Capítulo 2
Luis Altuza era un empresario modelo en la ciudad. Su porte, su presencia y su saber estar entonaba perfectamente con su elegante vestuario. Era uno de los asiduos de los locales frecuentados por la creme de la creme de Las Palmas.
No era uno de los barrios más recomendables para perderse en la ciudad.
Con el tiempo y el desmantelamiento de las chabolas e infraviviendas, el ayuntamiento lo fue reconstruyendo hasta crear algo más habitable y menos peligroso.
Estas medidas junto al crecimiento de los delincuentes habituales y su graduación criminal en otras zonas de la capital o del sur de la isla, completó el resto.
Altuza tenía una oficina en la Plaza de España, al final del paseo de Chil.
Un lugar perfecto cerca del puerto y relativamente alejado de los problemas de lidiar con la fauna nocturna local, que junto a los turistas conformaban un ecosistema curioso donde camellos, paisanos, turistas, gente bien, chusma y ciudadanía convencional intentaban disfrutar de sus días de descanso entre alcohol, drogas, música de la peor especie y cientos de locales de copas y de comida que aportaban la logística e intendencia de cada noche.
La oficina era más una tapadera de todo tipo de negocios poco claros que respondía al nombre de Importaciones Altuza, una suerte de representación de marcas desconocidas de todo tipo.
Laura, una mujer en torno a los cuarenta, se encargaba del papeleo de la firma y actuaba como secretaria, chica para todo, amante del jefe y la totalidad de la plantilla.
El resto, cuando surgía, se subcontrataba.
Por ahí aparecía cada lunes Charlie Maka para dar novedades al jefe, contar las ganancias del fin de semana y poco más.
Altuza conocía a policías y se llevaba bien con ellos. La Policía no lo consideraba un verdadero capo y lo dejaba hacer sin muchas preguntas. A fin de cuentas el trapicheo de los fines de semana lo tenía que organizar alguien y Altuza lo hacía bien sin crear demasiados problemas.
Podría también mencionarse que había señales inconfundibles de que parte de la Policía se lucraba de alguna forma con esas actividades, pero no se investigaba, no se comentaba y nadie protestaba por ello, por lo que se mantenía en un limbo esa situación.
Como en cualquier comisaría, en la de Las Palmas, había muy buenos policías, policías corruptos, policías mediocres, trepas y gente que ocupaba esos puestos para poder vivir.
El ecosistema habitual en cualquier colectivo se hacía evidente en torno a la Supercomisaría de la Avenida Marítima.
Esa mañana el mafioso estaba alterado. De madrugada le había llegado la noticia de la prostituta muerta, una de sus prostitutas de Molino de viento y eso no era nada bueno para el negocio.
Llamó con insistencia a Charlie Maka para pedirle explicaciones, pero tampoco tenía nada que contarle.
No había tensión entre las distintas bandas y organizaciones de la ciudad, había acuerdos que se respetaban y todo inducía a pensar que se trataba de un crimen perpetrado por alguien ajeno a las organizaciones delictivas de la capital.
Aunque todo eran conjeturas y suposiciones, Altuza y sus hombres preguntaron al resto de bandas y grupos de la ciudad e incluso del sur de la isla, pero nadie sabía nada.
Charlie Maka llegó al despacho de su jefe solicito y puntual como de costumbre.
Sus aires de chulo de barrio con tatuajes por todo su cuerpo y músculos de gimnasio y proteína en polvo no pasaban desapercibidos.
Él quería siempre causar esa impresión de estar presente en todo momento. De dejarse notar.
Su jefe le preguntó nada más verlo.
—¿Y bien? —pronunció lacónico.
—Nadie sabe nada. En la ciudad todos dicen que no tienen nada que ver y los creo. Esta es una chapuza de alguien sin escrúpulos que no está en el ajo —respondió el sicario.
—¿La Policía sabe algo? ¿Hay detenidos o pistas? —inquirió.
—Por lo que me cuentan han puesto a un investigador con experiencia, pero es pronto para saber algo —contestó.
Paco salió a tomarse un café para despejar algo la mente y llegó a la comisaría pasadas las dos de la tarde. La noche anterior había sido complicada. Al llegar, Carmela lo esperaba ansiosa con la cartera de Carmelo Calderín en la mano.
Al verla, el inspector la saludó con un movimiento de cabeza y fue directo al grano.
—¿Del escenario? —preguntó.
—Así es, jefe —respondió su colega—. Es un regalo de tu amigo Verdejo. Un operario de limpieza la trajo esta mañana.
—Verdejo buscó la dirección, fue a ver al dueño de la cartera y, según me comentó, dedujo que no tenía nada que ver con el caso. La perdió en Molino de Viento una noche de farra, según le dijo su propietario.
Paco frunció el ceño y permaneció unos segundos en silencio antes de abrir la cartera y examinar su contenido.
Tres tarjetas de crédito, una de débito, una de Ikea, otra de Alcampo, el DNI, el carné de conducir y ciento veinte euros con un aspecto casi inmaculado, lo que daba la impresión de que habían sido retirados de un cajero aquella misma noche.
