Capítulo 1 #3
—De momento no mucho, pero me temo que si no encontramos alguna pista pronto, ese puede ser el mapa donde se encuentre la medalla del tercer arcángel.
*
La ermita de San Telmo es una de las más espectaculares de la ciudad.
Era una edificación pequeña, coqueta y funcional que construyeron los primeros castellanos que llegaron a la isla.
A pesar de haber sido incendiada a finales del siglo XVI, reconstruida, abandonada y nuevamente restaurada, el paso de los años le sentaba muy bien.
Era uno de los lugares habituales de paso que visitaban los turistas que se acercaban a conocer la ciudad.
Sus paredes, adornos, imágenes de culto y entramado de madera noble que jalonaba todo el espacio sobrecogían la primera vez que se visitaba. Era como abrir una puerta del tiempo y reencontrarse con la historia de la ciudad.
A aquella hora, las once de la mañana, Flora y Carmen, dos señoras que rondaban ya la cincuentena, se esmeraban por dejar limpios los altares.
Ya habían dado buena cuenta del suelo y de las paredes, y ahora tocaba hacer lo propio con los santos y hornacinas que adornaban ambos lados del pequeño recinto.
Paco Figueroa entró y, al verlas, las saludó con un afectuoso:
—Buenos días.
Las señoras correspondieron al saludo educadamente.
—Buenos días, señoras. Estoy buscando al padre Carlos. Me gustaría hablar con él —dijo Paco Figueroa.
—El padre Carlos estará en el café de Agapito a estas horas. Suelen jugar una partida de dominó antes de la misa de la una —respondió Flora, la más alta de las dos.
—¿Suele llegar con el tiempo muy justo para la misa o viene con antelación? —preguntó el policía.
—Normalmente llega una hora antes. Pero si quiere hablar con él, seguro que lo encuentra en Ca\' Agapito —amplió Carmen, la más corpulenta de las dos limpiadoras.
—Prefiero dar una vuelta y volver. Lo que tengo que hablar con él es mejor tratarlo en privado —aseguró Paco Figueroa.
Tras su respuesta, les dio las gracias con una inclinación de cabeza:
—Buenos días.
Y se marchó camino de la calle de Triana.
Carlos Aguiar, el párroco de San Telmo era un cura peculiar y nada convencional.
Muy querido entre sus parroquianos, siempre buscaba lo mejor para los suyos e intercedía y se preocupaba de cualquier cuestión relativa a la comunidad aunque no tuviera nada que ver con la Iglesia. Era un hombre que se hacía notar.
Siempre de paisano a excepción de las celebraciones litúrgicas, se integraba perfectamente en el barrio. Al observarlo caminar se apreciaba una leve cojera que arrastraba desde que un accidente de coche le destrozara la cadera, aunque cada vez se le notaba menos.
Paco Figueroa tenía que hacer tiempo para la vuelta del párroco a la ermita y no se le ocurrió mejor forma que observar a su amigo el páter desde la distancia.
No le hizo falta entrar en la cafetería.
Sus amplios ventanales que daban directamente a la siempre bulliciosa calle Triana, permitían ver todo lo que ocurría en su interior.
Con un simple rastreo ocular encontró la mesa donde Carlos y otros tres compañeros jugaban al dominó.
Acababan de terminar una partida y discutían amigablemente sobre los lances del juego.
Cada una de las parejas adjudicándose el mérito de la victoria o de la defensa a ultranza de las últimas posibilidades de victoria.
Prefirió no entrar y hacer tiempo paseando por las inmediaciones.
Triana ya no era lo que había sido hacía un tiempo, pero la profusión de locales comerciales, tiendas, gente variopinta y un amplio paseo que llevaba desde San Telmo al Barranco de Guiniguada, puerta del barrio de Vegueta, hacían muy apacible el paseo, que siempre estaba jalonado por decenas de músicos callejeros que con sus violines, guitarras, arpas, trompetas, trombones, flautas o timples buscaban las monedas sueltas que solían tener los turistas en sus bolsillos.
El día acompañaba. Un sol brillante reinaba en el cielo y, era tal su majestuosidad, que ninguna nubecilla osaba acercarse. Era un día sin la panza de burro que, demasiadas jornadas, malograba los días de playa a los canarios.
Tras caminar unos doscientos metros, se detuvo para escuchar a Pola, la trombonista polaca, que deleitaba a un nutrido grupo de espectadores con las notas de un animado vals de Austral.
Mientras disfrutaba con Austral trazó una estrategia para no liarse demasiado con las explicaciones del párroco, todo un entendido en órdenes religiosas, en la Biblia, en símbolos cristianos y señales de diferentes tipos.
Sabía que si no preparaba bien las preguntas, sus respuestas lo abrumarían de tal modo, que saldría con todavía más dudas de las que tenía al entrar.
La cuestión que más le preocupaba era por qué los Templarios estaban presentes en medio de unos crímenes en una isla como Gran Canaria.
