Cruceros Taylor (Hermanas Taylor 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

Indira llega a la puerta del edificio de oficinas donde estuvo hace dos días con un cigarro en la mano.

Se detiene frente a la enorme puerta giratoria y se queda a un lado mientras se lo termina, observando el temblor incontrolado de su mano mientras apura las últimas caladas.

Desde que ayer por la tarde Amelia le anunció que había recibido la llamada del secretario de Caroline Taylor —de nombre Asher— para comunicarle que podía pasarse al día siguiente por la oficina de la empresaria para revisar el contrato, Indira no ha conseguido que su corazón lata con normalidad.

Lo primero que hizo fue llamar a William para comunicarle la noticia y así tranquilizarlo y, después de hablar con él —aplastada por la culpa de la que sabe que no se deshará hasta que confiese su pecado— se fue a dar un largo paseo por Central Park para tratar de calmarse.

Ni el paseo ni la larga ducha que se dio al volver al apartamento fueron suficientes para que Indira conciliase el sueño.

La sola idea de saber que iba a volver a reunirse con la rubia de labios carnosos y tentadores, la ha mantenido con los ojos abiertos toda la noche.

Indira aplasta el cigarro en el cenicero y, en cuanto accede al edificio, lo primero que busca son los baños.

Ha intentado con todas sus fuerzas no fumar esta mañana, porque lo último que quería era entrar en el despacho de Caroline Taylor oliendo a tabaco, pero la ansiedad le puede.

Después de la comida con su amiga y terapeuta Abigail, Indira se compró un paquete de tabaco y, aunque intenta controlarlo y fumar lo justo, ahora le ha resultado imposible no hacerlo.

Se lava las manos y se las frota como si hubiera tocado un calcetín usado con ellas, después se echa un poco de elixir bucal en la boca que le provoca una arcada y, por último, se huele la chaqueta para asegurarse de que el olor del tabaco no se ha impregnado a ella.

Lo que percibe es el perfume que se ha echado después de la ducha y, como solo ha fumado en la calle, concluye que no puede haber rastro de su vicio sobre ella, por lo que decide no perfumarse de más, porque si hay algo que le parece peor que oler a tabaco, es el olor excesivo de un perfume.

—Buenos días —saluda en cuanto llega frente a Asher.

El joven secretario de Caroline le devuelve el saludo y la observa sonriendo mientras la mira de arriba abajo, fascinado por la elegancia y la sobriedad que desprende Indira.

—¿Qué tal está hoy, señora Campbell? —pregunta y se levanta.

—Bien, gracias —responde Indira, siguiéndolo con la mirada mientras el secretario rodea la mesa.

—La señorita Taylor la espera en su despacho, ¿quiere que le lleve un café? ¿Un té tal vez? —pregunta amable.

Indira sonríe mientras piensa en lo mucho que le gustaría encontrar esa misma amabilidad cuando cruce la puerta del despacho, aunque sabe que eso no será posible.

—No, gracias, estoy bien así.

—Bien, pues sígame.

Asher la conduce por el mismo pasillo de hace un par de días e Indira tiene la sensación de oler el rastro del perfume de Caroline por cada rincón del edificio.

Cuando llegan al despacho, el secretario abre la puerta y anuncia la llegada de la empresaria.

Indira escucha la voz de Caroline al otro lado y, aunque no entiende lo que dice, su cuerpo reacciona y se estremece porque le recuerda los susurros que le dedicó en la cama de su camarote.

—Pase, señora Campbell.

Indira quiere darle las gracias a Asher por su amabilidad, pero cuando pone un pie dentro del despacho y la mirada azul de Caroline Taylor se posa sobre ella, ni siquiera escucha el sonido de la puerta al cerrarse a su espalda.

—¿Vas a sentarte o prefieres que revisemos el contrato de pie? —suelta Caroline desde su silla, mirándola con impaciencia.

Indira se maldice por haberse quedado pasmada y rápidamente camina hasta la mesa donde la espera la dueña de los barcos. No se molesta en extender la mano para saludarla, porque todo en la expresión corporal de Caroline denota hostilidad, haciendo que Indira se sienta incómoda en todo momento.

—He estado revisando las condiciones de la oferta que me pasó tu marido, William —matiza Caroline con un tono mordaz que atraviesa a Indira—, he marcado algunas cosas con las que no estoy de acuerdo, y otras que me gustaría eliminar, como esta cláusula que me obliga a mantener vuestros servicios durante un mínimo de tres años —dice y la remarca haciendo un círculo con el bolígrafo, con tanta fuerza, que el papel se rompe.

