Capítulo 13
—¿Necesitas algo, Caroline? —pregunta Asher cuando Caroline, después de llegar a su oficina y saludarlo, se detiene frente a él y se queda pensativa.
Hoy tiene la segunda reunión con Indira y, después de darle vueltas durante toda la noche, ha decidido hacerle caso a su hermana y delegar la gestión en sus empleados para no tener que verla, pero parece que a su cerebro le cuesta dar la orden.
—Sí —se detiene de nuevo y carraspea, aclarándose la voz de manera innecesaria—.
Cuando llegue Indira Campbell, hazla pasar a la sala de reuniones.
Quiero que a partir de ahora sean Helen y Andrew los que se encarguen de tratar con ella.
Este es el contrato con las modificaciones que le pedí —dice sacándolo de su maletín y dejándolo sobre la mesa de Asher—.
Llévaselo para que lo revisen antes de que llegue y se aseguren de que ha hecho todos los cambios.
—Claro, enseguida —dice Asher, que coge el contrato y se levanta.
—¿Algo más?
—No, por ahora, eso es todo.
Caroline se encierra en su despacho, se prepara un café bien cargado en la cafetera que le regaló su padre y que ella trata con mucho mimo, y se sienta para seguir sacando números para el nuevo proyecto en el que está trabajando.
Al principio, le cuesta concentrarse porque pensar en que Indira visitará el edificio en unas horas, le provoca un nudo en la boca del estómago, pero poco a poco se va sumergiendo entre las cifras y logra desconectar hasta que un par de horas más tarde, está tan colapsada que los ojos le escuecen y nota el cuello rígido.
Se estira en la silla y se nota tan entumecida que decide estirar las piernas como hace muchas veces, paseando por los pasillos de su planta en silencio, algo que le ha servido para encontrar soluciones a muchos problemas o simplemente para vaciar la mente de su ruido interior y volver más despejada.
Caroline no suele prestar atención a nada cuando pasea por los pasillos, pero en esta ocasión, su mirada se desvía como si un potente imán la guiara hacia la sala de reuniones, donde, a través de los cristales, ve a Indira Campbell reunida con sus dos empleados.
La boca se le seca y una palpitación potente le obliga a juntar las piernas mientras la observa.
Indira está de lado, casi de espaldas a ella, pero puede verla gesticular, casi comerse a sus dos becarios con lo que le parece un humor de perros.
La sonrisa de Caroline se tuerce en una mueca divertida y sus pasos se dirigen apresurados hacia la mesa de Asher.
—Ve a la sala de reuniones y diles a Helen y Andrew que vuelvan a sus puestos, yo me ocupo de la señora Campbell a partir de ahora —dice consumida por las ganas de tener a Indira frente a ella.
Asher la mira confundido.
—Pero antes has dicho…
—He cambiado de opinión, Asher, haz lo que te he dicho.
Caroline vuelve a su despacho y su secretario se levanta .
Indira está tensa, tan ofendida porque Caroline no la haya recibido y en su lugar haya enviado a esos becarios que tartamudean de los nervios al tratar con ella, que solo quiere terminar de una vez para poder abandonar el edificio y fumarse un cigarro.
—Perdón por la interrupción —dice Asher, entrando y acercándose a los dos becarios.
El chico se agacha junto a ellos y les comenta algo. Ambos ponen cara de estupefacción al principio, pero de alivio después, y recogen sus documentos, se levantan y, antes de marcharse, se despiden de una Indira que no comprende nada.
—¿A dónde van? —pregunta descolocada.
—A sus puestos, si usted es tan amable de seguirme, la señorita Taylor la espera en su despacho.
Indira tiene ganas de gritar, pero Asher le cae bien y no tiene la culpa de que su jefa esté trastornada, así que se levanta y lo sigue hasta la puerta del despacho de Caroline Taylor.
Cuando la cruza está dispuesta a despotricar todo lo que piensa, pero se la encuentra de pie junto a la cafetera, esta vez con una falda algo más larga que la anterior, pero que estiliza su figura igual de bien, haciendo que los ojos de Indira vayan por libre.
—Lamento el retraso —dice Caroline con un deje de diversión en la voz—, ahora ya me puedo ocupar yo.
—¿Retraso? —bufa Indira, deseando hacer un rulo con el contrato que lleva en la mano y darle un par de azotes con él.
Caroline la mira sin inmutarse, con suficiencia, y se sienta en su silla mientras señala la de Indira para que haga lo mismo.
Indira siente que de nuevo se ha de tragar el orgullo y permitir que la humille solo para que firme ese maldito contrato.
Se dice que tiene que hacerlo por William, que se lo debe después de lo que ha hecho, y se deja caer en la silla para después tomar una gran bocanada de aire y tratar de tranquilizarse, cosa que sabe que será imposible, porque Caroline Taylor hoy está radiante e Indira solo puede pensar en devorarle los labios.
—¿Habéis revisado los cambios que te propuse? —pregunta Caroline.
—Más que proponer, creo que los impusiste —suelta Indira, incapaz de contenerse.
Caroline ladea una sonrisa, encantada con su atrevimiento.
—Pero sí —continúa Indira—, lo hablé con William y hemos hecho los cambios que pediste, aquí tienes el nuevo contrato.
Indira lo deja sobre la mesa y lo empuja hacia Caroline, que lo coge con calma, cruza una pierna sobre otra trastornando por completo a la empresaria que tiene delante y empieza a leer con una parsimonia que desquicia a Indira.
Caroline va asintiendo mientras lee en diagonal y se entretiene con las páginas a propósito.