Estuvo indagando y había poca o nula relación entre la una y los otros.
De hecho, la desaparición forzada de los monjes ocurrió exactamente 169 años antes de la conquista de Gran Canaria.
El último templario Jacques de Molay moriría en la hoguera el 18 de marzo de 1314 y la isla fue conquistada a lo largo del año 1483.
No se habían encontrado señales, signos, cruces, historias, leyendas o alguna mera hipótesis que relacionara a los templarios con la isla, de modo que habría que buscar a alguien al que le gustara la historia de La Orden de los Pobres caballeros de Cristo del Templo de Salomón, nombre completo de la orden templaria.
Ensimismado como estaba escuchando un vals tras otro de Austral, interpretado por la trombonista Pola y analizando todo lo que recordaba de los últimos años de los templarios se le fue haciendo la hora de volver a la ermita de San Telmo.
De reojo y sin detenerse le echó una mirada al interior de la cafetería de Agapito para comprobar que la mesa en la que jugaban animadamente al dominó su amigo Carlos y sus amigos estaba vacía, por lo que dedujo que el párroco estaría ya en San Telmo.
Al llegar lo vio hablando con una de las parroquianas, una señora mayor con el pelo recogido, que usaba las manos exageradamente para reforzar sus argumentos.
El párroco, muy condescendiente, le junto las manos y la abrazó, gesto que sirvió de despedida y absolución de la conversación.
El páter ya había visto a lo lejos a Paco Figueroa, por lo que se apresuró a acelerar la despedida, que no resultó demasiado forzada a los ojos de la señora, que partió esperanzada y con aires renovados para seguir afrontando los problemas que tuviera en ese momento.
—Paco, ¡qué alegría verte! —dijo el párroco mientras se disponía a abrazar a su amigo—.
Hace demasiado tiempo que no nos vemos. Tendremos que enmendar eso.
—Páter, una alegría también para mí, verte. Ya sabes como son las cosas de mi trabajo. Sabes cuándo empieza, pero no cómo termina y es normal que surjan complicaciones casi cada día —contestó el policía.
—Te veo fenomenal, Paco. Por ti no pasan los años —continuó el sacerdote.
—Ya sabes que llevo una vida tranquila y procuro alimentarme bien, quizás eso sea lo que influya en lo que ves —contestó apartando una mosca de su cara, que la había tomado con él.
Su amigo Carlos lo miró de arriba a abajo y le transmitió con una expresión de duda en su cara que eso era algo muy subjetivo, pero tampoco le dio mucha importancia. Antes de que le
preguntara el cura, Paco se adelantó.
—Antes de que me preguntes a qué he venido, te diré que quería saber cómo estabas y que la investigación en la que estoy me ha puesto la excusa perfecta para venir a verte.
—Sabes que para venir a verme no necesitas ninguna excusa. Somos amigos desde hace un montón de años y tu comisaría está a diez minutos caminando —replicó el religioso.
—Imaginaba que venías a preguntarme algo sobre el cónclave que se avecina y mis preferencias por el nuevo inquilino de San Pedro.
El Papa Francisco había muerto días atrás y en cualquier conversación, informativos, diarios, programas de radio y de televisión, era el tema estrella.
Según se deducía por lo que comentaban unos y otros, Jorge Bergoglio, el Santo Padre argentino había puesto a la Iglesia Católica patas arriba y sus querencias hacia la izquierda más montonera en todo el mundo, había despertado a la rama más derechista del clero.
Se avecinaba un cónclave duro y las dos facciones querían colocar a alguien de su cuerda, bien para continuar la senda marcada por el viejo Papa, o bien para recomponer esa senda en sentido contrario si conseguían colocar a alguien con un pensamiento diametralmente opuesto al anterior inquilino del Vaticano.
—La elección del nuevo Papa me interesa como a todos. Sé que eres un experto en el tema y tendremos tiempo de hablarlo. No lo dudes. Pero ahora vengo a interesarme por arcángeles, órdenes monásticas y quizás templarios.
—Pues vaya caso que tienes entre manos, mi amigo. Si metemos todo eso en una coctelera nos saldría de todo —sonrió mientras lo observaba con interés.
El policía lo miró con displicencia mientras observaba en su cara ese atisbo de curiosidad e intriga que pretendía despertar en el religioso.
—El asunto en general está claro. Un asesino psicópata que busca hacer todo el daño posible y lo justifica con algún pasaje de la historia o de la religión en nuestro caso, que le haya resultado una atracción. El resto del escenario es típico en casi todos los asesinos en serie — resumió Paco.
—En cualquier caso, seguiremos hablando, páter. En temas de la Iglesia, no sé demasiado y podrás ayudarme.
El párroco le contó casi exactamente lo que ya había investigado sobre templarios, arcángeles y demás, lo que le sirvió como refuerzo de algo que intuía.
Ambos se despidieron con un abrazo y el policía salió hacia el Parque de San Telmo en dirección a su comisaría.