—Es una cláusula muy común —rebate Indira—, nosotros nos comprometemos a cumplir con lo…

—Yo no me comprometo con nadie, Indira —la interrumpe Caroline de manera abrupta.

Indira se tensa por completo porque su interior entra en conflicto.

Hay dos Indiras en esa sala, la que tiembla de deseo y ganas de volver a besar a Caroline y la empresaria implacable que da una palmada sobre la mesa y deja claro que sus condiciones no se cambian.

Y si a la otra parte no le gustan, se levanta y se marcha, pero en esta ocasión, no le queda más remedio que tragarse el orgullo porque siente que se lo debe a William, y en parte también a Caroline, porque de algún modo que no logra comprender, siente que le ha fallado también a ella.

—Con esa cláusula en el contrato, ya os podéis olvidar de hacer negocios conmigo —remata Caroline mirándola fijamente.

Indira le mantiene la mirada y la pequeña de las Taylor siente un cosquilleo por el estómago que le cuesta disimular.

Por un momento, teme haber tensado demasiado la cuerda y que su soberbia y su orgullo herido hagan que Indira se marche indignada cómo haría ella, pero la ve tragar saliva y asentir.

—Lo hablaré con William —dice Indira.

—Sí, harías bien en hablar con tu marido, la confianza lo es todo —suelta Caroline sin contenerse.

Indira siente el golpe como si le hubiera impactado un misil en el pecho y, por un momento, lleva la mano al bolso con la tentación de sacar un cigarrillo, pero se contiene a tiempo y encaja el dardo envenenado que acaba de lanzarle Caroline como puede.

—¿Algo más que quieras aclarar sobre el contrato? —pregunta Indira.

Caroline niega lentamente con la cabeza sin dejar de mirarle los labios, donde Indira siente un cosquilleo que teme que acabe con su cordura.

—Por mi parte, podemos finalizar la reunión aquí —dice Caroline de repente, poniéndose en pie.

Los ojos de Indira van por libre y la escanea de arriba abajo, concluyendo que esa falda corta y esa blusa que parecen estar adheridas a la piel melocotón de Caroline, deberían estar prohibidas.

—Te acompaño a la puerta —dice Caroline, consciente del efecto que provoca en Indira.

A Caroline le palpita la entrepierna sin que pueda controlarlo, y eso le da rabia y la enfurece, porque le molesta mucho que sea una mujer casada la que la haga sentir así, y también tener la tentación por un instante de olvidarse de todo para invitarla a tomar algo y poder tener una charla interesante antes de sentarla sobre su mesa y devorarla con la misma lentitud de la otra noche.

Indira se levanta justo cuando Caroline pasa por su lado, el olor a tabaco es muy sutil, apenas imperceptible, pero a la dueña de los cruceros le llega y la sorprende, haciendo que se detenga en seco.

Indira no tiene tiempo de frenar e impacta con su cuerpo, sujetando la cintura de Caroline con firmeza cuando esta parece perder el equilibrio.

Las dos se quedan paralizadas al sentir el contacto y ninguna se separa cuando se miran a los ojos y la temperatura del despacho se eleva varios grados.

—¿Desde cuándo fumas? —pregunta Caroline, bajando la mirada hasta sus labios.

La rubia se sorprende de que el sutil aroma del tabaco en la ropa de Indira no solo no le moleste, sino que, incluso en cierto modo, le guste.

—No fumo, solo ha sido un cigarro —contesta Indira, apretando las manos en la cintura de Caroline, que siente una descarga de calor expandirse por su cuerpo.

Caroline quiere ceder al deseo, dejarse llevar por todo lo que le está burbujeando por el vientre y lanzarse a por esos labios, succionarle la lengua y guiar a Indira hasta su mesa.

La mente le vuela mientras imagina la escena, de nuevo, un castigo, eso es lo que se merece.

Follarla y dejarla a medias, pero entonces recuerda a Rebeca y Alexis, lo que sintió cuando la traicionaron, y la rabia vuelve a ella.

—Vete —dice y a Indira le cuesta mucho interpretar esa orden, porque las piernas le flaquean de deseo y por un momento, ha estado convencida de que Caroline iba a besarla.

Vuelve a la realidad cuando Caroline empuja sus manos y las aparta de su cuerpo, dando un paso atrás.

—Revisa el contrato con tu marido y me llamas cuando tengas una respuesta.

La frialdad con la que Caroline le da la espalda y vuelve a su silla resulta demoledora para Indira. La empresaria se despide y sale del despacho sin cerrar la puerta, sintiendo que se ahoga.

