Cruceros Taylor (Hermanas Taylor 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

La noche anterior, después de que Indira Campbell salió del Hotel Mallois, se dirigió a su apartamento en el centro de la ciudad para hacer una maleta con lo necesario para volar a Ítaca.

Mientras metía unas pocas mudas, llamó a Amelia para que lo arreglara todo y poder volar al día siguiente, a primera hora, hasta Caroline.

Tuvo el impulso de coger un vuelo nocturno, pero fue consciente de que era muy tarde y no quería llegar en mitad de la madrugada a casa de Rachel Taylor.

Ahora está llegando en un taxi a la dirección que Katherine le entregó y los nervios hacen que el estómago se le cierre y la garganta sirva más como una lija que como un conducto de aire.

Ha imaginado en su cabeza mil escenarios en cuanto tenga a la rubia delante y van desde el más romántico hasta el más aterrador, donde ella corre despavorida huyendo de una Rachel muy cabreada con un hacha en la mano.

—Que tenga buen día —le desea el conductor del taxi mientras ella se baja del vehículo con su maleta e Indira le sonríe agradecida.

La empresaria mira el edificio frente a ella y se da cuenta de que la planta baja está el The heaven, el bar de Rachel, y tiene la puerta entornada en señal de que el local está abierto.

Llena los pulmones de aire, intentando encontrar un punto de fuerza adicional, y echa a andar hasta entrar al establecimiento que está completamente vacío, aunque hay cierto ruido que le indica que quizá no esté abierto al público, pero sí para los empleados.

Sin que Indira se lo espere, una chica sale de debajo de la barra con un paquete de cerveza y, cuando se gira, por poco las botellas se le resbalan de las manos.

—Caroline —susurra Indira con el corazón desbocado.

Caroline Taylor, que incluso parece más joven de lo que es gracias a esa camiseta sin mangas y la melena suelta y alborotada, se queda pasmada cuando enfoca a la mujer que decidió arrancarle el corazón de cuajo y jugar al fútbol con él.

—¿Dónde has puesto…?

Rachel sale del almacén con dos bolsas de hielo y se detiene al observar a su hermana inmóvil. Mueve la mirada y ve a una mujer algo más mayor que Caroline, en medio de la pista, y ata cabos con velocidad.

—¿Esta es esa mujer? —pregunta la mayor de las Taylor. Caroline solo asiente.

Rachel adora a sus hermanas, pero con Caroline tiene una debilidad infinita.

Fue la que más sufrió por la ausencia de su madre y ella intentó hacer ese papel lo mejor posible, aunque estaba en otra ciudad.

Se aseguró de llamarla cada día y traerla a Ítaca largas temporadas mientras estaba de vacaciones.

Que le rompan el corazón es algo que no puede evitar, pero sí que esa caradura se presente en su bar y pretenda volver a joderla.

Suelta las bolsas de hielo y camina hacia Indira Campbell con la intención de explicarle con cierta violencia que con su hermana no juega nadie.

—Espera, Rachel —dice Caroline cuando se da cuenta de la intención de su hermana y la cara de horror de Indira.

—Solo vengo a pedirte cinco minutos —ruega la mayor de las empresarias levantando ambas manos y dando unos pasos hacia atrás.

Rachel se frena y mira a su hermana, que sale de la barra para ponerse a su lado. Levanta una ceja y mueve la cabeza, haciéndole una seña a Indira para que hable.

—Sé que desaparecí, pero tengo una explicación —dice Indira que, aunque está nerviosa, mantiene un tono de voz firme—. Solo te pido que me escuches cinco minutos.

Caroline lo valora durante unos segundos porque, aunque está loca por oírla, esos días que ha pasado en Ítaca la han ayudado mucho. Siente que acercarse a Indira es retroceder y, pese a que sigue estando rota, ya no pasa las noches llorando como una pobre desgraciada.

—Por favor, Caroline —vuelve a pedir Indira, que tiene un objetivo y lo va a cumplir.

La menor de las Taylor concluye que, sea lo que sea lo que Indira vaya a decirle, ella tiene que darle un cierre a eso que tuvieron y teniendo una conversación con ella, puede que sea la mejor manera.

—Elige una mesa —dice Caroline señalando la zona.

