Capítulo 8
Indira Campbell se mira en el espejo y no se reconoce.
Tiene la cara hinchada, la mirada apagada y un gesto que grita culpa e incertidumbre.
Ha pasado la peor noche que recuerda de los últimos meses.
En cuanto se quedaba dormida, soñaba con los labios de Caroline Taylor recorriéndola, pero luego entraba William en escena y no sabe qué la desquicia más: soñar que su marido la descubre en la cama con Caroline o que este se acerque a la rubia para tocarla.
—Estás jodida —se dice y abre el grifo del lavamanos para echarse agua fría en la cara.
Llevaba horas despierta y, tras pensarlo mucho, decidió salir de la cama y buscar a Caroline.
Sabe que, por su estupidez, ha puesto en juego la firma de ese contrato que para la empresa es tan importante; de hecho, aún huye de esa conversación pendiente con William para explicarle la actitud que adoptó en la reunión del día anterior.
Cuando Indira se quita el pijama para ponerse un vaquero y observa sus propias piernas desnudas, un pinchazo en todo su centro la desestabiliza tanto que tiene que poner una mano en la pared para no caerse.
Su mente, cachonda y muy poco empática, le ha dibujado la figura de Caroline, agachada, lamiéndola como lo hizo esa noche de pasión que ambas disfrutaron.
Cierra los ojos con fuerza y respira profundamente un par de veces, se termina de vestir con rapidez y sale en silencio de la habitación para no despertar a su marido, que duerme ajeno a todo.
—Hola, ¿me podrías decir dónde encuentro a Caroline Taylor? —pregunta Indira a un chico trajeado que está en el vestíbulo central del Christie II.
El chico la mira e intenta estudiarla. No tiene el placer de conocer a su jefa, pero las malas lenguas dicen que trae de cabeza a muchas féminas y algunas acaban buscando a la chica por el barco tras una noche de sexo, locas por pasar más tiempo con ella.
—Lo siento, señora, no puedo ayudarla —contesta el trabajador con una sonrisa tan falsa como su dentadura extremadamente blanca—. ¿Puedo ser útil en algo más?
A Indira nunca le ha molestado que la llamen señora, pero en ese momento quiere lanzarle esa tablet que toquetea el muchacho, directa a la cabeza, porque cae en cuenta de que Caroline es bastante más joven que ella y esa diferencia de edad es algo —una cosa más a agregar en la lista— que la perturba.
—No, gracias —contesta y se gira para seguir buscando a la dueña del Christie II. Lleva media hora dando vueltas por el barco, sin éxito.
Indira decide aventurarse y hacerle una visita al director del crucero. El hombre la conoce porque él mismo los recibió cuando subieron al barco dispuestos a cerrar un contrato con la menor de las Taylor.
—Señora Campbell —saluda Logan en cuanto Indira toca la puerta y entra a su despacho—. ¿Necesita algo?
—Sí, ayer olvidamos comentar un tema con la señora Taylor y llevo un rato buscándola, pero no la he encontrado por ninguna parte.
El hombre hace una mueca con los labios .
—La señora Taylor se ha marchado esta mañana en su helicóptero, lo siento.
Indira siente que, bajo sus pies, se ha abierto un agujero que la ha hecho caer en un túnel en el que, primero, atraviesa cuchillas y que luego la deja en el medio de un mar repleto de tiburones.
La desazón que siente es tan incomprensible para ella, que necesita unos segundos para recomponerse porque no entiende si el malestar es porque Caroline se ha ido lejos de ella o porque, cada minuto que pasa, ve la alianza entre sus empresas más lejana.
—¿Se encuentra bien? —pregunta el director del barco, que ha visto como la mujer se ha quedado petrificada frente a él.
Indira parpadea varias veces.
—Sí —intenta sonreír—. Aún no me acostumbro a estar tantos días en altamar.
Logan también sonríe y asiente.
—Es normal, ¿quiere que la acompañe a la enfermería? —inquiere Logan dando unos pasos hacia ella.
—No hace falta, voy a mi camarote a descansar.
Indira sale del despacho y tiene la desgracia de pasar por el bar en el que conoció a Caroline. Su cerebro, como regalo, le manda un nuevo paquete de imágenes que le recuerdan la sonrisa ladeada de la joven Taylor.
—Siete plagas y, al menos, dos maleficios son lo que merezco —murmura y acelera el paso para llegar cuanto antes a la habitación.
En cuanto abre la puerta, a Indira se le corta la respiración al ver a William sentado sobre el colchón revisando el móvil con una expresión que no logra descifrar. No sabe si está enfadado o concentrado. Su marido sube la mirada y la enfoca .
—Buenos días —le dice a Indira—, tenemos que hablar.
Indira por poco vomita en medio del camarote.
—¿Pasa algo? —logra verbalizar la mujer.
—Lo primero que me gustaría es que me aclararas por qué te comportaste así ayer, Indira. Es la primera vez que te pasa; ni siquiera cuando éramos unos críos y nos reunimos con nuestro primer cliente te quedaste callada.
