Cruces y sombras Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

No dejó ni un milímetro cuadrado sin revisar.

Era minucioso, tenaz y obstinado, tres cualidades que lo convertían en un investigador excepcional.

Al pasar con su lupa junto al monte de Venus de una de las chicas, observó que había algo metálico que sobresalía de entre el vello púbico.

No era demasiado grande y apenas se distinguía entre el pelo, la sangre, los moratones y algo de barro que todavía estaba adherido al cuerpo antes de levantar el cadáver.

Acercó todavía más la lupa, y observó lo que parecía ser una cruz patada, una de las cruces relacionadas con los templarios.

La típica que se estrecha hacia el centro y que en la iconografía templaria se había convertido en su seña de identidad.

Al verificar que veía exactamente lo que pensaba, descolgó el teléfono y marcó un número.

Al otro lado, la comisaria le contestó con deferencia.

—¿Me llamas por las dos chicas muertas?

Paco Figueroa se tomó esa respuesta como un saludo y fue directamente al grano.

—¿Dónde está lo que recogieron en la escena del crimen? Aquí, en una de las fotos, hay una cruz metálica y me gustaría revisarla.

—Lo recogió Carmela, la chica nueva. No tenía a nadie más y ella se encargó de todo — comentó su superiora.

—¿Está en pruebas o en investigación? —Paco no titubeaba al preguntar. —De momento, creo que está en su mesa, en una caja. No había demasiado que recoger —puntualizó la comisaria.

—Gracias, Fernández. Voy a verla.

Paco Figueroa recogió la carpeta y salió de la sala donde tenía su mesa, un cubículo amplio que compartía con otros investigadores, y buscó la puerta de la sala de Investigación, una especie de espacio común donde se ponían en claro los casos entre varios detectives.

Al entrar, divisó a Carmela al fondo. Era una morena bien parecida, de veintipocos años, recién salida de la academia.

Novata, pero avispada y con ganas de abrirse paso en la comisaría.

Era una mujer que siempre estaba activa, haciendo una cosa u otra.

Tenía una mirada melancólica que invitaba a estrecharla entre los brazos.

Una peca en el lóbulo de la oreja derecha le daba un aspecto curioso a su semblante.

Al acercarse a ella y observar cómo tenía ordenado su escritorio, recordó que era una maniática del orden y la organización. Algo bueno a la hora de estructurar un caso, pero que resultaba, a veces, un obstáculo casi insalvable para avanzar.

Su escritorio destacaba entre todo al caos que se veía en el resto de las mesas, donde expedientes, carpetas, folios de distintos colores, bolígrafos y rotuladores junto a notas manuscritas y restos de comida recogida de algún local cercano se afanaban por mimetizarse entre tanto desorden.

A Paco le llamó la atención al llegar una caja algo más pequeña que un paquete de tabaco donde se podía leer «Cruces», escrito a mano con rotulador negro, que dedujo que sería obra de Carmela.

Su saludo a Carmela se limitó a un gesto con la mirada, nada más. Ella correspondió asintiendo con la cabeza.

—¿La otra chica también tenía una cruz, Carmela? —inquirió el detective. —Sí, Paco, pero, al estar depilada, la cruz se le deslizó y la encontramos en su entrepierna —contestó Carmela mientras abría la caja y le enseñaba el interior: dos sobres idénticos con las marcas 1 y 2, respectivamente.

—Las cruces eran iguales, pero las medallas no. De esas cruces de las órdenes antiguas.

Las medallas eran de dos santos distintos, según me fijé —añadió la policía.

—No son santos. Son arcángeles —corrigió Paco Figueroa.

Carmela frunció el ceño y meneó la cabeza como aceptando que se había equivocado con su apreciación de las medallas.

—¿Algo más que deba saber? —inquirió de nuevo.

—Aquí está todo lo que recogimos. Los cadáveres están con el forense y, según me dijeron, las pruebas las tendrán listas en un par de días —puntualizó ella.

Paco no dejaba de mirar las cruces y las medallas. Recordó que en el caso de Rebeca también una cruz lo había hecho dar demasiadas vueltas sin ningún avance. Un sentimiento de decepción se apoderó de él y lo llevó de nuevo a rememorar aquel caso.

—Si no tienes nada que hacer, nos vamos a ver al forense —la apremió.

Carmela se encogió de hombros, recogió un pequeño bolso de uno de los cajones del escritorio, su placa y su pistola y se puso frente a Paco.

—Lista, jefe.

—Pues vamos allá —indicó el detective señalando la puerta de salida.

Por el camino podría haberle contado a la joven policía todavía en prácticas, que las cruces encontradas en las escenas de los crímenes eran cruces patadas, relacionadas con los templarios y que se diferenciaban de las cruces latinas, más convencionales, en la longitud de los extremos, y en el caso de las templarias en el grosor, que era menor hacia el centro.

También podría haberle contado que el arcángel San Miguel es el patrón de las órdenes monacales y que estaría así relacionado con los templarios, aunque no así los otros dos, en el caso de que el asesino optara por los arcángeles católicos o los otros seis, si elegía los arcángeles venerados por los ortodoxos.

