Cruces Fatales (AJ Docker 5) CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

Banshee y Ernesto se pusieron de pie al mismo tiempo al oír gritos provenientes del pasillo.

—¿Qué es eso? ¿Qué pasa? —preguntó Ernesto.

Estaba acostumbrado al caos en urgencia, pero los múltiples gritos que provenían del pasillo también me alarmaron.

Me puse de pie para afrontar lo que estuviera sucediendo, cuando la puerta se abrió de golpe y tres hombres con pañuelos y armas entraron al consultorio.

Banshee ladró y se preparó para atacar, pero le ordené que se calmara.

No podíamos ganar esta pelea. Un hombre me apuntó en la cara con un arma, mientras el otro se giraba hacia Ernesto.

—Hola, Ernesto. ¿De verdad creíste que podías traicionarme y escaparte? ¿Creías que no podía encontrarte en mi ciudad?

Ernesto se encogió, levantó las manos y pareció hundirse en la cama.

—Juro que no se lo dije a nadie. Puedo compensarte. Te lo juro.

El hombre levantó su arma.

—Es tu día de suerte, Ernesto. Si te hubiera encontrado en la calle, me hubiera pasado una semana despellejándote antes de hervirte vivo, pero Sofía te va a dar una muerte rápida.

Sostuvo el arma frente a un aterrorizado Ernesto.

Parecía más un cañón pequeño que una pistola.

Con una sonrisa, el hombre apuntó a la rodilla izquierda de Ernesto y apretó el gatillo.

El estruendo ensordecedor resonó en el pequeño consultorio, mientras una llamarada de treinta centímetros salía disparada del cañón y una onda de presión me atravesaba el pecho.

El daño catastrófico en la pierna de Ernesto le destrozó la rodilla, dejando solo un pequeño hilo de tejido conectando la parte superior con la inferior de la pierna.

Los gritos de Ernesto fueron ahogados por un segundo disparo en la otra rodilla, igualmente catastrófico.

Aún podía salvar la vida de Ernesto con torniquetes rápidos, pero todo cambió cuando el hombre le disparó un tercer tiro en el vientre.

Un enorme agujero se abrió en medio de su cuerpo, destrozando los órganos abdominales y seccionando la aorta y la columna vertebral.

Ernesto solo tuvo un instante para comprender el agujero en su cuerpo antes de morir piadosamente.

El hombre se volvió hacia sus compañeros.

—Los traidores no reciben ataúdes abiertos.

Se giró y disparó otra vez a la cara de Ernesto.

Había visto miles de heridas de bala a lo largo de los años en urgencias, pero nada me había preparado para lo que tenía delante.

La llamarada del cañón casi rozó la nariz de Ernesto cuando la bala le atravesó el rostro y la energía cinética del disparo hizo que el cráneo estallara. Su cabeza dejó de existir.

Un silencio atónito se apoderó del lugar, mientras el humo y la niebla corporal impregnaban el aire. Banshee lanzó un ladrido entrecortado y lo contuve, manteniéndome entre Banshee y los hombres. El líder me miró y me arrebató mí identificación.

—Doctor AJ Docker. Parece que tiene un paciente menos que atender hoy.

—Se quedó cerca de mí, con sus ojos oscuros y desalmados clavados en los míos.

Unos centímetros más bajo que mi metro ochenta, hinchó el pecho, como un animal que intentaba parecer aún más amenazante.

Sin romper el contacto visual, levantó su horrible mini cañón—.

Es una Desert Eagle, la pistola más grande disponible.

Dispara una bala calibre .50 y ya viste lo que puede hacer.

Te la voy a apuntar a la espalda y tú nos vas a guiar fuera de aquí.

Si alguien intenta hacerse el héroe, va a tener un gran agujero en medio del cuerpo. ¿Alguna pregunta?

—Nadie más tiene que morir. Voy a sacarlos de aquí.

—Hombre listo. —Se guardó mi identificación en el bolsillo y señaló la puerta con su arma. Le hice señas a Banshee para que se quedara, pero estaba furioso y gruñía sin parar. Banshee reconocía las armas y no se suponía que me apuntaran .

Abrí la puerta y me encontré con gente asustada y curiosa mirándonos. Les dije a todos que entraran en las habitaciones y cerraran las puertas. El personal y los pacientes se dispersaron, mientras el pasillo se vaciaba rápidamente.

—Vamos —ordenó el hombre, dándome un empujón en la espalda con su arma. Salimos del consultorio, seguidos por los otros dos. Banshee ladró y el último hombre en salir se giró con indiferencia y disparó antes de cerrar la puerta.

Banshee gimió y vi todo rojo. Me abalancé sobre el hombre y le di un codazo en la mandíbula, antes de que me golpearan en la sien con la culata de una pistola. El hombre que le disparó a Banshee vino hacía mí, apuntándome con su arma, pero el líder lo detuvo.

—No. Necesitamos salir de aquí ya. Vámonos. —Me empujó hacia la salida y me puso el arma en la espalda—. Normalmente, te mataría por golpear a mi hombre, pero no debió haberle disparado a tu perro. Fue innecesario.

Me maravillé ante la capacidad de este hombre para sentir compasión por mi perro después de que pareciera disfrutar de la muerte tortuosa que le había impuesto a otro ser humano.

Temblé de rabia mientras nos dirigíamos a toda prisa por el pasillo desierto hacia la zona de ambulancias.

Nos detuvimos en la salida, donde otro hombre custodiaba al policía esposado en el suelo.

El hombre del cañón salió de detrás de mí.

—Adiós, Dr. Docker. Si te das prisa, quizá todavía puedas salvar a tu perro.

Los cuatro hombres subieron al carro y se marcharon a toda velocidad. Me volví hacia el Oficial Denby.

—¿Dónde está la llave de las esposas?

—En el bolsillo del pecho.

Encontré las llaves y le liberé las manos.

—¿Estás herido?

—Solo mi ego. Me quitaron el arma. ¿A quién le dispararon ahí dentro?

—Mataron a mi paciente y posiblemente a mi perro.

Corrí de nuevo a la sala de urgencias, mientras el Oficial Denby llamaba a la central.