Cruces y sombras Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—Carmelo viene de vez en cuando. Buena gente, dentro de lo que cabe. Bebe más de lo que debería y luego se pone sentimental hablando de su madre. No es de los que dan problemas.

—¿Y algún otro cliente que le llame la atención? Alguien distinto al resto —preguntó Carmela.

Thais dejó la copa sobre la barra y los miró con más atención, calibrando si merecía la pena hablar.

—Aquí paso las noches escuchando a hombres que solo quieren hablar de sí mismos. Pero sí, hay uno que se sale del guión. Viene una vez al mes, más o menos. Nunca pide compañía, solo una copa y conversación. Le gusta hacer preguntas raras.

—¿Qué tipo de preguntas? —preguntó Paco.

—La última vez me preguntó si sabía latín. Le dije que un poco, por la carrera. Se puso a hablarme de cruces, de órdenes militares, de linajes antiguos de la isla, como si estuviera dando una clase. Yo asentía por educación y porque paga bien las copas, pero no le entendí ni la mitad.

Paco y Carmela cruzaron una mirada. Algo en el pecho de Paco se tensó, aunque su rostro no lo delató.

—¿Recuerda cómo se llama? ¿O algún detalle más, aparte de las conversaciones? — preguntó Paco.

—Nunca ha dicho su nombre. Viste bien, habla como alguien con estudios. De pelo entrecano, gafas finas. Deja demasiada propina para alguien que no pide nada más que hablar. Si vuelve, anoto lo que pueda. No es que tenga mucho más que hacer aquí, entre copa y copa, salvo escuchar.

—Se lo agradecería mucho —dijo Paco, tendiéndole una tarjeta—. Llámeme a este número si vuelve a aparecer, sea la hora que sea.

Thais cogió la tarjeta y la guardó en el bolsillo del delantal sin mirarla dos veces, como quien guarda cualquier otra cosa que no espera necesitar pronto.

—Inspector, llevo dos años sirviendo copas a hombres que creen que el mundo les debe algo. Créame que sabré reconocer a uno con más motivos que el resto para que ustedes se interesen por él.

Paco le sostuvo la mirada un instante, calibrando a esa mujer que, en un lugar como aquel, parecía la única persona realmente despierta.

*

La rueda de prensa había sido idea de la comisaria, no suya.

Paco detestaba esos circos de flashes y micrófonos donde uno tenía que medir cada palabra como si caminara sobre cristales, sabiendo que cualquier frase mal construida podía convertirse en titular al día siguiente, deformada, sacada de contexto, utilizada como arma arrojadiza por quien tuviera intereses en ello.

Salió del edificio por la puerta lateral, la que casi nadie usaba, con la esperanza de esquivar a la prensa que ya empezaba a congregarse frente a la entrada principal de la Supercomisaría.

No tuvo esa suerte.

Rachael Lombard llevaba ya un buen rato apostada justo en esa puerta lateral, como si hubiera adivinado sus intenciones, con la libreta lista y la cámara colgada al cuello como una condecoración que ella misma se había impuesto.

Era una mujer menuda, de movimientos rápidos, con una melena pelirroja que llevaba siempre recogida en una coleta poco favorecedora y una mirada que parecía escanear cada detalle del entorno en busca de algo que se le pudiera escapar.

Francesa, de Lyon, afincada en la isla desde hacía un par de años tras un divorcio que prefería no comentar con nadie, cubría sucesos para un digital local que pagaba mal y exigía mucho, pero su verdadera obsesión, la que la había traído hasta Canarias en primer lugar, era muy distinta: el tráfico de obras de arte y patrimonio histórico.

Llevaba meses detrás de un reportaje sobre el puerto de Las Palmas como puerta trasera de Europa, convencida de que bajo la rutina de grúas y contenedores se escondía algo mucho más interesante que el contrabando habitual de tabaco y alcohol.

—Inspector Figueroa. Rachael Lombard —se presentó, cortándole el paso con una sonrisa profesional que no llegaba a los ojos—. ¿Puede confirmarme que las tres muertes están relacionadas y que hay un patrón religioso en los asesinatos?

—No hago comentarios sobre casos abiertos, señorita Lombard —respondió él, sin detenerse, aunque bajando el ritmo de sus pasos lo suficiente como para no parecer descortés del todo.

—Llevo tiempo cubriendo también lo que pasa en el puerto de esta ciudad, inspector. Contenedores, antigüedades, gente que mira hacia otro lado. ¿No le sorprende que sus muertas y mis contenedores acaben compartiendo un mismo trocito de mapa?

Paco se detuvo un instante, calibrando a la periodista con más respeto del que le mostraba hacía un momento. Había algo en su tono, cierta seguridad que no sonaba a farol, que le hizo pensar que aquella mujer sabía más de lo que estaba dispuesta a soltar de golpe.

—Cuando tenga algo que contarle, será la primera en saberlo.