Pero su forma de ser distaba mucho de alimentar su ego con lo que consideraba minucias que podían encontrarse en cualquier libro o incluso ahora a golpe de clic en Internet, pero no lo hizo porque Paco era el antiego personalizado.

Rodolfo Ramírez mantenía desde hacía más de veinte años su plaza en el Instituto Anatómico Forense de la ciudad, y estaba orgulloso de ello.

Era el típico funcionario que creía que no había nada mejor que un trabajo seguro con el gobierno: tranquilidad, pagas extra garantizadas, seguridad económica, trabajo muy llevadero y demás prebendas del puesto.

Estaba ahí como forense, pero podría haber ocupado cualquier otro puesto en la Administración: abogado del Estado, fiscal, juez, técnico del Gobierno, comisario de Policía, militar.

Le daba igual. Cualquier cosa que, tras su paso por la universidad y la consiguiente oposición, lo catapultara al sueldo asegurado.

Por un par de carambolas del destino, tocó medicina, y ahí se quedó.

Era regordete; el pelo ya lo había abandonado hacía demasiados años y, a sus cincuenta y cinco años, ya había traspasado la barrera y había sacrificado su aspecto físico por los placeres de la mesa y el mantel. Al verlo de perfil, se adivinaba que seguía a rajatabla lo de alimentarse bien.

No llegaban demasiados asesinatos, y alternaba períodos de una actividad febril con otros donde la falta de trabajo convertía sus jornadas laborales en una búsqueda de la mejor forma de pasar el tiempo.

El ajedrez cumplía con creces la función de alejar el aburrimiento en los días de poca faena. Un tablero mediano en una de las estanterías mostraba una partida en la que, por la posición de las piezas, las negras no habían vendido muy cara su derrota.

Rodolfo, al ver entrar a Paco, dejó la bolsa de patatas fritas al ajillo que tenía entre manos para saludar a su viejo conocido.

—¡Dichosos los ojos, Paco! Hacía tiempo que no teníamos el gusto de celebrar tu presencia por nuestra humilde morada —saludó el forense.

Paco Figueroa cogió un par de patatas de la bolsa y se las llevó a la boca.

—¿Al ajillo, eh? A mí me gustan más al jamón. Tienen más sabor —concretó.

—¿Qué tal, Ramírez? Veo que tu ayudante sigue sin mejorar mucho con el ajedrez.

¡Menuda escabechina! —comentó, señalando el tablero con las piezas todavía en pie.

—Ya lo conoces, Paco. Por mucho que le enseño, nunca me dura más de veinte jugadas.

Pero vamos al grano, ¿qué te trae por aquí? —inquirió.

—Carmela me dijo que tardarías un par de días en darnos las pruebas de las dos difuntas, pero antes quería saber algunos detalles. A ver si nos puedes ayudar —comentó el detective.

—Así es. Casi lo de siempre con estos desalmados, aunque en este caso ambas muertes son de factura muy similar —continuó explicando mientras destapaba las sábanas blancas de las dos chicas muertas, que habían sido colocadas una al lado de la otra.

—¡Vaya panorama! —respondió el policía al verlas.

—Probablemente violadas, a la espera de las pruebas; asfixiadas tras múltiples laceraciones y puñaladas quirúrgicas para no acabar con sus vidas rápidamente —continuó relatando el forense—.

Lo que más llama la atención es la trayectoria.

Es como si el asesino quisiera mostrarnos un camino, una especie de mapa a no sé dónde.

En las dos, el trazado es similar. La única diferencia, que supongo ya te habrá comentado Carmela, son las medallas.

Cada una con un santo diferente: San Miguel en una, San Rafael en la otra.

Paco interrumpió casi al mismo tiempo que Carmela:

—No son santos. Son arcángeles.

Carmela rebuscó en su bolso y, acto seguido, sacó la cajita con las dos cruces y las medallas, que les mostró con la palma extendida.

—Aquí están. Las cruces, igualitas como dos gotas de agua, y las medallas, diferentes — puntualizó la policía.

El forense se acercó a la palma de la mano de Carmela y se quedó pensativo unos instantes, observando las dos imágenes en las medallas. Al levantar de nuevo la vista, preguntó:

—Y si no son santos, ¿por qué llevan el título San antes de su nombre?

—Según he leído —respondió Paco—, los arcángeles son seres celestiales, a diferencia de los santos, que son humanos canonizados.

Por extensión, se les coloca el título San delante de sus nombres para subrayar su estatus ante la Iglesia, pero, al no ser humanos, no pueden figurar estrictamente como santos —terminó de apuntar el policía.

—¡Qué curioso! Nunca lo hubiera imaginado —apostilló Rodolfo.

—Es un debate muy interesante que mantendremos con el asesino si algún día lo atrapamos —argumentó Paco Figueroa.

—Ese día llegará, jefe. No lo dudes —concluyó Carmela.

Rodolfo volvió a las mujeres muertas y, señalando sus cuerpos, preguntó al policía.

—¿Te dicen algo estos caminos o surcos casi idénticos en los dos cuerpos?