Capítulo 3
—¿Crees que a Katherine le importaría que robe a la chef del Magnolis para traerla a una de las cocinas del crucero? —pregunta Caroline mientras camina con su padre por uno de los pasillos del Christie II.
Warren Taylor primero dibuja un gesto de horror en su cara y, tras comprobar que su hija puede estar bromeando, rompe a reír como si fuera un niño pequeño.
—Creo que tu hermana sería capaz de hundir este barco antes de que secuestres a su novia —calcula el anciano.
Caroline chasquea la lengua y niega con la cabeza.
—La comida del chef François es una exquisitez, pero al lado de la de Jodie, no tiene comparación —resume Caroline—. Pero es cierto, Katherine está demasiado enamorada como para alejarse de su chica tanto tiempo.
Padre e hija han cenado en el restaurante francés del Christie II, deleitándose con una degustación de platos típicos del sur de ese país europeo y, pese a quedar satisfecha, está empeñada en que sea Jodie quien se encargue de su cocina.
Siendo la jefa del servicio en el Magnolis, el hotel ha ganado una fama impresionante después de que un crítico gastronómico probara su comida.
Ahora personas de todo el estado de Nueva York reservan una mesa para probar los platos que elabora su cuñada.
Está inmersa en ese pensamiento absurdo cuando, por el rabillo del ojo, nota una figura que tira de ella como un pescador cuando atrapa un pez barbo en medio del mar.
Detiene sus pasos para enfocar la vista y la ve ahí, sentada de forma elegante en la barra del bar.
Caroline siente un pinchazo en su vientre cuando ve a la mujer de la cubierta llevarse una copa de vino a los labios; sigue pensando que la mujer es una delicia.
—¿Te importa seguir a tu camarote tú solo? —pregunta la menor de las Taylor a su padre.
Warren entorna la mirada. A pesar de que pasa mucho tiempo con Caroline, reconoce que, al haber tanta diferencia de años entre las hermanas, al hombre le cuesta acostumbrarse a la juventud vibrante que posee la pequeña de sus hijas.
—Pórtate bien —dice Warren y le da un beso en la mejilla—. No te acuestes tarde, últimamente descansas muy poco.
Caroline sonríe y ese azul peligroso de su mirada empieza a brillar con fuerza.
—Hay cosas que no me puedo perder, papá —dice la chica y se gira para caminar hacia el bar.
Cuando Caroline entra, se sienta en una de las mesas que hay en el fondo. No la ha elegido al azar, ha seleccionado una que le proporciona el espacio justo para admirar cada movimiento de su presa, pero también le confiere ese anonimato que ella busca.
—¿Qué desea tomar? —pregunta un camarero que se interpone entre Caroline y su posible víctima.
—Una gaseosa con mucho hielo y una rodaja de naranja —pide la dueña del Christie II.
El chico le sonríe con un gesto que pretende ser coqueto. Es obvio que no sabe quién es Caroline y lo único que intenta es, quizá, ligar con la rubia .
La dueña del crucero lleva apenas veinte minutos dentro del bar y ya ha podido observar cómo una chica y cuatro hombres diferentes se han acercado a su objetivo.
Uno a uno ha intentado disimular sus intenciones; la invitan una copa, le sonríen tratando de ocultar las ganas y mostrar simpatía, hasta otro —de forma muy penosa— ha fingido recoger un trozo de papel del suelo y preguntarle a la misteriosa mujer si era de su pertenencia.
Lo que más le gusta a Caroline es que cada una de estas personas ha sido rechazada por la mujer que ocupa un taburete en el bar.
Cuando ve que alguien más camina de forma lobuna hacia la que es objeto de su deseo, la pequeña de las Taylor se levanta de su silla y cruza el bar para llegar antes, está cansada de esperar y ahora es su momento.
—Hola —saluda Caroline y se sienta justo al lado de ella.
Indira Campbell gira el cuello, atraída por la voz —y cansada de no poder tomar una copa en paz—.
Su mirada se clava como un puñal en los labios de la rubia que tiene al lado sin entender por qué.
Son gruesos, están húmedos y tienen un color rosado que Indira no sabe si es por un labial o es su color natural.
Levanta la mirada y conecta con un azul que se asemeja más a un mar embravecido que a un cielo de verano, Caroline la mira con un gesto que le grita que lo que ha hecho no le ha pasado desapercibido.
—¿Qué te parece si te tomas algo conmigo? Después damos un paseo por el barco y al final te muestro mi camarote —dispara la dueña del barco.
Y ya está. Directa, sin florituras ni excusas baratas.
Caroline tiene muchas cualidades y cuando se ha enamorado, ha sido una chica romántica, paciente y delicada.
Pero cuando se trata de un polvo, no le gusta perder el tiempo ni mucho menos hacérselo perder a su víctima o posible ligue.
Si la mujer no acepta, ella se acabará su copa y se irá a dormir. Cero dramas .
—¿Te han dicho alguna vez que eres muy descarada? —pregunta Indira asombrada, pero con una satisfacción incomprensible.
Caroline asoma una sonrisa, toma un trago de su bebida y agudiza la mirada.
—Todo el tiempo —contesta al fin—. Sobre todo, mis hermanas.
Indira asiente y se recoloca en el taburete mirando al frente. Algo le cosquillea las piernas y la boca se le ha secado de tal manera que ha necesitado acabar su copa de vino del tirón para intentar hidratarla.
—No va a suceder —declara tajante.
—¿Cómo dices? —pregunta Caroline, que se había perdido en el perfil de la mujer y no entiende lo que dice.
