Cruceros Taylor (Hermanas Taylor 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

—¿Dónde se supone que estás, Caroline Taylor? —escucha la rubia a su hermana Katherine por el altavoz de su camioneta.

—Voy de camino, estoy a diez minutos —contesta la chica mientras calcula si es posible llegar, de verdad, en ese tiempo.

—Tenías que haber llegado hace rato —le reclama Katherine con impaciencia.

Caroline bufa. No sabe en qué momento del mes su vida empezó a ser un bucle de estrés y ardor entre las piernas.

O sí, en realidad sabe que todo comenzó cuando tuvo la mala suerte de fijarse en Indira Campbell, encapricharse con ella y acabar llevándosela a la cama para luego enterarse de que era igual de zorra que sus dos ex novias.

—Lo siento —dice a regañadientes—, se me ha hecho tarde.

—Ya me conozco yo tus excusas —dice Katherine con un tono de voz que sugiere que sabe que estaba enredada con alguna mujer.

—Que no —se enfada la menor de las Taylor—. Estuve en la oficina trabajando —como una imbécil aspirando el olor de una adultera— y no me di cuenta de lo tarde que se hizo. Si sigues increpándome, daré la vuelta y me iré a casa .

Katherine sonríe, a ella también le gusta enfurecer a su hermana.

—Te espero —dice y le cuelga.

Caroline no miente. Cuando la reunión con Indira acabó después de que pudiera sortear ese momento tenso —y sexual— que se formó entre las dos, la rubia se sumergió entre papeles y análisis.

Se supone que tras la acalorada visita de la mujer de William Murphy debería haberse desconcentrado o incluso haber abandonado el edificio del Grupo Taylor, pero algo ocurrió porque su cerebro activó todo lo necesario para que Caroline empezara a trazar unas nuevas ideas de negocio que acabaron plasmadas entre rayajos y anotaciones.

Cuando se dio cuenta de la hora, sabía que llegaría tarde.

Ingresa a la curva que hace de entrada al hotel Magnolis, donde se celebra una gala benéfica muy íntima organizada por su hermana, y se baja de su camioneta, entregándole las llaves al joven que se encarga de aparcar los vehículos.

Como siempre, las miradas que atrae Caroline se pueden catalogar como excesivas y cuando se acerca a Katherine, estas se multiplican y parece que las únicas mujeres en la sala sean ellas dos.

—¿Dónde están papá y Jodie? —pregunta cuando se acerca a la dueña de los hoteles y la besa en la mejilla.

—Papá se ha ido con los Jefferson a su rancho —dice Katherine y pone los ojos en blanco—. Tobías tiene un nuevo campo de golf y el traidor de tu padre no ha dudado en marcharse con él.

—Espero que antes de decidir marchar, Tobías Jefferson haya entregado su generosa aportación —dice Caroline, que siempre está comprometida con las causas que lideran las fundaciones Taylor.

—Por supuesto —asiente su hermana—. Extendió un cheque y se fue.

Katherine mueve los ojos con rapidez y Caroline es testigo de cómo sus pupilas brillan de manera estridente cuando se detienen en un punto que ella sabría adivinar perfectamente.

—Y Jodie está allí detrás —le dice Katherine—, dando órdenes, como siempre, al servicio de comida.

Caroline ladea una sonrisa.

—Sería muy interesante ver a mi cuñada dando órdenes en otro sitio —la menor de las Taylor es incapaz de no chinchar a su hermana con Jodie.

Katherine la enfoca y sus dos misiles azules están dispuestos a impactar en forma de guantazo en el rostro de Caroline.

—Venga, no te pongas así —sonríe—. Vamos a la barra, me apetece una copa.

Katherine suspira, pero sigue a su hermana hasta una de las barras instaladas en el salón para servir bebidas durante la gala.

Ambas hermanas se piden vino tinto y se giran para observar a toda la gente que charla mientras transcurre el evento.

Una mujer de estatura más bien baja, pero subida en unos tacones que a cualquier otro mortal le darían vértigo, se acerca a ellas y Caroline sabe bien qué es lo que sucederá a continuación.

