Cruces y sombras Capítulo 3
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Capítulo 3

El padre Carlos Aguiar recibió a Paco en la sacristía de San Telmo, entre casullas colgadas y el olor a cera derretida, con la misma cordialidad de siempre, aunque algo en su mirada delataba que ya sabía a qué venía aquella visita.

—Supongo que no has venido a confesarte, Paco —dijo, intentando aligerar con humor un momento que ambos sabían incómodo.

—Necesito que me hables de los arcángeles, Carlos. En serio. Los siete del rito ortodoxo, los tres del católico. ¿Quién elegiría unos y no otros, y por qué?

El párroco se sentó despacio en el banco de madera, cruzando las manos sobre el regazo, y tardó en responder, como si sopesara cada palabra antes de soltarla.

—La tradición católica se quedó con tres por prudencia, no por doctrina cerrada: Miguel, Rafael y Gabriel, los únicos nombrados explícitamente en los textos canónicos.

Los otros cuatro, o los otros cinco, según la rama ortodoxa que consultes, vienen de tradiciones apócrifas que Roma nunca quiso legitimar del todo.

Quien elige seguir el rito completo está haciendo una declaración: rechaza los límites que la propia Iglesia impuso.

Es una forma de decir que sabe más que quienes trazaron esa frontera.

—¿Y tú sabrías decirme quién, en esta ciudad, podría tener ese conocimiento? ¿Alguien que hayas tratado, algún alumno de algún seminario, algún erudito con quien hayas discutido de esto?

El párroco levantó la vista, y por primera vez en toda la conversación, algo parecido al miedo cruzó su rostro habitualmente sereno.

—Sabes que dí clases de historia eclesiástica en la universidad durante años, antes de volver a la parroquia.

He tratado con docenas de personas capaces de sostener esa conversación con la misma soltura que yo.

No puedo darte un nombre solo porque alguien conozca bien su Biblia, Paco.

Eso me convertiría a mí también en sospechoso, y a media facultad de Historia con nosotros.

Paco no dijo nada durante un momento, mirando al hombre que llevaba veinte años siendo, además de amigo, una especie de brújula moral en los peores casos de su carrera.

Sabía que aquella misma pregunta, formulada con menos delicadeza por algún periodista o algún mando impaciente, ya empezaba a circular por los pasillos de la comisaría: por qué el párroco de San Telmo sabía tanto de arcángeles y de templarios, por qué Figueroa acudía a él una y otra vez, por qué no figuraba todavía descartado de la lista, aunque fuera solo mentalmente, de cualquiera que pudiera tener motivos para conocer tan bien el ritual del asesino.

—Nadie te está acusando de nada, Carlos.

—Todavía no —respondió el párroco, sin acritud, casi con resignación—. Pero conozco cómo funciona esto. En cuanto alguien necesite un nombre para tranquilizar a la prensa, la erudición deja de ser una virtud y empieza a parecer una coartada.

—Hay algo más, Paco, ya que hablamos de órdenes y de secretos —añadió el párroco, cambiando de tono, más reflexivo que defensivo—.

La iglesia de San Francisco de Borja, la de los jesuitas, en la calle Dr. Chil.

¿Sabes que a esa orden la expulsaron de la isla tres veces?

Carlos III en 1767, la revolución de La Gloriosa en 1868, y la República en 1932.

Tres veces cerraron el colegio, tres veces confiscaron el edificio, y las tres volvieron, como si nada pudiera de verdad sacarlos de esta ciudad.

Si yo fuera un hombre obsesionado con linajes que sobreviven en secreto a la persecución, ahí tendría un ejemplo perfecto, documentado, real, delante de las narices de cualquiera que quisiera mirarlo con la lente equivocada.

—¿Me estás diciendo que los jesuitas tienen algo que ver con esto?

—Te estoy diciendo que la historia real de esta isla ya tiene, sin necesidad de inventar nada, suficientes vueltas y sombras como para que cualquier mente enferma encuentre en ella el patrón que está buscando.

Los jesuitas no tienen nada que ver, Paco.

Pero alguien empeñado en creer que una orden puede sobrevivir tres expulsiones y seguir volviendo, siempre al mismo edificio, siempre a la misma esquina, podría convencerse fácilmente de que otra orden, mucho más antigua, hizo exactamente lo mismo mucho antes, solo que con más discreción todavía.

Días después, cuando la diócesis confirmó sin dudarlo que el padre Carlos había pasado la noche del segundo asesinato en un retiro espiritual en Tenerife, con registro de vuelos, testigos y hasta una homilía grabada en vídeo por la propia parroquia anfitriona, Paco tachó su nombre de la breve lista que había empezado a esbozar en su libreta, más por descarte administrativo que por sospecha real.

Sintió, al hacerlo, un alivio que no quiso analizar demasiado: la posibilidad de que el asesino resultara ser alguien tan cercano a él le repugnaba más de lo que estaba dispuesto a admitir en voz alta.

