Capítulo 9
—Bueno, dejemos de hablar de papá y sus pocas ganas de ir a las visitas médicas porque me pongo de mal humor —dice Katherine, inclinándose hacia delante para coger la botella de vino de la cubitera y rellenar su copa.
Le hace un gesto a su hermana Caroline, sentada frente a ella en la terraza de su ático en el hotel Mallois, donde las dos hermanas han quedado para ponerse al día después de una larga jornada de trabajo.
Caroline asiente para indicarle que también quiere que le rellene la copa y, cuando Katherine termina de servir, ambas brindan por segunda vez.
—¿Cómo va el tema de las reservas de los barcos? —tantea Katherine—. ¿Ya lo has solucionado?
Caroline levanta la mirada de su copa de cristal —esa en la que estaba haciendo bailar el líquido de manera distraída— para mirar a su hermana.
Ya hace una semana que volvió del Christie II y el tema del contrato con la empresa de Indira es algo que todavía flota en el aire como una mosca impertinente.
—No, sigo buscando una empresa que esté a la altura y cumpla con mis expectativas, las hay a patadas por ahí.
La que tenía no me sirve, eso es evidente —empieza a explicar Caroline como si la reunión con William e Indira no se hubiera producido nunca—, pero solo es cuestión de tiempo que me llegue una oferta de alguna empresa seria y decente.
Katherine levanta las cejas, sorprendida y sin saber muy bien cómo abordar el tema con su hermana.
A ella no le ha contado nada directamente, todo lo que sabe Katherine sobre lo que sucedió en el barco, lo sabe porque se lo contó Rachel.
Desde que Caroline regresó del viaje, ellas se han visto en otras dos ocasiones y su hermana no ha sacado el tema, actuando como si no hubiera sucedido.
Katherine se ha mordido la lengua por consejo de Jodie, porque según ella, debía darle espacio a su hermana, dejar que fuera ella la que sacase el tema, pero viendo que el asunto llega a un punto en el que ella considera que está afectando a decisiones importantes, Katherine decide que no se va a quedar callada por más tiempo.
—Me parece que te estás equivocando, Caroline —dice con voz suave, inclinándose ligeramente hacia delante.
—¿Equivocando? —pregunta su hermana, sin comprender a qué se refiere.
Katherine suspira y se arma de paciencia, aunque lo que verdaderamente quiere es sacudirla para que reaccione.
—Sí, equivocando.
—No sé de qué hablas —responde Caroline echándose hacia atrás, cruzando primero una pierna sobre otra y después los brazos sobre el pecho, en un gesto claramente defensivo.
—Claro que lo sabes. Vamos a dejarnos de tonterías, ¿vale? —dice Katherine—. Tú y yo sabemos que Rachel me contó lo que pasó en el barco con esa mujer, Indira, ¿verdad?
A Caroline le gustaría que lo único que se le tense al escuchar su nombre sea la mandíbula, pero se le tensa todo el cuerpo y sus piernas se aprietan con fuerza cuando una ráfaga de imágenes tórridas de todo lo que compartió con Indira le atraviesa la mente como un fogonazo .
—No la menciones —dice rabiosa.
—Sí que la menciono, Caroline —dice Katherine clavándole esa mirada glacial con la que la mediana de las Taylor es capaz de cerrar un precio sin apenas negociar—. No puedes ignorar la oferta de esa empresa solo porque te acostases con ella.
—No es porque me acostase con ella —la corta Caroline enfurecida—, es porque me mintió, joder. Estaba casada y aun así dejó que yo la sedujese y que… Lo demás da igual —suspira incómoda mientras Katherine la mira con cierta perplejidad.
Rachel le habló de sus sospechas, le dijo que le dio la sensación de que Caroline se había enganchado de algún modo a esa tal Indira.
A Katherine le costó creérselo, porque su hermana pequeña tiene un don para seducir mujeres, acostarse con ellas y olvidarlas al día siguiente.
Sin embargo, viendo cómo reacciona ahora y la expresión de rabia y…
Katherine no lo tiene claro, pero diría que es desconsuelo lo que se refleja en la mirada de su hermana pequeña, así que no le queda más remedio que coincidir con Rachel: es probable que Caroline no sea consciente de ello, pero esa tal Indira ha dejado en ella una huella demasiado profunda.
—A ver, cariño —dice Katherine, que se levanta de su sillón y se sienta al lado de su hermana—, yo entiendo que te haya molestado, no estuvo bien por su parte, pero tú ahora mismo tienes que pensar en lo que le conviene a tu negocio, como haces siempre.
Caroline parpadea a pesar de que su mirada está clavada en un punto fijo de la cristalera. Katherine le coge la mano, captando su atención cuando la aprieta con afecto.
