Capítulo 1 #4
Paco Figueroa no dejaba de pensar en todo lo que le había contado su amigo el párroco, pero tenía muchas dudas. Dudas que no lo dejaban pensar con lucidez y que obstaculizaban sus pensamientos y evitaban que elaborara razonamientos elaborados.
Cuando ya vislumbraba el perfil imponente de la comisaría de Las Palmas, cambió de sentido y se dirigió al parque de Santa Catalina.
El parque de Santa Catalina, corazón de la zona turística de la ciudad, era un trasiego de gentes de todo tipo.
Turistas, trabajadores, buscavidas, amas de casa que van o vienen de hacer la compra, policías locales entrando o saliendo de la pequeña comisaría que tienen en el propio parque y viajeros deambulando de un lado a otro y observando todo con detalle.
En una esquina del parque en un rincón que permitía perfectamente el paso, unas decenas de parroquianos jugaban al dominó en unas ocho o diez mesas que estaban llenas de jugadores y rodeadas por mirones y futuros contendientes, que también esperaban su turno para entrar en juego cuando alguno de los ya sentados, se marchaba de la partida.
En un extremo de ese recinto improvisado para el juego estaba Matías, un señor de unos setenta años bien llevados.
Alto, enjuto por la edad, pero todavía bien parecido y muy moreno, rasgo inconfundible de alguien que pasa su vida cerca del mar.
En su caso, la playa de Las Canteras, que estaba ahí mismo a cinco minutos de la plaza o incluso menos.
Jugaba al ajedrez con uno de sus amigos. Si bien la mayoría de las mesas estaban destinadas al dominó, la de Matías era la única que había disponible para practicar en las sesenta y cuatro casillas, pero también tenía sus aficionados alrededor de las partidas.
Cuando llegó Paco Figueroa y saludó con la mano a Matías, un jaque amenazaba su rey. Por eso no le prestó demasiada atención a la llegada de su antiguo colega. En ese momento resolver el ataque de su rival era mucho más importante.
Matías había sido toda su vida pescador.
En el barrio de la Isleta todavía quedaban algunos pescadores de bajura que nutrían a algunas pescaderías y a los restaurantes de la zona turística del puerto.
Llevaba ya unos años jubilado, pero cada día cogía su barca y completaba su paga con algunos peces que atrapaba en la mañana.
No le resultaba complicado. Conocía el litoral grancanario próximo a la capital como la palma de su mano.
Eran amigos desde hacía más de cuarenta años.
Prácticamente desde que llegó el policía destinado a la isla.
Se cayeron bien desde el principio y pasaban horas y horas de tertulia entre vino y vino o jugando una partida de ajedrez.
Matías era inteligente. No tenía demasiados estudios, pero poseía esa sabiduría que solo te ofrece la experiencia de la vida y haber tenido que resolver mil y un problemas dentro y fuera del mar.
Tras casi medio minuto pensando, emitió un chasquido con su lengua y puso el caballo que le quedaba protegiendo a su rey.
Paco Figueroa conocía el significado de ese chasquido: la partida estaba ya ganada.
Así fue en los tres movimientos siguientes.
Su rival calculó mal, cayó en la trampa de Matías, que le ofreció el sacrificio de su dama.
Su oponente cayó en la trampa, y el mate llegó al siguiente turno.
Matías y su oponente se fundieron en un apretón de manos, y el pescador dejó su silla a otro jugador. Luego, se fue hacia su amigo Paco Figueroa, a quien saludó con un cariñoso golpecito en el pecho.
—¿Qué haces por aquí, Paco? —preguntó.
—Me apetecía verte y echar una partida —contestó el policía.
Matías, encogiéndose de hombros y mostrándole la mesa ocupada y rodeada de aficionados a la espera de jugar, le hizo entender que el ajedrez tendría que ser para otro día.
Podrían haber ido a la casa de uno u otro. Tenían tableros, piezas y espacios confortables, pero, por la razón que fuera, siempre jugaban exclusivamente en el parque de Santa Catalina.
—A falta de ajedrez, nos vendrá bien una cervecita fresca —comentó Paco Figueroa.
Matías accedió sin pensar, tomando la dirección del Bar Noray, su hábitat natural cuando no estaba jugando al ajedrez en Santa Catalina.
Tuvieron que caminar un buen trecho. A su ritmo unos quince minutos más o menos hasta llegar por la Calle Albareda a la Puntilla y de ahí a La Naval, donde se encontraba el local que regentaba hacía más de 30 años Cosme, un pescador, colega de Matías, que había colgado las redes por las copas tras un accidente laboral que le dejó ligeras secuelas en una pierna.
Durante el camino hubo ocasión de ponerse al día.
Eran muy buenos amigos, pero las circunstancias impedían que se vieran con más asiduidad.
Matías era el típico personaje de novela.
Un aventurero, un hombre que se bebía la vida a sorbos y que, cualquier escritor que se preciara, al conocer sus peripecias, no dudaría en situarlo como el protagonista de una o varias novelas.
