Capítulo 4 #2
Apenas salió Paco del despacho de la comisaria tras un breve resumen del estado del caso, el teléfono de Fernández volvió a sonar.
En la pantalla, un nombre que ya empezaba a resultarle tan familiar como odioso: comisario provincial Betancor.
Descolgó, poniendo el manos libres sin que se lo pidieran.
—Inés, llevo toda la mañana con el concejal Lasanta al teléfono. Cuatro muertas, un caso mediático, y un inspector que se jubila en menos de una semana al frente de todo. ¿Me quieres explicar por qué sigo sin un solo nombre sobre mi mesa?
—Porque Figueroa está más cerca que nadie que haya tocado este caso, comisario. Y porque un nombre mal dado en rueda de prensa hoy nos puede costar la condena mañana.
—Tienes hasta que Figueroa entregue la placa. Ni un día más, Inés. Después, el caso pasa a otro nombre, y no me hagas decirte cuál, porque ya lo sabes.
Colgó sin despedirse. Fernández se quedó mirando el teléfono en silencio, con la misma sensación de siempre: la de estar sola entre dos fuegos, el de la calle y el del despacho de arriba, ninguno de los dos especialmente interesado en la verdad más allá de sus propias conveniencias.
—Ya lo has oído, Paco —le dijo cuando lo hizo pasar de nuevo—. Tres días. Después, el caso es de otro.
—Dame los tres días. No necesito más.
*
Sara Brito nació en Las Palmas de Gran Canaria cuarenta y dos años atrás, en el barrio de Schamann.
Hija de un policía nacional y de una profesora de instituto, creció entre el respeto por la ley que le inculcó su padre y la curiosidad insaciable por el pasado que heredó de su madre, una combinación que terminaría definiendo toda su carrera profesional de un modo que ella misma, de joven, jamás hubiera imaginado.
Estudió Criminología en Madrid, donde se especializó, casi por azar, en un seminario optativo sobre delitos contra el patrimonio histórico que terminó marcando el resto de su trayectoria.
Le fascinaba la idea de que el crimen pudiera cometerse no contra una persona, sino contra la memoria colectiva de un pueblo entero, contra un pasado que, una vez robado o destruido, no había forma humana de restituir del todo, por mucho dinero o mucha justicia que se aplicara después.
Ingresó en el cuerpo con la vocación clara de dedicarse a ese ámbito tan poco glamuroso como necesario, y tras años de trabajo discreto en distintas unidades europeas, participó en la operación que desmanteló una importante red mafiosa que comerciaba con obras de arte robadas en Oriente Medio, enviándolas a Europa a través de contenedores del puerto de Las Palmas.
El éxito de aquella operación, que le costó casi dos años de vida y una relación sentimental que no sobrevivió a tantas ausencias, le valió el reconocimiento de sus superiores y, con él, la posibilidad de elegir destino para la nueva unidad que se estaba gestando a nivel europeo: la Unit Historica Hereditatem Domini, conocida por el acrónimo con el que pronto empezaría a familiarizarse media Europa, UHEDO.
Eligió su ciudad natal como sede sin dudarlo un instante, en parte por cercanía familiar, en parte porque sabía, mejor que nadie, que el puerto de Las Palmas seguía siendo un punto ciego demasiado tentador para las mafias internacionales.
Dirigía su equipo con una mezcla de firmeza y calidez que generaba una lealtad poco habitual entre subordinados acostumbrados a jefes más distantes.
Anke Müller, su mano derecha desde los primeros años, alemana de Múnich, encontraba soluciones donde Sara veía un callejón sin salida; Ingrid Asland, la noruega de mirada curiosa tras sus gafas de pasta, era capaz de resolver cualquier duda histórica sin apenas pestañear; Jesús Rojas, español, duro y perseverante, aportaba la experiencia de calle que a veces faltaba entre tanto archivo y tanta pieza de museo.
Amante de la naturaleza, solía perderse los fines de semana por los senderos del centro de la isla, caminando durante horas sin más compañía que sus propios pensamientos, una costumbre que sus compañeros respetaban sin llegar a comprender del todo, acostumbrados como estaban a que ella dedicara la práctica totalidad de su tiempo libre a esos paseos solitarios que, según decía, la ayudaban a pensar mejor que cualquier informe sobre su mesa.
Cuando se cruzó con Paco Figueroa aquella mañana en la terminal de contenedores, no pudo evitar reconocer en él algo de su propio padre: esa entrega silenciosa al trabajo bien hecho, sin necesidad de reconocimiento externo, esa tozudez tranquila que tan pocas veces se encontraba ya en un cuerpo cada vez más burocratizado.
No podía saber entonces cuánto llegarían a necesitarse el uno al otro antes de que terminara aquel caso.
*
En la oficina discreta de la Unidad Central de Patrimonio Histórico, sin cartel en la puerta que la delatara desde la calle, con mapas y fotografías de piezas arqueológicas cubriendo las paredes de arriba abajo, Paco entró siguiendo a Sara Brito.
Al fondo, Ingrid Asland revisaba fichas en un ordenador, rodeada de libros apilados en un equilibrio precario, sin apenas levantar la vista al oír la puerta.
