Cruces y sombras Capítulo 1 #8
9%

Capítulo 1 #8

—Por lo que vi en la escena, fue violada probablemente, de modo que nos centraremos en la hipótesis de que es el mismo asesino de las otras dos chicas. Las cruces y las medallas de los arcángeles nos marcan el camino —argumentó el policía.

Paco, cogiendo los papeles, folios, pruebas, gráficos, fotos y demás del caso se dirigió a una estancia vacía que utilizaban como espacio para todo y empezó a colocar las piezas en una mesa.

—Ve a por una pizarra grande al almacén. Vamos a organizar todo esto y colocar cada pieza en su sitio —indicó el inspector a su subordinada.

Carmela fue al almacén y trajo el biombo y la pizarra. Tras colocarlo en la estancia, la habitación comenzó a parecerse a un espacio de investigación de verdad y no a un lugar sombrío sin uso.

Al ver todo organizado, Figueroa miró desde la distancia, observó a Carmela y le dijo: Tenemos que reservar este espacio para nosotros. Hablaré con la jefa para que nos deje una llave y podamos tenerlo como... nuestro santuario, terminó diciendo tras esbozar una sonrisa.

En la Isleta, Verdejo alcanzó la casa de Carmelo Calderín a la hora que había calculado que llegaría. Llamó al timbre y sin tardar demasiado apareció un hombre de mediana edad.

—Buenas tardes. ¿Qué desea? —preguntó.

—Soy inspector de la Policía. Busco a Carmelo Calderín —respondió el agente.

—Soy yo. Carmelo, para servirle —contestó con mucha tranquilidad.

Verdejo en este punto, al ver la calma y la serenidad en la respuesta, empezó a dudar sobre si sería buena idea llevarlo a la comisaría para interrogarlo.

Pensó que ya habría demasiada gente haciendo preguntas sobre el implicado y que, a aquellas horas, Paco seguramente estaría ya en su puesto.

Si lo veía con un detenido sin que le diera demasiadas explicaciones, notaría que algo extraño ocurría.

Era un riesgo demasiado grande y no podía permitírselo.

—Hemos encontrado una cartera con su documentación en Vegueta. Justo en el escenario de un crimen —soltó el policía a bocajarro, observando la reacción del paisano.

Carmelo ni se inmutó. Al contrario, pareció tomárselo con alivio.

—Menos mal que la han recuperado. Ya pensaba renovar toda la documentación y dar de baja las tarjetas. ¿Viene a devolvérmela? —contestó.

Verdejo dudó durante un segundo sobre qué hacer con aquel regalo que le había caído del cielo, pero no quiso arriesgarse demasiado. El premio era muy goloso, pero si la cartera no suponía un avance significativo en la investigación y el asunto llegaba a oídos de Figueroa, podría ser su fin.

—Sí, vengo a devolvérsela y a hacerle unas preguntas, si no le importa —le informó.

—Claro, inspector. ¿Quiere pasar y tomarse un café mientras charlamos? —respondió Calderín.

El policía no tenía mucho que hacer en comisaría y la espera le había provocado cierta somnolencia, de modo que decidió aceptar la invitación. Probablemente, pensó, alrededor de un café la conversación resultaría más cercana e incluso más fluida.

—¿Cómo perdió la cartera? —preguntó.

—Estaba de farra el otro día y, con los colegas, terminamos en Molino de Viento. Ya sabe usted cómo son esas cosas. Cuando nos íbamos, intenté pagar unas consumiciones, pero la cartera ya no estaba. Mis amigos pagaron la cuenta. La buscamos un rato por allí, pero no encontramos nada.

Mientras hablaban, Verdejo se dio cuenta de que la cartera era un arma de doble filo y que podía perjudicarlo tanto si se la entregaba a su dueño como si la depositaba en comisaría.

La conversación con Calderín, tras contarle lo del supuesto robo, derivó hacia temas de pesca, aventuras en el Puerto de La Luz y otras menudencias que importaban más bien poco al inspector, salvo algunos detalles que lo relacionaban con gente poco recomendable.

Seguía dándole vueltas a cómo proceder con la cartera, apenas prestando atención a lo que le contaba Carmelo, que continuaba entusiasmado relatándole mil y una peripecias de sus salidas nocturnas por la zona.

Al final, tomó una decisión.

—Carmelo, creo que lo más adecuado es llevar la cartera a comisaría. No deja de ser una prueba hallada en un escenario de asesinato. Pero, como veo que no tienes nada que ver con el asunto, puedo ayudarte a renovar toda la documentación. Lo del banco y las tarjetas tendrás que gestionarlo tú mismo.

—¿Y cuándo me devolverán todo? —preguntó Calderín.

—Hum... —titubeó Verdejo—. Las investigaciones suelen alargarse y no podría darte una fecha. Lo que te recomiendo es que renueves toda la documentación y te quedes tranquilo. Con el DNI y el carné de conducir puedo ayudarte y los tendrás esta misma tarde o mañana.

—Si ese es su consejo, haré lo que me dice —contestó el portuario.

Verdejo se despidió de él y le entregó su tarjeta para realizar las gestiones que le había prometido. Mientras caminaba hacia el coche, volvió a pensar en aquel hombre. Un tipo afable, sin duda, pero que ocultaba algo que no sabría explicar y que cualquier policía de pura cepa sabría detectar.

¿Y si Calderín, aunque no tuviera nada que ver con el caso, no fuera tan trigo limpio como daba a entender? —se preguntó.