—¿Podemos hablar fuera? —pregunta Indira mirando de reojo a Rachel, que no deja de matarla con los ojos—. Quizá dar un paseo por la zona nos ayudará a relajarnos.

Caroline asiente y se gira para salir del bar. Indira da dos pasos y la voz de Rachel la detiene.

—Te estaré vigilando —amenaza la dueña del bar.

Las dos empresarias, una vez fuera del local, miran a la vez el largo sendero que tienen al frente. Sincronizadas, echan a andar sin decir ni una palabra. Indira está acojonada y Caroline solo espera que la mujer que tiene al lado suelte de una vez lo que ha ido a decirle.

—Siento haber desaparecido sin decirte nada — comienza Indira una vez que han caminado algunos minutos—.

Entraste a mi vida de una forma muy particular, Caroline, y no me refiero al sexo —aclara la mayor de las dos porque lo que ella siente por la rubia va más allá de pieles húmedas—.

Desde el primer momento que me miraste, sentí algo que creo que jamás había experimentado; fue algo indescriptible.

Cogiste parte de mi alma y te quedaste con ella y yo, como una tonta, pensé que lo que me hormigueaba por el cuerpo era producto de una noche desenfrenada con una mujer preciosa.

Caroline la escucha con atención y entiende a la perfección lo que Indira le explica. Ella misma pensó que ese polvo era eso, otro polvo más, pero esta vez con una mujer más mayor y aterradoramente sexy. No sabía lo equivocada que estaba. Las dos lo estaban.

—¿Sabes lo que hice cuando gané mis primeros doscientos dólares?

—pregunta Indira de repente y Caroline niega con la cabeza—.

Los guardé, aún los tengo porque quería que fuera el recordatorio de lo que me costó conseguirlos.

Nos lo pagaron por una propuesta que hicimos para unas heladerías.

Lo que quiero decirte con esto es que mi vida ha sido un esfuerzo constante, de noches sin dormir, de préstamos y agonía.

Y después de tantos años con una vida estable y tranquila, unos labios gruesos lo arrasaron todo en cuestión de segundos.

¿Qué te parece si te tomas algo conmigo, después damos un paseo por el barco y al final te muestro mi camarote?

—repite Indira las palabras exactas que le dijo Caroline en el bar cuando se conocieron—.

Sin imaginármelo, ese fue el fin de una estructura cuidadosa que había creado, pero a la vez, el inicio de mi vida, esa que había dejado a un lado por los negocios.

Caroline se tambalea e Indira tiene que sujetarla para que no resbale.

No es que haya pisado alguna piedra o un desnivel, es que las palabras de Indira la han golpeado tan fuerte que ella ha sentido que se mareaba.

La dueña de los cruceros respira, el aire puro de Ítaca le ayuda a relajarse y se mete las manos en los bolsillos para seguir el camino.

No quiere decir nada hasta que Indira acabe de hablar.

—Mi terapeuta me recomendó que cogiera unos días y a mí me pareció una buena idea.

Salir de Nueva York para pensar con claridad.

El problema era que la única claridad que encontré en ese viaje fue la de la luz que emanaba de tus ojos en mi mente; no podía dejar de pensar en ti.

Cada mañana que despertaba deseaba que estuvieras a mi lado en la cama.

Ahí lo supe, fui una idiota, siempre supe que te quería a ti, pero la diferencia fue que en ese momento ya no tenía miedo de perder lo que había construido con tanto esfuerzo; lo que quedaba era pánico de imaginar que no volvería a verte.

Caroline se detiene porque el camino se hace estrecho y tiene miedo de caer cuesta abajo si sigue escuchando las palabras de Indira.

Ha tenido varias amantes y muchas personas han intentado conquistarla, pero por mucho que se hayan esforzado, ninguna le ha llegado ni a los talones a la mujer que tiene al lado.

Indira la mira y se acerca a ella. Sube una mano y le acaricia la cara a Caroline, que por un momento cierra los ojos disfrutando del contacto.

Pero, aunque ella quisiera quedarse así —o saltarle a los labios a Indira— Caroline necesita más, un simple acercamiento y unas palabras bonitas no son suficientes para ella.

—¿Qué pasa con William? —pregunta la menor de las Taylor con voz firme.

