Capítulo 1 #6
A esas horas y con las calles casi vacías, no tuvo que sacar la señal luminosa para avanzar a través de la ciudad. En cinco minutos estaba ya frente a la agente Sonia Ballabriga, que le informaba de lo que debía saber.
—Chano fue el que nos llamó. Estaba agrupando unos cartones para que los recogiera el camión del ayuntamiento, cuando al retirarlos observó el cuerpo. Dice que no tocó nada y que llamó a la comisaría. Nosotros estábamos cerca y llegamos pocos minutos después.
—¿Habéis observado algo extraño que deba saber? Al margen del cuerpo, claro, que ya de por sí, aparecer por aquí no es muy normal.
—No había nada de particular. Además como sabíamos que venías, no quisimos mover ni tocar nada más.
—Bien hecho, Ballabriga. Empezaré por inspeccionar el cuerpo y después hablaré con el hombre que la descubrió.
—Chano, puntualizó la agente Sonia.
—Ese mismo que has dicho, respondió Paco.
El detective se acercó al cuerpo con lentitud mientras se colocaba los guantes de látex que usaba regularmente para no contaminar las pruebas.
Al llegar y junto a un contenedor se encontró a una mujer de mediana edad.
Calculó que estaría en torno a los treinta o quizás algo más.
Estaba desnuda de cintura para abajo y un cuchillo clavado entre los senos.
En su pubis a medio rasurar una medalla y en la entrepierna una nueva cruz templaria.
Con sumo cuidado cogió la medalla con las pinzas que ya llevaba en su mano derecha y se la acercó a los ojos con interés.
Quizás se decidía ahí mismo el recorrido del caso o se cerraba definitivamente, al menos en lo que respectaba a las muertes.
Si el nuevo arcángel era venerado según el rito cristiano podría terminar con este cadáver todo o podría haber otros cuatro más del rito ortodoxo.
Si era un arcángel de los ortodoxos, a este crimen habría que sumar otros cuatro, si el asesino en serie quería completar su obra.
Se guardó la medalla y la cruz en sendas bolsas de pruebas y fue directo a ver a Chano, el descubridor del cuerpo. Un hombre cerca de los sesenta años que fumaba un cigarrillo Mecánicos sin filtro, de los que levantan a un muerto.
—¿Usted es Chano, no? —preguntó el inspector.
—Sí señor. Para servirle —contestó el operario ajustándose la gorra.
—¿Cómo encontró el cuerpo? —Inquirió el policía.
—Estaba justo bajo los cartones. Los suelo recoger cada mañana. Son los que dejan de las tiendas y no han recogido los cartoneros —aseguró el interpelado.
—¿Vió algo extraño en el lugar? ¿Vió a alguien cerca? —volvió a preguntar Paco.
—Todo normal. Como siempre. A estas horas no hay nadie por la calle. Algún ratoncito, cucarachas y poco más —puntualizó el señor.
—Gracias por su colaboración. Creo que es todo. Deje su teléfono a la agente y si lo necesitamos en otro momento lo llamaremos. Que tenga una buena noche —se despidió.
—Vayan con Dios, contestó atentamente el operario de la limpieza, mientras se alejaba en dirección al camión que lo esperaba ya a lo lejos.
Paco dejó marchar al hombre para dedicarle tiempo a lo que le interesaba realmente: el cadáver.
Tampoco es que esperara demasiado de sus respuestas, pero siempre era bueno lanzar la caña a ver si caía algo.
En este caso no hubo suerte. Todo normal, tal como esperaba.
Si hubiera tenido al operario esperando no podría haberse dedicado plenamente a investigar el cadáver. Por eso actuó en ese orden.
La mujer estaba tumbada mirando hacia arriba como si estuviera viendo la noche estrellada de la ciudad. No era ni guapa, ni fea, ni corpulenta, ni delgada. Era una señora estándar que no llamaba la atención por nada especial.
A falta de la autopsia daba la impresión de que había muerto por el cuchillo clavado en el pecho, aunque el inspector pensó, por las heridas, que esa herida fue realizada post mortem. Le llamó la atención la laceración del cuello por lo que no descartó el estrangulamiento.
Sacó de su pequeño maletín la cruz patada templaria y la medalla y echó mano del móvil donde tenía una imagen de los tres arcángeles del rito católico y los siete del rito ortodoxo que comparó con la medalla.
Tras varias vacilaciones y dudas, llegó a la conclusión de que se trataba del arcángel Jeremiel. Aunque no era uno de los principales, entre algunos ritos ortodoxos se le consideraba el octavo arcángel.
No era Gabriel. Durante días había dado por hecho, casi con alivio, que el tercer cuerpo cerraría la breve lista católica y que ahí, con suerte, terminaría todo.
La aparición de Jeremiel echaba por tierra esa esperanza de un plumazo: el asesino no seguía el rito breve y contenido que Paco había querido imaginarle, sino el más amplio y menos conocido, el que multiplicaba por más del doble el número de víctimas posibles.
