Capítulo 1 #5
Matías observó durante un tiempo las fotos.
Les daba una y otra vuelta. Incluso usó la lupa de su móvil para interesarse por detalles que no se percibían a simple vista.
Paco Figueroa lo miraba muy interesado y a la espera de su veredicto.
Como pescador conocía de buena mano un buen número de traumatismos y heridas de todo tipo que se generaban en el desempeño de un trabajo exigente y muy sacrificado.
Tras unos segundos, que al policía se le hicieron muy largos, respondió.
—No sé qué tipo de alimaña ha podido hacer esto, pero los golpes y heridas que se ven en las imágenes son obra de alguien sin corazón. Un desalmado que no conoce la piedad. Se ensañó con ellas con muy mala baba. ¡Un criminal! —le respondió Matías, impresionado por lo que estaba viendo.
*
El despacho de Manuel Lasanta no llamaba la atención por nada especial.
Era uno más de esos cubículos funcionales e impersonales de alguien sin aficiones, sin afectos y sin querencias.
Trepando desde abajo había conseguido auparse con esfuerzo hasta la concejalía que presidía, aunque no tenía ni idea de lo que era el trabajo o el desempeño, desde el partido lo consideraban un tipo cumplidor y fiel y por ello lo habían ido colocando en un puesto tras otro.
No sabía de nada, no molestaba a nadie, no competía con sus compañeros y no caía mal.
Cualidades muy apreciadas entre los políticos mediocres para ir ascendiendo hacia la nada para ir ocupando poltrona tras poltrona.
Lasanta estaba mucho más preocupado por su perfil en prensa y medios que por su labor como servidor público.
Dedicaba buena parte de su tiempo a realizar campañas de todo tipo como adalid de decenas de iniciativas que le daban buena fama en la ciudad, aunque al final todo quedaba en la venta de un poco más de humo.
La única mancha en su historial la protagonizó Paco Figueroa, cuando tras años de investigación consiguió llevarlo ante los tribunales por el soborno a otro funcionario y el desvío de algo más de un millón de euros.
Los hechos quedaron claros y también la condena, aunque Lasanta supo manejar hábilmente sus hilos y sólo estuvo en la cárcel el tiempo para descansar un verano y preparar con detalle su ansiada venganza contra el policía.
Paco Figueroa no tenía nada personalmente contra Manuel Lasanta.
Era un caso más que le había tocado por turno rotatorio en la comisaría.
Nada del otro mundo. Él investigó, escudriñó en registros, interrogó a testigos y, tras casi un año de investigación, entregó su informe al juez y a la fiscalía y se desentendió del caso porque ya otro asesinato lo reclamaba.
Ya se había olvidado de Lasanta cuando el fiscal lo llamó como principal testigo de la acusación.
El día del juicio contestó a todas las cuestiones relacionadas con su investigación, salió del Palacio de Justicia y volvió a olvidarse del caso.
Ni siquiera estuvo pendiente de la sentencia.
Los casos con políticos por medio no le gustaban y siempre pensaba que todo estaba amañado para que las penas fueran incomprensiblemente suaves para ellos.
Confiaba en la justicia, pero con políticos por medio, todo era diferente.
Lo sabía demasiado bien. Por eso no le prestó demasiada atención a todo aquello y procuró olvidarse cuanto antes.
El político no era de los que olvidaba fácilmente las afrentas y la investigación del inspector Figueroa se la tomó como algo personal.
Durante los meses que siguieron a su sorprendente excarcelación, llegaron requerimientos a la comisaría por casi todo lo imaginable: malos tratos en los interrogatorios, falsificación de pruebas, intromisión en el honor, etc.
Figueroa se lo tomaba como parte de su oficio y con el tiempo todas y cada una de esas denuncias fueron archivadas, lo que encabronó todavía más a Lasanta que juró que algún día se las pagaría todas juntas.
Paco llevaba ya años de vuelta de todo y apenas había un par de cosas que le quitara el sueño.
La primera era su pareja Elena, una atractiva mujer madura con la que mantenía una relación bastante peculiar.
Desde las primeras semanas, Paco decidió que lo mejor era vivir cada uno en su casa y reunirse en una u otra para sus encuentros.
Nada de convivir porque el carácter fuerte de Elena convertía cualquier cosa en una batalla y con esa distancia, todo era mucho más agradable.
La otra cuestión era el bienestar de su perro Frankie, un pastor garafiano de apenas dos años que adoptó tras la muerte de su dueño en extrañas circunstancias, un crimen que se archivó por falta de pruebas, aunque él seguía asegurando que fue un suicidio.
Frankie vivía con él en el piso y ya había planeado todo lo que harían juntos en el nuevo terrenito con una modesta casa, cuya compra ya estaba negociando con el propietario.
El resto de las cuestiones se las tomaba directamente como venían y no les daba tanta importancia. Llevaba tiempo organizando su vida y ya estaba a solo un paso de conseguir su sueño.
*
Elena no era de esas mujeres que rehuyen una buena discusión.
