Cruces y sombras Capítulo 6
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Capítulo 6

Cuatro días. Paco los contó dos veces esa madrugada, apenas unas horas después de la confusión de Guayadeque, sentado al borde de la cama sin conseguir volver a dormirse, mientras Elena respiraba tranquila a su lado, ajena aún al peso exacto de la cifra que llevaba días rondándole la cabeza a su marido.

Cuatro días para entregar la placa. Y ni una sola certeza sobre si el hombre al que habían acorralado en aquella cueva, procesado apenas horas antes por tentativa y nada más, era de verdad quien llevaba meses buscando, o si el auténtico responsable de un ritual de siete ofrendas, quizá ocho, seguía ahí fuera, libre, viéndolo todo desde una distancia segura.

Se levantó despacio, procurando no despertarla, y salió al porche descalzo, con el frío de la madrugada calando a través de las baldosas.

Frankie levantó la cabeza desde su rincón habitual, sin llegar a incorporarse del todo, y volvió a cerrar los ojos en cuanto comprobó que no había ninguna urgencia real que atender.

Semanas atrás, aquel mismo porche era solo un plano en un terreno de plataneras, una promesa de vida tranquila que él y Elena habían dibujado juntos sobre una piedra plana, sin sospechar que su primer mes de propietarios coincidiría, casi hasta el día, con el caso más oscuro de toda su carrera.

*

Carmela lo llamó a las seis y media, la voz cargada de una energía que solo la falta absoluta de sueño podía producir a esas horas.

—Cuatro días, jefe. ¿Ha dormido algo?

—Lo suficiente. ¿Qué tienes?

—Nada seguro todavía sobre Bethencourt. El juez solo nos ha dado margen para la tentativa, no para nada más, y con eso no basta. Pero quería oír su voz antes de que empezara un día más. A veces necesito recordar que no estoy sola en esto.

—Nunca lo has estado, Carmela. Y no lo vas a estar, pase lo que pase estos días que quedan.

Colgaron sin despedirse formalmente, como habían aprendido a hacer durante aquellas jornadas interminables, ahorrándose las palabras que ya sobraban entre dos personas que se entendían casi sin necesidad de terminarlas.

Paco se quedó un rato más en el porche, viendo cómo el cielo empezaba a clarear sobre el valle, calculando, sin poder evitarlo, cuántos amaneceres más como aquel le quedaban antes de que la respuesta, de una forma u otra, terminara llegando.