Capítulo 4
Indira abre los ojos por segunda vez esa noche.
Su corazón late enfurecido y su cuerpo es presa de una inquietud paralizante porque, por un instante, no tiene claro si está en su cama o todavía sigue al lado de la rubia que le pegó la follada de su vida.
El aire se le escapa de los pulmones hasta vaciarse por completo y su cuerpo reacciona girando la cabeza hacia la derecha, el lado que siempre ocupa su marido.
Vuelve a coger aire, aliviada, porque la persona que está a su lado es William.
Su mente es asaltada por un montón de recuerdos inconexos de lo que pasó anoche: los labios de la mujer, los suspiros mientras la follaba, esa mirada azulada y muy intensa, casi depredadora, y el sonido de sus propios gemidos.
¿Cuándo ha gemido ella de ese modo casi desgarrado?
Indira trata de aclararse la garganta, con la incertidumbre de no saber si su voz estará un poco afectada después del esfuerzo de su garganta.
Toma consciencia de que ya es de día cuando se da cuenta de que entra luz por el ventanal que da acceso a la terraza privada de su camarote.
Vuelve a mirar a William, desplomado bocabajo, completamente dormido.
Indira se levanta con sigilo mientras recuerda el temblor de sus manos cuando abrió la puerta del camarote temiendo que William ya hubiera vuelto del casino y le preguntara de dónde venía, pero por suerte para ella, el camarote estaba vacío y tuvo tiempo de darse una ducha rápida, meterse en la cama y desfallecer de puro agotamiento sin tiempo para pensar en lo miserable que se sentía.
Decide darse otra ducha, esta vez más relajada, como si eso pudiese ayudar a quitarse esa tonelada de culpa que amenaza con aplastarla hasta hacerla desaparecer.
Cuando se desnuda y ve su imagen reflejada en el espejo, Indira tensa todo el cuerpo al ver al menos dos pequeños hematomas.
Uno está muy cerca de su sexo, en su muslo izquierdo, y el otro en su costado.
No necesita hacer memoria para saber el momento exacto en el que su amante se los pudo haber hecho, porque la chica le dio un suave mordisco en el muslo que sobresaltó a Indira, pero como no se quejó porque su sexo vibró de excitación, la rubia apretó un poco más mientras la miraba, todo eso al mismo tiempo que esas manos experimentadas la hacían suspirar apretándole los pechos.
—Madre mía —suspira y traga saliva antes de girar el cuerpo y mirar por todas partes en busca de más señales que delaten su pecado. Por suerte, no encuentra nada visible.
Cuando sale del baño, despejada y más calmada, William está abriendo los ojos, pero sabe que todavía se quedará un rato en la cama desperezándose. Ella se acerca y le da un beso en la frente para saludarlo.
—¿A dónde vas? —pregunta su marido.
—A por un café, ¿te espero para desayunar? —pregunta con la naturalidad de siempre, sintiéndose una actriz digna de un premio.
—No lo sé, empieza tú —responde perezoso.
Indira siente alivio con su respuesta y, en cuanto se encuentra fuera de la habitación, sus pasos apresurados resuenan con fuerza por el suelo del Christie II hasta que llega a la sala de coworking donde sabe que encontrará a Amelia.
Su ayudante levanta la mirada del ordenador cuando la escucha acercarse, sorprendida por el ímpetu con el que camina su jefa.
—¿Ha pasado algo? —pregunta Amelia, preocupada.
—Algo terrible —responde Indira, cogiéndola del brazo para que se levante.
—Dios mío, ¿William está bien? —pregunta alarmada.
Indira se detiene y suspira, consciente de que la está asustando sin motivo.
—Está perfectamente, no es nada grave, solo quiero comentarte una cosa que me urge —dice y tira de ella hacia la cafetería, porque también se acaba de dar cuenta de que su amante la dejó tan agotada, que está muerta de hambre.
Se pide un café bien cargado mientras espera que le sirvan el desayuno y elige la mesa más discreta que encuentra en el comedor, situada en una esquina al lado de la ventana.
