Cruceros Taylor (Hermanas Taylor 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

—Estoy desesperada, Rachel —dice Katherine Taylor caminando por la terraza de su ático mientras habla por teléfono con su hermana mayor—. Ya no sé qué hacer, nunca la había visto así; parece que Caroline está muerta en vida.

Han pasado dos semanas desde que Indira Campbell y Caroline tuvieron esa conversación en la que la chica la puso entre la espada y la pared.

A la mayor de las empresarias parece que la tierra se la ha tragado porque Caroline no ha vuelto a recibir noticias de ella.

Al inicio de la semana, la rubia intentó seguir con su vida de manera normal, pero en cuanto iban pasando los días, la ansiedad empezó a apoderarse de ella y una asfixia continua la perseguía hasta cuando se quedaba dormida, causándole el peor episodio de insomnio que ha vivido nunca.

Katherine lo ha intentado todo, pero su hermana pequeña es un autómata que va de su casa a la oficina y viceversa, apenas come y ha dejado de socializar.

—Hace unos días me presenté en su apartamento y por un momento pensé que dentro había algún animal muerto —explica Katherine de manera dramática al recordar el mal olor en el que estaba inmerso el piso de su hermana.

Rachel quisiera reír por el comentario, pero la verdad es que le preocupa mucho lo que le está pasando a Caroline.

Cuando pasó por aquellas rupturas dolorosas después de que sus exparejas la engañaran de manera casi descarada, Rachel recuerda lo mal que estuvo Caroline, pero también lo rápido que empezó a tener citas porque, según sus propias palabras, ella no se quedaría encerrada llorando por mujeres que no la querían.

Ahora la situación parece bastante peor y Rachel no puede evitar sentir angustia.

—Voy a prepararlo todo para ir a verla —resuelve la hermana mayor—. ¿Tienes la dirección de esa tal Indira?

Katherine se horroriza; Rachel es esa figura maternal que perdieron tan jóvenes y la que es capaz de arrancarle la cabeza a cualquiera que intente hacerles daño a sus hermanas.

—Eso no es buena idea —la corrige Katherine—. Es mejor que vengas, pero solo a ver a Caroline; entre las dos podemos buscar la manera de ayudarla.

—Tú ya lo has intentado, ahora déjame a mí hablar con ella —replica Rachel, que sabe que, si aparecen las dos en casa de Caroline, sus caracteres desiguales crearán más confusión que ayuda a su hermana pequeña—.

No le digas que iré a verla. Ahora voy a gestionar unos temas en el bar y cojo el primer vuelo a Nueva York, no quiero conducir cinco horas hasta allí.

Katherine está de acuerdo y se despide de Rachel pidiéndole que la mantenga informada.

—¿Has logrado convencerla? —pregunta Jodie, que estaba esperando a que su chica terminara de hablar para salir a la terraza.

—No ha hecho falta —contesta Katherine y coge por la cintura a Jodie para encontrar refugio en esos brazos que tan segura le hacen sentir—. Ella misma ha dicho que vendría, estoy segura de que en unas horas estará en el apartamento de Caroline. Espero que logre sacarla de ese trance.

Cuatro horas después, Rachel Taylor va subida en un taxi desde el aeropuerto JFK en Nueva York.

Tal como le ha dicho a Katherine, ha gestionado la apertura y cierre del bar en su ausencia y se ha ido directa a coger el primer vuelo a la ciudad que la vio nacer.

Mientras recorre las avenidas neoyorquinas, Rachel trae a su memoria recuerdos de su madre, una infancia maravillosa, su comienzo en la música y el nacimiento de su hija Ashley.

Suspira con nostalgia y, aunque ella está encantada de vivir en Ítaca tras una decisión que tomó hace ya muchos años, no puede esquivar los buenos recuerdos que mantiene de esa ciudad.

Cuando Rachel se planta frente a la puerta del apartamento de Caroline, se prepara mentalmente para encontrar lo que Katherine le describió y toca el timbre para unos minutos más tarde escuchar como la cerradura se desbloquea.

Lo que presencia la mayor de las Taylor es peor de lo que se había imaginado, frente a ella ve a su hermana pequeña tan hecha trizas que el corazón se le parte en mil pedazos.

—Cariño —dice la mujer con la voz estrangulada y se abraza a Caroline Taylor, que empieza a llorar con un desconsuelo devastador.

—¿Qué haces aquí? —pregunta Caroline entre hipidos, llenando de mocos a su hermana.

—Según Katherine, un animal había muerto en tu casa.

