Capítulo 3 #2
Por fin, con un último giro de destornillador, la puerta del armario dejó de chirriar. Paco se apartó, satisfecho, limpiándose las manos en un trapo de cocina.
—Ya está. Un enigma menos en este mundo.
Elena se levantó y lo abrazó por detrás, apoyando la cabeza en su espalda, notando bajo la camisa el olor mezclado de su colonia y del sudor del día, un olor que, después de diez años, ya formaba parte de lo que ella entendía por hogar, más allá de cualquier dirección postal.
—Ojalá todo lo demás se arreglara con un destornillador y media hora de paciencia.
—Dame tiempo, Elena. Estoy en ello.
*
El club Eros, con las luces rojas reflejadas en los espejos ahumados de la barra, recibía cada noche a su fauna habitual: turistas escandinavos que reían demasiado fuerte para la hora que era, algún oficinista de traje que alargaba la jornada entre copa y copa antes de volver a un hogar que prefería posponer, marineros de permiso que gastaban en una noche lo que habían ganado en una semana de faena, y Charlie Maka controlando desde un extremo de la barra todo lo que de verdad importaba en aquel local, con la mirada atenta de quien sabe que su puesto depende de que nada se le escape.
—Este puerto lleva quince años dándome de comer sin sobresaltos, Charlie —le dijo Altuza días después, sirviéndose un whisky del mueble bar de su oficina sin ofrecerle uno a su lugarteniente, un pequeño gesto de jerarquía que ambos entendían sin necesidad de palabras, uno de esos rituales silenciosos que en su mundo valían más que cualquier contrato firmado
—. No pienso dejar que un policía a punto de jubilarse me lo estropee en sus últimos días de servicio.
—Descuide, jefe. Yo me encargo de que no se acerque más de la cuenta.
Altuza lo miró por encima del vaso, sin terminar de fiarse del todo de aquella promesa.
Llevaba suficientes años en el negocio como para saber que las mejores intenciones de Charlie Maka casi siempre terminaban resolviéndose a golpes, y los golpes, en según qué contextos, atraían mucha más atención de la que espantaban.
Aquella misma mañana, algo más temprano, Paco había ido al terminal de contenedores del puerto de La Luz siguiendo la pista de los horarios de descarga de la noche del asesinato de Molino de Viento, preguntando por un capataz que resultó estar de vacaciones.
En vez de encontrarlo, se topó con dos agentes de paisano fotografiando discretamente los movimientos de un contenedor con matrícula de una naviera turca, agachados entre dos filas de contenedores apilados con una discreción que solo alguien acostumbrado a pasar desapercibido podría desplegar en un entorno tan expuesto.
Una de ellas, una mujer atractiva y enérgica, de unos cuarenta y dos años, con la seguridad tranquila de quien manda un equipo desde hace suficientes años como para no necesitar levantar la voz para hacerse respetar, se acercó al ver la placa de Paco colgada del cinturón.
—Inspector... Figueroa, ¿verdad? He oído hablar de usted. Sara Brito, Unidad Central de Patrimonio Histórico.
—No sabía que hubiera una unidad con ese nombre en esta ciudad, y eso que llevo aquí toda la vida.
—Llevamos poco tiempo con sede aquí —explicó ella, guardándose la cámara en una funda discreta al cinto—.
Investigamos tráfico de patrimonio histórico y obras de arte a nivel europeo.
Este puerto es un cruce de caminos demasiado cómodo para cierta gente, y llevamos meses detrás de un responsable de contenedores, Luis Ruedes, que mira hacia otro lado a cambio de un buen sobre cada vez que entra o sale algo que no debería.
—Yo ando detrás de un asesino que también parece tener querencia por este muelle. Si nuestros caminos se cruzan, dígamelo antes de que nos pisemos los talones el uno al otro.
—Trato hecho, inspector —respondió ella, conteniendo una sonrisa que dejaba entrever una simpatía casi inmediata—. Por experiencia, en este puerto todos los caminos acaban cruzándose antes o después. Es demasiado pequeño para tanto secreto.
Sara Brito llevaba menos de un año al frente de la nueva unidad, un puesto que se había ganado a base de una carrera dedicada casi por completo al expolio arqueológico, empezando por un caso de saqueo en unas cuevas de Gáldar que ningún otro investigador de su generación había querido llevarse.
Aquel caso la especializó, casi sin buscarlo, en un terreno que por entonces apenas tenía nombre propio en España, y los años siguientes la llevaron por media Europa en comisión de servicio, hasta que el desmantelamiento de una red de contenedores en aquel mismo puerto, dos años atrás, convirtió a Las Palmas, casi por decreto, en la sede natural de la unidad que ahora dirigía.
Se despidieron con un apretón de manos breve, profesional, del tipo que sella un acuerdo tácito entre dos personas que reconocen en el otro a alguien de fiar sin necesidad de conocerse demasiado.