Es de esas cosas que sabes que siempre pasan, algo tácito que no necesita un preacuerdo.

—Buenas noches —dice la mujer de porte elegante, con unas curvas en las que Caroline se ha perdido muchas veces.

—Margaret, ¿qué tal estás? —saluda Katherine con cortesía.

La mujer no le cae ni bien ni mal; es una empresaria multimillonaria que acude a cada evento que hacen las Taylor, deja una buena aportación y luego se lleva a su hermana pequeña.

Esto último le molestaría a cualquiera, pero Katherine conoce bien a Caroline y más bien siente pena por la otra mujer.

—Estoy bien —responde, enigmática—. Hola, Caroline.

Como toda respuesta, Caroline sonríe, le guiña un ojo y se lleva la copa a los labios.

—¿Nos encontramos más tarde? —pregunta Margaret, que está deseando que esa pala de madera que tanto gusta a Caroline manejar, impacte en todo su cuerpo con fuerza.

—Esta noche, no —responde Caroline y, aunque la mujer muestra una decepción aplastante, se limita a asentir y a despedirse de las hermanas.

En cuanto Margaret se aleja, Katherine mira a Caroline con gesto interrogante.

—Creo que es la primera vez en años que te veo despachar a Margaret Aston.

Caroline hace una mueca y acaba su copa de vino.

—No estoy de humor —contesta la pequeña de las Taylor.

Katherine logra, por fin, ver que hay algo en su hermana que no está bien. Desde que ha llegado a la gala ha sentido una energía diferente en ella, pero no la ha asociado con ¿rabia, pena, dolor? No lo sabe.

—¿Ha pasado algo que no me hayas contado?

Caroline duda. Ya han hablado de la historia de Indira y tocar el mismo tema le molesta. Katherine nota la incertidumbre.

—Venga, que soy yo. A mí puedes decirme lo que sea, lo sabes —sigue Katherine.

Caroline cierra los ojos un momento y cuando los abre, su lengua empieza a moverse.

—Después de que tú y yo habláramos, me pensé lo de firmar con la empresa de Indira.

Había decidido no hacerlo, hay otras empresas, pero esa mujer me está volviendo loca.

No puedo sacármela de la cabeza, solo pienso en follármela una y otra vez y si no hubiera jugado conmigo, la historia sería muy distinta —explica Caroline mientras suspira con fuerza.

—Esa tal Indira, ¿te gusta de verdad? —pregunta Katherine porque le sigue dando la impresión de que esa mujer es más que una simple noche de pasión.

Caroline se tensa. Ella sabe que sí, sí le gusta, pero también está confundida con todo lo que siente.

—Ese no es el punto —decide contestar—. Aunque me guste, Indira jugó conmigo. Es una mujer casada capaz de engañar a su marido con una desconocida. Eso para mí es intolerable.

Katherine asiente y decide cambiar de ruta porque sabe que a Caroline no hay nada que le duela más que la mentira. Así como ha sido una depredadora, Katherine es consciente de que su hermana ha sido una muy buena pareja y le han pagado poniéndole los cuernos de forma casi descarada.

—Según papá, el acuerdo que te ofrecen es bueno—dice la dueña del hotel poniéndose en modo empresaria.

—El mejor —contesta Caroline, segura de su respuesta—. Todo lo que prometieron en el preacuerdo lo superaron y ahora lo que proponen es aún mejor —explica sin contarle a su hermana que se ha dedicado a boicotear todo lo que le ha presentado Indira.

—Entonces, delégalo en tu gente para que se encargue. Primero los…

—Negocios —dicen al unísono.

—Eso es —responde Katherine—. Te lo repito, si es algo que favorece a tu empresa, tienes personal de sobra y bastante competente que puede reunirse con ellos y gestionarlo. No tendrás que volver a verla.

Caroline aguanta el tipo como puede. Esa última frase ha sido una barra ardiendo que le ha atravesado el pecho. No volver a ver a Indira Campbell le causa un desasosiego que nunca había sentido y eso la hace sentir muy perdida.

—Me lo pensaré —zanja el tema y le hace un gesto a Katherine para volver a la barra. Sin duda, esa noche necesita varias copas.