—¿Qué pasa? —pregunta Amelia, observándola con intriga mientras apoya los brazos en la mesa.
Indira mira a un lado y a otro, asegurándose de que nadie puede oírla.
—Ayer me acosté con alguien que no era William —dice, soltando la bomba sin anestesia.
Los ojos oscuros de Amelia se abren y sus pupilas se agrandan por la impresión. Indira, la recta Indira que siempre sabe actuar correctamente ante cualquier situación, ha sido infiel a su marido.
—¿De verdad? —pregunta atónita, conteniendo una sonrisa divertida.
Indira podría recordar los ojos azules de la mujer rubia, o su sonrisa adornada por esos labios hinchados después de tantos besos, pero el primer recuerdo que le asalta la mente ahora mismo, es el de su amante entre sus piernas, haciendo que su vientre vibre como si tuviera vida propia y ella cierre las piernas como si se le fuera a escapar la vida por ellas.
—Ya lo creo —dice apabullada por los recuerdos.
—¿Quién es? ¿Algún hombre que haya visto por aquí? —pregunta Amelia, encantada con el chisme.
Indira carraspea y se aclara la garganta, todavía incapaz de asimilar que ella sea la protagonista de lo que está contando.
—Ninguno, fue una mujer.
—Ostras —Amelia da una palmada y sus cejas se levantan. Indira se sobresalta—. Necesito que me cuentes todos los detalles —le pide su asistenta.
—No te voy a contar ningún detalle —Indira frunce el ceño.
—No esos —aclara Amelia—, aunque sería interesante que me contases algo, yo nunca he estado con una mujer en la cama.
—Ni yo tampoco, hasta anoche —dice Indira y suspira—. Todavía no me puedo creer que me esté pasando esto —añade apretándose el puente de la nariz.
Amelia deja de sonreír y se cambia de silla, sentándose a su lado.
—¿Se lo vas a contar a William?
—Ni hablar —responde Indira de inmediato—.
No estoy orgullosa de lo que ha pasado, de hecho, estoy avergonzada de mí misma, pero fue lo que fue, Amelia.
Pasó sin más, sin que lo buscara, se acercó a la barra y fue tan directa y seductora…
Joder —cabecea y vuelve a apretarse el puente de la nariz—.
El caso es que no se va a repetir, fue un desliz sin importancia con una mujer a la que no había visto nu nca ni volveré a ver más.
—Bueno, esto es un barco, Indira —le recuerda Amelia, conteniendo una sonrisa—, y ya sé que es muy grande, pero las posibilidades de que vuelvas a encontrártela antes de que desembarquemos son bastante elevadas.
Indira se marea solo de pensarlo. Tiene muy claro que no puede repetir ese error de nuevo, pero ¿sería capaz de rechazar a esa mujer si vuelve a insinuarse de ese modo tan descarado? Tiene muchas dudas al respecto.
—También te puedes quedar encerrada en el camarote —bromea Amelia, ajena al caos mental que tiene Indira en ese instante—, o tirarte por la borda.
Su jefa la atraviesa con una mirada glacial, capaz de levantar un iceberg delante del barco.
—¿Cómo se llama? —pregunta Amelia.
—¿La chica?
—¿Chica? —Amelia sonríe con maldad—. ¿Qué edad tiene?
A Indira va a explotarle la cabeza.
—No sé cómo se llama, ni me interesa saberlo, ni sé la edad que tiene, aunque es bastante más joven que yo, eso seguro —dice frunciendo el ceño, como si anoche ese detalle no tuviera importancia y ahora sí.
—Vaya, vaya, mujeres jóvenes, ¿quién lo iba a decir? —la pincha Amelia, incapaz de contener la lengua.
—Supongo que no tengo que decirte que, como digas una palabra sobre esto…
—Me despides y me haces desaparecer de la faz de la tierra —interrumpe Amelia.
—Algo así —dice Indira, segura de que encontraría la manera .