Recomponiendo el caso, el asesino había echado mano de un arcángel tangencial, aunque venerado por algunos ritos, por lo que se sumaba uno más a la lista, y no de los que Paco hubiera querido sumar.
Estaba claro que tendríamos cinco asesinatos más probablemente.
Ya tenía claro todo lo relacionado con los arcángeles, pero no tenía ni idea de qué pintaban los templarios en este asunto tan truculento.
En esta ocasión no le prestó demasiada atención al cuerpo.
A simple vista no había encontrado nada que se saliera de lo habitual y prefería esperar el resultado de las pruebas forenses antes de aventurarse con teorías que probablemente estarían equivocadas.
El forense de guardia llegó poco después. Un tipo de mediana edad que no llamaba la atención por nada. El típico funcionario que hace su trabajo y se marcha. El juez de guardia era algo más dicharachero y charló algo más con Paco del asunto, aunque nada de trascendencia que mereciera la pena.
Con las esperas, la observación de las pruebas y las charlas con unos y otros se habían hecho ya las seis de la mañana.
Paco se despidió de los que quedaban y decidió irse a casa e intentar dormir un poco hasta las diez o así que se acercaría de nuevo a la comisaría.
Volvió a casa de Elena. Le quedaba a dos pasos y podría descansar algo más.
Mientras conducía hizo una radiografía mental de todo lo que se le venía encima: los arcángeles ortodoxos, los otros cinco asesinatos probables que quedaban según sus cálculos y la inmensidad del caso que tendría que resolver en menos de un mes.
Al llegar a casa de Elena, se metió en la cama, se tapó entero con la sábana y una colcha muy suave e hizo click en su mente para olvidarse de todo durante algunas horas.
*
Tomás Verdejo era un policía mediocre que había conseguido medrar lo suficiente como para llegar a detective de homicidios, aunque sus limitaciones eran evidentes para todos.
Era de esas personas que caía mal a cualquiera, excepto a los jefes a los que les hacía la pelota y gracias a los cuales se había ido encaramando desde abajo al puesto que detentaba sin merecerlo.
De niño, en el mismo colegio de curas de la capital al que sus padres lo mandaban becado, mientras el resto de sus compañeros lo esquivaban por torpe y por soplón, hubo un solo chico, dos cursos mayor, que lo defendió más de una vez a la salida sin pedirle nada a cambio.
Se llamaba Ezequiel, y con los años, ya adultos, cada uno siguió un camino tan distinto del otro que apenas se veían más de una vez al año, aunque Verdejo nunca dejó de sentir, por aquel amigo de la infancia, una lealtad que ni él mismo sabría explicar del todo si alguien se lo preguntara.
A él le destinaban los casos sencillos, aquellos que hasta un niño de 10 años podría resolver.
No estaba preparado para más, pero siempre exageraba sus atribuciones y, al escucharlo sin conocerlo de verdad, daba la impresión de que la comisaría no podría funcionar sin él, cuando la realidad era diametralmente opuesta.
A Paco siempre lo envidiaba e intentaba zancadillear siempre que podía, pero a menudo en vano.
Era bastante torpe hasta para eso. Paco lo aguantaba, pero no lo soportaba, aunque como compañero en la Policía, tenía que hacer de tripas corazón y tolerarlo, disimular su desprecio y simular una camaradería que nunca existió.
En ausencia de Paco, Verdejo cogió el teléfono aquella mañana.
Era el empleado de la limpieza con el que Paco había hablado la madrugada anterior sin darle demasiada importancia.
Había encontrado una billetera junto al cadáver de la víctima, pero que no pertenecía a la difunta.
Por la descripción, la documentación pertenecía a un hombre de unos treinta años, según pudo adivinar el empleado municipal, por las fotos en los carnés que figuraban junto a algunas tarjetas de crédito y que estaban a nombre de Carmelo Calderín Hernández.
Verdejo pensó que había llegado su oportunidad y emplazó al hombre en un bar cercano a la comisaría en la calle León y Castillo, junto a la plaza de la Feria.
Uno de esos bares bulliciosos a la hora de los desayunos y por el que pasan decenas de trabajadores para darle una alegría a su estómago en medio de de su jornada de trabajo.
El operario de la limpieza llegó antes que Tomás. Mientras esperaba pidió una cerveza Tropical al camarero. Cuando iba por el segundo sorbo apareció Tomás por la puerta. Miró a izquierda y derecha y por su indumentaria lo reconoció nada más verlo.
—Buenos días. Soy el inspector Tomás Verdejo— lo saludó estrechándole la mano.
El hombre, algo confundido, extendió la mano para corresponderle con el saludo. ¿No viene el inspector Figueroa? —preguntó.
—No. él se acostó muy tarde y vendrá a la comisaría a la tarde, pero yo se lo comunicaré todo —respondió Verdejo.
—¡Entendido! —comentó el hombre.
—Ha traído la billetera— inquirió Verdejo.
—Si aquí la tengo— respondió el operario sacando de su bolsillo trasero una cartera de piel sencilla.