Cruceros Taylor (Hermanas Taylor 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

—¿Quieres que comentemos la agenda de hoy? —pregunta Amelia entrando en el despacho de Indira.

La empresaria ni siquiera la escucha, permanece sentada en su silla, con la mirada clavada en la pantalla de su ordenador que hace rato que se ha bloqueado, absorta, perdida en la maraña de pensamientos agónicos en la que vive desde que hace dos días, William se marchó de su casa.

—Mejor nos lanzamos por la terraza en paracaídas —corrige Amelia alzando la voz.

—Sí, mejor —responde Indira, que sigue sin moverse.

El manotazo que Amelia da sobre la mesa por poco le provoca un infarto.

—¿Se puede saber qué haces? —pregunta irritada.

—Esa misma pregunta me hago yo sobre ti —dice su amiga—. No sé para qué vienes a la oficina, Indira, pareces un alma en pena.

—¿Y qué quieres que haga? —pregunta ella sin ocultar su angustia, tan compungida que la mirada se le encharca.

—Lo que debiste haber hecho cuando William se marchó, seguir buscando a Caroline.

—No puedo, ir a buscarla en una situación así es seguir mintiéndole, y no quiero hacerle más daño, Amelia. Necesito zanjar las cosas con William de manera civilizada .

—Pero William se ha ido —señala Amelia, confundida—, no puedes quedarte paralizada en el tiempo.

—Conozco a mi marido, Amelia. Volverá, y cuando lo haga y zanjemos nuestro matrimonio, iré a buscar a Caroline —dice convencida.

Indira se pasa el resto del día sin salir de su despacho, igual que los dos anteriores y, al contrario que Amelia, que casi sufre un pasmo pensando en que su jefa es medio bruja cuando ve llegar a William, la empresaria no se sorprende cuando la puerta de su despacho se abre y por ella entra su marido.

—¿Tienes un minuto? —dice William, calmado y educado como siempre.

—Claro —responde Indira, que esboza una sonrisa al verlo.

William se sienta frente a ella como ha hecho miles de veces, solo que, en esta ocasión, no es para hablar de negocios.

—Es raro hablar de esto —dice William.

—Lo sé —responde Indira, a la que le resbalan las lágrimas por las mejillas sin que pueda contenerlas.

—Quería pedirte perdón por mi comportamiento del otro día —empieza William—, pero es que no lo vi venir, y eso que en el fondo yo también sabía que acabaría pasando, por una parte, o por la otra.

—No tienes que pedir perdón —dice Indira.

—Sí que he de hacerlo, fui un capullo.

Indira se ríe entre lágrimas, al igual que William.

—Hemos sido unos completos gilipollas, Indira, tan centrados en construir todo esto —dice extendiendo los brazos como si abarcara todo el imperio empresarial que han levantado—, que nos olvidamos de nosotros.

Pero ya está hecho y hemos de asumirlo, y si tú te has enamorado no seré yo quien te impida ser feliz de nuevo.

Indira no puede contestar, ahogada por su propio llanto. Su marido le sonríe, también compungido, pero en parte divertido, porque siempre le ha gustado ese contraste que hay en su mujer, tan dura para los negocios y tan sensible para los sentimientos.

Se inclina hacia delante, extrae un par de pañuelos de papel de la caja que Indira siempre tiene sobre la mesa y se los entrega.

—Estos días me han venido bien para pensar, y quiero que hagamos las cosas bien —dice William—, tú y yo no tenemos por qué llevarnos mal, al fin y al cabo, siempre hemos sido muy buenos amigos.

Ya sabemos que tenemos que divorciarnos, pero no veo necesario hacerlo ahora mismo, creo que a ambos nos vendrían bien unos días de descanso porque yo ya no recuerdo cuánto hace que no nos tomamos unas vacaciones de verdad.

Al volver, podemos sentarnos y decidir con los abogados cómo lo hacemos para que nada afecte a las empresas y, mientras tanto y si te parece bien, tú puedes quedarte en el apartamento de la ciudad para estar más cerca de Caroline y yo en la casa de las afueras.

—Me parece bien —sonríe Indira—, sobre todo lo de las vacaciones —añade rodando los ojos, haciendo reír a su futuro exmarido.

—Perfecto entonces —William se levanta—, le diré a Amelia que lo disponga todo para que nos deje libres unos días. Creo que me voy a ir al rancho de mis padres en Vancouver.

Indira lo mira entre espantada y complacida porque William odia el rancho, pero entiende que está en un momento en el que necesita el respaldo de su familia .

—Salúdales de mi parte.

—Claro, ¿a dónde irás tú? —pregunta William.

Indira sonríe y encoge los hombros.

—Donde sea que esté Caroline.

El matrimonio se despide con un abrazo afectuoso y, cuando William se marcha, Indira tiene claro a dónde debe dirigirse.

Cuando llega al hotel Mallois ya es de noche, lo cual le parece perfecto porque eso le proporciona más posibilidades de encontrar a Katherine Taylor en su ático.

No se molesta en preguntar a nadie por la ubicación de la vivienda de la dueña del hotel porque la vio salir con su pareja el día que Caroline la llevó a la azotea del edificio.

Se estremece al recordar aquel momento y carraspea tratando de recuperar la compostura cuando las puertas del ascensor se abren.

Katherine mira a Jodie con sorpresa cuando escucha el timbre de su casa. Ninguna de las dos espera a nadie y acaban de sentarse en el sofá con una copa de vino.