Un grito interrumpió la conversación antes de que Paco llegara a alejarse del todo: varios agentes de la unidad de Sara y de la Guardia Civil rodeaban un contenedor recién abierto, la puerta metálica chirriando sobre sus goznes oxidados.
Dentro, agazapados entre bultos y mercancía, apretados unos contra otros en un espacio que apenas hubiera bastado para la mitad de ellos, una veintena de personas, deshidratadas, aterrorizadas, parpadeando ante la luz repentina como animales sacados de su madriguera, llevaban ya más de dos días de travesía oculta.
Sara se alejó a coordinar el operativo, dando órdenes rápidas y precisas a través de un walkie que llevaba prendido al hombro.
Entre el caos de sirenas que empezaban a converger hacia el muelle, un hombre de mediana edad, uniforme de estibador ajado por el uso, ayudaba a repartir agua entre los recién descubiertos con una calma y una dedicación que no le correspondía ni le exigía nadie, arrodillándose junto a una mujer joven que apenas podía sostenerse en pie, hablándole en un tono suave que parecía calmarla más que cualquier protocolo de emergencia.
—No hacía falta que se metiera en esto. No es su trabajo —le dijo Paco, acercándose, con genuina curiosidad más que reproche.
Ibrahima, senegalés, quince años en el puerto, con papeles y contrato fijo desde hacía una década, se encogió de hombros sin dejar de repartir botellas, sin apenas levantar la vista de su tarea.
—Yo llegué a este puerto de la misma manera hace veinte años, inspector. Con más suerte que estos, pero de la misma manera. Ahora tengo casa, papeles y un hijo que estudia enfermería en la Universidad. Lo mínimo que puedo hacer es traerles agua.
Paco lo miró con un respeto silencioso que no necesitó traducir en palabras.
Entre tanta mentira, tanto trapicheo y tanta gente que usaba el puerto para lo peor de sí misma, ese hombre repartiendo botellas de agua sin que nadie se lo pidiera le recordó, sin necesidad de discursos, por qué merecía la pena seguir haciendo aquel trabajo, incluso a las puertas de la jubilación, incluso con el cuerpo cada vez más cansado de tantos años de guardias y de malas noches.
*
Un nuevo aviso sacó a Paco de la cama antes del amanecer, el teléfono vibrando sobre la mesilla con esa insistencia que, después de tantos años, ya reconocía de memoria antes incluso de mirar la pantalla.
Esta vez el cuerpo no apareció en plena calle, sino a media ladera del barranco de Guiniguada, entre tuneras y cardones que arañaban la ropa de quien se aventurara a subir sin cuidado, como si el asesino hubiera querido, deliberadamente, que costara encontrarlo.
El acceso obligó a los primeros agentes en llegar a dejar los vehículos en la carretera y subir a pie, linternas en mano, abriéndose paso entre la vegetación espinosa mientras el cielo empezaba apenas a clarear por el este.
La víctima, más joven que las anteriores, apenas veinte años, según calculó Paco a simple vista antes incluso de que llegara el forense, presentaba las mismas laceraciones en forma de camino sobre la piel que las tres anteriores.
Pero había algo nuevo, algo que hizo que a Paco se le encogiera el estómago de un modo distinto al de las otras escenas: junto a la medalla de un arcángel, medio hundido en la tierra suelta, un pequeño canto rodado con un signo tallado a mano, una espiral tosca que a Paco no le decía nada, aunque algo en el fondo de su memoria le insistía en que debería reconocerlo.
Carmela fotografiaba el canto desde varios ángulos, arrodillada junto al cuerpo, mientras un agente de la Policía Científica, en cuclillas un poco más allá, iba marcando con banderitas numeradas cada elemento de interés que encontraba en el terreno reseco: una colilla a tres metros de distancia, casi invisible entre las piedras; una huella de calzado parcial en una franja de barro seco que había sobrevivido, providencialmente, a las últimas lluvias; un hilo de tela enganchado en una tunera cercana que ondeaba levemente con la brisa del amanecer.
—Esto no estaba en las otras escenas, jefe. Un canto con un dibujo grabado —dijo Carmela, incorporándose para enseñarle una de las fotografías en la pantalla de su cámara.
—No. Nuestro amigo ha decidido complicarnos todavía más la vida.
Antes solo nos hablaba de arcángeles y templarios.
Ahora añade algo más antiguo —respondió Paco, guardándose el canto en una bolsa de pruebas transparente, dándole vueltas mentalmente mientras la sujetaba a contraluz.
La espiral le resultaba vagamente familiar, como algo visto de pasada en algún museo escolar durante alguna excursión de la infancia, o en un libro de texto que llevaba décadas sin abrir, pero no conseguía ubicarlo del todo, y esa sensación de tener la respuesta al alcance de la mano sin poder atraparla del todo le resultaba tan frustrante como el propio caso.
En el Instituto Anatómico Forense, ya entrada la mañana, Rodolfo examinó con lupa el pequeño canto tallado, girándolo entre sus dedos regordetes con un cuidado que contrastaba con su habitual desparpajo.