Capítulo 4
El mensaje llegó a media tarde, desde un número desconocido que Paco tardó un segundo en asociar con la tarjeta que había entregado semanas atrás: «Inspector, soy Thais, del Eros. El de las gafas finas volvió anoche. Llámeme cuando pueda».
El local, vacío a esa hora, con las sillas todavía sobre las mesas y el suelo recién fregado exhalando un olor a lejía que se mezclaba de forma extraña con el perfume dulzón que impregnaba las cortinas, recibió a Paco y a Carmela con Thais esperándolos con un cigarrillo a medio fumar en la mano, apoyada en la barra, la primera vez que se la veía sin el uniforme de camarera, vestida con unos vaqueros y una camiseta sencilla que la hacían parecer, de repente, una persona completamente distinta a la que atendía copas cada noche.
—Pagó con tarjeta, por una vez. Suele traer efectivo, pero anoche no le llegaba —explicó ella, dando una calada antes de continuar—.
Apunté el nombre que salió en el datáfono antes de que el gerente me llamara la atención por curiosear demasiado en la caja registradora.
Emilio Melián. Y algo más, inspector: le pregunté, como quien no quiere la cosa, a qué se dedicaba.
Me dijo que era profesor. De Historia, en la universidad.
Paco desdobló el papelito que ella le tendía, leyó el nombre completo escrito con una caligrafía apresurada. Algo en su interior se asentó, como una pieza de rompecabezas que por fin encajaba en su sitio después de días de forzarla contra huecos equivocados.
—Se lo agradezco de veras, Thais. Esto es mucho más de lo que esperaba.
—No me lo agradezca todavía —dijo ella, apagando el cigarrillo contra el borde de un cenicero de cristal—.
Si de verdad es quien creo que están buscando, prefiero que no vuelva a este local nunca más.
Y si necesita que alguien le traduzca algo raro que encuentre en su despacho, ya sabe dónde sirvo copas.
Esa misma noche, al salir a fumar su descanso de las once, como hacía cada noche desde que trabajaba allí, un ritual tan mecánico como cualquier otro, Thais encontró a un gorila del club distinto al de la entrada, un hombre corpulento que no reconoció del turno habitual, esperándola apoyado en la pared del callejón trasero, los brazos cruzados sobre un pecho que parecía a punto de reventar la tela de la camiseta.
—El jefe pregunta con quién hablabas ayer por la tarde, con el local cerrado. Dice que te vio salir con dos policías.
—Vinieron a preguntar por un cliente que perdió una cartera —contestó ella, sin alterarse, dando una calada con una calma que le costaba mantener por dentro—. Nada que le importe al jefe.
—Aquí a nadie le importa nada, hasta que de repente le importa todo —dijo el hombre, sin moverse de la pared, la voz baja pero cargada de una amenaza que no necesitaba subir de volumen para hacerse entender—.
Cuidadito con lo que cuentas y a quién, Thais.
Este es un trabajo tranquilo mientras nadie hable de más.
Se marchó de vuelta al local sin esperar respuesta, dejándola sola en el callejón.
Thais apagó el cigarro contra la suela del zapato, con más fuerza de la necesaria, y se quedó mirando la puerta trasera por la que acababa de desaparecer el gorila, sopesando por primera vez en dos años si merecía la pena seguir trabajando en un sitio donde hasta respirar tranquila empezaba a costar caro, un pensamiento que la acompañó, incómodo, durante el resto de su turno.
*
Paco caminaba hacia su Volvo, aparcado en la zona de descarga reservada a vehículos oficiales, tras una visita rutinaria al puerto para hablar con un capataz sobre los horarios de descarga la noche del asesinato de Molino de Viento, cuando, de entre dos contenedores apilados que proyectaban una sombra alargada bajo las farolas del muelle, surgieron dos hombres de complexión notable que le cortaron el paso sin previo aviso.
—El jefe manda un recado, inspector. Deje de rondar el club y el puerto. Aquí no hay nada suyo.
Paco, sin alterarse, aunque el pulso se le había acelerado de golpe, dejó caer las llaves del coche en el bolsillo con calma deliberada, calculando distancias y ángulos con la frialdad de quien ha estado antes en situaciones parecidas.
—Díganle a su jefe que yo no busco lo suyo. Busco a un asesino. Si él no tiene nada que ver, no tiene nada que temer.
El primer hombre lo empujó contra el contenedor con una fuerza que le sacó el aire de los pulmones.
Paco esquivó el puñetazo que siguió, girando el cuerpo por puro instinto, entrenado por años de calle que el cuerpo no había olvidado del todo pese a la edad, pero el segundo lo golpeó por la espalda, un golpe seco y bien colocado que lo hizo caer de rodillas sobre el asfalto húmedo.
Un tercer golpe en las costillas le arrancó un gemido seco que no pudo contener.
Bajo la camisa rasgada asomó, apenas visible en la penumbra, una vieja cicatriz junto al costado, una línea blanquecina que llevaba ocho años sin volver a sangrar.
