Capítulo 14
Mientras Caroline Taylor se recupera, tendida en la inmensa alfombra gris de su oficina, se felicita mentalmente por hacer caso a sus manías e insonorizar su oficina hace ya un par de años.
Sus hermanas aseguraban que lo hizo para poder tener aventuras tórridas en su despacho, pero nada más alejado de la realidad.
Caroline fue bendecida con un coeficiente intelectual que muchos quisieran tener, pero el paquete no vino solo, le acompañan algunos trastornos que, gracias a cientos de sesiones de terapia, ha podido controlar.
El ruido excesivo y el desorden exagerado —como la mesa de su hermana Katherine— son algunas de las cosas que más le afectan y por esa razón fue que la menor de las Taylor hizo de su lugar de trabajo y creación, un pequeño búnker.
Indira estira el brazo y en milésimas de segundo aparece en la visión de Caroline.
Trepa sobre la rubia y la besa con voracidad.
No están seguras del tiempo que han estado en esa oficina dándose placer, pero de lo que sí está segura Indira es de que hacía demasiado tiempo que no sentía esas ganas frenéticas de follar durante horas.
Caroline, que momentáneamente ha decidido olvidarse de que quien la besa es la mujer de William Murphy, está extasiada porque se esperaba de su inexperta acompañante un sexo más bien torpe —porque bien sabe que estar con un hombre es fácil y, en ocasiones, hasta aburrido— y ha quedado gratamente sorprendida porque fuera la empresaria la que tomara el control y, además, lo hiciera muy bien.
—Más —pide Indira, jadeando. Caroline ha aprovechado la posición y la ha penetrado con dos dedos que no parecen ser suficientes para su compañera.
—¿Así te gusta? —le pregunta la rubia tras introducir un tercer dedo y ver los ojos casi en blanco de Indira.
Caroline, aunque no está del todo cómoda en esa posición, mueve el brazo todo lo rápido que puede.
En ese encuentro se ha dado cuenta de que Indira necesita poco para correrse si está bien excitada y, por el líquido que empapa la mano de la dueña del Christie II, puede asegurar que la mujer está más que caliente.
—Quiero que te corras conmigo —dice Indira, que hunde su lengua en la boca de Caroline y se levanta dejando a la rubia perpleja.
—¿A dónde vas? —pregunta, pero Indira no le da tiempo de seguir porque se sienta en la cara de Caroline, se restriega unos segundos y luego baja su torso para pegarse a su sexo. Un 69 perfecto.
Unos minutos después, las dos mujeres están como desmayadas.
Ha sido intenso, un sexo de esos cargados de ganas, pero también de rabia, de reproches y de sentimientos confusos.
Si estuvieran en otro sitio, Indira seguro que cerraría los ojos y se quedaría dormida un buen rato.
El pensamiento de Caroline es parecido, solo que a ella le asusta bastante porque no solo dormiría, es que se pegaría a Indira, la abrazaría y se quedaría allí junto a ella hasta que le doliera la espalda.
—Creo que tú y yo deberíamos hablar —suelta Indira, que se gira para mirarla y Caroline sale de esos pensamientos que la tenían atrapada .
Caroline se incorpora para empezar a buscar su ropa —que ha quedado desperdigada por toda la oficina tras el tour sexual— pero siente un leve mareo y decide quedarse unos minutos sentada.
—¿De qué? Lo que ha pasado está muy claro, Indira —contesta Caroline con un tono de voz tan borde que, si ella fuera fuego, toda la manzana estaría en llamas—.
Estás casada, te enrollaste con la primera mujer que se te puso a tiro y, por suerte o por desgracia, tu empresa y la mía están en negociaciones, lo que ha hecho que tengamos que volver a vernos. Y aquí estamos.
Indira siente en el pecho un agujero que tiene como propósito succionarle el alma y dejarla vacía.
Caroline Taylor no es la primera mujer que intenta ligar con ella, de hecho, ha perdido la cuenta de la cantidad de féminas que se le han acercado en viajes, reuniones de negocios o incluso, tal como pasó con la chica, cuando quiere despejarse y toma una copa en algún bar a solas, pero es la menor de las Taylor la única que le hizo sentir un escalofrío por todo el cuerpo con tan solo encontrarse con sus ojos, escuchar su voz y ver esos labios carnosos que la desquician.