—Tranquila, pero por favor, prométeme que, si la vemos, me dirás quién es —suplica Amelia.
La cabeza de Indira se gira de manera automática como si necesitara encontrarla, pero al que ve venir es a William.
—Recuerda, ni una palabra —le dice a Amelia.
—Buenos días —saluda William a las dos mujeres, para después agacharse sobre la suya y besarla en los labios.
Indira se estremece, pero porque se siente sucia y miserable.
El hombre se sienta frente a ellas y, con la confianza de tantos años de matrimonio, coge una de las tostadas del plato que le han servido a Indira hace unos minutos y da un mordisco mientras espera a que traigan el suyo.
—¿Qué tal en el casino? —se interesa Indira.
William tuerce una sonrisa satisfecha antes de mirarla y levantar una ceja.
—Digamos que la suerte estuvo de mi lado —responde, guiñándole un ojo.
Indira sonríe cuando un pensamiento estúpido le atraviesa la mente: el de que anoche, los dos disfrutaron a su modo. Se pone seria de inmediato.
—¿Cómo fue por el bar? ¿Ligaste mucho? —bromea su marido.
A Amelia el sorbo de café se le sale por la nariz y arrastra su silla hacia atrás de manera escandalosa. Empieza a toser e Indira le da unas palmadas en la espalda, aunque lo que realmente le apetece es dárselas en la cara.
—Lo siento, se me ha ido por dónde no debía —dice Amelia, sofocada.
—Tranquila —dice William, y mira a su mujer esperando una respuesta .
—Bueno, digamos que tuve que quitarme de encima a un par de babosos —responde Indira encogiendo los hombros.
Indira no soporta las mentiras, pero se convence de que esta no lo es, simplemente es una verdad a medias. En cuanto a lo de su escarceo, por ahora lo va a considerar como la omisión de un dato irrelevante por el que no merece la pena discutir.
—Con vuestro permiso, yo voy a seguir con el trabajo —dice Amelia, deseando quitarse del medio.
—De acuerdo, pero recuerda que a las once nos reunimos con la señora Taylor, no llegues tarde —le dice William.
—Está apuntado aquí —dice Amelia, señalándose la sien antes de desaparecer.
A William le llevan el plato y coge una tostada, mordiendo con tanta hambre como la que tenía Indira.
—He pensado que, de cerrar este acuerdo, deberías encargarte tú —comenta William, que ya se ha puesto en modo trabajo.
A Indira no le cuesta nada entrar en modo profesional, así es como mejor funcionan ambos, un equipo imparable.
—¿Por qué? La propuesta inicial la presentaste tú —dice Indira.
—Pero era eso, una propuesta. Es una Taylor, Indira.
Indira arquea una ceja.
—Ya sé que es una Taylor, pero no creo que se coma a nadie.
William sonríe.
—¿Lo ves? Por eso has de ser tú la que negocie con ella, a ti no te impresiona porque a un tiburón solo puede enfrentarse otro tiburón, y ella lo es y tú también.
Indira apoya la espalda en la silla con gesto relajado, divertida por el cumplido.
—No has tratado con ella directamente, ¿por qué te asusta tanto? —pregunta Indira.
—Porque su padre siempre ha sido un monstruo con los negocios y ella y su hermana mediana tienen fama de haber heredado sus genes, además, dicen que esta en concreto, es una depredadora con un coeficiente intelectual por encima de la media.
—No será para tanto, William, además, es muy joven. Según tengo entendido, puede que sea muy lista, pero en experiencia no nos gana.
—Eso es verdad, en cualquier caso, conseguir este contrato debe ser prioritario para nosotros, Indira.
Si conseguimos la gestión de las reservas de sus barcos, no solo ganaremos un dineral, sino que, si lo hacemos bien, conseguir que su hermana nos contrate también para las reservas de los hoteles, será mucho más fácil —dice William, imaginando esos contratos.
—De acuerdo, yo me encargo de negociar con la pequeña Taylor —asegura Indira con tranquilidad, sin saber lo que se le viene encima.