Capítulo 16
Indira Campbell se sobresalta cuando escucha la puerta de su apartamento abrirse.
Estaba tan absorta —como una adolescente mirando una foto de Caroline— que no se dio cuenta de que William estaba llegando.
No suelen ir a recoger al otro al aeropuerto; normalmente cogen un taxi o, en el caso de Indira, Amelia la espera fuera cuando su avión aterriza.
La empresaria bloquea el móvil de inmediato y se gira para recibir a su marido.
—Por fin en casa —dice William, soltando su bolsa y caminando hacia Indira para abrazarla—. Te he echado de menos.
El comentario le sienta a Indira como una pedrada en el ojo porque solo la hace sentirse una adúltera miserable que, en vez de extrañar a su marido, ha estado perdida en la piel de una chica jovencísima que la vuelve loca.
—¿Qué tal ha ido? —pregunta la mujer cuando William rompe el abrazo y va directo a la nevera para sacar un refresco.
—Muy bien —contesta tras darle un buen trago a su bebida y cerrar los ojos de placer—.
He logrado que el grupo Ishikawa firme un acuerdo para que seamos nosotros quienes gestionemos su nueva empresa.
La parte mala del asunto es que tendré que viajar más a menudo a Tokio, pero se me ha ocurrido una idea brillante .
El matrimonio se sienta en el sofá y se convierte en lo que mejor se les da: unos socios que saben mucho de negocios.
William le cuenta que pudo asistir a varias reuniones y conoció a otros empresarios interesados en el trabajo que Indira y él llevan a cabo, pero que una de las cosas que piden es tenerlos allí en Japón, no se van a conformar con visitas esporádicas al país asiático mientras los asisten desde los Estados Unidos.
—Abrir una sede allí es el próximo paso, Indira —explica William tan entusiasmado que parece que en cualquier momento se ahogará—. He visitado la zona de Minato y es perfecta para alquilar un local. Si todo marcha como quiero, podríamos comprar y hacer oficinas allí.
Indira se siente como una mujer abominable. La idea le encanta, pero se confiesa que es más porque William pasará más tiempo fuera de Nueva York que por el dinero que pueden ganar.
—Suena muy bien, William —contesta Indira y se levanta para coger su tablet—. Voy a mandarle un correo a Amelia ahora mismo para que haga una investigación más exhaustiva sobre las zonas comerciales allí, no estoy muy familiarizada con Japón.
—¿Qué pasa con Caroline Taylor? —pregunta William, de repente.
A Indira, el mazazo inesperado es tal que la tablet se le escapa de las manos e impacta en el suelo de manera ruidosa. Intenta ganar tiempo agachándose para recogerla y disimular como puede.
—¿A qué te refieres? —pregunta Indira, que por dentro parece un trozo de gelatina.
—Al contrato —contesta William, ajeno a todo—. Solo me dijiste que ya estaba zanjado, pero no me diste más detalles .
Indira suspira aliviada.
—Al principio discutimos unas cláusulas, pero luego todo se cerró tal como lo habíamos propuesto —contesta parca en palabras.
William asiente complacido y también se levanta, pero para ir al baño. Siente el peso del viaje sobre sus hombros y necesita una ducha urgente.
—¿Cenamos para celebrarlo? —pregunta el hombre desde el quicio de la puerta.
Indira vuelve a sentirse una zorra malvada porque no solo había olvidado que William volvía esa tarde, sino que ya había quedado con Caroline para cenar y tiene tantas ganas de ver a la chica que por nada piensa cancelarle la cita.
—Lo siento, esta noche ceno con Abigail —miente la adúltera empresaria—. Espero que no te importe.
William mueve la cabeza, negando.
—Para nada. Me pediré algo para cenar aquí y me quedaré viendo el partido de esta noche —contesta, tranquilo y se encierra en el baño.
—Tenemos un exquisito Chablis de Saint Martin que estoy seguro será de su gusto, señorita Taylor —dice un camarero de porte refinado que está junto a la mesa que ocupan Indira y Caroline en un selecto —y discreto— restaurante de Nueva York en el que las Taylor son asiduas.
Caroline mira a su acompañante para saber si está de acuerdo, pero la encuentra otra vez perdida, ausente. Lleva con esa actitud desde que se encontraron fuera del restaurante, así que acepta la recomendación del camarero y este se marcha en silencio.
—¿Ha pasado algo? —pregunta Caroline tocándole la mano a la empresaria.
Indira sale de su trance cuando siente la piel melocotón de la rubia posarse en su brazo. Conectan sus miradas e Indira se calma al perderse unos segundos en ese azul que empieza a adorar. No quiere mentir —más— y le es sincera a la chica.
—Había olvidado que William llegaba hoy a la ciudad —comienza para continuar contándole sobre su despiste, cuando su marido la nombró y como no le dijo la verdad sobre con quién iría a cenar—.
