Cruces Fatales (AJ Docker 5) CAPÍTULO DIEZ
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CAPÍTULO DIEZ

Shawn entró a la casa sin tocar y gritó:

—¡Hola, ¿hay alguien en casa?!

—¡Aquí adentro! —grité desde la sala. Banshee gruñó suavemente y lo tranquilicé. Entrar sin avisar a Banshee nunca era buena idea, sobre todo cuando estaba en alerta máxima por un gato asesino acechando en la casa.

Shawn entró con confianza, usando una playera de Weird Science , pantalones cortos color canela y zapatos de bolos desgastados, rematados con una cachucha de béisbol de los Cazafantasmas que decía «¿A quién vas a llamar?

», Shawn me estrechó la mano y se sentó cómodamente en la esquina del sofá, tirando su mochila de nailon sobre la mesa.

—¿Qué pasa Doc? —me saludó Shawn, como siempre. Le hizo un gesto a Banshee para que se uniera a él y Banshee saltó a su regazo para recibir caricias en las orejas, teniendo cuidado de mantener a Shawn entre él y Allie.

—No mucho. Un día típico, excepto que uno de mis pacientes fue asesinado justo frente a mí por un psicópata con una pistola calibre .50.

—Bueno, eso es horrible. Creí que no permitían armas en urgencias.

—En general, está mal visto y este hecho puede sorprenderte, pero los asesinos psicópatas no siempre siguen las reglas.

—Sí, aunque parte de eso puede ser culpa del sistema educativo. Tienes que saber leer el cártel que dice que no se puede disparar en urgencias. En fin, Mary me dijo que tienes a una mujer y un niño que necesitan ser encontrados antes de que ese loco los encuentre. ¿Cuál es la historia?

Le conté a Shawn lo sucedido ese día y escuchó atentamente, pero no tomó notas. Shawn tenía una memoria increíble. En cuanto terminé mi relato, sacó su computadora de su mochila.

—Sabemos cuatro nombres: Ernesto, Cedro, Carmen y Sammy y dos números de teléfono, el de Ernesto y Carmen.

Cedro tiene una pistola enorme a la que llama Sofía.

No hay mucho para investigar, pero he empezado con menos.

Voy a llamar a algunos policías que conozco, a ver qué han averiguado y continuo a partir de ahí.

¿Cómo se llama el detective que te interrogó?

—Foster.

—Buen tipo. Lo conozco. Es listo y sigue las reglas. Lo voy a llamar también.

Shawn parecía conocer a todo el mundo en Miami.

—Gracias, amigo. Te debo una.

—No hay problema. Los voy a encontrar.

Banshee ladró al abrirse la puerta de nuevo, con Mary y Billy regresando a casa. Billy entró arrastrando los pies, cabizbajo y con los hombros hundidos, sin su energía habitual.

—¿Qué te pasa hermano? Parece que te has pasado las últimas dieciocho horas cavando zanjas sin parar —dijo Shawn.

Billy se desplomó en una silla y nos dedicó una débil sonrisa.

—No pasa nada. Solo que hoy no tengo energía y tuve la peor práctica de mi vida.

—Debes estar resfriado o algo así. Deberías dejar que Doc te revise.

—Estoy bien. Voy a comer algo, a hacer un poco de tarea y acostarme.

—Primero te vas a bañar. Hueles a adolescente —dijo Mary, haciendo una mueca como si pudiera olerlo desde el otro lado de la habitación.

—Mamá, no soy un adolescente.

—Bueno, pronto lo vas a ser. Ve a bañarte y voy a calentarte la cena.

Billy se arrastró hasta su habitación, cargando su mochila detrás de él.

—Al menos no es dramático —dijo Shawn—. Tengo lo que necesito. Déjame hacer mi magia y te aviso cuando los encuentre.

—¿Cuánto tiempo crees que te vas a tardar? —pregunté.

—Depende de lo lista que sea. Si aún tiene el teléfono encendido, sabré su ubicación en unas horas. Si es lista y desaparece, me voy a tardar más. De cualquier manera, puedo encontrarla antes que Cedro. Soy más listo que un asesino promedio. Que tengan una linda noche. Me largo de aquí.

Shawn cerró la cremallera de su mochila, le dio la vuelta a su cachucha de béisbol, le dio una palmadita a Banshee en la cabeza y salió.

—A veces es difícil tomar a ese tipo en serio —dije.

—Es difícil tomarlo en serio, pero es el mejor investigador que he tenido. Siempre conoce a alguien que conoce a alguien que puede conseguirle la información que necesita. Si alguien puede encontrarla, es él.

—Te creo. Banshee y yo también nos vamos. ¿Necesitas algo antes de que me vaya?

—No. Voy a alimentar a mi hijo cansado y luego tengo que trabajar en mi caso. Mañana tengo un día importante. Espero que el jurado emita un veredicto pronto y necesito prepararme para la rueda de prensa.

—Pareces segura.

—Me siento muy bien, pero voy a preparar dos respuestas. Nos vemos mañana.

Banshee no dejó de mirar a todos lados hasta que salió sano y salvo por la puerta.

∙ ∙ ∙

Cedro practicaba el lanzamiento de cuchillos a una diana de madera mientras Jaime, su segundo al mando, se acercaba.

Jaime esperó en silencio hasta que hubo lanzado diez cuchillos antes de dirigirse al jefe.

