiguió sujetar la muñeca de Bethencourt justo antes de que el cuchillo le alcanzara el cuello, deteniendo la hoja a apenas unos centímetros de la piel.

Ambos cayeron al suelo de la cueva, rodando entre las piedras volcánicas del altar improvisado en un forcejeo desesperado, sin ceder ninguno de los dos ni un centímetro de terreno.

Las medallas de los arcángeles se dispersaron por el suelo con el impacto, brillando un instante bajo la única vela que seguía encendida antes de perderse entre el polvo.

Un jarrón de barro, parte del altar, se hizo añicos bajo el peso de los tres cuerpos entrelazados, esparciendo monedas antiguas y fragmentos de cerámica entre la sangre que ya empezaba a manchar la tierra volcánica.

Matías, ya recuperado del golpe, con un hilo de sangre bajándole desde la sien hasta la mandíbula, se incorporó tambaleándose y, con la misma llave que aprendió hace más de treinta años en las COES y que ya había usado una vez contra los hombres de Maka en el puerto, inmovilizó a Bethencourt por la espalda con una precisión que el dolor y el cansancio no consiguieron desbaratar.

Paco, jadeando, aprovechó el instante de inmovilidad para arrancarle el cuchillo de la mano de un tirón y lanzarlo lejos, hacia la oscuridad del fondo de la cueva, donde resonó al chocar contra la piedra.

*

Bethencourt cayó de rodillas, vencido, murmurando frases en un latín entrecortado que ya nadie, ni siquiera Thais desde su posición más abajo en la ladera, se molestaba en traducir.

Carmela, todavía con la respiración agitada, guardó el arma y le puso las esposas con manos que no terminaban de dejar de temblar del todo pese al alivio evidente.

Paco recogió el cuchillo ceremonial del suelo, todavía con los guantes de látex puestos por costumbre, y lo giró bajo la luz de las linternas que ya empezaban a inundar la cueva.

El filo, forjado a mano con innegable pericia, estaba impecable: ni rastro de óxido, ni la más mínima mella que delatara un uso anterior.

Se guardó esa observación para sí, sin decir nada todavía, aunque algo en su estómago, esa misma corazonada que llevaba cuarenta años sin fallarle del todo, empezó a removerse con una inquietud que no encajaba con el alivio que debería estar sintiendo.

Le pidió a Carmela que le enseñara las manos al detenido antes de que se lo llevaran.

Unas manos suaves, de profesor de despacho, sin la más mínima marca de las quemaduras ni los callos que deja años forjando cruces de metal con herramientas de joyería.

Paco no dijo nada en voz alta, pero guardó también esa pieza, en el mismo cajón mental donde guardaba todo lo que todavía no encajaba del todo.

Paco se examinó el corte del antebrazo, superficial, apenas un par de centímetros que ya había dejado de sangrar con abundancia, y se dejó caer un momento contra la pared fría de la cueva, recuperando el aliento junto a Matías, que se frotaba la sien dolorida con una media sonrisa de satisfacción que contrastaba con la gravedad de los últimos minutos.

—Ya son dos veces que te salvo el pellejo este mes, Paco. A este paso me vas a tener que hacer socio de la agencia.

—Te lo has ganado, viejo pirata. Te lo has ganado —respondió Paco, con una risa breve que le costó más esfuerzo del que hubiera querido admitir.

Fuera, en la ladera, ya se distinguían las primeras luces azules acercándose por la carretera de acceso, y el eco de sirenas que se multiplicaban a medida que los refuerzos convergían hacia el barranco.

Thais, que había escuchado los gritos ahogados desde su posición sin atreverse a moverse, sintió que las piernas por fin le respondían y empezó a subir despacio hacia la boca de la cueva, necesitando ver con sus propios ojos que todos estaban bien antes de permitirse respirar tranquila.

Bethencourt, esposado, con la túnica ceremonial rasgada por el forcejeo y la mirada perdida en algún punto indefinido del suelo de la cueva, no ofreció resistencia alguna cuando lo levantaron para conducirlo hacia la salida.

Parecía, más que vencido, extrañamente aliviado, como si una parte de él, en algún rincón que ni sus propios delirios habían conseguido silenciar del todo, hubiera estado esperando ese final desde el principio.

*

—¿Sabes que llevo veintiocho años en el cuerpo y todavía hay compañeros que piensan que llegué a comisaria por cuota, no por mérito? —le dijo Fernández a Paco una noche, ya tarde, compartiendo una copa en su despacho tras otra jornada agotadora de presión política.

