Capítulo 2 #2
—No soy experto en investigaciones de la Policía, pero no creo que nos llegue nada de esos crímenes.
Calderín no es un mal tipo. Una noche, como muchas, se fue de putas a Molino de Viento y le robaron la cartera, que apareció en el escenario de un crimen.
Carmelo no es mala gente. Lo conozco bien.
Y como no sabe casi nada, al margen de algunos trapicheos menores en el club, no creo que nos salpique —respondió.
Altuza no las tenía todas consigo. Intuía algo y no era bueno. No dejaba de ser una carambola del destino que el asesino se hubiera encontrado con uno de sus clientes en una de las zonas de la ciudad que controlaba.
—Quiero pensar que no tendremos problemas, pero ya sabes cómo son estas cosas. Si el policía a cargo del caso es un sabueso, buscará y rebuscará en cada indicio, en cada pista hasta resolver sus dudas y encontrar respuestas. Y en ese camino estamos nosotros —sentenció.
Las sospechas de Altuza no iban desencaminadas: Paco Figueroa era uno de esos investigadores que no dejan ningún camino sin transitar.
Cuando analizó la cartera y los objetos que albergaba, comenzó a atar cabos y decidió adentrarse por una senda que aún no había explorado.
Quizás era buscar una aguja en un pajar, pero existía la posibilidad de que sonara la flauta.
Llevó la cartera al departamento de Policía Científica para que analizaran todas las huellas.
Al mismo tiempo pidió a la comisaria dos policías en prácticas para que verificaran los resultados, descartaran las marcas que no tenían nada que ver y aislaran aquellas que podrían pertenecer al asesino.
Era una apuesta complicada, pero no tenía tiempo que perder.
En ocasiones, ese tipo de corazonadas habían sido la clave para desentrañar algún caso encallado.
Y para encontrar soluciones novedosas, Figueroa era un fenómeno.
Charlie Maka fue al terminal de contenedores del puerto para informar a los operarios con el fin de que redoblaran la vigilancia porque un sabueso iba tras ellos.
Llevaban mucho tiempo sin incidentes dignos de mención y satisfechos los pagos correspondientes a las personas indicadas, no había problemas en las descargas, pero la aparición de Paco Figueroa en el horizonte aportaba una variable preocupante de la que Altuza quería ocuparse personalmente.
No conocía a Paco directamente, pero a través de sus subordinados hacía ya tiempo que le llegaban comentarios sobre el policía, su forma de trabajar, su negativa a recibir dinero y su profesionalidad y diligencia a la hora de enfrentarse a su trabajo y acometer caso tras caso.
Una de las últimas informaciones que recibió sobre el inspector relativa a su jubilación le alegró el día y un suspiro de alivio salió de su boca al enterarse.
Figueroa no había intervenido en ninguno de los casos que estaban relacionados directa o indirectamente con el grupo de Altuza, pero conociéndolo, el mero hecho de estar en el horizonte y que alguna pista los colocara en su senda, lo convertía en un elemento muy peligroso para toda la banda.
Los policías que tenía a sueldo se habían encargado, bastante bien, por cierto, de mantenerlo alejado de él y de su entorno, pero ahora los indicios lo traían al puerto, al club Eros y a Molino de Viento, tres de los ejes fundamentales de su organización y fuente de ingresos.
*
Aquella tarde Elena estaba más alterada que de costumbre.
En la consulta odontológica donde trabajaba había sufrido dos o tres incomparecencias y estaba cabreada y muy molesta.
Perfilar una agenda constante con cambios casi diarios para intentar cuadrar la disponibilidad de los pacientes era una tarea titánica y había que hacer malabarismos para cuadrar algunas horas con el fin de hacerles las visitas lo más llevaderas posible.
Por eso, que dos o tres personas hubieran fallado y dejaran esos huecos libres, constituía todo un caos.
Solía sucederle a menudo, pero cada vez lo llevaba peor. No era lo mismo mentalizarse para tener en una jornada dos ortodoncias que tres empastes o meras extracciones.
Casi a la hora de cenar llegó Paco de la comisaría. Al verla con un semblante tan serio no perdió la oportunidad de enterarse de lo que había ocurrido.
—Estás muy cabreada. Se te nota en esas facciones tan tensas de la cara. ¿Ha pasado algo en el trabajo? —preguntó.
—Lo que me ocurre demasiadas veces: Dos cretinos que no han llamado para cancelar la cita y avisarnos de que no podían venir. Nos han roto todo el día —contestó.
Paco se mostró extrañado por ese mal humor de Elena por una cuestión tan nimia, pero con el paso de los minutos descubrió que era sólo la mecha de ignición de una discusión mayor. El inspector se acercó a ella más cariñoso que de costumbre y le acarició los hombros con calidez.
—Mujer, esas cosas pasan y cretinos y gilipollas van a seguir existiendo siempre —contestó quitándole importancia al asunto.
—Sí. Ya sé. Ocurre más de lo que imaginas, pero me cuesta acostumbrarme. Me pone de los nervios —argumentó Elena.
