Cruceros Taylor (Hermanas Taylor 2) Capítulo 22
88%

Capítulo 22

—¿Qué tal el vuelo? —saluda Amelia a su jefa y amiga, Indira Campbell, cuando sale del aeropuerto tras volver a Nueva York.

—Estaba tan ansiosa por llegar a la ciudad que anoche no dormí y hoy en el avión tampoco —explica Indira mientras arrastra su maleta hasta la parte trasera del coche y la mete en el maletero.

Después de que Abigail le aconsejara marcharse para intentar desatar el nudo que tenía en su cabeza con respecto a lo que siente por Caroline Taylor, la empresaria habló con su marido y, con la excusa de que necesitaba supervisar ella misma algunos de sus negocios, cogió un avión con destino a Denver.

Allí estuvo los primeros dos días en los que no pudo pensar demasiado porque de verdad tuvo que asistir a varias reuniones que la dejaron exhausta.

Pero fue cuando llegó a Seattle cuando empezó a sentir como una agonía poco conocida empezaba a apoderarse de ella.

Pensó en la rubia, esa chica que, con su mirada azulada, la dejó enganchada y, con unos labios gruesos y esa piel de melocotón, acabó volviéndola loca.

Indira concluyó que no era un enamoramiento fugaz, de esos muy típicos que, al estar tantos años en un matrimonio, terminan convirtiéndose en un escape, pero que también desaparece tan rápido como llega después de haber drenado necesidades.

Con Caroline ha tenido conversaciones profundas, momentos románticos y sexo exquisito.

Se ha imaginado en varias ocasiones su vida al lado de la menor de las Taylor y se ha visto atravesando el salón de un evento cogida de su mano, reventando miradas y haciendo saltar latidos por donde pasan.

Pero también está William, ese hombre con quien levantó un imperio a base de trabajo duro, noches enteras sin dormir y mucho cariño.

Indira no pudo evitar recordar cómo en ese minúsculo primer piso que alquilaron juntos, donde comían en platos de plástico tras hacer el amor para después, en una libreta desgastada, escribir todas las ideas que surgían para crear sus futuras empresas.

De eso ha pasado casi una eternidad y a ella lo que le cuesta es entender que, aunque no esté a su lado, eso que vivieron no quedará en el olvido y que, además, sus negocios seguirán en pie.

Cuando llegó a San Francisco, decidió que era su última parada, llevaba muchos días con las entrañas carcomiéndola por dentro por la necesidad de tocar esa piel blanca que tanto echaba de menos, por decirle a William una verdad dolorosa pero necesaria y por empezar su nueva vida.

—Llévame a casa de Caroline —pide Indira cuando se sube al coche de Amelia.

La asistente asiente y se pone en marcha. Ya había hablado con su jefa por teléfono durante su viaje y esta, movida por la confianza que hay entre las dos, le iba contando algunos de sus pensamientos.

—¿Ya sabes lo que vas a decirle? —pregunta Amelia.

Indira suspira y se ajusta mejor el cinturón de seguridad.

—He preparado al menos cinco discursos diferentes; espero que me salga alguno.

—Sé sincera —aconseja Amelia—. Estás segura de lo que sientes por ella y eso es suficiente .

A Indira los nervios se la comen y cuando llegan al edificio en el que vive la rubia, se queda unos segundos en el coche. Es la mano de Amelia dándole un apretón en el hombro la que le da valentía y sale del coche dispuesta a abrirse en canal.

Se estrella como un avión de papel mal hecho porque Caroline no está en casa. Ha estado diez minutos quemando el timbre y nadie ha aparecido hasta que ha bajado a hablar con el portero, quien le ha confirmado la ausencia de la chica.

—¿Te llevo a su oficina? —pregunta Amelia en cuanto Indira le da la noticia.

—Sí, tiene que estar ahí —se esperanza la mujer.

Tardan más de lo esperado porque el tráfico en Nueva York, ya de por sí insoportable, hoy ha decidido castigar más a Indira, haciendo que su ansiedad aumente por segundos.

—Buenas tardes, señora Campbell —saluda Asher admirándola como es habitual—. Estoy seguro de que hoy vuelve a venir sin cita porque la señorita Taylor no está.