Quería decirle que venía contigo, de verdad que sí, pero me cogió tan desprevenida que solté lo primero que se me pasó por la cabeza.
A Caroline no le hace mucha gracia, pero en su acuerdo interno, no hablaron sobre lo que diría la una de la otra cuando hablaran con otras personas. Nota la angustia de Indira y justo cuando Caroline va a hablar, el camarero aparece con la botella de vino.
—¿Ya saben lo que quieren para cenar? —pregunta el hombre una vez ha servido la bebida.
—Yo quiero la pasta de calabaza y pecorino —dice Caroline.
—Para mí el cordero con romero y mantequilla —le sigue Indira, pidiendo lo primero que ha visto en la carta sin pensárselo mucho.
—Excelente elección —contesta el camarero y vuelve a desaparecer tras el biombo que separa las mesas y genera intimidad a los comensales.
Caroline decide cambiar de tema y se sumerge en otros personales que a ella le interesan más.
Indira parece agradecer el camino que toma la conversación porque sus hombros se relajan, evidenciando lo cómoda que se siente con Caroline.
Las mujeres se deleitan con ese momento de complicidad donde disfrutan de la cena, se cuentan historias de lo más diferentes y se permiten, incluso, darse muestras de cariño como si fueran una pareja oficial que disfruta de una cita en la ciudad.
—¿Cuál es tu sitio favorito en Nueva York? —pregunta Indira tras limpiarse los labios con una servilleta y ponerla sobre su plato vacío.
Caroline no tiene que pensarlo y cuando va a decírselo, cambia de opinión.
—Prefiero enseñártelo.
Indira amplía una sonrisa y le brillan los ojos.
Se siente como una universitaria que está descubriéndolo todo acerca de la persona que le gusta.
Toca uno de los botones que está en la pantalla central de la mesa y esta le devuelve la cuenta y la opción de pasar su tarjeta de crédito para pagarla.
Cuando todo está listo, Indira se levanta, besa a Caroline y la invita a ponerse de pie para que le muestre ese lugar tan especial para ella.
—No queda muy lejos —dice Caroline una vez que se han subido a su camioneta y ella se incorpora al tráfico neoyorquino.
Indira le coloca una mano en el muslo y le sonríe embelesada con el perfil de Caroline.
En poco más de media hora, Caroline está entrando a la curva del hotel Mallois para asombro de Indira, que no comprende nada.
—Ya verás, te va a encantar —le dice Caroline cuando le entrega las llaves al aparcacoches y entra al lobby del hotel.
—Espero que tu sitio favorito no sea la habitación de un hotel —dice Indira y tuerce el gesto de una manera tan graciosa, que hace que una melodía increíble emerja de sus labios favoritos.
Las dos mujeres entran en el ascensor y Caroline pulsa el botón que las lleva al ático.
Cuando salen del aparato, caminan por el pasillo hasta llegar al final, a una puerta blanca asegurada con un código de seguridad.
Cuando está a punto de marcar los dígitos, otra puerta se abre y por ella sale una risueña Katherine Taylor de la mano de su novia.
—Caroline —dice Katherine mirando de refilón a Indira, que se ha quedado blanca a su lado.
—Hola —contesta la menor de las Taylor con tranquilidad—. Vamos arriba —dice y le guiña un ojo a su cuñada, que mira la escena asombrada.
Katherine esboza una sonrisa algo falsa porque ha sentido el apretón de Jodie en la mano, recordándole que debe ser cordial.
Después de unos segundos, Caroline e Indira desaparecen tras la puerta y suben varios escalones hasta llegar a una zona amplia que tiene una decoración exquisita, con varias tumbonas, una mesa y hasta un minibar.
—Esto es espectacular —dice Indira al otear la ciudad de Nueva York a sus pies mientras deja a un lado el extraño encuentro con la hermana de Caroline.
—Este es mi lugar favorito. Mi hermana lo había creado para que los huéspedes vivieran lo que se siente cuando ves la ciudad desde aquí, pero cuando vinimos la primera vez después de la reforma, Katherine vio en mis ojos que este era mi lugar, así que decidió cerrar la terraza al público y hacerla de uso exclusivo para los Taylor —explica Caroline con la mirada en los rascacielos.
Indira sonríe y da unos pasos hacia adelante para observarlo todo mejor. Caroline aprovecha para acercarse al minibar y sirve dos copas de vino.
—No sé si debería brindar —dice Caroline cuando le entrega la copa a Indira y esta la levanta.
—¿Por qué lo dices? —inquiere la mayor de las empresarias.
—Porque no sé si debería celebrar que he perdido la vista que más me gusta—.
Indira arruga la frente, confundida, y Caroline se pega a su cuerpo—.
Ahora eres tú mi vista favorita —susurra Caroline en sus labios para después enterrar la lengua en su boca en uno de los besos más sentidos que ha dado jamás.