—Que tú y yo, no acabaremos en tu camarote —le aclara Indira con un tono de voz que, incluso, es bastante cortante.
Media hora después, Caroline Taylor está abriendo la puerta de su camarote.
Se aparta y deja pasar a la mujer, que da apenas un par de pasos hacia el interior y siente unas manos en su cintura que, con agilidad y fuerza, la giran.
La dueña del Christie II la atrae y la pega a su cuerpo con una velocidad que podría marear al más inexperto.
—Desde que te vi quise tenerte —dice Caroline, pegada a sus labios.
No hay vacilación, la pequeña de las Taylor sabe perfectamente lo que hace.
Hunde su lengua en esa boca que llevaba mucho rato queriendo besar y baja ambas manos hasta colocarlas tras los muslos de la mujer de la cubierta.
Con precisión, la levanta y e Indira enrosca las piernas en el cuerpo firme de Caroline.
A Indira la situación se le ha ido de las manos, ella jamás se ha comportado de esa manera.
El rato que estuvo en el bar a solas, tuvo que rechazar varias invitaciones, ella es una mujer casada que jamás ha engañado a su marido, pero cuando esa rubia de piernas interminables y mirada caótica posó sus ojos en ella, soltó un maleficio de los antiguos porque Indira, pese a que se convenció de que ella no se movería de allí, prácticamente fue la que le pidió ese paseo por el barco a esa chica que, ¿cuántos años debe tener?
, disfrazando las ganas que tenía de que esa preciosa boca la recorriera entera.
—¿Me dejas quitarte esto? —pregunta Caroline que, después de sentarla en el mueble frente a la cama, le ha bajado los tirantes del vestido y se ha comido, como si de un manjar se tratara, los pechos de la mujer.
Indira no dice nada, solo suelta un quejido ronco acompañado de un movimiento de cabeza. Está tan excitada que la vista se le ha nublado y su garganta se rehúsa a funcionar.
—¿Estás bien?, ¿puedo seguir? —pregunta Caroline, que quiere asegurarse de que la mujer está disfrutando del momento y quiere continuar.
—Sí —contesta Indira como puede, deshecha cuando su amante le empieza a lamer la cara interna de una de sus piernas.
Caroline, experta amante de los placeres nocturnos, despliega todas sus armas de seducción. Indira se deja hacer, no quiere pensar en nada más que no sea la lengua caliente de la chica que la lame con devoción y de la cual no sabe el nombre ni le importa.
La menor de las Taylor decide pasar a la cama, quiere comodidad para todo lo que viene a continuación.
—Ábrete, quiero verte —exige Caroline después de tumbar a su presa y quedarse de pie frente a ella. Caroline tampoco le ha preguntado el nombre ni pretende hacerlo, los polvos ocasionales para ella son mejores así, cuanta menos información, mucho mejor.
Indira es una marioneta que la rubia ha programado para que, al sonido de su voz, ella cumpla con sus deseos.
Caroline se muerde los labios con fuerza cuando es consciente de la humedad entre las piernas de su acompañante.
Se quita la falda y las bragas, sube una pierna al colchón y baja sus dos manos.
Con una se masturba, con la otra se penetra, no es habitual en ella, pero si no se corre ahora mismo, no podrá follarse a ese mujerón como quiere.
A Indira el corazón le late en la garganta, el espectáculo es una de las mejores cosas que ha visto nunca.
Está paralizada, quiere moverse para tocarla, pero parece atada a la cama con el único objetivo de disfrutar del primer orgasmo de esa noche de la rubia descarada.
La habitación se inunda a gemidos y voces roncas.
No hay delicadeza, hay sexo pasional, bruto, tanto, que Indira cierra los ojos para intentar frenar su tercer orgasmo, ¿o el cuarto?
Ha perdido la cuenta. No sabe ni siquiera sobre qué está a cuatro patas, solo siente el tirón de su melena porque su amante la tiene cogida por detrás; su cuello está contorsionado todo lo que puede y un chapoteo entre sus piernas amenaza con llevarla a la locura.
La rubia la está follando tan fuerte que Indira teme desvanecerse, pero nada más erróneo porque, de repente, Caroline, saca los dedos, le da un cachete en el culo y, cuando los vuelve a meter, Indira se corre y no sabe durante cuánto rato está gimiendo y sintiendo esa corriente recorrerla entera.
—Increíble —dice Caroline y coge a Indira entre sus brazos para besarla—, eres increíble.
Indira, que le cuesta ubicarse, deja que Caroline la guíe y las dos caen desplomadas sobre el colchón. Se quedan dormidas de inmediato, en apenas un par de horas, las dos se han machacado tanto el cuerpo que no tienen fuerza ni para llegar hasta la ducha.
De repente, Indira abre los ojos. No tiene ni idea de la hora que es, pero el golpe seco que recibe en el pecho es brutal; la culpa ha venido a visitarla.
En todo momento fue consciente de lo que estaba haciendo, pero ahora, después de que el cuerpo está libre de las cadenas invisibles de su amante, sabe que ha engañado a William y se siente tan miserable por ello, que tiene que controlar un sollozo inesperado.
Sale de la cama y a tientas busca su ropa.
Se viste y, sin ni siquiera mirar, sale del camarote con la intención de no volver a encontrarse con la rubia.
Va por el pasillo del barco mentalizada de que esto ha sido lo que ha sido: una aventura extramatrimonial imperdonable, y que no se repetirá nunca más.
Qué ilusa y tonta puede llegar a ser algunas veces Indira Campbell, y eso que para los negocios es más lista que el hambre.