Cruces Fatales (AJ Docker 5) CAPÍTULO UNO
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Cruces Fatales (AJ Docker 5)

Cruces Fatales (AJ Docker 5)

Por Gary Gerlacher

© inepub.com

CAPÍTULO UNO

—¿Para qué el perro? —preguntó mi nuevo paciente mientras entraba al consultorio seguido por Banshee.

—Es mi perro de servicio, tranquiliza a la gente en urgencias —le expliqué.

—Parece mitad lobo.

—Es un pastor belga malinois y ex perro policía. Resultó herido en un acto de servicio hace unos años y ahora pasa tiempo conmigo. Principalmente es un perro de terapia. Para aliviar el estrés, pero de vez en cuando ayuda a mantener la paz. Banshee, dile «HOLA».

Banshee se puso de pie sobre sus patas traseras y extendió una pata para saludar. El hombre la tomó con cautela y Banshee se giró para acurrucarse en su lugar habitual en la esquina de la habitación. Extendí mi mano.

—Soy AJ Docker, pero me dicen Doc. Mucho gusto, señor Sánchez.

—Puedes decirme Ernesto. Mi abuela me dice señor Sánchez cuando me regaña.

—Claro, Ernesto. ¿Qué te trae hoy a la mejor sala de urgencias de Miami?

—Me hice un corte en la pierna que necesita puntos. Estaba moviendo una ventana y se rompió, me cortó muy feo.

—Déjame echarle un ojo. Por favor, acuéstate.

Me puse unos guantes y le enrollé la bata para dejar al descubierto el muslo herido. Tenía una playera sucia y empapada en sangre atada a la mitad de la pierna. La desaté con cuidado y la tiré al contenedor de residuos peligrosos.

—Supongo que no quieres que te la devuelva.

—No. Era lo único que tenía a la mano para usar.

Examiné la herida con más atención. De unos 13 centímetros de largo, se profundizaba en el centro, con los bordes perfectamente definidos.

Observé con más atención la expresión de Ernesto.

De veintitantos años, con la piel morena, cabello negro y ojos café oscuro, típicos de la población cubana de Miami, irradiaba energía nerviosa, se movía inquieto y se retorcía las manos mientras devolvía la mirada.

—¿Dijiste que esto pasó por una ventana rota?

—Sí, Doc, una ventana.

—Debió de ser una ventana muy afilada. Los bordes de este corte están perfectamente limpios. Se parece más a lo que vería si alguien hubiera sido cortado con un cuchillo muy afilado.

Ernesto se agitó y evitó el contacto visual.

—Era una ventana. ¿Cuánto te vas a tardar en curarme?

—Unos veinte minutos. Necesitamos que te adormezcan y enjuaguen muy bien para prevenir infecciones.

Podemos cerrarla con grapas, que van a dejar una cicatriz más grande, pero son más fuertes que los puntos y la van a mantener mejor unida mientras sana.

¿Estás seguro de que esto era una ventana, Ernesto?

Si alguien te hizo daño a propósito, puedes hablar con la policía ahora. Tenemos un agente aquí.

Ernesto se tensó y se inclinó hacia mí, ganándose un suave gruñido de Banshee.

—Fue una ventana y no voy a hablar con ningún policía.

—Tranquilo. Eres un adulto y es tu decisión. Si cambias de opinión, avísame. Ahora, siéntate, descansa y déjame arreglar esto.

Estaba bastante seguro de que era una herida de arma blanca, pero podría haber sido un cristal roto.

Estamos obligados a denunciar las heridas de arma blanca y de bala a la policía, pero era muy consciente de que una posible herida de arma blanca que el paciente negaba no llevaría a nada.

Resignado, recogí mis provisiones, mientras sonaba su teléfono.

—¿Está bien si respondo la llamada, Doc?

—Adelante. Podría ser una buena distracción mientras empiezo .

Puede que los primeros teléfonos celulares interfirieran con el equipo médico, pero la tecnología actual era segura en los hospitales.

Su llamada tenía la misma posibilidad de interferir con nuestros monitores que dejar mi teléfono encendido en un avión con los componentes electrónicos y causar un accidente.

Escuché distraídamente su parte de la conversación mientras trabajaba en la pierna.

Hablaba español, pero mis quince años de formación en Houston me habían permitido hablarlo con fluidez.

Su forma de hablar era más rápida que el acento mexicano que había aprendido, pero puede seguir su parte de la conversación.

—Hola, Carmen.

»No, estoy en el hospital curándome la pierna. Debería terminar en veinte minutos.

»Te lo explico cuando llegue. Prepárate para irte en cuanto llegue.

»Te amo. Me tengo que ir.

Colgó la llamada y dejó caer su mano sobre la cama.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Sí, solo algunos problemas con mi novia.

Regresé a mí trabajo, preguntándome quién había cortado a Ernesto y por qué él y Carmen necesitaban irse de la ciudad tan rápido con su hijo, Sammy.

∙ ∙ ∙

El Challenger negro no se diferenciaba de lo demás carros super potentes que poblaban las calles de Miami. Su escape, excesivamente ruidoso, contribuía al bullicio habitual de la ciudad, mientras el conductor se abría paso entre el tráfico. El pasajero delantero hablaba por encima del hombro.

—Álvaro, ¿están seguros de que está ahí?

—Sí, Cedro. Uno de nuestros hombres lo reconoció en el Centro de Trauma Ryder del Jackson Memorial. Dijo que estaba allí por una lesión en la pierna.

—Es él. Esta vez vamos a terminar el trabajo antes de que hable con alguien.

—¿Lo vamos a matar en el hospital?

—Sí. Me encantaría agarrarlo y llevarlo a algún lugar para hacerlo sufrir, pero no tenemos tiempo. Cuando lleguemos, ocúpate del guardia de seguridad. Intenta no dispararle o todos los policías de Miami van a venir por nosotros. Yo voy a entrar y ocuparme de Ernesto. Ustedes dos vienen conmigo.

El silencio reinó en el carro mientras cada hombre revisaba su arma y se preparaba para entrar al hospital.

No era la primera vez que atacaban a alguien en público, pero un tiroteo en urgencias de un hospital llamaría aún más la atención de lo habitual.

Su desesperación justificaba el riesgo adicional.

Siguieron la clara señalización del hospital hasta urgencias y Cedro le indicó al conductor que se acercara a la zona de ambulancias.

En cuanto el carro se detuvo, Álvaro saltó y corrió hacia la puerta, gritando que su abuela estaba sufriendo un infarto.

El policía que custodiaba la puerta trasera centró su atención en el carro y, al darse la vuelta, se encontró con una pistola apuntándole la cara.

—No hagas nada estúpido. No estamos aquí por ti. Manos arriba.

El oficial obedeció, mientras los otros tres hombres salían del vehículo con pañuelos cubriéndose el rostro.

Desarmado rápidamente, el oficial se sentó en el suelo con las manos esposadas a la espalda.

El hombre original se quedó a vigilar al oficial y el carro, mientras Cedro y los otros dos hombres se apresuraban a entrar a urgencias.

Cedro corrió al mostrador principal y apuntó a la recepcionista con la pistola más grande que nadie había visto jamás.

—Busco a Ernesto Sánchez, con una lesión en la pierna. Tienes tres segundos para decirme en cual consultorio está.

Una enfermera revisó la pizarra y señaló al final del pasillo.

—Está en el consultorio cinco.

Los tres hombres corrieron por el pasillo hacia el consultorio cinco, mientras se oían los gritos de los pacientes y el personal.