En uno de los compartimentos interiores encontró una tarjeta del club Eros, situado en la calle Nicolás Estévanez, un local de copas y chicas ligeras de ropa en el puerto, bastante alejado de la zona de Molino de Viento.
Dispuso todos los objetos sobre la mesa y siguió reflexionando.
Aquellos silencios exasperaban especialmente a Carmela, que no entendía por qué se comportaba de aquella manera.
Sin embargo, con el paso del tiempo había ido comprendiendo el proceso mental que seguía su compañero y terminó por acostumbrarse a él.
—El dueño de la cartera, Calderín, no ha tenido nada que ver con el asesinato.
Pídele los datos a Verdejo para ir a verlo.
Seguro que nos cuenta algo más. Y ojo, porque tanto el uno como el otro nos ocultan algo que quizás no tenga mucha importancia, pero que debemos saber —argumentó el investigador.
Recogidos todos los elementos, fue en busca de Verdejo. Estaba tomando un café en la estancia donde los policías descansaban, tomaban un refrigerio o pasaban los ratos muertos. Lo vio al llegar, junto a la máquina de café. Estaba a punto de llenarse la taza.
—Tomás —lo abordó—. Lo primero, gracias por la cartera. Verdejo asintió con la cabeza.
—¿Le preguntaste a Calderín sobre la tarjeta del club Eros que tenía en la cartera?
—No, no le di importancia. Estos puteros llevan tarjetas de ese tipo de forma habitual, ya sabes, para emergencias.
—Noté que la tarjeta no era nueva, por lo que supuse que llevaba ya un tiempo en su cartera, y por eso te preguntaba. Quizás sea un cliente asiduo de ese local.
—¿Qué te pareció el sujeto? —preguntó.
—Creo que es el típico trabajador del puerto que se desmadra de vez en cuando.
Vive con su madre en una casa modesta de La Isleta y parece un tipo más o menos sano que se pega sus juergas de vez en cuando.
Aunque en su mirada hay algo que no sé si es temor, desconfianza o desidia.
En resumen, alguien de lo más normal, sin relación con los trapicheos del puerto — respondió.
Paco Figueroa se quedó convencido por la respuesta y ya se disponía a abandonar la estancia cuando se dio la vuelta.
—Una cosa no quita la otra, Verdejo. Pero es la última vez que te metes en un caso mío.
Si surge algo más, lo hablas conmigo o con Carmela, porque ya nos conocemos —sentenció.
Verdejo se disponía a responder algo, pero su interlocutor ya se había marchado.
Su semblante mostraba en ese momento todo el odio e ira que había contenido mientras hablaba con su colega y que ya no podía disimular.
Charlie Maka asumía todo el control organizativo del grupo de Altuza.
Prostitución y drogas, al margen de la gerencia legal del club Eros, que también pasaba por sus manos.
Bien es cierto que el local servía de punto de reunión y tránsito para unas cosas y otras que se escapaban de la legalidad, la bordeaban o estaban totalmente al otro lado.
Había pasado de camellito de medio pelo una década atrás a ser el lugarteniente del empresario. No era excesivamente inteligente, pero era fiel, leal y ese déficit de inteligencia lo suplía con sus músculos y la constante amenaza del uso de la fuerza.
Carmelo Calderín era uno de los asiduos del club Eros y conocía bastante bien a Charlie Maka.
En alguna ocasión le había echado una mano cuando se había pasado con las copas y el portuario le había ayudado en algún trapicheo menor con algún cargamento del puerto.
Eran conocidos, tenían cierta amistad, pero no era como para lanzar cohetes.
Se podría decir que se llevaban muy bien.
El nombre de Charlie Maka había surgido en la conversación de Calderín con Verdejo en su casa y el policía no le trasladó este dato a Figueroa.
Al principio fue un despiste sin importancia, pensó Verdejo, pero tras recibir la amenaza de su colega, comenzó a maquinar cómo usar esa información extra, que desconocía el investigador, en su propio beneficio.
A fin de cuentas, se decía, la oportunidad perdida de la cartera, nos ofrecía otra ocasión, la de trabajar con la pista de Charlie Maka, para marcarse un tanto ante la comisaria.
Luis Altuza tenía la mosca detrás de la oreja y no se fiaba de las investigaciones policiales que podrían relacionarlos y remover todo su tinglado.
Mirando por los ventanales de su oficina, daba la impresión de que buscaba respuestas en alguna de las cuatro figuras de la obra Actividades primitivas canarias, que presidía desde el centro la plaza de España, antes la de La Victoria.
Cuando se convenció de que ninguna de esas cuatro representaciones de piedra le iba a dar una solución, probó con Charlie Maka, que estaba sentado en uno de los escritorios del despacho.
—Charlie, ¿crees que debemos preocuparnos si empiezan a investigar el club o la oficina?
¿Qué nos relaciona con los crímenes? —preguntó.