Cruceros Taylor (Hermanas Taylor 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

Indira Campbell levanta su mirada al cielo y calcula la altura del edificio que tiene al frente.

Allí, varias plantas pertenecen a las oficinas del Grupo Taylor, en el que debería estar la mujer que viene a visitar.

Antes de que Katherine hiciera del ático del hotel Mallois su casa y oficina, la mediana de las hermanas acudía religiosamente al edificio, ahora solo Caroline lo usa e Indira no puede evitar soltar un bufido cuando, de solo pensar en la dueña de los labios más carnosos que la han besado, su cuerpo reacciona.

Lleva días esperando que la chica se ponga en contacto con su empresa para cerrar el contrato, pero ha pasado más de una semana y no tienen noticias suyas.

William se está poniendo muy nervioso, sigue en Tokio y cada día la llama al menos dos veces para saber cómo va el tema, así que esa mañana, tras tres cafés, Indira tomó la decisión de aparecer por la oficina de Caroline.

—Buenos días, bienvenida —saluda de forma cordial y algo mecánica un chico en la entrada de la planta siete.

—Hola, soy Indira Campbell y vengo a ver a Caroline Taylor —contesta ella de forma amable, aunque sienta ganas de salir corriendo. No sabe si son ideas suyas, pero la planta entera huele al perfume de la rubia.

El chico teclea con rapidez en un ordenador que tiene frente a él. Frunce el ceño y vuelve a teclear .

—Lo siento, señora Campbell, puede que se trate de un error, pero no me aparece su nombre. ¿A qué hora tenía la cita? —pregunta con un tono de voz que le dice a Indira que tiene claro que ella no tiene cita.

Indira despliega sus armas.

—No creí que necesitara una —contesta con una repentina seriedad—. Caroline Taylor y mi empresa están cerrando un acuerdo importante y pasaba a revisar unos detalles.

El chico, que parece un recepcionista o secretario, levanta de forma casi imperceptible una ceja. Estar ahí le confiere cierto poder, dejar entrar o no a quienes visitan el Grupo Taylor.

—Como sabrá, la señorita Taylor es una mujer muy ocupada. Por eso, seguir la agenda es muy importante para ella. Si lo prefiere así, yo mismo puedo darle una cita para la semana que viene.

Indira intuye que le costará ganar esta partida. Cambia de estrategia o, más bien, deja de ser una estirada borde para convertirse en alguien comprensiva y sabedora de su desventaja.

—Mañana mismo tengo que volar a Tokio —hace una especie de puchero mal logrado—. No me importa esperar si es necesario, pero ¿podrías preguntarle si me puede atender unos minutos?

Asher, el secretario, no siente pena, pero le ha encantado la elegancia de Indira, las manos bien cuidadas y la melena que le cae hacia adelante.

Le fascinaría poder conseguir ese estilo cuando sale algunas noches vestido de mujer a un club famoso en el centro de la ciudad con sus amigos.

Solo por eso, intentará que su jefa le conceda unos minutos.

—Caroline —le dice el chico una vez entra a su despacho. Tiene la confianza suficiente para tutearla—. Indira Campbell está fuera, dice que tenéis un tema pendiente, pero que mañana tiene que salir del país y…

La dueña de los cruceros deja de escuchar a su secretario porque cada poro de su piel ha reaccionado ante ese nombre.

Caroline no se esperaba esa visita, de hecho, no creía que Indira fuera lo suficientemente caradura como para presentarse en sus oficinas.

Esperaba una llamada de su marido o su asistenta, como mucho.

Titubea porque, aunque se siente herida, verla una vez más —aparte de convertirla en una experta masoquista— quizá haga que esa ansiedad rara con la que lleva conviviendo una semana, empiece a desaparecer.

—Si quiere verme, que espere —contesta Caroline y abre una página en su ordenador—. Te aviso cuando me desocupe.

Asher asiente y sale del despacho. Le comunica la información a Indira, que suelta el aire que tenía atrapado en el pecho desde que el secretario desapareció tras una puerta en la que intuye que está Caroline Taylor.

Indira ha ojeado cuatro revistas, revisado su correo electrónico y hecho dos llamadas.

El tiempo pasa y ella todavía está en la sala esperando ser atendida por la que se cree la reina del país.