Mientras tanto, hágame un favor: si encuentra algo raro en ese puerto suyo, apúntelo.

Puede que a alguien más le interese. Entró en el edificio sin mirar atrás, aunque durante el resto del día no pudo evitar que aquella frase, «sus muertas y mis contenedores», le rondara la cabeza como una mosca pesada que se negaba a posarse en ningún sitio.

Rachael se quedó anotando en su libreta, con una sonrisa que anticipaba que no pretendía soltar el hueso tan fácilmente.

Llevaba suficientes años en el oficio como para reconocer, en la breve vacilación de un policía curtido, el primer indicio de que su instinto no andaba del todo desencaminado.

Días después, con el caso ya encallado en su cuarto cadáver y las noches convertidas en una sucesión de café solo y pizarras llenas de flechas que no llevaban a ninguna parte, Paco decidió aceptar la invitación que Matías le llevaba haciendo desde hacía semanas: acompañarlo a faenar antes de que la ciudad despertara del todo.

Quedaron a las cinco y media de la madrugada en La Puntilla, al final de Las Canteras, donde los últimos pescadores seguían fondeando sus pequeños barcos mientras no estaban faenando.

La playa todavía dormía bajo un cielo que empezaba apenas a insinuar el amanecer con una franja de un azul casi imposible en el horizonte, cuando se encontraron.

La barca de Matías, una embarcación pequeña pero cuidada con el mimo de quien lleva media vida remendándola, olía a salitre, a pescado y a la gasolina del motor fueraborda que Matías arrancó con un tirón seco de la cuerda, casi sin esfuerzo, como quien repite un gesto diez mil veces hasta que ya no le pertenece a la voluntad sino al músculo.

Se alejaron de la orilla en silencio, el motor apenas un murmullo contra el rumor de las olas rompiendo suavemente contra el casco.

Paco, sentado en la popa, notaba el frescor de la mañana calarle la chaqueta ligera que había cogido casi sin pensar.

Matías, al timón, con los ojos entrecerrados por la costumbre de escrutar el mar en busca de señales que solo él sabía interpretar —un cambio de color en el agua, un revuelo de gaviotas, la forma en que las olas rompían contra un banco de arena invisible—, esperó a que se alejaran lo suficiente de la costa antes de cortar el motor y empezar a preparar los aparejos.

—Te veo con la cara larga, Paco. Y no me digas que es por el caso, que a ti los casos nunca te han quitado el sueño de esa manera —dijo por fin, sin dejar de revisar el sedal con dedos expertos, ennegrecidos por décadas de sol y de sal.

—Es Elena. Dice que llevamos diez años a medias de todo. Y no le falta razón, aunque me cueste dársela.

Matías tiró del sedal, comprobó que no había nada todavía, y volvió a soltarlo con calma antes de responder, dejando que el silencio hiciera su trabajo primero, como tantas veces había visto hacer al mar con los problemas de los hombres que se hacían a él buscando respuestas que no encontraban en tierra.

—Tu padre también vivía a medias de todo, ¿te acuerdas? Medio en casa, medio en la comisaría, hasta que un día ya no volvió del todo. Y tú te pasaste media vida jurando que no serías igual que él, y aquí estás, calcado.

Paco se quedó callado, mirando el horizonte donde el sol empezaba a asomar sobre el mar, tiñendo de un naranja tenue las nubes bajas que se deshacían hacia el este.

No era la primera vez que Matías le sacaba a colación a su padre, pero sí la primera en mucho tiempo que lo hacía con esa franqueza sin adornos, sin la delicadeza que solía reservar para los temas espinosos.

—Siempre digo que elegí este trabajo por descarte. Que no tuvo nada que ver con él. Pero la verdad, Matías, es que cada caso que resuelvo es un poco como intentar terminar algo que él dejó a medias cuando se murió sin avisar a nadie, ni siquiera a sí mismo.

—Pues termina este de una vez, y luego vete a terminar lo tuyo con Elena antes de que sea demasiado tarde también para eso. Que la mar espera, pero las mujeres como ella, no tanto.

El sedal tiró con fuerza justo entonces, como si el propio océano hubiera decidido poner punto final a la conversación antes de que se volviera demasiado incómoda para los dos.

Matías lo recogió con destreza, riendo entre el esfuerzo, y entre bromas sobre quién de los dos tenía menos paciencia, sacaron juntos la primera pieza del día: una vieja de buen tamaño que coleteó furiosa contra el fondo de la barca antes de que Matías la sujetara con manos firmes.

—Mira, Paco. Al final la vida siempre te da algo, aunque sea a cambio de aguantar un rato en silencio con la caña en la mano.

Regresaron a puerto ya con el sol bien alto, cargados con media docena de piezas que Matías repartiría entre su nevera, la de Cosme y algún vecino necesitado, como hacía siempre, sin hacer ostentación de su generosidad, casi como si le avergonzara que alguien pudiera notarla.