Cruceros Taylor (Hermanas Taylor 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

—¿Entramos? —dice Rachel señalando con la cabeza el edificio del que es orgullosa propietaria.

En la parte inferior se encuentra el bar que regenta desde hace tantos años que no se imagina llevando otra vida y, en la parte superior, está su vivienda, donde crio a su hija Ashley —los primeros años sola— después en compañía de Camila, la que fue su pareja durante los diez siguientes y se convirtió en otra figura materna para su hija con la que ambas tienen una muy buena relación en la actualidad, y después, cuando el amor se acabó entre ellas, Rachel volvió a quedarse sola con su hija hasta que Ashley terminó la carrera y, tras un año sabático viajando por el mundo para complacer a su abuelo, se marchó a Los Ángeles con la esperanza de cumplir su sueño de triunfar en la música.

Caroline se toma unos segundos para aspirar con fuerza el aire puro de la zona antes de seguir a su hermana.

Le encanta estar allí, la casa de Rachel le trae miles de recuerdos divertidos y nostálgicos porque cuando la compró, ella era muy pequeña y acompañaba a sus padres en todas las visitas que hacían a su primogénita.

Caroline recuerda miles de travesuras compartidas junto a su sobrina Ashley, a la que apenas le lleva dos años.

—Si algún día me voy de Nueva York, me compraré una casa aquí —dice mientras Rachel abre la puerta .

Su hermana suelta una pequeña risotada.

—Eres demasiado urbanita, Caroline, de esa niña medio salvaje que correteaba con Ashley por el campo, me parece que queda muy poco —dice divertida, mirándola de arriba abajo.

Caroline no se lo rebate, está demasiado acostumbrada a las comodidades de la ciudad, pero apenas lleva cinco minutos allí y siente que el estrés del día a día ha disminuido simplemente por la falta de contaminación acústica que tanto le molesta.

—Tienes razón, pero quizá una segunda residencia en algún lugar tranquilo para desconectar de vez en cuando, no me vendría mal —comenta pensativa.

Rachel deja la maleta junto a la puerta que da acceso a las escaleras que suben a su apartamento y asiente.

—En eso estoy de acuerdo, tanto tú como Katherine deberíais hacerlo. Ven, quiero enseñarte la reforma.

Caroline la sigue y ambas cruzan por la puerta situada al pie de la escalera que da acceso directo al bar, a esas horas, cerrado porque no abrirán hasta la noche.

La distribución ha cambiado por completo y lo que antes era una sala diáfana muy amplia con demasiado espacio para las mesas, ahora se ha reducido.

La barra es más larga y está situada a la izquierda.

Frente a ella, todo el espacio se divide en dos secciones, quedando las mesas a la derecha y el pequeño escenario a la izquierda, dejando frente a él una pequeña pista de baile con el suelo de madera.

—¿Qué te parece? —pregunta Rachel, encendiendo las luces tenues como si todo estuviera en marcha.

—Me encanta —dice Caroline sorprendida con el cambio.

El bar de su hermana siempre ha tenido un ambiente acogedor y familiar, y no lo ha perdido con la reforma, que es lo que ella temía.

—Espero que ahora que lo tienes, tú también te subas ahí y toques algunas canciones —dice Caroline.

—Yo ya solo toco para mí, hermanita, para relajarme —dice Rachel con un deje de nostalgia.

Caroline no dice nada más. El embarazo temprano de Rachel acabó con su sueño de ser música y, aunque fue una decisión de la que jamás se ha arrepentido, todos en su familia saben que siempre ha sentido esa nostalgia.

—Vamos, te enseñaré tu habitación para que te acomodes y descanses —resuelve Rachel.

Ambas suben al apartamento y, cuando pasan por la habitación de Ashley, Rachel se detiene unos segundos para observarla —como hace siempre— cargada de añoranza.

—La echas mucho de menos, ¿verdad? —dice Caroline, abrazándola por la espalda.

—Se fue hace casi ocho años, pero yo no me acostumbro —sonríe su hermana—. Camila siempre dice que debería cambiar la decoración de la habitación por si algún día Ashley quiere volver, que se fue siendo casi una niña y ahora es una mujer, pero no soy capaz de tocar nada.

Caroline se planta al lado de su hermana y esboza una de sus sonrisas burlonas.

—Ashley y yo tenemos prácticamente la misma edad, Rachel, si yo vuelvo a casa y me encuentro la habitación así, te juro que me voy a un hotel. Haz el favor de hacerle caso a Camila y cambia al menos las cortinas.

—Está bien, pero no pienso tirarlas —concluye Rachel—.

Esta es tu habitación. Quiero que mientras estés aquí te olvides por completo del trabajo e intentes desconectar de lo demás.

Sé que lo de Indira es muy complicado, Caroline, pero ahora estás aquí conmigo y podemos hablar siempre que lo necesites, incluso pillarnos una buena cogorza si es necesario.

Los ojos de Caroline se encharcan cuando sonríe y se abraza a su hermana.

—¿A dónde vas tú? —pregunta Caroline.

—A darme una ducha rápida, dentro de nada hay que abrir el bar y quiero estar ahí. Pediré algo para cenar y lo dejaré en la cocina. Cena tranquila y acuéstate, estarás cansada.

Caroline asiente y se despide de su hermana con un beso en la mejilla, segura de que su hermana mayor tiene que estar mucho más agotada que ella después de haber hecho ese viaje de ida y vuelta a Nueva York solo para ir a buscarla.

