Capítulo 15
Pulsar el timbre de la puerta de Caroline Taylor es para Indira como pulsar el botón del placer.
Su cuerpo experimenta una especie de cosquilleo desde la cabeza a los pies y de repente se siente como si estuviera en lo más alto de una montaña rusa a punto de descender de forma imparable.
Eso es lo que le provoca su presencia cuando la rubia le abre la puerta, y se tiene que esforzar mucho para disimularlo.
En ese momento piensa de nuevo en fumarse un cigarrillo, pero no quiere volver a engancharse a ese vicio que tanto le costó dejar y se está esforzando para controlarse.
—Adelante —dice Caroline apartándose de la puerta para dejarla pasar.
Ese es el saludo que ambas se dedican, tan nerviosas que no saben cómo actuar.
—¿Te ha costado encontrar aparcamiento? —pregunta Caroline mientras Indira se quita el abrigo, tratando de romper un poco el hielo.
—La verdad es que he venido en taxi, no me gusta conducir de noche —responde la empresaria.
Caroline asiente mientras la mira cuando Indira se atusa la camisa para asegurarse de que no hay ninguna arruga. A la dueña de los barcos le parece la mujer más atractiva que ha conocido en su vida y aparta la mirada porque no quiere empezar a pensar cosas que le hagan perder el control.
—¿Quieres algo de beber? —ofrece la anfitriona.
—Sí, por favor, lo mismo que tú —responde Indira observando la copa de vino blanco que reposa sobre la mesa.
Caroline asiente agradecida de tener algo que hacer. Rellena una nueva copa y extiende la mano hacia Indira rezando para que sus dedos no se toquen, pero eso no sucede y las dos parecen quedarse sin aliento al mismo tiempo.
—He firmado el contrato —dice Caroline de repente, utilizando ese papel como salvavidas—. ¿Quieres revisarlo?
—Por supuesto —responde Indira, que también agradece tener ese respiro para tratar de calmarse.
Las dos mujeres se sientan en el sofá e Indira repasa todos los puntos del contrato para asegurarse de que Caroline no ha alterado nada más que lo que ella aceptó en un principio. Cuando apenas ha repasado un par de páginas, se detiene y mira a la rubia con gesto desconcertado.
—Creo que te has equivocado, Caroline, este es el contrato inicial, el que no está modificado.
—Lo sé, no me he equivocado.
Indira arquea una ceja.
—Si firmo el contrato modificado, jamás podré volver a decir que yo no mezclo los negocios con el placer —dice y tuerce la boca en una mueca de disgusto—.
Estaba cabreada y actúe movida por la rabia que sentía contra ti, y esto no significa que no lo siga estando, pero yo no soy así.
Los negocios son los negocios, así que firma antes de que me arrepienta —dice y le extiende un bolígrafo que tiene sobre la mesa auxiliar.
Indira lo coge y esboza una sonrisa ladeada que provoca un ligero temblor en el interior de Caroline.
—Si no te importa, terminaré de leer —dice la empresaria, desconfiada.
Caroline sonríe divertida y asiente, observando cómo Indira va dando pequeños tragos de su copa mientras repasa el contrato, hasta que, finalmente, lo firma y lo deja sobre la mesa.
—Parece que tenemos un negocio en común —dice Caroline.
—Sí, eso parece.
Indira coge la botella de vino para rellenar ambas copas y celebrarlo con un brindis, pero Caroline pone la mano sobre la suya para que no vierta líquido en ella.
—Con una es suficiente, si me bebo otra sin cenar, me sentará mal —dice la rubia apartando la copa.
—¿Tienes hambre? —pregunta Indira, que solo llena la suya hasta la mitad y deja la botella.
—La verdad es que sí —responde Caroline.
—¿Me dejarías cocinarte algo? —propone Indira, sorprendida por lo que acaba de decir.
—¿Quieres cocinar para mí? —pregunta Caroline, divertida y más sorprendida que la propia Indira.
—Sí, quiero. Salvo que me digas que tu nevera está vacía.
—En absoluto, está hasta arriba y es toda tuya si te apetece —dice, levantándose para ir a la cocina.
Indira la sigue y deja su copa sobre el mármol cuando entran. Caroline, algo desconcertada, pero con un deje de emoción y de algo más que no puede identificar, le muestra dónde está todo y se hace a un lado para no molestar.
—Perfecto —dice Indira—. ¿Por qué no te sientas en uno de esos taburetes? —pregunta señalando la amplia isla de la cocina mientras abre la nevera y saca varias verduras para trocearlas.
Caroline obedece, fascinada, y se sienta dispuesta a observar cada movimiento de la empresaria.
—¿Te parece si hablamos de lo que tenemos que hablar mientras cocinas? —propone Caroline que, aunque podría pasar horas mirando a Indira, quiere zanjar ese tema porque le provoca ansiedad.
Indira coloca sobre el mármol una pequeña bandeja que ha encontrado en un armario y sobre ella tres platitos con algunos tentempiés variados que ha improvisado.
