Cruces y sombras
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Capítulo 1
Miró el documento durante varios segundos que le parecieron eternos, quizás repasando su carrera de más de cuarenta años de servicio.
Antes de firmar su jubilación, le pasaron por la mente las innumerables victorias y todas las decepciones acumuladas.
Ya lo tenía en sus manos, estaba decidido y no había vuelta atrás.
No le temblaba la mano al coger el bolígrafo, pero su corazón y sus recuerdos lo seguían atando a un mundo que en apenas un mes desaparecería.
«Siempre es mejor vivir experiencias que contarlas sin haberlas vivido», solía repetirse.
Por eso, desde unos cuantos años atrás, Paco Figueroa, un hombre de algo más de sesenta años, bien llevados, esperó a la jubilación en la Policía para empezar a escribir.
Era su sueño desde hacía ya demasiado. Todo lo había previsto para dejar la placa y la pistola, abandonar aquella comisaría, no volver la vista atrás y centrarse en lo que más le motivaba en aquellos momentos: la escritura.
Con unos ahorros que tenía estaba negociando la compra de un terreno a unos quince minutos de la ciudad y ya había recreado en su mente el porche con el portátil, su perro Frankie y una jarra de limonada fresquita.
Sólo, en el campo, en su casa con su pasión, la escritura y una vida que se le antojaba ideal, una existencia relajada, tranquila, sin sobresaltos y en paz.
Lejos quedaban ya sus dudas sobre la búsqueda de editorial o incluso la presentación de sus textos a distintos concursos literarios.
Después de tantos desengaños, decepciones e incumplimientos de todo tipo lo tenía claro y publicaría todo online en Amazon.
Le daba casi igual vender o no vender. Su buena pensión le garantizaba la existencia el resto de su vida y ya no le preocupaba lo más mínimo.
«El que escribe es escritor, lo lean o no», comentaba mentalmente a menudo.
La fama y el reconocimiento también se la traían al pairo.
Con el paso de los años había aprendido y se había convencido de que escribir era su pasión, su afición y su válvula de escape.
El ser o no reconocido era algo que ya le daba totalmente igual.
Escribiría porque le gustaba y nada más.
Había diseñado una vida tranquila para su jubilación y en ello ponía todo su empeño.
Probablemente la quietud, calma y sosiego con los que se tomaba la vida le daban ese aspecto todavía jovial que, por su apariencia, nadie le echaría más de cincuenta.
Sus sienes comenzaban a teñirse de blanco, pero todavía conservaba un cabello negro que desafiaba el paso del tiempo.
Sus ojos verdes, límpidos, sinceros, dejaban entrever una bondad innata.
Lo que se suele definir coloquialmente como una buena persona.
A lo largo de su vida había esbozado cientos de relatos, novelas, guiones de largometrajes, de series, de documentales, de obras de teatro, etc.
, con distinta extensión, pero siempre se decía que lo mejor era esperar que todas las experiencias reposaran como el buen vino, y entonces paladearlas con placer, como se saborea un buen reserva.
Hubiera destacado en cualquier profesión, pero decidió ser policía e investigar y hallar las causas, los culpables y la psicología de esas otras personas que, por un azar u otro, deciden mantenerse fuera de la ley o que la propia vida, sin buscarlo, los coloca al otro lado de la sociedad.
Siempre insistía en señalar que no influyó nada el que su padre fuera un destacado policía que consiguió hallar respuestas donde nadie las buscaba.
Y que fue por descarte por lo que eligió el puesto de trabajo en la comisaría, que ahora debería abandonar en solo un mes, según los documentos que se le adjuntaban para su firma.
Solo un mes lo separaba de todas sus creaciones sin terminar: cuentos inacabados, novelas con comienzos eléctricos que, de repente, se detenían abruptamente, guiones que sugerían grandes historias que, tras varias páginas, se fundían en blanco.
Él se tomaba cada día como otro cualquiera. La proximidad de su fecha de jubilación y retiro no variaba en nada su día a día.
Tras más de cuarenta años de servicio como investigador, ya había pocas cosas que le sorprendieran y menos todavía que le llamaran la atención como para motivarlo a hacer un esfuerzo extra de concentración para resolver un enigma u otro rompecabezas al que le retaban asesinos, criminales y el resto de su clientela habitual.
La comisaria Inés Fernández, su jefa directa, se acercó a él e interrumpió por un momento sus ensoñaciones.
—¿Ya lo has firmado?
Paco Figueroa asintió con una inclinación de cabeza y le entregó el documento con su rúbrica al final del papel. La comisaria lo recogió y, tras una breve pausa, le entregó una carpeta no muy voluminosa con un llamativo título: «Arcángel».
—Deja todo lo que tengas entre manos. Ya se ocuparán Diego o Martínez. A ti te paso este caso, que se las trae.