—Intenta olvidarlo, Elena. Estas cosas no hacen más que desquiciarse y tú no eres así — Intentó reconducir el enfado de su pareja.
—¿Sabes lo que más me molesta de ti, Paco? —Intentó reabrir la discusión—. Todo lo suavizas y lo minimizas hasta eliminarlo y no son así las cosas —manteniendo la tensión.
—Nunca pretendo evitar las charlas y las discusiones, Elena. Son cosas que pasan y debes asumirlo. No será la última vez que te ocurra —aseguró el inspector para intentar quitarle hierro al asunto.
—Tenemos que empezar a plantearnos qué es lo que estamos construyendo nosotros, Paco.
¿Qué es lo que queremos, qué es lo que nos une y si esta relación es la que realmente queremos?
Ya me estoy cansando de todo —anunció Elena, lo que hizo ponerse en guardia a Paco que no se esperaba una reacción así.
El inspector guardó silencio un momento, calibrando cada palabra antes de soltarla, consciente de que cualquier cosa que dijera ahora sonaría a excusa, y las excusas eran justo lo que Elena no estaba dispuesta a tolerar aquella noche.
—¿De dónde sale esto, Elena? Hace un minuto hablábamos de pacientes que faltan a su cita —dijo por fin, bajando la voz, ya completamente en serio.
—Sale de que llevo diez años viviendo a medias contigo.
Un piso para ti, uno para mí, y las noches que compartimos siempre a expensas de un teléfono que puede sonar a las cuatro de la madrugada.
Yo también tengo cincuenta años, Paco. Y me estoy preguntando si quiero pasar los que me quedan esperando a que cierres un caso más.
Paco no dijo nada durante un rato. Sabía que había llegado el momento en el que las palabras bonitas ya no servían de nada.
—En un mes dejo la placa, Elena. Lo sabes. Después de esto, no hay más casos a las cuatro de la madrugada.
Ella soltó una risa amarga, sin crueldad, la risa de quien ha oído la misma frase demasiadas veces.
—Llevas prometiéndome esa jubilación desde que te conozco. Y cada vez que se acerca, aparece un caso que se las trae, como este. Quiero creerte. De verdad que quiero. Pero no sé ya si te creo a ti o si me creo a mí misma repitiéndome que esta vez sí.
Se hizo un silencio largo. Paco se sentó a su lado, sin tocarla todavía, dejándole el espacio que necesitaba.
—No te voy a prometer nada más, porque ya sé que las promesas se te han gastado de tanto oírlas. Solo te voy a pedir un mes. Y si en un mes sigo siendo el mismo de siempre, con el teléfono pegado a la oreja, entonces tendrás razón en todo lo que acabas de decir y no te pondré ni una excusa.
Elena lo miró largo rato, sopesando la propuesta. Al final, apoyó la cabeza en su hombro, todavía con el ceño algo fruncido, sin ceder del todo, pero sin marcharse tampoco.
—Un mes, Paco. Ni uno más.
*
Thais Romero era una de las camareras del club Eros.
Al verla se notaba que desentonaba ahí. Traductora, Filóloga y con aspecto intelectual, la vida la había llevado a tener que buscar ingresos tras la irrupción de la Inteligencia Artificial en su gremio que se había llevado por delante a la mitad de sus colegas, incluyéndola a ella.
Había sido una masacre y fueron los profesionales que primero padecieron los estragos de esta nueva tecnología.
Salvo los traductores jurados y poco más, el resto era carne de paro y desempleo.
La solución era reciclarse, aunque tampoco era muy viable, cambiar radicalmente de profesión, como hizo Thais o buscar tiempos mejores mientras aguantaban al borde de la indigencia con ayudas de amigos y familiares.
La situación era peliaguda para casi todos ellos.
Thais no se lo pensó dos veces y decidió aceptar el primer empleo que le propusieran. Fue de camarera en el club Eros y desde el día que la aceptaron, dos años atrás, ahí seguía cumpliendo con sus obligaciones y esperando tiempos mejores.
No le apasionaba el trabajo y tampoco pensaba hacer carrera en la hostelería. Simplemente pensó que para obtener ingresos, la mejor forma era dejarse de miramientos y coger lo primero que llegara y el club Eros fue esa oportunidad.
Paco y Carmela entraron al local casi al final de la tarde, antes de que empezara el trasiego nocturno, mostrando la placa a un gorila de la entrada, que los dejó pasar sin más trámite.
Thais, tras la barra, secaba copas con un trapo mientras los observaba acercarse.
Nada en su porte de traductora reconvertida en camarera elegante encajaba con el resto del personal.
—Buenas tardes. Somos de la Policía. Nada por lo que preocuparse, solo queremos hacer unas preguntas —dijo Paco.
—En este sitio siempre hay algo por lo que preocuparse, inspector —contestó ella, sin dejar de secar la copa—. Pero adelante, pregunten.
Paco enarcó una ceja, gratamente sorprendido por el tono directo de la mujer.
—¿Conoce a un cliente habitual, Carmelo Calderín? Trabaja en el puerto.