No tenía buenas noticias y no quería que Cedro tuviera un cuchillo en las manos al enterarse de la actualización.

Cedro lo apreciaba, pero tenía un temperamento infame que podía descontrolarse rápidamente.

—Jefe, aún no los hemos encontrado, pero estamos seguros de que no están en ninguno de nuestros barrios. Estamos ampliando la búsqueda.

Las pupilas de Cedro se dilataron a medida que su ira crecía.

Sin cuchillos que lanzar, sacó su pistola y disparó tres veces al blanco, cada una abriendo un gran agujero en la madera y la pared de atrás.

Jaime esperaba que nadie estuviera sentado en la habitación contigua.

Cedro se giró y apuntó a Jaime a la cara con la pistola humeante .

—Te dije que los encontraras. Te dije lo importante que es encontrarlos antes de que hablen. Todo depende de que esta entrega se mantenga en secreto. Quizá no me expresé bien.

Cedro puso el dedo en el gatillo y acercó el arma a la nariz de Jaime. Jaime permaneció notablemente tranquilo. No era la primera vez que Cedro lo amenazaba con un arma. Ni siquiera era la primera vez que lo hacía esa semana.

—Perfectamente claro, jefe. Como dije, los vamos a encontrar.

No tiene familia y nunca ha salido de Miami.

Creemos que sigue en la ciudad, probablemente en un hotel desconocido.

Nuestros hombres están ampliando su red.

Tenemos su número de matrícula, fotos de ella y del niño y dinero en efectivo. La vamos a encontrar.

Cedro bajó el arma y la dejó sobre su escritorio.

—¿Alguna buena noticia? —preguntó.

—Algunas. La entrega va según lo previsto y no parece haber fugas.

La policía te ha identificado por el arma y al parecer, Ernesto mencionó tu nombre al médico de urgencias antes de morir.

La policía está registrando el barrio antiguo y los estamos inundando de pistas falsas y avistamientos.

Mis contactos nos van a avisar si logran algún avance para localizarte.

Cedro estaba sentado en una silla giratoria y giraba distraídamente, mirando el techo.

Estaba acostumbrado a que la policía lo persiguiera.

Lo habían estado buscando desde que tenía edad para robar, pero necesitaba contenerlos durante una semana.

Después de la entrega, tendría suficiente dinero para desaparecer, si así lo deseaba.

Había estado dándole vueltas a la idea de irse de Miami desde el inicio de este trato.

La atención de las fuerzas del orden se había intensificado y se volvería insostenible en la próxima semana.

Nadie, excepto Jaime, sabía de sus planes de mudarse a Argentina.

Dejaría todo y a todos atrás para empezar de cero, con una riqueza que superaba cualquier necesidad razonable.

En un raro momento de decencia, no le gritó a Jaime.

—Encuéntralos por mí, amigo mío. Te pido una última cosa: encuéntralos.

Cedro giró lentamente su silla alejándose de un aliviado Jaime y siguió mirando el techo liso, mientras imaginaba el rancho que pronto tendría .

Jaime salió cautelosamente de la habitación. Cedro rara vez era razonable y esta versión controlada de Cedro lo aterrorizaba más la versión enojada que conocía bien.

∙ ∙ ∙

Sammy rió mientras Carmen leía su cuento favorito antes de dormir. Le encantaban los libros y Carmen soñaba con que algún día se convirtiera en escritor. Dejó el libro cerrado a un lado, lo arropó y apagó la lámpara.

—Buenas noches, mi niño bonito.

—Buenas noches, mami.

Carmen se maravilló de su capacidad para adaptarse a su nuevo entorno. No le preocupaba dejar atrás su hogar y no tenía ni idea de que estaban huyendo. Veía sus caricaturas, jugaba con lo que tuviera a mano y escuchaba sus libros favoritos. Carmen envidiaba su inocencia y juró protegerla.

Entró al baño y cerró la puerta para ayudar a su hijo a dormirse rápidamente.

Sacó un teléfono desechable de su bolsa.

Ernesto tenía uno en casa y ella había tomado los últimos cinco antes de irse.

Cada uno tenía cien horas de servicio prepago y ninguno había sido usado jamás.

Los teléfonos estaban limpios e imposibles de rastrear.

Abrió un navegador y revisó las noticias, pero no encontró ninguna novedad.

La muerte de Ernesto ya era cosa del pasado.

Aunque el asesinato en el hospital había sido un escándalo, Ernesto no era nadie, solo otro pandillero muerto.

Las lágrimas le cayeron en el regazo al darse cuenta de que ella y Sammy eran las últimas personas a quienes le importaba Ernesto y que lo recordarán.

Quería que Cedro pagara por lo que había hecho y por enésima vez, consideró llamar a la policía o al FBI con lo que sabía, pero la voz de Ernesto en su cabeza seguía advirtiéndole.

«No confíes en la policía ni en los federales.

Cedro los tiene muy infiltrados. Si lo delatas, lo va a saber antes que la policía pueda hacer nada con la información».

Carmen cerró el teléfono, apagó la luz y, tan silenciosamente como pudo, regresó de puntillas a la cama para acurrucarse bajo las sábanas junto a su hijo. Escuchó el consuelo de su respiración regular, pero el sueño la eludió mientras reflexionaba sobre sus limitadas opciones.