Un viejo Seat Panda frenó en seco a pocos metros, los neumáticos chirriando contra el asfalto. Matías salió con una llave inglesa en la mano y una calma que asustaba más que cualquier grito, avanzando hacia los dos hombres sin la más mínima vacilación en el paso.
—Con dos contra uno hasta un gato sabe pelear. Prueben conmigo.
En segundos redujo al primero con una llave de las que aprendió en las COES más de treinta años atrás, un movimiento tan preciso que parecía coreografiado.
El segundo, viendo el desenlace, huyó entre los contenedores sin mirar atrás.
Matías ayudó a levantarse a su amigo, sujetándolo por el brazo bueno.
—Ocho años y todavía te duele en el mismo sitio, ¿verdad?
—Rebeca Tejada me dejó este recuerdo antes de que la encontráramos muerta —dijo Paco, dolorido, casi riendo entre el dolor—. Nunca até ese cabo. Y ahora vuelve a picarme, cada vez que alguien me recuerda que sigo sin resolverlo del todo.
—Pues a lo mejor este es el caso que te lo cierra, Paco. Los dos casos a la vez.
En el centro de salud, con la sala de curas iluminada por tubos fluorescentes que zumbaban de fondo, mientras una enfermera terminaba de vendarle las costillas con manos rápidas y expertas, el médico de guardia revisó las radiografías en la pantalla del ordenador, entornando los ojos.
—No hay fractura, por suerte. Solo una contusión importante y esta cicatriz antigua que se le ha vuelto a abrir un poco por el golpe. ¿Cuánto tiempo lleva con ella?
—Ocho años. Y por lo visto, todavía no ha terminado de cicatrizar del todo.
El médico lo miró un instante, intuyendo que había una historia detrás de esa frase que no le correspondía preguntar, y volvió su atención a las radiografías sin insistir.
—Reposo esta noche, inspector. Mañana ya hará usted lo que quiera, como todos los de su gremio.
Paco se abrochó la camisa despacio, con cuidado de no forzar el vendaje que le ceñía el torso, y salió hacia la sala de espera, donde Elena llevaba ya más de una hora aguardando noticias, el bolso apretado contra el regazo, la mirada fija en la puerta que se abría cada pocos minutos sin que fuera nunca la suya.
Al día siguiente, en la oficina de Importaciones Altuza, el empresario golpeó la mesa con la palma abierta, furioso como pocas veces se le había visto en años.
—¡Te dije que lo vigilaras, no que le partieras las costillas en mi propio puerto, delante de las cámaras de medio mundo! Ahora tengo a la Policía Nacional, a esa unidad rara de patrimonio y a saber cuántos periodistas mirando hacia aquí con lupa.
—Jefe, solo queríamos asustarlo un poco. Que se alejara del club —se disculpó Maka, sin apenas levantar la vista del suelo.
—Pues lo que has conseguido es justo lo contrario. A partir de ahora, nadie se acerca a ese inspector. Nadie. Y como vuelva a saber de otra estupidez de las tuyas, te vas a enterar tú de lo que es que te asusten de verdad.
Maka asintió, tragándose el orgullo, y salió del despacho con el gesto contraído de quien acaba de descubrir que su jefe le teme más al escándalo que le tiene lealtad a él.
*
Los flashes y los micrófonos volvieron a llenar la sala de prensa de la comisaría, un hervidero de voces y focos que Paco detestaba con toda su alma.
Fernández, incómoda tras el atril improvisado, intentaba contener a los periodistas con respuestas medidas.
Entre ellos, en primera fila, Manuel Lasanta sonreía con un dossier bajo el brazo, disfrutando visiblemente del momento.
—¿Es cierto que el inspector Figueroa fue agredido anoche en el puerto sin que hubiera ninguna detención? —preguntó un periodista de una cadena local.
—No vamos a entrar en detalles del incidente mientras se investiga —respondió Fernández, con la voz firme aunque el cansancio se le notara en las ojeras.
Lasanta se levantó, alzando la voz sin que nadie le diera el turno, disfrutando del efecto teatral de la interrupción.
—Cuatro muertas, un inspector agredido en plena calle y, según tengo entendido, con un pie ya fuera de la comisaría por jubilación. Esta ciudad merece algo mejor que un caso encomendado a quien está contando los días para marcharse.
Desde el pasillo, a través del cristal esmerilado que separaba la sala de prensa del resto de la planta, Verdejo observaba cómo Fernández encajaba las preguntas envenenadas de Lasanta sin perder la compostura.
Algo en su propia expresión se torció, un malestar que no supo nombrar del todo: no era la satisfacción que esperaba sentir al ver a su comisaria contra las cuerdas.
Se acercó a la puerta del despacho de Fernández, levantó la mano para llamar, y la dejó suspendida en el aire un largo instante.
Por la puerta entreabierta, vio a Carmela ordenando expedientes del caso con una dedicación que él nunca había tenido para nada en once años de servicio.
Bajó la mano sin llamar. Se alejó por el pasillo con paso rápido, como si huyera de sí mismo, sin que nadie más que él supiera lo cerca que había estado, esa vez, de hacer lo correcto.