Cruces y sombras Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Aquella misma tarde, mientras revisaba unos expedientes atrasados en su piso con la televisión encendida de fondo, más por costumbre que por interés, Paco levantó la vista hacia la pantalla al oír el nombre de un programa cultural de la televisión autonómica que rara vez veía.

Entrevistaban a un profesor sobre su último libro, un volumen de tapa dura con una imagen de un ídolo aborigen en la portada, mientras en la esquina inferior de la pantalla corría un rótulo llamativo: «El profesor que busca los orígenes perdidos de Canarias».

—Profesor Melián, su libro está causando furor. ¿Por qué cree que conecta tanto con el público? —había preguntado la presentadora, una mujer joven de sonrisa demasiado ensayada.

—Porque todos, en el fondo, queremos saber de dónde venimos de verdad —había respondido él, con esa cadencia pausada de quien está acostumbrado a que lo escuchen sin interrumpirlo—.

Y esta tierra ha escondido su origen durante demasiados siglos bajo capas de historia oficial que convienen a unos pocos.

Paco había levantado la vista un instante hacia la pantalla, sin prestarle demasiada atención aún, con la cabeza todavía puesta en el sedal, en Matías, en el eco de aquella frase sobre su padre que se negaba a dejarlo tranquilo.

Volvió a sus expedientes sin darle mayor importancia al rostro amable de aquel profesor de gafas finas, del todo ajeno a que se cruzaría de nuevo en su camino, muy pronto, de una forma que ninguno de los dos hubiera podido imaginar aquella tarde tranquila.

*

Pasadas las once de la noche, con el edificio de la comisaría ya casi vacío salvo por el turno de guardia y algún rezagado como él, Paco volvió a las oficinas a por unos papeles que había olvidado sobre su mesa y encontró la luz del santuario todavía encendida, filtrándose por debajo de la puerta como una franja amarillenta en el pasillo a oscuras.

Empujó la puerta despacio, sin hacer ruido, y se encontró a Carmela sola, sentada en el suelo con las piernas cruzadas, rodeada de fotocopias ampliadas de las trayectorias de las heridas de las cuatro víctimas, comparándolas a mano con una regla y un rotulador, trazando líneas imaginarias que se cruzaban sobre el papel como si buscara, en aquella maraña de trazos, algún patrón que se le hubiera escapado en las lecturas anteriores.

—¿Qué haces aquí a estas horas, Carmela? Deberías estar en tu casa, descansando.

—Podría decirte lo mismo, jefe —contestó ella, sin levantar la vista del todo, la voz cargada del cansancio acumulado de muchas noches similares—. Si me voy a casa, solo me espera la tele y el silencio. Aquí al menos siento que avanzo en algo, aunque sea solo la sensación.

Paco se apoyó en el marco de la puerta, observándola con una mezcla de reconocimiento y preocupación que no supo bien de dónde le venía.

Había algo en la postura de Carmela, en esa entrega casi ascética al trabajo, que le recordaba demasiado a sí mismo treinta años atrás, cuando la comisaría era su único hogar de verdad y las horas fuera de ella se le antojaban un desperdicio de tiempo que podría estar dedicando a algo útil.

—Yo tenía tu edad y hacía exactamente lo mismo. Y mira dónde he terminado: a punto de jubilarme, sin más compañía habitual que un perro y una mujer que me pone en mi sitio cada dos por tres.

—A mí ese futuro no me suena tan mal, jefe. Peor sería llegar a los sesenta sin haber resuelto nada que mereciera la pena.

Paco sonrió, sin saber muy bien si lo que acababa de escuchar lo enorgullecía o lo entristecía un poco, esa ambigüedad tan propia de ver reflejadas las propias obsesiones en alguien más joven, con toda la vida todavía por delante para decidir si merecía la pena repetir los mismos errores.

Se sentó a su lado un momento, en el suelo, algo que no hacía desde hacía años, y estuvo un rato mirando las mismas fotocopias sin decir nada, dejando que el silencio compartido hiciera su trabajo, antes de mandarla a casa a dormir las horas que buena falta les iban a hacer a los dos.

—Anda, vete ya. Mañana lo retomamos con las fuerzas que da haber dormido algo, que buena falta nos va a hacer si queremos seguir viendo con claridad.

Carmela recogió sus cosas de mala gana, no porque no quisiera obedecer, sino porque una parte de ella sentía que cada hora que no dedicaba al caso era una hora robada a las próximas víctimas, un pensamiento que la perseguía incluso en sueños desde hacía semanas.

Mientras tanto, en un aparcamiento apartado de la plaza de la Feria, en una zona sin apenas iluminación y lejos de las cámaras que sí cubrían las calles principales del barrio, Tomás Verdejo se acercaba por la acera hacia un coche oscuro de cristales tintados, mirando a un lado y otro con el nerviosismo de quien hace algo que sabe perfectamente que no debería estar haciendo, antes de subir al asiento del copiloto con la premura de quien quiere terminar cuanto antes con un trámite desagradable.

—Empezaba a pensar que se había arrepentido, inspector —dijo Lasanta, sin mirarlo, la vista al frente, las manos entrelazadas sobre el regazo con una calma que a Verdejo siempre le resultaba desasosegaste, como si el político estuviera acostumbrado a que el mundo entero girara según su conveniencia.

—No me gusta esto, Lasanta. Si alguien me ve...

—Nadie lo ve. Y si lo vieran, sería usted el que tomó un café con un concejal. Nada del otro mundo —respondió, con un desdén apenas disimulado—. Cuénteme cómo va el caso de su compañero. El que tanto le gusta llevarse todo el mérito.

Verdejo dudó un instante, con la mano todavía en la manija de la puerta, como si una parte de él todavía pudiera bajarse del coche y olvidar todo aquello.

Pero la amargura de quien lleva demasiado tiempo tragándose humillaciones pequeñas, día tras día, terminó imponiéndose, y empezó a hablar con esa mezcla de vergüenza y alivio de quien por fin se quita un peso de encima, aunque sea entregándoselo a la persona equivocada.

—Hay una cartera. Un club de citas. Figueroa cree que está cerca de algo, pero todavía no tiene nombre. Y me acaba de apartar del caso como si yo fuera un cadete, después de once años de servicio.

—Qué pena me da usted, Verdejo. De verdad —dijo Lasanta, con una sonrisa fría que no llegaba a disimular el desprecio de fondo—. Sígame informando y, cuando yo llegue a donde quiero llegar, habrá sitio para alguien que sepa ser leal. Se lo prometo.

Verdejo bajó del coche sin despedirse, con la sensación, que no quería reconocerse a sí mismo mientras caminaba de vuelta hacia su propio vehículo aparcado dos calles más allá, de haber cruzado una línea que ya no tenía fácil vuelta atrás.

Se dijo, como tantas otras veces, que aquello era solo información menor, que no perjudicaba de verdad a nadie, que Lasanta y Figueroa tenían sus propias cuentas pendientes en las que él no era más que un espectador casual.

Pero muy en el fondo, en ese rincón de la conciencia que todavía no había terminado de silenciar del todo, sabía que se estaba mintiendo.