Deshace su maleta y guarda toda la ropa entre el armario y la cómoda sin tener muy claro los días que va a pasar ahí, después se da una ducha larga, se viste con un pantalón vaquero y una camiseta básica que la hacen sentir una persona completamente diferente, extrañamente libre.

Después pasa por la cocina y cena un poco antes de bajar al bar, accediendo por la misma puerta de antes.

Caroline nota las miradas sobre ella de inmediato, no solo es carne fresca, sino que en ese pueblo de Ítaca todos se conocen y la rubia de ojos azules y melena desordenada atrae miradas como si fuera un faro de luz en medio de la oscuridad.

—¿Qué haces aquí? —pregunta Rachel cuando Caroline se mete detrás de la barra junto a ella.

—Ayudarte —dice y se rasca la cabeza cuando se da cuenta de que jamás ha servido una copa que no sea para ella o sus amantes, como mucho su familia.

Rachel sonríe divertida y le señala el fondo de la barra.

—Aquí están las cervezas y aquí los refrescos —dice abriendo ambas neveras—, y los vasos están ahí. Tienes los precios junto a la caja, si te piden algún chupito o combinados, se lo dices a Martha y que se encargue ella —añade presentándole a una camarera que tiene contratada.

—¿Crees que no puedo servir un combinado? —pregunta ofendida.

—Tú ocúpate de los negocios millonarios y deja que en mi bar decida yo —dice Rachel.

Caroline suspira y levanta las manos.

—Está bien, refrescos y cervezas.

Caroline se da cuenta enseguida de por qué su hermana no se fía de ella detrás de la barra, en menos de media hora, ha roto dos vasos, ha confundido un pedido y ha estado a punto de agredir a un cliente por lanzarle un piropo grotesco.

—¿Nueva aquí? —pregunta una mujer acodándose frente a ella.

Caroline levanta la mirada y deja el trapo con el que se secaba las manos a un lado para acercarse.

La mujer, que debe tener la edad de Indira y una melena rojiza que cobra intensidad bajo las luces del bar, tiene una mirada brillante y atrevida de las que le gustan a Caroline.

Es ese tipo de mujer a la que ella trataría de llevarse a la cama sin dudarlo si no estuviera colada por los huesos de Indira Campbell, porque parece inteligente y capaz de dar sexo y conversación, justo lo que a ella le gusta, pero ahora solo quiere lo segundo.

—No, solo le echo una mano a mi hermana —dice haciendo un gesto hacia Rachel, que acompaña con una de sus sonrisas seductoras porque le sale de forma natural.

La mujer levanta las cejas, sorprendida porque, si bien Caroline y Katherine comparten mucho parecido físico porque además de ciertos rasgos, ambas son rubias con ojos azules, la mayor de las Taylor es la única que heredó el pelo moreno de su padre y los ojos verdes de su madre, así que resulta complicado emparentarlas.

—Jamás hubiera dicho que eres hermana de Rachel —dice la mujer.

—¿Conoces a mi hermana? —se interesa Caroline.

—Aquí nos conocemos todos —dice misteriosa—, aunque a mí me interesa conocerte a ti, soy Scarlett.

Scarlett extiende la mano por encima de la barra y Caroline se la estrecha al mismo tiempo que le dice su nombre.

—¿Te puedo invitar a un chupito, Caroline? —pregunta Scarlett.

Caroline se gira, ella misma coge dos vasos y los rellena con tequila.

Rachel observa la escena de reojo y sus sentidos se ponen en alerta.

Conoce a Scarlett de sobra como para saber las intenciones que tiene con respecto a su hermana, pero decide no intervenir porque ve a Caroline relajada hablando con ella y piensa que la distracción le puede venir bien, además, la barra las separa y eso le da tranquilidad.

Conforme pasa el tiempo, el bar se va llenando y Rachel va de un lado a otro sirviendo copas en las mesas hasta que, en una de las veces que vuelve a la barra, Martha se le acerca.

—Creo que Scarlett está a punto de desplegar todas sus armas con tu hermana.

La mirada de Rachel se levanta por encima de su hombro y se clava en las dos mujeres.

Se da cuenta de inmediato de que Caroline ha bebido demasiado y Scarlett está muy serena.

Su hermana está sentada sobre una nevera, con el codo apoyado sobre la barra, las mejillas rojas y los párpados pesados mientras que Scarlett, sentada en su taburete con una sonrisa radiante, le va haciendo caricias sutiles en el brazo.

—Qué zorra es —escupe Rachel, que se acerca a paso rápido hasta su hermana—. Se acabó la fiesta, Scarlett, búscate a otra o lárgate del bar, pero a mi hermana no te acerques —ladra cogiendo a Caroline del brazo para ayudarla a ponerse en pie.

Su hermana ni siquiera protesta, al erguirse se marea tanto que solo quiere tumbarse en una cama para dormir la mona.

—Solo estábamos hablando —dice Scarlett echándose hacia atrás.

—Pues se acabó la charla con ella, hoy y cualquier noche, no vuelvas a acercarte a mi hermana —su mirada es tan amenazante que a Scarlett se le quitan las ganas de protestar, así que se levanta y se marcha.

Rachel saca a su hermana del bar, la lleva hasta su habitación y tras tumbarla en la cama y descalzarla, la tapa y le da un beso en la frente.

—No quería beber tanto —murmura Caroline, agotada tanto física como mentalmente.

—No pasa nada, ahora descansa —dice su hermana, que se queda unos segundos en la habitación asegurándose de que Caroline está tranquila.