Paco frunció el ceño, sosteniendo la carpeta sin abrirla. Sus dedos tamborilearon sobre la portada, como si dudara en aceptar el peso de una última responsabilidad.
—¿En serio, Fernández? En un mes entrego la placa y me voy. ¿No hay alguien más para esto? —le espetó, con un tono que mezclaba cansancio y una chispa de curiosidad que no podía disimular.
Fernández esbozó una media sonrisa, apoyándose en el borde del escritorio. Sus ojos, curtidos por años de decisiones difíciles, buscaron los de Paco Figueroa.
—Precisamente por eso te lo doy a ti, Paco. Eres de los que no se rinden, aunque estés ya con un pie fuera. Este caso no es uno más: es como esos guiones que nunca terminas. Sé que no podrás resistirte a darle un final.
Paco Figueroa soltó un bufido suave, casi una risa resignada, y abrió la carpeta apenas un instante, dejando que su mirada se posara en las primeras líneas. Luego la cerró de golpe, como si temiera que el caso lo atrapara antes de estar listo.
—Un mes, Fernández. Si no lo resuelvo, no vengas a pedírmelo después de mi fiesta de despedida.
La comisaria asintió, dándole una palmada en el hombro.
—Confío en que lo harás. Siempre has encontrado la manera.
Paco Figueroa miró a su superiora dirigiéndose hacia su despacho y puso la vista en el horizonte. Allá donde, a través de la ventana, se veían a lo lejos unos barcos entrando y saliendo del puerto de La Luz y de Las Palmas.
De ser un pájaro, hubiera sido el mejor camino a tomar para alejarse de un problema que se le venía encima, tal como hacían todas las aves que se posaban de vez en cuando en el alféizar de la ventana.
De vuelta a la realidad, decidió abrir la carpeta y conocer el nuevo enigma que le había tocado en suerte.
El dossier contenía varias fotos donde aparecían dos chicas distintas desnudas y llenas de heridas y moratones.
Parecían hechas en lugares alejados entre sí.
Cada una de ellas tenía en la boca una medalla.
En la primera distinguió la figura del arcángel San Miguel y en la segunda, tras buscar una lupa para confirmarlo, adivinó la cara del arcángel San Rafael.
«Vaya imaginación para darle nombre a los casos. Cada día se lucen más», se dijo. Tras dejar la lupa sobre la mesa, se incorporó y empezó a pensar.
«La Iglesia católica reconoce únicamente a tres arcángeles, por lo que nuestro asesino debe completar su trabajo con un tercer asesinato, el correspondiente al arcángel que queda, San Gabriel.»
Su semblante comenzó a palidecer, aunque nada solía sacarlo de su estado racional y lúcido, sus pensamientos comenzaron a inquietarlo.
«Claro que la Iglesia ortodoxa reconoce hasta siete arcángeles.
Si el autor profesa esta rama del cristianismo, todavía nos quedarían otras cinco mujeres por encontrar o por evitar que mueran.
Justo lo que se corresponde con los otros cinco arcángeles ortodoxos: San Gabriel, San Jegudiel, San Uriel, San Selafiel y San Barachiel. »
Para confirmar sus pensamientos escribió en su ordenador la búsqueda correspondiente y los datos sólo aseguraron que no se había equivocado en su apreciación.
«Al menos los dos que han aparecido son los que reconocen los católicos, de modo que es posible que no vayamos más allá de los tres asesinatos», se dijo para intentar tranquilizarse un poco.
Los siete arcángeles están presentes en la Biblia, pero los católicos se quedaron solo con tres.
Existen unas cuantas versiones que explican el porqué de esta elección, pero da la impresión de que en la Edad Media, las cabezas pensantes de la Iglesia católica decidieron que era mejor no distraer con demasiados arcángeles porque llamaba a confusión.
Al volver a mirar detenidamente las fotos y centrarse en los detalles, le vino a la mente aquel caso de ocho años atrás que no pudo resolver y seguía figurando en rojo en su cajón de pendientes.
Cuando tenía un hueco volvía para intentar encontrar alguna pista, pero desde entonces nada ni nadie había conseguido remover aquel asesinato.
El asesinato de Rebeca Tejada, una estudiante de diecinueve años que apareció semienterrada, desnuda, con múltiples heridas en el kilómetro 3 de una de las carreteras que salían de la ciudad.
Una lágrima quiso asomar de sus ojos, pero no terminó de alcanzar sus mejillas. Era demasiado doloroso volver a recordar aquella derrota, una de las pocas de su carrera.
Al mirar de nuevo las fotos, usó su lupa Eschenbach de 75 aumentos, que guardaba en uno de los cajones de su escritorio, regalo de su ex. Fue uno de los últimos obsequios antes de la separación hacía ya cinco años.