No va a permitir que Caroline le ponga esa descripción tan absurda a lo que está pasando entre ellas, aunque ni ella misma pueda definirlo.
—Deja de comportarte como una niña, Caroline. —Indira se pone de pie y empieza a vestirse—. Eso no ha sido lo que ha pasado.
—Ah, ¿no? —Caroline suelta una risa irónica—. Espero que no me salgas ahora con una historia romántica de las aburridas.
Indira niega con la cabeza y respira para armarse de paciencia. Entiende que Caroline esté dolida, pero su actitud es, cuanto menos, infantil.
—No soy esa clase de mujer —responde mordaz, Indira—. Quiero que me dejes explicarme, que escuches mi explicación y que lo hablemos.
En ese momento, a Caroline la salva la campana. El teléfono fijo que está sobre la mesa suena y ella se levanta a contestar.
—Dile que en unos minutos estoy fuera —zanja la rubia con el auricular pegado a la oreja.
Cuelga el teléfono, recoge su ropa y encara —a pesar de que le cuesta mirarla— a Indira Campbell.
—La reunión tendrá que ser en otro momento. Mi padre está fuera y no pienso hacerle esperar.
Indira asiente y aunque le hubiese gustado tener esa conversación ahora, cree que lo mejor es que se den una tregua y hablen de lo ocurrido sin el olor a sexo pegado en sus pieles. Decide envalentonarse.
—Bien, iré a tu casa una vez que el contrato esté firmado.
Ahí te dejo la carpeta —señala la mesa de Caroline, un poco revuelta tras el primer orgasmo—, te repito que no pienso cambiar ni una puta coma.
Si estás de acuerdo, adelante; si no, esto se acaba aquí —dice Indira y hace una aclaración—.
Aunque no lo firmes, igualmente quiero tener esa conversación, así que nos vemos en tu casa.
Caroline por poco se corre mientras estaba terminando de colocarse la camisa.
El sexo se le ha contraído de tal modo, que ha sentido un pinchazo placentero de esos que anticipan un buen orgasmo.
Esa actitud desafiante de Indira la vuelve loca porque, a pesar de que sus exnovias fueron unas zorras adúlteras, siempre se mostraron complacientes y mansas con la rubia.
La mujer que tiene delante es tan dominante que a Caroline le fascina. Lo dicho; una delicia.
Ambas empresarias pasan al baño, se asean un poco y se atusan las despeinadas melenas. Se miran, fugazmente, y caminan hacia la puerta. Caroline la abre y le cede el paso a Indira para salir detrás de ella y observa cómo Warren Taylor la espera con una taza de café en la mano.
—Hola, papá —saluda Caroline y le da un beso en la mejilla.
Su padre sonríe y posa la mirada en Indira, que pretendía saludar con rapidez para marcharse.
—Señora Murphy, ¿cómo está? —pregunta el hombre con tono amable.
—Campbell —corrige Indira. Es la primera vez que lo hace, pero por alguna razón le ha molestado que el padre de la chica con la que acaba de disfrutar el mejor momento que recuerda, la llame por el apellido de su marido como si ella fuera una res marcada por el hombre de la casa.
—Cuánto siento la confusión —se disculpa Warren, que es un cabrón y lo ha hecho a propósito para recordarle a esa mujer que tiene delante que, además de estar casada, no tiene permitido hacerle daño a su hija pequeña—. A esta edad, la cabeza ya no funciona muy bien.
Caroline pone los ojos en blanco; su padre tiene una memoria excelente. Indira, finge una sonrisa y aprovecha para despedirse de ambos Taylor. En cuanto padre e hija se quedan solos, el hombre deja la taza de café en la mesa.
—Venía a invitarte a comer, pero creo que he llegado en mal momento —dice Warren haciendo una mueca con la boca.
—Has llegado en el momento perfecto, papá —le contesta Caroline mientras se cuelga de su brazo, consciente de que su padre ha propiciado una tregua muy necesaria entre Indira y ella—. Vamos a comer; de repente, estoy muerta de hambre.