—Me parece bien. Toma, ve comiendo un poco si tienes hambre —dice colocándola frente a Caroline, que empieza a salivar y no tarda en lanzar la mano al primero de los platos—. ¿Quieres algo de beber?
—Una cerveza, yo la cojo —responde Caroline, pero Indira hace un gesto con la mano y la detiene.
—Yo la traigo, he dicho que cocino para ti y la bebida también entra en el servicio.
Ante la mirada atónita de Caroline, la empresaria abre la nevera, coge una cerveza, se la sirve en un vaso y después se gira para poner una sartén en el fuego con las verduras que ha cortado.
—Vale, antes que nada, y para que entiendas por qué me he acostado contigo —dice Indira, girándose hacia Caroline mientras apoya las dos manos en el mármol de la isla—, creo que tienes que saber cómo he llegado a ser quien soy.
—De acuerdo —dice Caroline asintiendo.
—Yo no nací con un apellido Taylor, Caroline, mi padre no era un empresario respetado casado con una mujer de la alta sociedad.
Caroline aprieta los labios y asiente de nuevo.
Tanto ella como sus hermanas han sido siempre muy conscientes de lo afortunadas que son y de que han tenido oportunidades que para otros son inalcanzables, por eso su padre siempre se aseguró de que las aprovechasen, aunque con Rachel lo tuvo más difícil.
—Mi madre se largó de casa cuando yo tenía cinco años y mi padre simplemente hacía lo que podía, hasta que años después se volvió alcohólico y la cosa se complicó.
Tampoco voy a entrar en detalles, pero siempre tuve muy claro que quería ser alguien en la vida y que para ello dependía solo de mí misma, así que me tuve que esforzar el triple para conseguir becas que me financiaran los estudios.
Indira se interrumpe solo un momento para mover la sartén, después vuelve a clavar la mirada en Caroline, que la mira expectante.
—En la universidad conocí a William, que venía de una situación muy parecida a la mía, y no solo nos enamoramos, sino que nos dimos cuenta de que teníamos las mismas inquietudes en cuanto a los negocios.
—No sé si me apetece escuchar tu historia de amor con William, Indira —la interrumpe Caroline e Indira esboza una breve sonrisa mientras la mira comprensiva.
—No te voy a contar mi historia de amor con William, pero sí que necesito que sepas cómo empezó todo porque de lo contrario, no vas a entender el punto en el que estamos ahora.
—Está bien, adelante —acepta Caroline.
—Decidimos ir a por todas y apenas un año después de haber terminado la universidad, William ya había conseguido un inversor que apoyó una de nuestras ideas y nos lanzamos de pleno a montar nuestro primer negocio.
En aquella época nos las apañábamos para compaginar lo que sentíamos con todo lo que queríamos hacer —explica mientras sigue preparando la cena, con la mirada de Caroline clavada en ella—.
Nos casamos un par de años después y montamos otro negocio que fue mucho mejor que el primero.
El tiempo para nosotros cada vez era menor, pero estábamos tan entusiasmados con todo lo que hacíamos, que no nos importaba, y así dejamos pasar los años, centrados por completo en los negocios hasta que montamos el pequeño imperio que tenemos ahora.
—No sé muy bien lo que intentas decirme —interviene Caroline.
Indira se gira y vuelve a acercarse a la barra de la isla.
—Es sencillo. Nos obsesionamos tanto en hacer crecer nuestro negocio, que dejamos a un lado nuestra relación.
Permitimos que todo se apagase, Caroline, y para cuando nos dimos cuenta de que nuestro matrimonio no era más que un papel firmado, no pudimos arreglarlo.
William y yo somos amigos, socios o como lo quieras llamar, pero no funcionamos como matrimonio, nuestra relación está muerta.
—¿Me estás diciendo que no tienes nada con tu marido? —la mirada penetrante de Caroline se clava en ella hasta atravesarla, dejándola paralizada unos segundos.
—Podría contar con los dedos de una mano las veces que nos acostamos al cabo de un año, Caroline. Es puro desahogo para ambos, te aseguro que en ese aspecto no hay sentimientos de por medio.
—¿Y por qué no os habéis divorciado si os sentís así? —tantea la menor de las Taylor.
—Porque nunca nos ha parecido necesario a ninguno de los dos. Nos queremos, somos buenos compañeros, tenemos negocios juntos y la convivencia es buena, si te soy sincera, no me lo he planteado jamás porque estoy cómoda con él.
Caroline no comprende ese comportamiento, pero siente que tampoco es nadie para juzgar a los demás ni las decisiones que toman.
—¿Y no te sientes sola? ¿No echas de menos compartir tu vida con alguien que te complemente en todos los aspectos? —sigue preguntando.
—A veces sí, pero supongo que la tranquilidad que siento con él lo compensa, y a él le debe pasar lo mismo, imagino. Tenemos una especie de acuerdo mutuo que nunca se ha hablado en el que hemos decidido seguir con nuestro matrimonio como si todo funcionara como debería.
—Pero tú le has sido infiel —dispara Caroline, aprovechando la primera oportunidad que tiene.