Capítulo 5
Aquella misma madrugada, con el local ya cerrado, las sillas puestas sobre las mesas y el olor a desinfectante todavía flotando en el aire tras la limpieza nocturna, Paco fue en persona al club Eros a agradecerle a Thais la ayuda que iba a pedirle y encontró, sin buscarla del todo, una excusa para quedarse un rato más de lo estrictamente necesario, sentado en un taburete de la barra vacía mientras ella terminaba de recoger.
—¿Cómo termina alguien con su formación sirviendo copas en un sitio como este, si no le importa que se lo pregunte?
—Estudié Filología Inglesa y Alemana. Trabajé ocho años como traductora jurada, buena vida, buenos clientes —respondió ella, sirviéndose un vaso de agua, sin amargura en la voz, con la calma de quien ya ha hecho las paces con su propia historia—.
Y entonces llegó la Inteligencia Artificial y, en menos de un año, el noventa por ciento de mis encargos habituales desaparecieron.
Empresas que antes me pagaban por traducir contratos empezaron a usar programas gratuitos, y lo que antes me llevaba una semana de trabajo cuidadoso, ahora lo hacen en segundos, aunque lo hagan peor, aunque pierdan matices que a mí me llevaba años aprender a distinguir.
—Lo siento. No imaginaba que fuera tan dramática la situación.
—Nadie lo imaginaba, hasta que nos tocó. Aquí, al menos, la propina la decide el cliente, no un algoritmo —dijo ella, con una sonrisa cansada que no llegaba a ser del todo triste.
Paco le envió esa misma noche, ya desde su propio móvil, las fotografías que habían tomado discretamente del corcho de Melián en su despacho universitario, antes de que el registro formal del trastero les diera acceso a todo lo demás.
Pensó que las habilidades de Thais con los idiomas, los lenguajes y la comunicación podría serle de gran ayuda en su investigación.
No se equivocaba, aunque no del todo en la dirección que él mismo esperaba.
Minutos después, mientras conducía de vuelta hacia la comisaría, el teléfono sonó de nuevo.
—Inspector, hay algo raro en todo esto —dijo Thais, la voz tensa al otro lado de la línea, muy distinta a la calma con la que solía atender a los clientes del club—.
El árbol genealógico y las anotaciones sobre templarios que me pasó, los he cruzado con un manuscrito distinto que circula desde hace meses, sin firma, entre foros de historia local muy minoritarios.
Habla de lo mismo, casi con las mismas palabras: la huida de 1312, la mezcla con los aborígenes, la sangre que sigue corriendo en secreto.
Pero la letra del manuscrito original no coincide con la de las anotaciones de Melián, inspector.
Es una letra distinta. Alguien más conoce esta misma teoría, con el mismo detalle, quizás incluso antes que él.
—¿Está segura de eso, Thais?
—Tan segura como puede estarlo alguien comparando trazos a las tres de la madrugada, inspector. Pero hay una fecha subrayada en el manuscrito original, con tinta distinta, como si la hubieran vuelto a marcar cada pocos días: la luna llena de este mes. Faltan tres días.
Paco detuvo el coche en el arcén, el corazón latiéndole con fuerza contra el pecho ya magullado.
—Tres días. Está bien, Thais. Necesito que me mande ahora mismo una fotografía de esa página, con la fecha marcada. Y le prometo una cosa: en cuanto esto termine, va a poder elegir el trabajo que quiera, sin necesidad de volver a servir una copa más en su vida si no le apetece.
—Cójalo primero, inspector. Ya hablaremos de mi futuro después.
*
Una llamada anónima, recibida esa misma tarde en la centralita y descartada al principio como una broma más de las muchas que el caso ya había atraído, terminó de encajar la pieza que le faltaba a Paco: un hombre, sin identificarse, aseguraba haber visto a Ezequiel Bethencourt, profesor también de la ULPGC y viejo rival académico de Melián, merodear de noche por los accesos al barranco de Guayadeque en más de una ocasión durante las últimas semanas.
Fernández reunió en tiempo récord a una decena de agentes en la sala de operaciones, un mapa de Guayadeque proyectado en la pared con las principales entradas a las cuevas marcadas en rojo.
Paco, con la fecha del manuscrito subrayada en su propia libreta, expuso la situación sin rodeos, la voz firme pese al cansancio acumulado de tantas noches sin dormir bien.
—No tenemos ni una sola prueba sólida contra Bethencourt, más allá de un soplo anónimo y de una rivalidad académica que lleva años enconada.
Pero la fecha marcada en ese manuscrito es esta misma noche, con la luna llena, y no pienso quedarme de brazos cruzados por no tener el nombre del todo confirmado.
Si hay una quinta víctima elegida, cada hora que perdamos es una hora menos para encontrarla con vida.
—Guardia Civil nos presta dos unidades de apoyo para el barranco, dado el terreno — informó Fernández, señalando el mapa—.