No era de esas personas que llevan una vida anodina o insulsa, toda su trayectoria vital daba para mucho.
Terminó la EGB porque tocaba, aunque le costó y tuvo que presentarse a varias convocatorias para aprobarla.
Ya faenaba con adultos en el pequeño barquillo de su padre, que luego sustituyeron por una falúa de 10 metros.
A los 14 años ya era un consumado patrón y el litoral no tenía secretos para él.
En varias ocasiones se encargaba de patronear la embarcación en ausencia de su padre y los marineros le obedecían sin dudar porque conocían su habilidad al mando.
El último examen de EGB fue su última relación con el mundo académico, si descontamos el examen teórico práctico que tuvo que pasar para obtener el título de Marinero pescador, licencia exigida para patronear barcos de pesca como el de su padre y luego el suyo.
Para ser rigurosos con la realidad, el título fue un mero trámite porque Matías conocía perfectamente el temario, el manejo del barco, las mareas, los rumbos, las derrotas, etc.
Solían incorporar una vela latina en su falúa, una disciplina que Matías practicaba casi desde su infancia en el Club Victoria de La Puntilla, donde desde niño se hizo a la mar con los pequeños botes para practicar vela latina, una de las disciplinas deportivas más enraizadas en los grancanarios y especialmente de los isleteros.
Prefirió irse voluntario a los 18 años al Servicio Militar, obligatorio en el año 85, cuando le tocó a él por edad. Como se puede imaginar no eligió un destino fácil o cómodo en oficinas, en logística o de chófer. Se fue a las COES, el nombre de los cuerpos especiales del ejército de aquella época.
Había dos compañías por región militar y en Las Palmas, su cuartel se encontraba en Las Rehoyas, actualmente convertido en un parque municipal con estadios para el deporte base.
Allí, Matías aprendió toda suerte de habilidades que le fueron muy útiles a lo largo de su vida: lucha cuerpo a cuerpo, supervivencia, manejo de todo tipo de armas, etc.
En tiempos de paz no se podían poner en práctica muchas de esas habilidades, como las relacionadas con las armas, pero otras, le habían venido muy bien en peleas en el puerto con indeseables y en el monte o el mar aplicando técnicas de supervivencia.
Precisamente fue hace más de treinta años cuando se conocieron a raíz de una pelea en el puerto.
Paco Figueroa tuvo que acudir como policía para investigar el caso y rellenar todo el papeleo.
No fue gran cosa, pero una navaja mal empleada terminó en la barriga de un mauritano que llevaba tiempo buscando pelea.
Acabó en el hospital, pero las heridas no fueron graves.
El autor de la puñalada sabía lo que hacía y estaba claro que no pretendía finiquitar la vida de su oponente, solo dejarlo fuera de combate.
Nunca más hablaron de ese asunto y tanto uno como el otro sabían, sin haberlo comentado, quien había sido el ejecutor y que Paco Figueroa lo tenía bastante claro desde el principio.
Quizás el compartir ese secreto a medias fue la primera chispa que dio paso a una amistad tan duradera.
Al llegar al bar se sentaron en una mesa.
Estaba lleno de parroquianos bebiendo cervezas y rones, según los gustos.
A Matías lo saludaron efusivamente. A Paco Figueroa no tanto.
Apenas lo conocían de haberlo visto alguna vez junto al pescador.
Cosme, atareado como estaba, sirviendo a babor y estribor de la barra, apenas tuvo tiempo para saludarlos con una seña.
Al sentarse, Matías se levantó como un muelle y le preguntó a su amigo:
—Dime qué quieres, que aquí ya ves que si no espabilamos nos morimos de sed — preguntó el isletero.
—Para mí una caña está bien. La que tengan —contestó el policía.
Matías le hizo un par de señas a Cosme y, en un abrir y cerrar de ojos, tenía ya las dos cañas sobre la barra justo en el momento en el que llegaba a recogerlas.
Ya de vuelta en la mesa, Paco Figueroa sacó su móvil y le mostró las fotos de las dos mujeres asesinadas. Antes de enseñárselas, le advirtió:
—Sé que no eres forense ni nada por el estilo, pero conoces bien este tipo de heridas. ¿Qué me puedes decir de ellas? ¿Tienes alguna idea de cómo fueron hechas, qué tipo de persona sería el autor? ¿Algún detalle que se te ocurra?
Acto seguido, le mostró la pantalla con la primera foto y le alcanzó el teléfono para que él mismo fuera pasando de imagen en imagen.
Matías saco sus gafas de ver de cerca del bolsillo y se dispuso a mirar lo que le mostraba su amigo.
Al verlas, Matías suspiró y mostró una cara entre sorpresa, desolación y tristeza.
—Buff. Esto es muy fuerte, Paco. ¿Son las chicas de las que has hablado? —preguntó el pescador.
—Esas mismas, Matías. ¿Puedes ayudarme algo viéndolas? Según me comentaste, en tu paso por las COES aprendiste mucho sobre heridas, accidentes y traumatismos de todo tipo. Pensé que quizás podrías echarme una mano —argumentó el policía.