Capítulo 1 #7
—Esto es todo lo que encontré. Al inspector Figueroa no le pudimos ayudar mucho más. La cartera apareció después de que se fuera. Estaba debajo del contenedor, señor — argumentó.
—Está muy bien. Seguro que con esto conseguimos avanzar con alguna pista —puntualizó el policía.
El empleado de la limpieza hizo un amago para llamar al camarero y pedir algo para Verdejo, pero Tomás tenía prisa y se excusó.
—Tenemos mucho lío arriba— dijo, señalando la enorme mole que constituía la supercomisaría de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Un edificio que imponía en medio de la Avenida Marítima.
El señor meneó la cabeza y se despidió con la mano, algo contrariado por la negativa de Tomás a compartir un trago. Al final se encogió de hombros y siguió terminando su quinto.
Tomás estaba ansioso por llegar a la comisaría, de la que tan solo lo separaban unos doscientos metros.
Con estos datos confiaba en ser el protagonista por una vez de una verdadera investigación y demostrar que sabía hacer las cosas bien y resolver casos complejos.
Al llegar buscó en el ordenador la dirección del poseedor del DNI que aparecía en la cartera.
También llamó al banco para que le facilitaran el número de teléfono.
Cuando lo obtuvo se dirigió a La Isleta.
A la calle Artemi Semidán, donde en el número 57, vivía Carmelo Calderín.
Un rostro de satisfacción se dibujaba en su rostro mientras conducía hacia su destino.
En el barrio de La Isleta era muy complicado aparcar.
Si tenías suerte y alguien salía y te dejaba una plaza libre, podías sentirte afortunado.
Aunque Tomás sabía que dejando la acreditación de Policía en Servicio, los municipales no le dirían nada por aparcar en algún vado o incluso paso de cebra.
Al acercarse al domicilio de Calderín, observó el bullicio del Bar El Cherne, uno de los típicos establecimientos de barrio, anteriormente frecuentado por pescadores y trabajadores del puerto y que desde hace unos años ya albergaba a una fauna bastante más variopinta.
Un portal más arriba estaba el número 57, una casa terrera de dos plantas, de las típicas de la zona.
Observó la casa desde cierta distancia, no vio a nadie en el edificio y tocó el timbre. Al cabo de unos cuantos segundos que se le eternizaron, comenzó a oír en la lejanía unos pasos cansinos que se iban acercando desde el interior hasta la puerta de entrada.
Una señora mayor que probablemente ya no cumpliría los ochenta años le abrió la puerta. Tenía un aspecto difícilmente definible. Despeinada, una bata que ya disfrutó sus mejores momentos y una mirada que oscilaba entre la tristeza y el aburrimiento.
—¿Quién es? —dijo antes de abrir la puerta aspirando la s final.
—Inspector Tomás Verdejo de la Policía —contestó el agente.
Al oír su respuesta, apareció frente a él, algo asombrada por su indumentaria.
—¿No debería ir con el uniforme de policía? —preguntó.
—No —respondió Verdejo mostrándole su placa—. Soy inspector y no solemos llevar uniforme.
—Creía que todos los policías lo llevaban —concluyó la señora.
—Vengo porque ha aparecido una cartera a nombre de un señor que vive aquí. Carmelo Calderín. ¿Lo conoce? —preguntó el agente.
—¡Claro! Es mi hijo —contestó su madre sin dudarlo.
—Puedo hablar con él —preguntó Verdejo.
—Ahora está trabajando. Sale temprano y no llega hasta las tres y media más o menos — replicó la señora sin titubear.
—¡Vaya! Confiaba poder hablar con él. Me pasaré a esa hora. Muchas gracias —concluyó el agente.
—Como usted quiera, señor. Que tenga un buen día —se despidió la madre de Carmelo mientras cerraba la puerta.
Para Verdejo era básico que ni Calderín ni su madre cayeran en el radar de Paco.
Incluso tampoco debía saber, al menos de momento, que se había entrometido cogiendo una llamada relacionada con su caso y actuando a sus espaldas.
Si cometía un error, lejos de beneficiarlo, podría empeorar todavía más el tira y afloja que mantenía con Figueroa e incluso embarrar su ya compleja relación con la comisaria para intentar seguir medrando.
Miró el reloj y decidió dar un paseo hasta la playa.
Las Canteras no quedaban lejos y siempre resultaban entretenidas en cualquier época del año con su trasiego de turistas, buscavidas, despistados, bañistas, pescadores y comerciantes de los mil y un negocios que se abrían mirando al mar y en las calles circundantes.
En su paseo rezaba para que Paco no llegara demasiado pronto a la comisaría y continuara sus pesquisas y por aquellos azares del destino hablara con el operario de limpieza. Era un riesgo que debía correr.
Paco llegó a la comisaría al filo del mediodía.
Le quedaba a dos pasos desde la casa de Elena.
Carmela ya lo esperaba para darle alguna información añadida del cadáver de la noche.
Se trataba de Soledad Pérez, una prostituta conocida en Molino de viento que llevaba años pagando el alquiler de su madre enferma con lo que sacaba en la calle.
Había sido violada vaginal y analmente y el asesino se había ensañado con ella con varias puñaladas extra post mortem, aunque según todos los indicios había muerto estrangulada.
La nueva información no sorprendió a Figueroa que ya imaginaba todo eso y algo más tras observar a la difunta en la calle Espíritu Santo.
Tenía un olfato especial para los detalles y, aunque a simple vista se mostraba algo despegado de su oficio e incluso apático, nunca se le escapaban los detalles de interés.
—Encontraron algo más en la escena —preguntó.
—Que yo sepa, aquí está todo lo que se encontró, jefe —contestó solícita Carmela.
Mientras observaba las tres cruces y las tres medallas con una lupa de aumento se interesó por los análisis forenses.
—Imagino que los análisis no los tendrán todavía —Inquirió.
—Jefe, el cadáver lo encontraron ayer de madrugada. Además los forenses no son especialmente diligentes en ese aspecto —contestó la agente con algo de sorna.
Paco esbozó una sonrisa y enarcó las cejas entendiendo la broma.