Indira intenta ganar tiempo. Caroline Taylor le ha fundido de tal manera las neuronas, que la muy tonta ni siquiera se ha molestado en elaborar una excusa creíble para decirle a su marido.
Se aprieta el puente de la nariz de forma inconsciente porque un dolor de cabeza se asoma y sabe que no tardará en llegar.
—¿Te encuentras bien? —se preocupa William.
Ahí está el pretexto perfecto. Sabe que arderá en las llamas del infierno.
—Es el barco, no me acostumbro al movimiento —le explica—.
Llevo un par de días así y ayer cuando me levanté a saludar a Caroline Taylor —Indira carraspea, decir ese nombre frente a su marido le quema la boca—, me mareé de tal forma que pensé que iba a desmayarme.
Incluso me costó seguir el ritmo de la conversación. Lo siento mucho, William.
El repentino sollozo de Indira los sobresalta a los dos. William se levanta y se acerca a su mujer preocupado, pero ella sabe que esa disculpa no es por quedarse en silencio durante la reunión, sino por irse a la cama con otra persona.
—Tranquila, no pasa nada —la consuela William y la abraza—. Me lo hubieras dicho, ahora lo importante es cómo te sientes.
—Ahora mejor, he pasado por la enfermería y me han dado unas pastillas que me han quitado el malestar —al parecer, Indira se ha convertido en una máquina de fabricar mentiras.
William la mira a los ojos asegurándose de que de verdad está bien para luego darle un beso en los labios y otro en la frente.
—Vale, me quedo tranquilo entonces —dice y la coge de la mano para llevarla a la cama donde ambos se sientan—. Tengo que volar a Tokio mañana, nos ha llamado el señor Ishikawa, quiere ampliar su grupo y no tiene ni idea de cómo gestionarlo. Nos pide asesoría, pero le urge.
Indira asiente, en Japón les costó mucho entrar, pero en cuanto firmaron su primer contrato, los demás empezaron a aparecer con rapidez.
El grupo Ishikawa es uno de los más grandes del país asiático y ellos llevan trabajando juntos dos años.
El dinero que les reporta es tres veces lo que ganan en América.
—En el próximo puerto, bajaremos —decide su marido—.
De allí nos iremos al aeropuerto juntos y es mejor que te quedes en el apartamento de la ciudad, será más fácil para que te muevas por Nueva York y estés disponible cuando Caroline Taylor te necesite.
Cuanto más rápido cerremos el acuerdo, mejor —explica William.
Otra vez se ha abierto ese agujero a los pies de Indira porque su cerebro, un tío impertinente, vuelve a traer algunos recuerdos que ella —aunque no los quiere borrar— prefiere no tener frente a su marido.
—Sí, a mí también me parece más cómodo estar en el apartamento de Nueva York para trabajar —contesta Indira tras levantarse de la cama y buscar una botella con agua. La garganta se le ha secado de golpe.
—Amelia ya ha comprado los billetes, así que esta será nuestra última noche en el barco —dice William con una sonrisa que augura algo que Indira cree adivinar, pero ella no dice nada.
Después de pasar el día entre el gimnasio, la piscina del barco y tomando una copa de champagne mientras disfrutaban del atardecer, Indira y William han cenado en el restaurante francés que tiene el crucero.
Después de degustar los platillos, han tomado una copa de Armagnac, un digestivo que se produce al sureste de Francia y del que el matrimonio se ha hecho fanático.
Caminan hacia el camarote y, en cuanto entran, William se quita la americana y se acerca de manera peligrosa a su mujer.
—Podríamos despedirnos en condiciones, ¿no? —dice William con la voz cargada de lujuria—. No sé cuándo volveremos a vernos.
El rechazo que siente Indira la asusta mucho más que pensar que William pueda descubrir su infidelidad.
A pesar de que su matrimonio ya no funciona desde hace mucho tiempo y de que ahora son más amigos y socios que pareja, a Indira le sigue pareciendo un hombre muy atractivo y las pocas veces que han intimado, lo ha disfrutado.
Conoce el cuerpo de su marido a la perfección y él, después de tantos años juntos, sabe cómo complacerla.
Ahora, de repente, después de estar con Caroline, tiene la sensación de que solo quiere que sea la rubia quien la toque.
Una idea absurda le cruza la mente, porque Indira no es una jovencita que va enganchándose por ahí de mujeres con las que pasa una noche, y está segura de que, si todo vuelve a la normalidad, su vida se enderezará y Caroline saldrá de su mente tan rápido como ha entrado.
Absurda, así como su idea, es como se siente Indira.
William duerme, desnudo con la cabeza enterrada en la almohada y ella se mete en el baño para darse una ducha que se lleve todo lo que la agobia.
Acostarse con su marido no ha hecho más que hacerla sentir peor, porque mientras William estaba sobre ella, Indira solo pensaba en que era Caroline quien la tomaba y cuando todo ha acabado y ella ha confirmado que era su marido y no la rubia la persona con la que estaba en la cama, se ha sentido sucia y lo peor, es que ha sentido que estaba engañando a la mujer que ha revolucionado su vida, Caroline Taylor. Está muy jodida.