CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE
A las tres de la mañana, una de las horas más tranquilas de la prisión con menos guardias, un solo oficial vigilaba a los seis presos con régimen de aislamiento, incluyendo a Cedro.
Las normas para prevenir el suicidio exigían que el guardia los vigilará visualmente a través de una pequeña ventana sucia en cada puerta.
El recluso entró con paso seguro a la zona restringida.
Matías pagaría generosamente a su familia en México en cuanto recibiera la confirmación de su éxito.
Abrió la ranura para las bandejas de comida y llamó a Cedro, quién esperaba con ansias el desayuno y un descanso de sus horas de soledad. Su estado de ánimo cambió rápidamente.
—Matías te manda saludos y te ofrece una opción.
Cedro se alejó de la puerta, sabiendo que la visita de otro recluso que mencionaba en nombre de Matías no era un buen augurio.
—Puedo darte este cuchillo para que te cortes las muñecas y el cuello mientras yo observo. Si te niegas, Matías ha ordenado un baño mexicano.
Agitó un bote de líquido para enfatizar su argumento.
Consciente de que un baño mexicano de Matías significaba la infusión de gas inflamable en su pequeña celda seguida de su ignición, Cedro eligió sabiamente.
—Dame el cuchillo y mándale saludos a Matías de mi parte.
El recluso pasó el cuchillo por la ranura y observaba impasible como Cedro, sentado en la cama, cortaba largas y profundas incisiones en las arterias radiales de ambas muñecas.
Suficientes para matarlo, Cedro comprendió que el recluso debía estar seguro.
Cedro esbozó una sonrisa desafiante mientras se pasaba el cuchillo por el cuello desde el lado izquierdo hasta el derecho.
El chorro arterial ya era débil, pero suficiente para pintar las paredes y el suelo mientras Cedro caía de espaldas sobre la cama en un charco de sangre.
El recluso regresó a su celda y el guardia informó que, entre sus controles cada quince minutos, Cedro se había suicidado con un cuchillo introducido misteriosamente de contrabando en su celda.
∙ ∙ ∙
El teléfono del Agente Duff sonó a las cuatro de la mañana y lo despertó.
Nunca eran buenas noticias a esa hora, había adivinado la muerte de Cedro al ver la prisión en su identificador de llamadas.
Cedro se había suicidado después de que alguien le diera un cuchillo convenientemente.
Debía admitir que no estaba demasiado triste.
Cedro, sin duda, se había ganado la pena de muerte y les había ahorrado a los contribuyentes una cantidad considerable de dinero al suicidarse.
La atención de las fuerzas del orden seguiría centrada en el tirador y en quien fuera que hubiera ordenado el asesinato.
El Agente Duff se acurrucó bajo las sábanas y en la almohada y casi al instante volvió a dormirse.