—Los que piensan eso no te han visto trabajar de cerca, Inés —respondió Paco, con una franqueza que solo se permitía con ella a esas horas, sin nadie más delante.

—Nací en Cádiz. Mi padre era estibador portuario, mi madre crió sola a cinco hermanos mientras él pasaba media vida embarcado.

Aprendí desde niña que el mundo no regala nada a quien no esté dispuesto a pelear por ello con uñas y dientes.

Entré en la Policía Nacional a los veintitrés, contra la opinión de media familia, que consideraba aquello poco apropiado para una mujer.

Ascendí despacio, destino tras destino, examen tras examen, hasta llegar aquí, a esta comisaría, hace ya seis años.

—Recuerdo el día que llegaste —sonrió Paco, sirviéndose otro dedo de la botella que Fernández guardaba en el cajón para las noches difíciles—.

Yo, escéptico con cualquier jefe nuevo que llegara con ínfulas de reformarlo todo.

Tú, cansada de tener que demostrar tu autoridad ante subordinados que dudaban de tu criterio antes de conocerte siquiera.

—Y aquí seguimos, sin habérnoslo dicho jamás en voz alta, pero confiando el uno en el otro más que en casi nadie más de este edificio.

—Es que tú nunca me has pedido nada a cambio de esa confianza, Inés. Ni ascensos, ni favores, ni el reconocimiento público que tantos otros persiguen con desesperación.

Fernández bajó la vista un momento, sopesando cuánto quería compartir aquella noche particular.

—Casada y divorciada dos veces. Sin hijos, por decisión propia, tomada hace ya casi veinte años.

He aprendido a encontrar en el trabajo la estabilidad que la vida personal nunca me ofreció con la misma generosidad.

Por eso entiendo mejor que nadie tu reticencia a jubilarte del todo, Paco.

Esa mezcla de deseo y pavor ante una vida sin la estructura diaria que este trabajo impone sin pedir permiso.

—¿Y Betancor? —preguntó Paco, cambiando deliberadamente de tema, aunque ambos sabían que la pregunta no estaba tan alejada de la conversación anterior como parecía.

Algo se endureció en la mirada de Fernández, la misma tozudez gaditana que la había sacado adelante en un mundo de hombres que llevaba décadas sin terminar de aceptarla del todo.

—Que llame con sus amenazas veladas, con sus presiones políticas disfrazadas de preocupación institucional.

No pienso ceder ante él, ni ante Lasanta, ni ante ningún político de poca monta que confunda la gestión de una comisaría con un tablero de ajedrez electoral.

Paco levantó su copa en un pequeño brindis silencioso hacia aquella determinación inquebrantable, exactamente lo que necesitaba escuchar aquellas semanas tan difíciles, aunque ninguno de los dos lo dijera jamás en voz tan alta como esa noche.

Se quedaron así un rato más, en el silencio cómplice de dos personas que llevaban demasiados años sosteniendo, cada una a su manera, el peso invisible de una institución que rara vez sabía agradecer a tiempo a quienes de verdad la mantenían en pie.

Fernández, mucho antes de convertirse en comisaria, había aprendido esa lección de su propia madre, sin necesidad de ningún manual.

*

Verdejo se enteró de la detención de Bethencourt por la radio del coche, camino de un servicio rutinario que ya no le importaba lo más mínimo.

Detuvo el vehículo en el arcén, sin poner el intermitente, sin razón aparente para nadie que lo hubiera visto desde fuera, y se quedó mirando el volante durante casi un minuto entero, sin encender de nuevo el motor.

Marcó un número que no tenía guardado en la agenda del teléfono, uno de esos que se sabía de memoria desde hacía tantos años que ya ni siquiera recordaba en qué momento exacto lo había aprendido.

Nadie contestó. Lo intentó una segunda vez, ya de madrugada, desde una cabina junto a una gasolinera cerrada, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y la vista fija en la carretera vacía mientras esperaba los tonos.

Tampoco esa vez respondió nadie.

Guardó las monedas que no había llegado a usar, se subió de nuevo al coche, y condujo el resto del turno con una atención al tráfico mucho más escrupulosa de lo habitual en él, como si concentrarse en la línea blanca del asfalto pudiera de algún modo aplazar todo lo demás que se negaba, todavía, a pensar con claridad.