—Descartado —le dijo a Carmela esa misma tarde, mostrándole el informe de la diócesis

—. Pero esto nos deja donde estábamos: alguien que conoce los arcángeles al detalle, que sabe forjar una cruz a mano, y que hasta ahora no ha dejado ni un solo rastro que podamos seguir.

—¿Y si no se detiene en tres, jefe? —preguntó Carmela, mirando la pizarra donde ya empezaban a acumularse fotografías, flechas y fechas sin ninguna relación aparente entre sí.

Paco no respondió enseguida. Se quedó mirando las dos medallas ya identificadas — Miguel, Rafael— y el hueco, todavía vacío, reservado para Gabriel, preguntándose si aquel espacio en blanco terminaría siendo el final de la historia o solo el primero de muchos más.

—Entonces recemos para que se pare en tres —dijo por fin, sin ninguna convicción real en la voz—, y preparémonos para que no lo haga.

*

El terreno de las medianías, todavía sin construir, era apenas un solar de unos ochocientos metros cuadrados con una pequeña caseta de aperos medio derruida y una vista despejada hacia el valle que descendía en terrazas de cultivo abandonadas hasta perderse en una neblina azulada que, a esa hora de la mañana, todavía no había terminado de disiparse del todo.

Paco y Elena caminaban entre la maleza —tabaibas, aulagas, alguna tunera dispersa que había colonizado sin permiso las antiguas terrazas de labranza—, ella con unos planos doblados bajo el brazo y él con las manos en los bolsillos, la tregua de los últimos días todavía frágil entre los dos, como una tela recién zurcida que ninguno de los dos se atrevía a tensar demasiado.

—El arquitecto dice que el porche podría ir orientado hacia allá, para el atardecer —explicó ella, desplegando los planos sobre una piedra plana que hacía las veces de mesa improvisada

—. Y aquí, la cocina, con ventana grande para que entre la luz de la mañana. Y este rectángulo de aquí sería tu estudio, si quieres que te lo hagamos con vistas al valle en vez de a la carretera.

Paco asintió, siguiendo con el dedo el trazado del plano, pero su mirada se perdió más allá del valle, hacia algo que no estaba dibujado en ningún papel.

—¿Dónde te has ido, Paco?

—A ningún sitio. Bueno, sí. A mi padre. Llevaba treinta años sin querer hablar de él, y esta semana no consigo sacármelo de la cabeza.

Elena dejó los planos sobre la piedra, sujetos con una cuerdecilla más pequeña para que el viento no se los llevara, y se sentó a su lado en el murete bajo que delimitaba lo que algún día sería el jardín, sin presionarlo, dándole el espacio que necesitaba para continuar si quería, un silencio que ella había aprendido, a lo largo de diez años, a distinguir del silencio hosco que Paco reservaba para otras cosas.

—Murió de un infarto en su despacho, con un caso a medio resolver sobre la mesa.

Yo tenía veintidós años, estaba terminando la carrera.

Me llamó un compañero suyo para decírmelo, y todavía recuerdo que lo primero que pensé, antes incluso de asimilar que se había muerto, fue en ese expediente que se quedaría para siempre sin cerrar sobre su mesa.

Siempre digo que elegí ser policía por descarte, para que nadie piense que fue por él.

Pero la verdad es que quería terminar lo que él no pudo.

Y llevo cuarenta años intentándolo, caso tras caso, sin darme cuenta de que nunca se termina del todo, porque siempre hay otro expediente esperando en el cajón de al lado.

—Quizás por eso te cuesta tanto imaginarte aquí, en este terreno, sin nada que resolver — dijo ella, con esa perspicacia suya que a veces a Paco lo desarmaba más que cualquier reproche.

—Puede ser. Pero quiero intentarlo, Elena. Contigo. De verdad que quiero intentarlo.

Ella le apretó la mano, sin decir nada más. No hacía falta. El viento movía la maleza del solar que, dentro de poco, sería su casa, y por primera vez en semanas, a Paco aquel silencio compartido le pareció más una promesa que una amenaza.

Días más tarde, una noche cualquiera, entre semana, sin nada especial que celebrar más allá de estar juntos, Paco intentó arreglar la bisagra de un armario de cocina que llevaba días chirriando en el piso de Elena, destornillador en mano, en mangas de camisa, la corbata todavía puesta aunque ya deshecha, como si no hubiera tenido tiempo ni ganas de terminar de quitársela del todo al llegar.

Ella, sentada a la mesa con una copa de vino tinto, lo observaba con una sonrisa que no conseguía disimular del todo la ternura que sentía por aquel hombre incapaz de estarse quieto, incluso en sus escasos ratos de descanso.

—Llevas media hora con esa bisagra, Paco. A este paso resuelves antes el caso de los arcángeles que la puerta de mi armario.

—Dame otro minuto. Con la bisagra tengo más ventaja: al menos aquí sé quién es el culpable.

Elena soltó una carcajada franca, de esas que a Paco todavía le sorprendían por lo poco frecuentes que se habían vuelto en las últimas semanas, tensos como estaban ambos por el peso del caso y por la propia relación, siempre a medio camino entre la costumbre y la duda.