La realidad es que, en ese instante, le da igual lo que pone en el contrato, lo que de verdad le interesa es seguir pasando tiempo con Indira, porque nota su mirada sobre ella y le gusta sentirse el centro de toda su atención.
Sobre todo, porque tiene muy claro que Indira tampoco está pendiente del contrato precisamente.
Tras un par de minutos donde la tensión no hace más que crecer dentro del despacho, Caroline descruza las piernas, rompiendo así el hechizo que ha mantenido a Indira hipnotizada.
—Bueno, parece que todo está bien —Caroline apoya los brazos sobre la mesa y coge un bolígrafo—, aunque esta cláusula de aquí —comenta haciendo un círculo alrededor del número—, también me gustaría eliminarla.
—Ni hablar —dispara Indira irguiéndose en su silla, sin molestarse siquiera en mirar la cláusula.
Caroline levanta la cabeza y le lanza una mirada interrogante a Indira, esperando una explicación para tanto atrevimiento. Indira ya no se inmuta, harta de la actitud soberbia de la rubia que le quita el sueño, pero que no le va a quitar nada más.
—Ya he cedido suficiente —dice Indira—. He pasado por el aro y he modificado el contrato original a tu antojo, cosa que nunca hago, pero lo que no pienso consentir es que sigas abusando.
Estás enfadada y me parece muy bien, estás en tu derecho, pero si no sabes separar los negocios del placer, a lo mejor no eres tan buena empresaria como dicen por ahí.
El comentario le escuece a Caroline como si la hubieran atravesado con una daga ardiendo, pero eso no detiene la lengua de Indira, que está hasta las narices de aguantar sus impertinencias y humillarse solo porque se siente culpable.
Todo tiene un límite, y Caroline Taylor acaba de traspasar el suyo.
Indira se levanta dispuesta a marcharse, pero antes apoya las manos sobre la mesa y se inclina hacia delante para rematar la reunión.
—Piénsate bien si quieres trabajar con nosotros, Caroline, puedes responder ahora o tomarte el tiempo que necesites, pero no voy a modificar ni una sola cláusula más en ese contrato, así que, si no te gusta, lo rompemos y nos olvidamos del asunto —dice con un tono que no pretende sonar amenazante, pero que lo parece.
Caroline la mira sin alterar un solo músculo, aunque por dentro su cuerpo es un torbellino de sensaciones que ni identifica ni controla, y todo le resulta extremadamente confuso.
No está acostumbrada a que nadie le hable como lo acaba de hacer Indira y, en lugar de molestarle, se ha puesto cachonda porque la sigue deseando de un modo casi desquiciante.
—Bien, lo pensaré entonces —dice seria, manteniendo su mirada azulada sobre Indira, que se yergue con esfuerzo para mantener la compostura y no saltarle encima.
—Perfecto —responde la empresaria y se da la vuelta, dispuesta a mantener la misma actitud desafiante hasta que salga porque ella sí que tiene claro que por mucho que le guste Caroline, lo primero es el contrato, y prefiere perderlo antes de firmar algo que no le conviene.
—Te acompaño a la puerta —dice Caroline levantándose de su silla.
A Indira le sorprende el gesto porque la cortesía de la pequeña de las Taylor ha brillado por su ausencia desde que ha llegado al edificio.
Estira el brazo para alcanzar la puerta y abrirla, pero cuando todavía no ha logrado girar el pomo, el perfume de Caroline le llega al mismo tiempo que el calor de su cuerpo por la espalda.
El brazo de la dueña del Christie II aparece estirado por su costado derecho y la mano de Caroline se posa sobre la puerta para impedirle que la abra.
Indira siente de repente que el aire se vuelve denso en el despacho y que el espacio parece más pequeño.
Se queda inmóvil, tratando de que el corazón deje de palpitarle en los oídos y la sangre le fluya en algún sitio que no sea solo su entrepierna.
La mano de Caroline se desliza por la puerta, baja hasta el pomo y gira el seguro para echar el pestillo.
El clic que hace la puerta al bloquearse es como un pistoletazo de salida para Indira, que se gira bruscamente y busca la boca de Caroline como si la necesitase para seguir respirando.
El beso es tan urgente que jadean mientras las manos de ambas se mueven con torpeza y rapidez por sus cuerpos, buscando un lugar por el que colarse y rozar la piel caliente de la otra.
Indira va empujando con su cuerpo el de Caroline hasta que la mesa les impide seguir avanzando.
Como puede, aparta la silla en la que ha estado sentada, coge a Caroline por las nalgas y la invita con un gesto a sentarse sobre su propia mesa mientras empieza a besarle el cuello.
Caroline, desconcertada por las descargas continuas que le provocan las caricias y los besos de una Indira que parece desatada, se deja caer de espaldas sobre la mesa, también deja que le suba la falda hasta la cintura y ella misma abre las piernas y rodea a Indira con ellas cuanto esta se arrodilla frente a ella.
Indira Campbell jamás ha tenido sexo oral con una mujer, tampoco se había planteado tenerlo con Caroline, pero ahora que la tiene ahí delante y puede notar el calor y ver la humedad que empapa su ropa interior, se siente tan embriagada que es lo único que le apetece.
Despacio, como extasiada, desplaza la ropa interior hacia un lado y la acaricia con un dedo.
El quejido placentero que escapa de la boca de Caroline es como otro detonador —igual que el del seguro de la puerta— para que Indira hunda la lengua entre sus pliegues y la chupe y la lama con tanta pericia, que Caroline sufre uno de los orgasmos más violentos y placenteros que recuerda.