—Le debo una por lo de las cámaras del puerto —dijo Paco, sentándose sin esperar a que se lo ofrecieran—. Un nombre. Emilio Melián. Profesor de Historia en la ULPGC. ¿Le suena de algo a su unidad?
Sara cruzó una mirada con Ingrid, que dejó de teclear de golpe, los dedos suspendidos sobre el teclado.
—Melián. Sí —confirmó Ingrid, girándose en la silla—.
Lleva casi dos años en nuestra lista de posibles donantes o préstamos irregulares a pequeños museos de la isla.
Piezas aborígenes que desaparecen de fondos de reserva, casi siempre en museos con poco personal y presupuestos ridículos, y que reaparecen meses después en colecciones privadas, ya sin ningún tipo de registro que permita reclamarlas.
—Nunca hemos tenido pruebas suficientes contra él —añadió Sara—. Es cuidadoso, y siempre hay un intermediario de por medio que se lleva la culpa si algo sale mal. ¿Por qué lo pregunta, inspector? ¿Qué tiene que ver un profesor de universidad con su caso?
—Que ese profesor de universidad puede ser el hombre que llevo semanas buscando — respondió Paco, muy serio, sin ninguna teatralidad en la voz—.
Y si tiene razón con lo de las piezas robadas, puede que ustedes y yo hayamos estado investigando al mismo monstruo sin saberlo, cada uno desde su lado del expediente.
El silencio que siguió a esa frase se prolongó más de lo habitual, cada uno de los presentes reordenando mentalmente meses de trabajo bajo una luz completamente distinta.
Con una orden urgente conseguida gracias a la presión combinada de Fernández y de la propia Sara Brito, que movió sus propios contactos judiciales sin apenas dudarlo, Paco, Carmela y dos técnicos de UHEDO registraron, esa misma noche, un trastero alquilado a nombre de Melián en el barrio de Schamann, lejos de su domicilio oficial, en una nave de almacenamiento que ni siquiera sus colegas de la facultad conocían.
Estanterías metálicas llenas de piezas envueltas en papel de periódico ocupaban las paredes de arriba a abajo: ídolos de barro, fragmentos de cerámica pintada, un pequeño gánigo con restos de ocre rojo todavía visibles en su interior.
Cada pieza, numerada a mano con un código que no correspondía a ningún catálogo oficial, ordenada con la misma meticulosidad obsesiva que sus árboles genealógicos.
—Esta pieza desapareció del Museo Canario hace catorce meses. La dieron por extraviada en un traslado de fondos —dijo Ingrid, levantando con cuidado uno de los ídolos y comparándolo con una fotografía en su tablet, el gesto tan preciso como el de un cirujano—. Aquí está, sin un rasguño.
Al fondo del trastero, sobre una mesa cubierta con un paño oscuro que alguien había colocado con un cuidado casi litúrgico, Carmela descubrió el verdadero corazón del lugar: un árbol genealógico dibujado a mano, muchísimo más extenso que el del despacho universitario, cubierto de anotaciones en tinta roja, y ocho fotografías clavadas con chinchetas alrededor de sus ramas más recientes.
Cuatro de ellas, tachadas con una cruz roja.
—Dios mío. Ya tenía elegidas a las ocho, jefe.
Paco se acercó despacio, casi sin querer mirar. La quinta fotografía, sin tachar todavía, mostraba a una mujer joven tomada con teleobjetivo, saliendo de un portal que Paco reconoció enseguida: la puerta trasera del club Eros.
—Es Thais —dijo, la voz helada, algo que Carmela no le había oído en semanas de trabajo juntos.
De vuelta en el santuario, ya de madrugada, con las fotografías del trastero reveladas y ampliadas sobre la mesa, Paco y Carmela intentaron identificar a las tres mujeres cuyas fotografías todavía no aparecían tachadas.
—Esta la reconozco. Trabaja en la biblioteca de la ULPGC. Y esta otra... creo que es una de las guías del Museo Canario —dijo Carmela, señalando cada rostro con el dedo.
—Avisa a las dos ahora mismo. Que las lleven a un lugar seguro esta misma noche, sin explicaciones que las asusten más de la cuenta, solo protección discreta hasta que sepamos con certeza a qué nos enfrentamos.
Todo aquello — el árbol genealógico, las fotografías, las piezas robadas — bastaba de sobra para encerrar a Melián por expolio de patrimonio histórico durante años.
Lo que no acababa de convencer del todo a Paco, por mucho que las evidencias parecieran gritarlo, era que un solo hombre pudiera sostener dos obsesiones tan distintas a la vez: la codicia fría del coleccionista clandestino y la violencia ritual, casi litúrgica, de los asesinatos.
Eran, pensó, dos formas de crueldad que rara vez convivían en la misma cabeza.
Carmela ya marcaba el primer número mientras Paco seguía mirando la tercera fotografía, la de Thais, sin tachar todavía, con una angustia que no consiguió disimular del todo pese a todos sus años de oficio.
—A esta la protejo yo mismo, si hace falta —dijo para sí, ya marcando su propio teléfono.