Caroline para de llorar de inmediato y se separa de Rachel para mirarla a la cara con gesto interrogante. Rachel se encoge de hombros y echa un vistazo rápido al apartamento de Caroline, que siempre ha gozado de buen estilo, pero que ahora parece una pocilga.

—Tampoco se ha equivocado —susurra Rachel dando varios pasos para terminar de acceder al apartamento.

La mayor de las hermanas recoge todo lo que encuentra a su paso.

Cajas de cartón con restos de comida que parece ser asiática, bordes de pizza, latas, vasos y servilletas desperdigados sobre la mesa.

Entra a la cocina y mete todo lo que puede en el lavavajillas y al cabo de unos pocos minutos, todo está recogido y ambas se sientan en un sofá que ahora está despejado.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Rachel, cogiendo a Caroline de la mano.

Caroline suspira y suelta toda la historia en la que ella e Indira Campbell son protagonistas. Rachel estaba al tanto de unas cosas, pero no de otras, así que escucha a su hermana con mucha atención hasta que termina con todo lo que tiene que contarle.

—Al final sí que has terminado enamorada de esa mujer —dice Rachel pasándole la mano con cariño por la cara.

Caroline asiente con los ojos húmedos.

—Lo que realmente me ha jodido es que Indira ha sido incapaz de, ni siquiera, decirme que elegía a su marido, ¿sabes?

Lo hubiera entendido, Rachel. Sé que es muy difícil romper con alguien con el que lleva toda la vida, con quien tiene negocios y con el que además se lleva muy bien —explica Caroline, más calmada—.

Me siento traicionada, siento que para Indira simplemente he sido una diversión, un desahogo de su matrimonio.

No hay nada peor que saber que has sido el juguete de alguien.

A Rachel la rabia la corroe. Siente que le están cortando un brazo al escuchar el dolor de su hermana pequeña.

Incapaz de comprender que por tercera vez una mujer la haya jodido.

Cree que, si pasa un minuto más en la ciudad, irá a buscar a la zorra que ha jugado con Caroline y la dejará calva de varios buenos tirones de pelo .

—Venga, recoge tus cosas, nos vamos —ordena Rachel, levantándose de su asiento.

—¿A dónde? —le pregunta Caroline, desconcertada.

—A mi casa —explica la mayor—. Allí puedes pasar unos días o el tiempo que quieras. Te vendrá bien salir de aquí y despejarte. No voy a juzgarte por cómo pasas tu duelo, pero estoy segura de que estar aquí en estas condiciones lo empeora todo.

—No puedo dejar mi trabajo de repente —dice Caroline estúpidamente; es la dueña de su empresa y puede hacer lo que quiera.

Rachel la mira levantando una ceja y la señala amenazante.

—Como no hagas ya una maleta y me acompañes, juro por mamá que busco a esa mujer, Caroline Taylor, y la hago pagar por todo lo que te ha hecho.

Caroline se ríe por un momento al imaginar la figura imponente de su hermana mayor frente a una Indira que, por mucho que se haya criado en un barrio obrero, ahora está acostumbrada a otro nivel y el enfrentarse a una mujer con cara de querer quemar una ciudad entera, no es algo que se espere.

—Voy a llamar a Asher —dice Caroline buscando su móvil—. Lo arreglaré todo en la oficina y podremos irnos.

—Así me gusta.

—Nos vemos muy poco —espeta Caroline cuando Rachel estaciona el coche frente al bar que tiene justo debajo de su propia casa—. Más tiempo hemos tardado en llegar al JFK y esperar el vuelo que en llegar a Ítaca y coger el coche.

—Eso es tu culpa y la de tu hermana —farfulla Rachel mientras se baja de su coche y coge la maleta de Caroline.

—Serás cabrona —exclama la menor de las dos y se acerca a Rachel para empujarla.

Ambas se ríen como si fueran niñas haciendo travesuras porque las dos saben que la culpa de que se vean poco la tienen las tres, incapaces de hacer un parón en sus vidas y solo se reúnen como Dios manda unas tres veces al año.

Antes de entrar a la casa, Caroline se detiene y se gira hacia Rachel.

—Gracias por ir a buscarme —le dice la dueña de los cruceros y abraza a su hermana con mucho sentimiento.

Rachel la aprieta con fuerza, como cuando Caroline era una niña de cinco años y le pedía un abrazo de oso.

—De las penas siempre nos queda algo en el corazón, cariño —dice Rachel cuando se separa de su hermana—. Pero te aseguro que vivir con ellas no es tan doloroso si consigues salir adelante y volver a ser feliz. Ya verás cómo lo superas.