Cruces y sombras Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—No soy arqueólogo, Paco, pero esto no lo ha tallado nadie la semana pasada.

El desgaste de los bordes es real, no fingido; se nota en cómo la pátina se ha metido en cada surco del grabado, algo que no se consigue ni con ácido ni con paciencia en pocos días.

O es una pieza auténtica de verdad, con siglos a sus espaldas, o alguien se ha tomado muchísimas molestias, y muchísimo tiempo, para que lo parezca.

—¿Y la víctima? ¿Algo que se salga de lo habitual, aparte del canto? —preguntó Paco, cruzando los brazos frente a la camilla donde yacía cubierto el cuarto cuerpo.

—Mismo patrón que las otras tres. Laceraciones en forma de camino, asfixia, medalla en la boca.

Esta vez las laceraciones son más profundas hacia el final del trazado, como si hubiera tenido prisa por terminar, o como si algo lo hubiera puesto nervioso a mitad del proceso, algo que no encajaba con la meticulosidad de las anteriores.

Nuestro amigo es metódico hasta la obsesión, y eso, para nosotros, es una maldición y una bendición a partes iguales: una maldición porque no comete errores por nervios en la mayoría de los casos, y una bendición porque, tarde o temprano, la propia obsesión termina delatando a cualquiera, por muy inteligente que se crea.

Un mechero encontrado a pocos metros del cuerpo, medio enterrado bajo unas piedras sueltas, llevaba grabadas unas iniciales, C.

C., y un testigo, un vecino que paseaba a su perro por la zona alta del barranco casi cada noche, creía haber visto a un hombre de complexión similar a la de Calderín merodeando por allí esa misma madrugada.

Fue suficiente, para la Jefatura Provincial, ya presionada desde hacía días por una prensa cada vez más impaciente, para exigir una detención que demostrara, aunque solo fuera de cara a la opinión pública, que el caso avanzaba de verdad.

*

Dos coches patrulla se detuvieron frente al Bar El Cherne al filo del mediodía, cuando el local todavía tenía media docena de parroquianos apurando sus cañas antes de volver al puerto.

Calderín, que llevaba apoyado en la barra desde primera hora, palideció al reconocer entre los agentes al mismo que semanas atrás le había tomado declaración por la cartera perdida.

—Carmelo Calderín Hernández, queda detenido como investigado por el asesinato de Marta Domínguez —anunció el agente al mando, con la voz neutra de quien ha repetido esa misma frase demasiadas veces como para que le tiemble ya—.

Tiene derecho a guardar silencio y a un abogado de oficio si no puede costearse uno propio.

—¡Esto es un error, se lo juro! —gritó Calderín, mientras dos agentes lo sujetaban por los brazos entre el silencio repentino del bar—. ¡Yo no he matado a nadie! ¡Pregúntenle a mi madre, pregúntenle a quien haga falta!

Su madre, alertada por un vecino que salió corriendo del bar, llegó apenas unos minutos después, ya con la detención consumada y el coche a punto de arrancar, golpeando la ventanilla con las palmas de las manos mientras gritaba el nombre de su hijo entre lágrimas, hasta que un agente, con más paciencia que autoridad, consiguió apartarla con suavidad de la calzada.

El abogado de oficio, un hombre joven de gestos rápidos y camisa arrugada que llevaba media vida defendiendo casos que nadie más quería, se presentó en comisaría antes incluso de que terminaran de tomarle las huellas a su nuevo cliente.

—Inspector, con todo respeto, lo que tienen es un mechero con dos iniciales que coinciden con medio barrio de La Isleta y la palabra de un testigo que pasea de noche y que, según consta en su propia declaración, ni siquiera llevaba las gafas puestas cuando dice haber visto a mi cliente —planteó, plantado en el pasillo antes de que Paco pudiera siquiera llegar a la sala de interrogatorios—.

Exijo conocer qué más tienen, porque con esto no van a sostener una detención ni cuarenta y ocho horas delante de un juez, y usted lo sabe tan bien como yo.

—Tiene razón en parte, letrado —admitió Paco, sin perder la compostura, aunque el propio cansancio de la frase delatara que compartía buena parte de esa misma duda—.

Pero la orden no ha salido de mi despacho, y hasta que no la revoque quien la ha firmado, su cliente sigue aquí.

Le prometo que no va a pasar ni una hora más de la estrictamente necesaria.

—Eso espero, inspector. Porque si mañana a esta hora sigue aquí sin cargos formales que se sostengan, la próxima llamada que haga será a un juez de guardia, no a usted.

*

Carmelo Calderín, esposado, se sentó frente a una mesa metálica en la sala de interrogatorios, bajo la luz blanca y sin sombras de los fluorescentes que zumbaban suavemente sobre su cabeza, mirando a Paco con una mezcla de miedo y absoluta incredulidad que no necesitaba ningún manual de psicología para reconocerse como genuina.

—Inspector, se lo juro por mi madre. Yo esa noche estaba durmiendo. Ya le devolví hasta las gracias por lo de la cartera, ¿por qué iba a hacer yo algo así?