—No pienses en ella como una de tus amantes, solo como una mujer con la que puedes cerrar un negocio que te interesa —le aconseja Katherine .
—Como se nota que eres la otra Taylor a la que le gustan los negocios —sonríe Caroline por primera vez.
Katherine asiente, aliviada cuando su hermana parece reaccionar.
—Ya sabes cuál es el lema familiar, los negocios antes que el placer —dice Katherine justo cuando se abre la puerta de la terraza y por ella aparece Jodie con un par de bandejas.
—No sé si eres la más indicada para decir eso —dice Caroline mirando a su cuñada con ojos depredadores.
Katherine le da un codazo.
—¿Qué tal, Jodie? —Caroline se levanta para saludarla mientras se masajea el costado—. No te hemos escuchado llegar.
Jodie deja las bandejas sobre la mesa y las dos mujeres se abrazan a modo de saludo.
—Llevo ya un buen rato aquí, os he visto en la terraza con el vino y he pensado que era mejor que os preparase algo para comer —dice y se aparta de Caroline para inclinarse y besar a la dueña del hotel.
—Es un detalle —dice Caroline, estirando la mano para coger la mitad de un sándwich.
—Bueno, es que tu hermana se pone muy tonta cuando bebe con el estómago vacío —dice Jodie dedicándole un guiño a Katherine.
Caroline sonríe y siente una punzada de envidia sana. Su hermana y Jodie tienen tanta complicidad, que a veces tiene ganas de tirarse por la terraza.
—Bueno, os dejo para que sigáis hablando de vuestras cosas —dice Jodie y Caroline la retiene, cogiéndole una mano.
—No tienes que irte, Jodie, eres de la familia —dice la pequeña de las Taylor—, además, el tema que estamos hablando no tiene importancia y podemos pasar a otro.
—Eso ni lo sueñes —dice Katherine, moviéndose hacia un lado para dejarle sitio a su chica junto a ella.
Jodie se sienta y guarda silencio sin querer intervenir, intuyendo por dónde van los tiros.
—Papá me dijo que esa gente cumplió con creces con lo que prometieron para las reservas del Christie II, Caroline —dice Katherine y su hermana suelta un resoplido.
—Parece que últimamente habláis mucho a mis espaldas, primero con Rachel y después con papá —rezonga molesta.
—A lo mejor si me lo hubieras contado tú como habría sucedido en cualquier ocasión normal, no me lo habrían tenido que contar ellos —rebate Katherine.
Caroline abre la boca para contestar, pero su hermana levanta una mano para que no la interrumpa.
—Desde que has vuelto te comportas como si ese viaje no hubiera existido, Caroline, y pasó, cariño. Te acostaste con una mujer que resultó ser la dueña de la empresa con la que ibas a firmar un contrato, tampoco es el fin del mundo.
Caroline no dice nada, pero su mirada es tan intensa que Jodie tiene la sensación de que si tuviera el poder de lanzar cuchillos, su novia estaría empalada en el sillón, atravesada por varios de ellos.
—Oye —dulcifica el tono Katherine—, yo lo único que digo es que pienses en tu negocio, Caroline. Si me hubiera pasado a mí, ¿qué me aconsejarías que hiciera?
La dueña de los cruceros parpadea y suspira antes de fruncir el ceño.
—Que firmases con ellos —admite torciendo el gesto.
—Bien —sonríe Katherine—, pues deja de darle vueltas y zanja este asunto.
—No quiero hablar más contigo —suelta Caroline provocando la sonrisa de su hermana y su cuñada—. ¿Cómo está tu madre, Jodie?
La conversación se desvía por completo y Caroline se relaja mientras Jodie habla primero de su madre y después de su trabajo en el Magnolis. Las tres mujeres siguen comiendo y bebiendo y Caroline no puede evitar fijarse en cada gesto de afecto que su hermana tiene con Jodie.
Se queda absorta cuando Jodie aparta las nueces que hay sobre unos tentempiés que ha preparado y se lo ofrece a Katherine porque sabe que las nueces no le gustan.
Eso le provoca una punzada de ansiedad que jamás había sentido y le hace preguntarse por qué últimamente se fija tanto en este tipo de detalles.
¿Es porque se siente sola? De repente se imagina compartiendo esa complicidad con Indira y se queda sin aliento, frustrada, y el mal humor vuelve a ella haciendo que su pierna empiece a botar de forma frenética.
—¿Estás bien? —le pregunta Katherine, que ha escuchado el suspiro prolongado de su hermana.
—Sí —se obliga a sonreír Caroline—. Por vosotras —dice alzando su copa para brindar.