Un cubo con agua helada y quizás con algunas cuchillas demasiado afiladas es lo que siente Indira que le cae sobre ese cuerpo maltrecho por el vuelo cuando escucha al muchacho.

No tiene ni idea de dónde puede estar porque lleva más de dos semanas sin hablar con ella y teme que esté en uno de sus barcos en medio del mar.

—¿Dónde está? —pregunta Indira con mucho ímpetu.

Asher ladea la cabeza y hace una mueca con los labios.

—No sabría decírselo, señora Campbell.

Indira juega al cincuenta-cincuenta porque puede que el chico le esté mintiendo o, en efecto, diga la verdad. Aun así, se lanza .

—Necesito encontrarla, Asher, por favor. Tienes que, al menos decirme si está en la ciudad.

Asher la observa y puede intuir qué es lo que sucede.

No es que sea un cotilla, pero desde que Indira empezó a aparecer por las oficinas del grupo Taylor, su jefa parece haber vivido en un parque de atracciones emocional donde unos días estaba subida en una montaña rusa y otros, saliendo de la casa del terror, sobre todo esos últimos días en los que la chica parecía haber perdido la alegría y que, justamente, coincidiera con la ausencia de Indira.

—Realmente no lo sé. Lo único que puedo aconsejarle es que vaya a hablar con su hermana, la señora Katherine —dice el asistente y baja la voz—. No puedo decirle más; pondría en juego mi puesto de trabajo.

Indira lo entiende y aunque ahora mismo incluso torturaría al pobre chico para sacarle información, prefiere hacerle caso y marcharse. Se despide con una sonrisa y camina hasta el ascensor.

—¿Tampoco está? —pregunta Amelia cuando Indira llega.

—No, y tampoco sé a dónde ha ido —responde abatida.

—¿La buscamos en otro sitio?

Indira sabe que hablar con Katherine Taylor será más un enfrentamiento que una charla amistosa.

Conoce de primera mano lo unidas que están las hermanas y a estas alturas sabe muy bien que la dueña de los hoteles será consciente de lo que ha ocurrido entre ellas.

Pero Indira quiere hacer las cosas bien, está cansada de mentir, de hacerle daño a Caroline y a ella misma.

—No, llévame a casa —pide la empresaria muy segura y saca el teléfono móvil para llamar a su marido—. ¿Estás en casa? —pregunta Indira después de que William conteste y se saluden .

—Sí, acabo de llegar —dice el hombre—. ¿Tú ya estás en la ciudad?

—Sí, y voy para allá. Nos vemos en un rato.

Ya no es solo ansiedad, sino un vértigo despiadado el que azota a Indira. Con cada kilómetro que recorren, la cuerda que siente tener alrededor de su cuello se tensa un poco más, pero ella sigue convencida de que lo que está haciendo es lo correcto y lo que de verdad desea.

—Bienvenida a casa —dice William en cuanto Indira entra al chalet y aparece en el salón.

Su marido se acerca a ella y cuando está a punto de plantarle un beso en los labios, Indira hace algo que jamás había hecho; lo rechaza. Es un movimiento sutil, pero la mujer ha esquivado esos labios que lleva tantísimos años besando y William no puede evitar fruncir el ceño, confundido.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien? —pregunta ante la reacción de su mujer.

A Indira el cuerpo entero le tiembla, pero decide ser directa, no quiere marear la perdiz con el tema que marcará sus vidas con un antes y un después.

—Me he enamorado de otra persona, William —suelta Indira esa bomba cargada de esquirlas que está segura de que hará mucho daño.

William parpadea y durante unos segundos valora que su mujer le esté haciendo una broma, pero la expresión de Indira le dice que habla muy en serio. Aun así, está tan confundido que le cuesta articular palabra.

—Créeme, no lo he buscado —sigue Indira, a la que se le han encharcado los ojos—. Simplemente pasó. Intenté controlarlo y no sentir esto, pero no pude, William, lo siento .

El hombre, que sigue de pie frente a ella, siente la necesidad de sentarse. Se va al sofá, apoya los codos en sus piernas y se tapa la cara. Después sube la mirada y enfoca a su mujer.

—¿De quién te has enamorado? —pregunta William con voz monocorde.