—¿Todo bien? —pregunta Asher cuando Indira pasa por delante.

Ella le dedica una sonrisa forzada como toda respuesta y se despide con la mano. Sale a la calle sintiéndose mareada, aun así, se enciende un cigarro y se apoya en una columna hasta que se lo fuma, para acto seguido llamar a un taxi que la lleve directamente a la oficina.

—¿Cómo ha ido? —pregunta Amelia en cuanto la ve entrar.

Indira no contesta, la frustración y el desconcierto de la última parte de la reunión han dejado paso a una rabia desmedida, por lo que pasa de largo taconeando con fuerza hasta que llega a su despacho.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Amelia, que la ha seguido y acaba de cerrar la puerta.

Indira se gira de golpe, a punto de entrar en cólera.

—Ha pasado que he tenido que tragar en todo lo que ha pedido —escupe con rabia, lanzando el contrato sobre la mesa—. Mira todo lo que quiere quitar del contrato, quiere modificar casi todas las cláusulas.

Indira deja de hablar y suspira antes de dejarse caer en su silla, agobiada. Amelia va leyendo y sus cejas se levantan.

—Vaya, casi no ha dejado nada como estaba —dice sorprendida.

—Claro que no, y lo hace porque sabe que ahora tiene la sartén por el mango, solo para joderme.

—¿Tú crees? —pone en duda Amelia, aunque en el fondo piensa lo mismo, porque el contrato era correcto para ambas partes.

—Pues claro, sabe que me tiene cogida y quiere castigarme. Cuando William vea eso se quedará perplejo.

—Bueno, tampoco es tan malo, al fin y al cabo, son cláusulas absurdas. Si cumplís con vuestra parte, y siempre lo hacéis —matiza Amelia—, no os van a afectar en nada.

—Quiere que quitemos la cláusula de compromiso inicial, Amelia, eso significa que nosotros haremos una inversión potente en marketing en cuanto comencemos para asegurarnos de llenar todos sus barcos y ella puede rescindir el contrato tres meses después, o cuando le plazca.

—Bueno, visto así, esa sí que es un poco peligrosa —reconoce Amelia.

—A lo mejor piensa que es el precio que he de pagar por ser una adúltera de mierda —dice Indira—, pero que haya sido infiel a mi marido no significa que sea estúpida, por ahí no pienso pasar —dice y se frota las sienes.

Amelia sonríe y deja el contrato sobre la mesa de su jefa.

—¿Por qué no hablamos de otra cosa? Ahora estás muy alterada, cambiemos de tema y cuando estés más tranquila, te miras de nuevo el contrato —propone Amelia .

Indira la mira y esboza una risa nerviosa.

—¿Quieres que te hable de otra cosa?

Amelia se tensa ante la mirada perturbada de Indira.

—No me digas que te has tirado a alguien más —dice asustada.

Indira sonríe y niega con la cabeza.

—La otra tarde hablé con Abigail.

—¿Tu terapeuta? —frunce el ceño Amelia, sorprendida porque sabe que su jefa solo acudiría a ella en un momento de colapso.

Indira asiente.

—Joder, esto se está poniendo muy serio, Indira. ¿Le hablaste de lo que ha pasado?

—Pues claro, Amelia, ¿de qué otra cosa iba a hablarle? —se altera la empresaria, que tiene los nervios crispados y ya está pensando en fumar otro cigarro.

—¿Y qué te dijo?

La empresaria suelta un resoplido que levanta la primera hoja del contrato antes de responder.

—Según Abigail, yo no estoy estresada ni por haber engañado a William, algo que, por cierto, tenía que pasar en su sabia opinión —ironiza Indira con una mueca de tensión en el rostro—, ni por el temor de perder el contrato si esto sale mal.

—¿Y qué es lo que te da miedo? —pregunta Amelia, claramente interesada en el chisme.

Indira mira el contrato antes de responder, no porque le recuerde lo que está en juego, sino porque le recuerda a Caroline Taylor.

—Ella piensa que lo que verdaderamente temo, es dejar de ver a Caroline si todo esto se tuerce .

—Ostras —dice Amelia, y se queda unos segundos con la boca abierta antes de continuar, observando la mueca de tensión en los labios de Indira, que han dibujado una línea recta—. ¿Y tiene razón? —se atreve a preguntar su asistenta—. ¿Te da miedo perder a esa mujer?

—Hoy he sentido las mismas ganas de darle un bofetón que de follármela, así que supongo que sí. Si soy sincera conmigo misma, sí que me da miedo no volver a verla.