Le cabreaba mucho que Paco fuera tan tranquilo y prefiriera el silencio o la soledad a estar de parranda, de juerga o simplemente haciendo mil y una cosas.
Era muy activa. Estaba metida en clases de baile, en pintura y asistía a menudo a un club de lectura.
No paraba quieta. Quizás era esa sensación de estar perdiéndose parte de la vida, una vida que ya empezaba a pintar bastos a sus cincuenta años, aunque todavía se apreciaba en ella las formas de toda una mujer bien formada.
Aquella noche habían quedado en casa de ella y Paco dormía plácidamente a su lado después de una cena romántica que había preparado ella con todo cariño, algo de amor y descanso porque sus cuerpos ya no estaban para demasiados trotes.
Serían poco más de las cuatro de la madrugada cuando empezó a sonar con insistencia el teléfono de Paco. La llamada procedía de uno de sus contactos, Comí. Era la abreviatura de Comisaría. El inspector remoloneó en la cama sin intención de cogerlo, pero Elena le acercó el fono a la oreja.
—Cariño, te llaman del trabajo —murmuró, con esa voz somnolienta que aún guardaba el calor de la noche.
Paco gruñó, enterrando la cara en la almohada. Sus párpados pesaban como plomo.
—¿Otra vez? —masculló, la voz ronca y pastosa por el sueño interrumpido.
—Es lo que toca, amigo —replicó ella con una sonrisa resignada, tendiéndole el móvil mientras se apartaba un mechón rebelde de la frente—. No hay quien te gane con tus turnos eternos.
Él tomó el aparato, pulsó el botón verde y se lo acercó al oído.
—¿Sí, diga?
Al otro lado, la voz áspera de la comisaria cortó el aire como un cuchillo.
—Paco, mueve el culo. Han encontrado otro cadáver de los tuyos.
—¿Cómo de los míos? —preguntó el inspector, incorporándose de golpe, ya despierto del todo, con el corazón acelerándose.
—De tu caso, joder. Ven rápido, antes de que los buitres de la prensa lo conviertan en circo.
Elena vivía en la plaza de la Feria, a menos de cinco minutos a pie de la comisaría, pero Paco no se apresuró.
El agua caliente de la ducha le azotó la piel, disipando los últimos jirones de sueño mientras el vapor empañaba el espejo.
Se preparó un café negro, fuerte como el que le gustaba, y olió la camisa de la noche anterior: arrugada, pero decente.
Rebuscó en el cajón de su «segunda casa» —ropa interior limpia, calcetines de sobra, dos o tres camisas de repuesto
— y optó por una fresca, almidonada. Un chorro de su colonia favorita, esa que volvía loca a
Elena con su aroma amaderado, y ya estaba. Se acercó a la cama, donde ella fingía dormir con una sonrisa pícara, y depositó un beso ligero en su frente.
—Vuelvo pronto —susurró.
La puerta se cerró con un clic suave a sus espaldas.
En lugar de desviarse hacia la comisaría, Paco bajó al garaje de Elena con paso firme.
Su viejo Volvo ronroneó al encenderse, y activó el manos libres mientras maniobraba entre las sombras de los pilares.
Llamar directamente era puro sentido común; perder tiempo en papeleo con otro cadáver fresco era de idiotas.
La centralita respondió al primer tono, y la voz ronca de Morales, su amigo de mil guardias compartidas, crujió en el altavoz.
—¿Qué pasa, Paco? ¿Te has caído de la cama o qué? —bromeó Morales, con ese tono socarrón que arrastraba las erres como grava.
Paco soltó una risa seca, girando el volante hacia la salida.
—Ahí estaría aún si Fernández no me hubiera arrancado del edredón hace rato. Paso de comisaría, colega. Dime dónde está la difunta y voy pitando.
—Listo, lo mejor. La pilló un operario de la limpieza al alba. Apunta: Fuente del Espíritu Santo, Vegueta. Le dije que se quedara hasta que lleguemos. La patrulla de Sonia y David ya deben de estar ahí, acordonando el tinglado.
—Perfecto. Diles que me llamen al móvil. Hablamos sobre la marcha.
La calle Espíritu Santo es una de las más tranquilas del barrio capitalino de Vegueta. Por eso le extrañó al oír el nombre y la ubicación, la fuente del mismo nombre.
El monumento tiene una historia curiosa empezando por Manuel Ponce de León, su creador, entre otras obras artísticas de la ciudad.
Un genio de las artes del siglo XIX de la ciudad, que nunca obtuvo su título de arquitectura.
A finales de esa centuria la obra sufrió los avatares de una gran tormenta y destruyó las cuatro musas de la música, la arquitectura, la pintura y la escultura, construidas en yeso.
A lo largo de la historia se intentó recuperar esas figuras, pero no dieron buenos resultados y se retiraron del monumento, que aparece huérfano de sus féminas siempre franqueado por un drago y una araucaria.
Paco lo conocía muy bien. Solía pasear por Vegueta a menudo. Son calles tranquilas que invitan a la meditación y a la calma.