Pero la entrada a la cueva es estrecha, según los planos del parque natural.
No podemos mandar a diez personas de golpe sin que se note desde lejos, y si hay alguien dentro y nos oye llegar, no sabemos qué es capaz de hacer antes de que lleguemos hasta él.
—Entramos Carmela, Matías y yo primero, con sigilo.
El resto se queda de cobertura en la ladera y en la carretera de acceso, listos para entrar en cuanto demos la señal.
—Paco, en cuatro días entregas la placa —dudó Fernández, con genuina preocupación asomando a su voz habitualmente firme—.
No hace falta que seas tú el que entre primero.
Podemos mandar a un equipo especializado.
—Precisamente por eso, Fernández. Si algo sale mal esta noche, prefiero que sea a mí a quien le salga mal, no a ninguno de los que se quedan aquí trabajando mañana, con familias y años por delante en el cuerpo.
Fernández sostuvo su mirada un instante, calibrando la determinación de un hombre que llevaba cuarenta años tomando ese tipo de decisiones, y terminó asintiendo, aunque la preocupación no desapareció de su rostro ni por un segundo.
Carmela, en un rincón de la sala, revisaba su arma con manos que no terminaban de estar del todo firmes, aunque nadie más que ella pareciera notarlo.
Era su primer operativo de verdadero riesgo desde que salió de la academia, y por mucho que hubiera imaginado un momento así durante los años de formación, la realidad, con el peso frío de la pistola en la mano y la certeza de que aquella noche podría no salir todo bien, resultaba mucho más abrumadora que cualquier simulacro.
*
El Volvo de Paco subió la carretera del barranco a toda velocidad, los faros iluminando apenas un par de metros de asfalto sinuoso antes de que la oscuridad volviera a tragárselo todo.
Carmela llamaba por radio pidiendo refuerzos, la voz tensa pero controlada, mientras Matías, en un tercer coche que los seguía de cerca, un Seat Panda que había visto tiempos mejores, se negaba a quedarse atrás por mucho que Paco hubiera insistido en que aquello no era asunto suyo.
En una gasolinera de paso, ya en las afueras de Agüimes, habían recogido a Thais, que insistió en acompañarlos pese a las reticencias iniciales de Paco: si aparecía algo más escrito en la cueva, algún fragmento de texto que necesitara traducción inmediata, alguien tenía que poder leerlo sobre la marcha, sin esperar a que un experto llegara desde la capital con las prisas del caso.
Mientras tanto, en su piso de la plaza de la Feria, Elena, sentada en el sofá, el televisor encendido sin volumen porque no soportaba el ruido de fondo pero tampoco el silencio absoluto, el teléfono en la mano, revisaba por enésima vez que tenía cobertura, como si el simple gesto pudiera de algún modo acelerar la llamada que estaba esperando.
Frankie, que se había quedado con ella esa noche porque Paco no había querido dejarlo solo en el piso, apoyaba la cabeza en su regazo, inquieto, gimoteando de vez en cuando como si notara, a su manera animal, la tensión que impregnaba el ambiente.
Marcó el número de Paco. Comunica. Volvió a intentarlo un minuto después. Comunica de nuevo. Dejó el teléfono sobre la mesa y se llevó las manos a la cara un momento, respirando hondo, antes de recomponerse y acariciar a Frankie con una calma que no sentía en absoluto por dentro.
—Un mes, Paco —susurró, más para sí misma que para el perro, la voz quebrándose apenas—. Me prometiste que después de esto ya no habría más noches así.
El teléfono, sobre la mesa, siguió en silencio durante lo que a Elena le parecieron las dos horas más largas de su vida.
*
Silencio absoluto en la ladera del barranco, solo el viento entre los tabaibales rompiendo la quietud de la noche.
Una luz débil parpadeaba en la boca de una cueva alta, apenas accesible desde el sendero principal.
Paco, Carmela y Matías subieron con las linternas apagadas, guiándose más por el tacto de las piedras bajo los pies que por la vista, mientras Thais esperaba un poco más abajo, tal como le había pedido Paco, sentada sobre una roca con el corazón latiéndole con fuerza.
A media ladera, antes de la subida final, Paco se había detenido frente a ella.
—Hasta aquí, Thais. De aquí en adelante es cosa nuestra.
—Llevo dos años sirviendo copas a hombres que se creen con derecho a todo —respondió ella, la voz temblorosa pero sin ceder terreno—.
Si ahí arriba hay algo escrito que solo yo puedo leer, prefiero estar cerca por si hace falta, no en un coche a medio camino mordiéndome las uñas sin poder hacer nada.
—De acuerdo. Pero se queda aquí, en este punto, hasta que la avisemos. Y si oye algo que no le gusta, corre hacia el coche sin mirar atrás. ¿Trato?
—Trato.