—¿Eso importa?

—Joder, Indira, claro que importa.

Indira se pasa la mano por la cara, angustiada. Tenía claro que se lo diría, pero que sea el mismo William quien se lo exija de primeras la pone nerviosa, pero ya está ahí y tiene que hacer las cosas como debe.

—De Caroline Taylor —suelta y, aunque le cuesta mirarlo a los ojos, lo hace.

Y William los abre mucho, al igual que la boca. La mandíbula está a punto de caerle al suelo y ya no le apetece estar sentado.

—¿Me estás jodiendo? —pregunta, irritado—. Aparte de que me engañas con una mujer, lo haces con la mismísima Caroline Taylor, a la que le llevas más de diez años de diferencia.

El tono que usa William le molesta a Indira. Entiende su reacción, nunca es plato de buen gusto escuchar semejante confesión, pero ellos llevan tantos años sin ser pareja qué le parece hasta hipócrita de su parte.

—Hace mucho que solo somos socios y amigos, William —exclama Indira con algo de dureza—.

Nos hemos perdido en los negocios y en conseguir el éxito.

Lo hemos logrado, pero en el camino, nuestro matrimonio se quedó atrás.

Era cuestión de tiempo que esto pasara; podrías haber sido tú quien se enamorara de alguien.

Me ha pasado a mí primero y lo único que lamento es habértelo ocultado, pero no sabía lo que estaba sintiendo y decidí callar. Ahora es imposible seguir ocultándolo.

—¿Cuánto llevas viéndome la cara de imbécil? —brama William, que parece no entender la explicación de Indira y se ha cerrado de tal manera que actúa como si su relación fuera la de una pareja que estaba en el mejor momento y su mujer decide engañarlo.

Indira niega con la cabeza.

—No se trata ni del tiempo ni de otras cosas que no sea entender que después de tanto tiempo siendo solo socios, ha llegado la hora de aceptarlo y separarnos como marido y mujer —responde Indira, intentando hablar con suavidad—.

Yo te quiero, William, muchísimo, pero estoy segura de que tú, al igual que yo, sientes un amor distinto, uno que no corresponde a un matrimonio.

William empieza a caminar con las manos en la cintura mientras mueve la cabeza de un lado a otro.

No se esperaba esto y, aunque sabe que su mujer tiene razón, él no se ve sin ella.

Todo lo han hecho juntos desde que apenas eran unos jóvenes llenos de ilusión, y pensar en no tenerla cada día en casa lo enloquece.

—De ninguna manera nos vamos a separar, ¿me has oído? —alza la voz William y señala a Indira—. Llevamos toda una vida juntos y no se va a romper porque te hayas encaprichado de una cría. Somos una pareja potente y exitosa que junta puede con todo.

A Indira se le dibuja un gesto de sorpresa en la cara.

—No es un capricho, William —espeta—. Estoy enamorada de Caroline y eso no es discutible, pero el caso aquí es que, si no es ella, será alguien más porque nuestra relación está rota y todo es cuestión de tiempo.

William sigue sin entender.

—¿Desde cuándo te gustan las mujeres? Es que es absurdo, seguíamos acostándonos y …

—No vayas por ahí, William —lo frena Indira—. Da igual si es un hombre o una mujer, simplemente pasó y me da igual lo que tenga entre las piernas. Vamos a tranquilizarnos, lo hablamos con calma porque necesito que quede claro que, aunque nos separemos, muchas cosas seguirán igual.

William se ríe y se limpia un par de lágrimas que brotan de sus ojos. Indira también lo hace; ella no se había dado cuenta de que lleva varios minutos llorando.

—No te vas a separar de mí —contesta William y, tras coger su móvil y las llaves, sale de su casa dando un portazo que asusta a su mujer.

Indira Campbell siente que pierde las fuerzas, se desliza por la pared y se sienta en el suelo soltando un llanto desconsolado.

Le duele perder a William, pero esas lágrimas que salen sin freno alguno de sus ojos son producto de la desesperación que siente porque, para estar con la mujer de la que se ha enamorado, sabe que tiene que estar separada de su marido.

El alma se le resquebraja, Indira no quiere una vida sin Caroline Taylor.