Cruces y sombras Capítulo 3 #4
19%

Capítulo 3 #4

—Yo tampoco creo que fuera usted, Carmelo —respondió Paco, sin acritud, casi disculpándose, sentado al otro lado de la mesa con las manos entrelazadas—. Pero hay gente por encima de mí que necesita un nombre para calmar a la prensa, y el suyo es el único que tienen a mano en este momento.

Carmela entró en ese instante, con una carpeta bajo el brazo y la respiración todavía agitada de haber subido corriendo las escaleras en vez de esperar el ascensor.

—Jefe, tenemos las cámaras del bar de la esquina. Calderín aparece comprando tabaco a la hora exacta en que, según el testigo, estaba en el barranco. Es imposible que sea él.

El abogado, que había conseguido colarse de nuevo en el pasillo y escuchaba junto a la puerta entreabierta, no esperó a que nadie le diera la palabra.

—Entonces exijo la puesta en libertad inmediata, inspector, y una constancia por escrito de que la detención se basó en indicios que ya tenían delante y no comprobaron antes de esposarlo delante de medio barrio.

Como no vea a mi cliente fuera de esta sala en menos de una hora, mañana esto lo lee un juez de instrucción, y no como parte interesada precisamente.

Paco cerró los ojos un instante, aliviado y furioso al mismo tiempo por haber tenido que llegar hasta ahí, por haber tenido que someter a un hombre inocente a horas de calabozo solo para satisfacer la impaciencia de unos superiores que no pisaban la calle desde hacía años.

—Suéltenlo. Ahora mismo. Y que alguien le pida disculpas en condiciones, no un mero papel de puesta en libertad firmado sin mirarlo a la cara.

Carmelo, todavía aturdido, se frotó las muñecas al quitarle las esposas, mirando alternativamente a Paco y a Carmela como quien no termina de creerse que la pesadilla haya terminado tan de repente como empezó.

—¿Y ahora qué hago yo con todo esto, inspector? En el barrio ya dicen que soy sospechoso de asesinato. Mi madre no ha dormido en dos noches.

—Ahora, nada. Ahora esto lo arreglamos nosotros. Y le prometo una cosa: cuando atrapemos al que de verdad hizo esto, en el barrio se van a enterar bien de quién es usted.

Un par de días después, con el eco de la detención todavía flotando en el aire de La Isleta como una nube que se resistía a disiparse, Paco fue a buscar a Matías, viejo amigo suyo de toda la vida e isleteño de nacimiento, para pedirle que le echara una mano leyendo el ambiente del barrio tras la detención de Calderín, algo que un inspector de fuera jamás conseguiría calibrar igual de bien.

—Vamos a tomar algo al Cherne, Paco, que además así de paso saludamos a unos cuantos y ves con tus propios ojos cómo está el patio —propuso Matías, ya camino de la puerta con la confianza de quien conoce cada esquina de aquel barrio desde niño.

Nada más entrar, Matías reconoció a Calderín apoyado en la barra, un cigarro sin encender entre los dedos, y le hizo a Paco una seña discreta con la cabeza antes de acercarse él primero, dándole a su amigo un momento para prepararse.

—Carmelo, hijo, cuánto tiempo. Siéntate un momento con nosotros, que aquí el inspector querría cambiar contigo un par de palabras, si tú estás dispuesto —dijo Matías, con ese tono suyo que conseguía que hasta las peticiones más delicadas sonaran como un favor entre vecinos.

Calderín, todavía con la mirada de quien no ha terminado de digerir del todo la humillación de la detención pública, dudó un instante antes de acercarse, aunque el gesto amable de Matías pareció desarmar buena parte de la reticencia inicial.

—Inspector. Le debo una disculpa por cómo pensé mal de usted esos días en el calabozo, aunque ya sé que la culpa no fue suya.

—La disculpa se la debo yo a usted, Carmelo. Y no se preocupe, que ya se corrió la voz en el barrio de que quedó libre sin cargos, y de que fue un error de otros, no una decisión mía.

Matías, con la delicadeza de quien sabe exactamente cuándo sobra en una conversación, se apartó hacia la barra a pedir tres cervezas, dejándoles el espacio justo para hablar sin que pareciera un interrogatorio.

Calderín, dudando un instante, dio un par de pasos más hacia Paco, bajando la voz aunque no había nadie a menos de diez metros que pudiera oírlos.

—Desde que me soltaron no dejo de darle vueltas a esa noche en Molino de Viento.

Y hay algo que no le conté al otro inspector, porque no le di importancia en su momento.

Un hombre de gafas finas, bien vestido, muy fuera de lugar para la zona, estuvo bebiendo solo cerca de nuestra mesa un buen rato antes de que yo perdiera la cartera.

No hablaba con nadie, solo miraba, como si estuviera estudiando el ambiente.

Ahora que lo pienso, se marchó justo antes que nosotros, casi al mismo tiempo.

Paco se quedó muy quieto, encajando esa pieza con las demás que llevaba semanas intentando ordenar sin éxito, sintiendo ese cosquilleo particular, casi físico, que solo experimentaba cuando una investigación por fin empezaba a moverse en la dirección correcta.

—Gracias, Carmelo. De verdad. Puede que acabe de ayudarme más de lo que imagina.