Dentro de la cueva, Bethencourt, a medio vestir su túnica ceremonial, se había detenido de golpe unos minutos antes.
Algo en el silencio del barranco había cambiado: un pájaro nocturno que callaba de repente, una piedra que rodaba ladera abajo demasiado lejos para ser casual, el crujido lejano de una rama pisada por un pie que no era el suyo.
Apagó dos de las velas del altar improvisado, dejó solo la más pequeña encendida, y cogió el cuchillo ceremonial de entre los objetos dispuestos con precisión matemática sobre la piedra.
—Todavía no —susurró, casi una plegaria dirigida a nadie—. Todavía no habéis venido a buscarme. Faltan piezas por completar, no puede ser esta noche.
Se agazapó junto a la entrada, escuchando con toda la atención de la que era capaz. Los pasos, todavía lejanos, se acercaban poco a poco por la ladera, inconfundibles ya para un oído que llevaba días esperando, en el fondo, que aquel momento llegara tarde o temprano.
*
Años atrás, en el gimnasio de un antiguo boxeador retirado, en los bajos de un edificio a punto de derrumbarse en El Polvorín, un Luis Altuza mucho más joven se había fijado en un chaval fibroso que golpeaba un saco con más rabia que técnica.
—¿Cómo te llamas, chico? —le había preguntado, apoyándose en las cuerdas del ring improvisado.
—Carlos. Carlos Alberto Maka Domínguez —respondió el muchacho, sin dejar de golpear, sin apenas mirarlo.
—¿Y a qué te dedicas, Carlos Alberto Maka Domínguez, cuando no le pegas a ese saco como si te hubiera hecho algo?
El chaval, entonces con apenas dieciocho años, se detuvo, limpiándose el sudor con el dorso de la mano, calculando cuánto podía contarle a aquel desconocido de traje caro que olía a dinero de verdad.
—Un poco de esto y de aquello. Recados. Alguna papelina cuando hace falta —admitió, sin vergüenza, porque en su barrio la vergüenza era un lujo que nadie se podía permitir—.
Dejé la escuela a los catorce. Mi madre limpiaba oficinas de sol a sol y mi padre solo aparecía por casa para reclamar un plato de comida caliente que no había ganado con nada.
La escuela, en mi entorno, era un lujo para otros.
—Tienes reputación de tipo peligroso —dijo Altuza, estudiándolo con la misma atención con la que estudiaba una buena partida de mercancía.
—La reputación abre puertas, aunque no siempre corresponda del todo con la realidad — respondió el chaval, con una sonrisa que ya anticipaba al hombre en que se convertiría.
Altuza sonrió también, reconociendo en aquel muchacho el material exacto que llevaba tiempo buscando.
—Ven a verme mañana a mi oficina. Te voy a enseñar algo que no está en ningún gimnasio: que la violencia, bien administrada, vale mucho más como amenaza latente que como acto consumado. Un hombre asustado paga sus deudas mucho más rápido que uno con las costillas rotas.
Con los años, Charlie Maka —el apodo que el propio Altuza le puso aquella primera tarde
— se convirtió en algo parecido a un hijo adoptivo para su jefe, aunque ninguno de los dos lo reconociera jamás en voz alta.
Manejó el club Eros con puño de hierro, cobró deudas con una eficacia que rara vez requería violencia real —bastaba su presencia, sus tatuajes, la fama que lo precedía—, y soñó, en sus momentos de mayor ambición, con tener algún día un negocio propio, lejos de la sombra de Altuza, aunque sabía perfectamente que esa independencia, en su mundo, se pagaba casi siempre con la vida.
No era estúpido, pese a las apariencias que cultivaba con esmero.
Sabía leer a las personas mejor que cualquier libro que jamás hubiera abierto: cuándo un cliente mentía sobre su capacidad de pago, cuándo un policía se compraba con un sobre y cuándo había que esquivarlo con perfil bajo.
Su error, la noche en que mandó a sus hombres a intimidar a Paco en el puerto, no fue de cálculo, sino de orgullo: llevaba días sintiendo que aquel inspector a punto de jubilarse le faltaba al respeto simplemente por seguir haciendo su trabajo.
Esa herida de orgullo, más que ninguna orden concreta de Altuza, fue la que terminó llevándolo a cometer el único error verdaderamente grave de toda su carrera criminal.
Meses después, esposado tras la caída de Altuza, Charlie Maka pensaría a menudo en aquella primera conversación en el gimnasio, preguntándose si el chaval de dieciocho años que golpeaba aquel saco con tanta rabia hubiera tomado un camino distinto de haber conocido a otro tipo de hombre aquella tarde.
Aquella tarde en el gimnasio, mucho antes de tatuajes y de fama de barrio, Charlie Maka todavía era, en el fondo, solo un chaval de dieciocho años buscando desesperadamente que alguien, cualquiera, le dijera que valía para algo más que para recibir golpes de un padre ausente.