Hora y media ha contabilizado la empresaria y ya tiene asumido que Caroline lo está haciendo a propósito.

Cuando está a punto de levantarse para acercarse a Asher, el secretario aparece.

—Por aquí, señora Campbell —le dice el chico haciendo un gesto con la mano—, sígame, por favor.

Indira ha perdido esa seguridad que hace unos minutos había reunido porque no tiene ni idea de cómo será el reencuentro entre las dos mujeres.

Asher da dos toques a la madera, abre la puerta y la hace pasar al despacho.

Indira ve varias cosas; la primera es que Caroline está impresionante, tiene la melena suelta un tanto alborotada, una camisa rosa con un botón que muestra más de lo correcto según la sociedad y esa misma mirada lobuna que la enganchó hace días en el bar del Christie II.

Luego observa el despacho, que sigue el estilo de la chica, y vuelve a posar la mirada en ella, más bien en sus labios, porque una cosa que enloqueció a Indira fueron esas curvas rosadas e hinchadas por naturaleza que recorrieron cada recoveco de su piel.

Le sigue impactando lo que le hace sentir esa mujer porque Indira jamás se había fijado en una.

Para ella, solo los hombres le parecían atractivos.

—He estado revisando mi agenda, pero por más que he buscado, no he encontrado nada que indique que hoy tenía una cita contigo —dice Caroline, soberbia, que saca de su trance a una Indira que aún está de pie en la entrada de su oficina.

Indira sabe muy bien el tamaño de su cagada y solo por eso, traga saliva para que el orgullo se deslice mejor por su tráquea.

En cualquier otro caso, hubiera mandado a la mierda a quien se dirigiera a ella de esa manera o tuviera la descortesía de dejarla esperando, sin razón, tanto tiempo cuando hay un acuerdo de por medio que se está discutiendo.

—Sí, perdona, es que no hemos sabido nada de ti desde que tuvimos la reunión y… —Indira coge aire y se aparta todo el pelo hacia atrás—, quería asegurarme de que ese silencio no tiene nada que ver con lo que pasó entre nosotras.

En otro plano, Caroline, se levanta de su silla, se acerca a la mujer y le gira la cara de una buena bofetada, de esas que resuenan con fuerza, para luego girarla, pegarla a la pared y follársela con ganas, pero sin dejar que se corra como método de castigo.

Pero, volviendo a la realidad, Caroline se aprieta las manos con fuerza porque la rabia que la recorre, tras sentir que el corazón se le aceleraba al ver a la empresaria, amenaza con quitarle la poca cordura que conserva ese día.

Decide volver, al menos por un momento, a la mujer que era antes de toparse con el culo exquisito de Indira Campbell.

—Supongo que cuando tú y tu marido —esto último se asegura de remarcarlo— me investigasteis antes de proponer un negocio, os disteis cuenta de que no soy precisamente la clase de mujer que toma decisiones con otra parte del cuerpo que no sea mi cerebro —dice y pega la espalda en la silla en un gesto que intenta ser relajado—.

Primero los negocios, señora Campbell, luego el placer.

Lo que ocurrió aquella noche no interfiere en nada.

Caroline miente como una bellaca, pero eso Indira no lo sabe porque en sus ojos solo se refleja la imagen de una mujer fría y controlada, acostumbrada a seducir y volver loca a cuanta mujer toca.

Ahora es ella la indignada —lo dicho, una caradura— porque ella, al parecer, tiene un pedacito de Caroline incrustado como un chip en la cabeza, pero para la rubia, el encuentro, solo fue una noche más, una sin importancia.

—¿Necesitas algo más? —vuelve a hablar Caroline porque Indira no dice nada.

La empresaria niega con la cabeza.

—Nada más, solo quería confirmarlo —zanja Indira—. Espero entonces tus noticias.

Caroline asiente y fija su mirada en el ordenador.

Indira se da la vuelta y sale del despacho a la vez que camina hacia las escaleras para bajarlas a toda prisa.

Cuando llega a la calle, siente que sale del medio del océano en el que llevaba varios minutos sin respirar.

Divisa a un hombre que fuma en la esquina y, sin titubear, se acerca a él para pedirle uno de esos cilindros que ella dejó hace mucho y que solo se pierde en ellos cuando hay una sensación que la ahoga y está a punto de arrojarla al vacío.