—Ya abro yo —dice Katherine, cuyas cejas se elevan y su mirada azul se oscurece cuando se encuentra a Indira al otro lado de la puerta—. ¿Qué quieres? —pregunta mientras se plantea si es mejor lanzarle la copa de vino a la cara o cerrar la puerta directamente.

Indira traga saliva, la hostilidad que desprende Katherine hace que le apetezca estar ahí lo mismo que un disparo en la pierna, pero si quiere saber dónde está la rubia a la que ella realmente quiere ver, tiene que enfrentarse a la que tiene delante.

—No pretendo molestar, Katherine. Solo quiero saber dónde está tu hermana.

Katherine ladea una sonrisa, pero ni mucho menos es como las que le dedica a Jodie, esta es bastante siniestra.

—¿Y qué te hace pensar que te lo voy a decir?

Indira se envalentona ante su chulería, algo que sabe que no le conviene, pero le da la impresión de que Katherine es el tipo de mujer con la que es más fácil conectar mostrando las garras que escondiendo el rabo entre las piernas. E Indira no es de las que se amedrentan.

—Porque quieres a tu hermana y yo también —dispara serena, manteniéndole la mirada hasta que la desvía cuando aparece Jodie—. Por favor —añade Indira—, solo quiero hablar con ella.

—Has tenido mucho tiempo para hablar con ella y la has ignorado, ni una puta llamada —dispara Katherine.

—Lo sé, pero tenía mis razones y si me escuchas estoy segura de que podrás entenderlas.

Katherine se muerde los labios. Está tensa y le cuesta pensar porque ella solo recuerda la expresión devastada de su hermana pequeña.

—Kate, déjala que entre y se explique —le pide Jodie.

Katherine mira a su chica durante un instante, a ese mar de calma que sabe frenar sus impulsos, y cede.

—Entra —dice seca, haciéndose a un lado para dejar pasar a Indira.

Mientras las dos mujeres se dirigen al sofá, Jodie saca una tercera copa, la llena de vino y se la ofrece a Indira, segura de que le hará falta para soportar la mirada penetrante y acusadora de Katherine Taylor.

—Gracias —dice Indira aceptando la copa.

—Está envenenada —suelta Katherine con maldad para espanto de Jodie.

—No le hagas caso —pero a Indira no parece importarle, porque da un largo trago.

—Te escucho —la insta a hablar Katherine con impaciencia—, espero que me des una buena razón para que considere decirte dónde está mi hermana, porque que me digas que la quieres, no me parece suficiente.

—Te puedo dar muchas razones para justificar mi ausencia, como que me acojoné al pensar que todo lo que había construido con William con tanto esfuerzo se podía venir abajo si rompía mi matrimonio.

Yo no vengo de una familia acomodada como la vuestra, he tenido que pelear por cada centavo que tengo, ganarme un nombre y un estatus, hacerme un hueco en medio de una élite donde si no das un mordisco te devoran.

También que no me esperaba el ultimátum de tu hermana y que no supe reaccionar, y lo hice tarde y mal, así que decidí marcharme unos días para despejarme y poder pensar.

—Pues has tenido mucho tiempo para pensar —vuelve a la carga Katherine.

—Es cierto, y en lo único que pensaba era en Caroline —aclara Indira—. Estoy enamorada de ella y necesito que lo sepa, así que te suplico que me digas dónde está.

Katherine vuelve a atravesarla con la mirada, aunque esta vez lo hace con expresión valorativa.

Indira le parece sincera y, además, es capaz de entender ese miedo que sintió a perder su imperio porque le recuerda mucho en ese aspecto a su amiga Annie Cohen, que también viene desde abajo y ha tenido que pelear con uñas y dientes para conseguir lo que tiene, no como ellas, que solo por tener el apellido Taylor, ya se les abrían puertas.

—¿Y tu marido? —pregunta Katherine.

—Ya he hablado con él y le he pedido el divorcio.

Tenemos un negocio en común y no podemos precipitarnos en hacer las cosas, pero hasta que todo se tramite, yo me quedo en el apartamento de la ciudad y él en la casa de campo.

Cualquier convivencia ha terminado y a partir de ahora solo seremos socios —responde Indira.

—Caroline está en Ítaca, en casa de mi hermana Rachel —suelta Katherine esperando no tener que arrepentirse.

El corazón de Indira se acelera y su rostro se ilumina.

—Gracias, de verdad, solo quiero que sepa que la quiero, nada más. Si después no quiere saber nada de mí, me marcharé.

—Más te vale, porque mi hermana Rachel digamos que no es tan comprensiva como yo. Prácticamente ha criado a Caroline, así que te deseo mucha suerte —dice con una sonrisa malvada.

Indira también sonríe. No está asustada, si tiene que enfrentarse a Rachel o a un ejército, lo hará siempre que eso le permita ver a Caroline de nuevo.

—Esta es la dirección, no hagas que me arrepienta —dice Katherine entregándole una nota.

—Te prometo que no, y necesito pedirte un último favor —pide Indira cuando se levanta.

Katherine levanta una ceja con expresión divertida, aunque se esfuerza en que no sea así, Indira empieza a caerle bien.

—¿Qué favor?

—Que no le digas a tu hermana que voy a ir a verla.

Katherine asiente y ella y Jodie acompañan a Indira hasta la puerta.