—Con él está todo zanjado. Fueron unos días complicados, pero William sabe que estoy enamorada de ti —explica Indira y nota como a Caroline se le acelera la respiración—.

Cuando volvamos a Nueva York, nos reuniremos con los abogados; tenemos que dejar todo bien atado para que nuestros negocios no se vean afectados.

William ya los ha llamado para que comiencen los trámites.

Caroline sigue petrificada como un árbol más en el sendero. Escudriña los ojos de la mujer a la que quiere y solo ve en ellos temor por un rechazo que puede estar claramente justificado.

—Yo también estoy enamorada de ti, Indira, pero necesito asegurarme de que todo lo que me dices es cierto, de que no te arrepentirás y…

Indira la corta, pegándose a ella y cogiendo la cara de Caroline entre sus manos para darle un beso sentido y muy suave. En cuanto se separan, vuelve a dejar otro beso, esta vez corto, y le habla con cariño.

—Te amo, Caroline Taylor, no tengo ni idea de qué me hiciste, pero me arde aquí dentro —Indira se señala el pecho—, si no estás conmigo.

No tengo intención de volver a mi apartamento hasta que William y yo no firmemos los papeles del divorcio.

Si tú también lo quieres, podemos seguir con lo que empezamos aquella noche en tu barco.

Yo lo quiero todo contigo, Caroline; quiero que seas mi chica, que nos despertemos juntas cada mañana, que vayamos de la mano a las galas de tu fundación y que nos escapemos de Nueva York cada vez que podamos para ser solo tú y yo.

Alguna vez he leído que las lesbianas son muy intensas, yo, que me estreno en el mundillo, seré una muy buena aprendiz.

Caroline rompe a reír por ese último comentario y ahora es ella la que recorta la poca distancia que hay entre ellas para fundirse en un beso tan apasionado que Indira no puede evitar soltar un gemido de placer al sentir como la lengua de su rubia se mueve con maestría dentro de su boca.

—Yo también lo quiero todo contigo —susurra Caroline, pegada a los labios de la empresaria—. Quiero que hagamos las cosas bien para que esto que sentimos cada vez sea más fuerte.

Indira sonríe y la abraza. Un abrazo que sella un momento de confesiones que marca el inicio entre ellas, uno real, sin mentiras.

Deciden dar la vuelta y retomar el camino hacia el bar de Rachel. Ya habrá tiempo de seguir hablando; lo más importante ya está dicho. Han caminado un buen rato y Caroline sabe que su hermana estará nerviosa.

—¿Cómo sabías dónde estaba? —pregunta la dueña del Christie II.

—Katherine —contesta Indira y hace una mueca con los labios.

Caroline abre la boca.

—Será traidora —suelta y ambas mujeres se ríen.

—Créeme, si no fuera por su novia, creo que no hubiera salido viva de su hotel.

—Qué pedazo de cuñada tengo —dice Caroline y lo piensa en serio, desde que Jodie llegó a la vida de Katherine, su hermana parece más serena y ese rictus eterno en su expresión ha desaparecido casi por completo.

Cuando atraviesan las puertas del bar The heaven, Rachel Taylor está colgando una llamada y levanta la mirada para enfocarla en su hermana pequeña. Sale detrás de la barra y se acerca a ella como queriendo examinarla por si debe acabar con Indira Campbell o dejarla seguir con vida.

—¿Estás bien? —pregunta Rachel, que mira de reojo a Indira.

—Sí —sonríe Caroline como cuando era una adolescente prodigio y resolvía complicadas ecuaciones en pocos segundos, dejando al resto como los tontos que para ella eran—. Está todo aclarado, no te preocupes.

Rachel entrecierra los ojos.

—¿Segura? —inquiere la mayor de las Taylor.

—Segura —responde Caroline mientras Indira sigue como un junco a su lado—. ¿Te importa tener una invitada adicional durante unos días más? —pregunta y observa a Rachel que, pese a tener esa expresión cautelosa, tiene una especie de sonrisa tatuada en la cara que intenta disimular.

—Si tú me lo pides, por mí no hay problema —contesta Rachel tranquila, pero luego sonríe abiertamente—. Por cierto, me acaba de llamar Ashley. Por fin mi hija vuelve a casa.