—Gracias —dice Indira después de que el hombre también le ofreciera fuego y ella aspirara la primera calada como si fuera una bombona de oxígeno. Decide sacar su móvil y llamar a Abigail Norton, su terapeuta y a alguien que puede catalogar como su amiga.

—No puedo atenderte hoy, Indira —contesta Abigail en cuanto la empresaria le dice que necesita verla—. Antes de la próxima semana, imposible.

—¿Pero qué coño os pasa con las agendas? —brama Indira y se lleva el cigarrillo a los labios.

—¿Cómo dices? —pregunta la terapeuta, confundida.

—Nada —suelta el humo—. Estoy fumando.

Esa es una señal —una muy mala— de que Indira está al borde del colapso. Abigail lleva diez años viéndola y la conoce muy bien.

—Podemos vernos para comer. Vamos al restaurante que está al lado de mi consulta —contesta Abigail—, eso sí, aparte de la factura, también vas a invitar a la comida.

Una hora después, las dos mujeres están pidiendo una copa de vino y un par de filetes para comer y, tal como habían acordado, Abigail lanza una pregunta simple para que Indira se desahogue.

—¿Qué ha pasado, Indira?

—Le he puesto los cuernos a William —contesta sin perder tiempo y se pasa la mano por la boca.

Abigail ni se inmuta.

—Esto lo hemos hablado muchas veces y te dije que algún día pasaría. De tu parte o de la de él, da igual —habla la terapeuta y se inclina un poco sobre la mesa—. No es por el tiempo que lleváis juntos, esa no es excusa, es porque sabes perfectamente que William y tú sois solo socios .

Aunque Indira lo sabe, eso no hace que la culpa disminuya. Ella cree en el respeto y en que, cuando el amor se acaba, lo mejor es hablarlo antes de engañar a la persona que tienes al lado.

—Hace mucho que te sientes sola —continúa Abigail—, y comprendo que sea difícil acabar el matrimonio, pero os hacéis daño.

—Estábamos bien, Abigail. Nos llevamos genial, hablamos, nos acompañamos y cuando tenemos ganas, nos acostamos. Estábamos bien —se repite Indira y esta vez se presiona los ojos—, hasta que llegó ella y lo jodió todo. Encima, es una mujer, ¿qué pasa?, ¿es que ahora me he vuelto lesbiana?

La terapeuta levanta las cejas. Nota una mezcla de sentimientos que le preocupan, pero sabe que lo primero es hacerle entender a un paciente que los tiros no van por ahí.

—¿Quiere decir que es culpa de esta mujer que hayas engañado a tu marido?

—inquiere—. ¿No es que llevas toda la vida al lado de un hombre por el que ahora lo único que sientes es un cariño casi fraternal y al que ves como un socio empresarial?

Y no te confundas, no tiene importancia que sea una mujer.

Si a estas alturas del partido, el avance en la sociedad y a tu edad quieres centrarte en un detalle tan absurdo como ese, adelante, pero no es el verdadero meollo del asunto. La atracción no tiene ningún color.

Indira no sabe para qué demonios le paga a una mujer que no le dice las cosas que ella quiere oír. Así que enfoca el tema en contarle que Caroline es la persona con la que tenían un preacuerdo y que, tras la noche que pasaron juntas, teme que no se lleve a cabo la firma.

—Me preocupa mucho que rechace la propuesta —explica Indira después de repetir lo mismo cuatro veces—. Estaba encantada con lo que habíamos conseguido hasta que nos encontramos en la reunión y nos dimos cuenta de quiénes éramos.

Abigail, que acababa de coger los cubiertos después de que el camarero les dejara los platos sobre la mesa, los vuelve a dejar en la madera y toma mucho aire.

—Te equivocas, Indira —dice la terapeuta con seriedad—, y esto te lo digo más como amiga que como profesional porque no te das cuenta de lo que pasa.

A ti no te preocupa el acuerdo, de hecho, es que ni te importa.

Sabes que, de no llegar a formalizarse, acabarás convenciendo a William de que no os convenía firmar con esa mujer.

A ti lo que te está matando de miedo es no volver a verla.

Asúmelo, Indira, será mejor así; acepta de una vez que esa noche una parte de tu corazón se vació para darle acogida a esa mujer que no puedes sacar de tu cabeza.