Capítulo 2
Indira Campbell abre los ojos y se baja las gafas de sol para comprobar qué es esa sombra que le acaba de tapar los últimos rayos de sol que intenta apurar esa tarde, estirada en una de las tumbonas de la zona VIP de la cubierta del Christie II.
—Me tapas —dice y vuelve a colocarse las gafas cuando sus ojos, tras adaptarse a la luz, reconocen la figura de su ayudante, Amelia Torres.
—No pienso moverme de aquí hasta que me confirmes si vas a asistir o no a la cena de antiguos alumnos de tu promoción —dice Amelia, cruzándose de brazos mientras sostiene su agenda electrónica en una de las manos.
Indira suelta un bufido de desesperación y se sienta en la tumbona mientras la mira.
A sus cuarenta y tres años, ha tenido varias asistentas antes que Amelia y a ninguna le ha permitido hablarle de ese modo, y menos a una que cumplió los treinta hace apenas una semana, sin embargo —y a pesar de su desfachatez— Amelia posee una madurez nada propia de su edad que ha hecho que Indira se sienta tan cómoda con ella, que se ha convertido en su amiga y confidente.
—¿Tengo que decidirlo ahora? —pregunta Indira, hastiada.
—Sí, llevas días posponiéndolo y tengo que confirmarlo antes de esta noche, tampoco es tan difícil, Indira —responde Amelia—. ¿Es que no te hace ilusión ir? Yo estoy deseando que se haga la de mi promoción.
—La última vez que fui, tuve que responder preguntas como si se tratara de un interrogatorio. Algunas muy incómodas porque muchos daban por hecho que si he llegado a dónde he llegado, era por mi marido, o porque me había follado a alguien poderoso, a saber —dice y chasquea la lengua.
Amelia abre la boca como un pez.
—Vaya —dice sin contener una sonrisa divertida.
—¿Te hace gracia? —pregunta Indira, alzando una ceja para después entornar la mirada, oculta bajo sus gafas.
—En realidad, sí, tiene que ser muy humillante para ciertos niños de papá que sí que tienen los puestos que tienen por puro enchufe, que alguien como tú, que viene desde abajo, hija de una familia humilde y novia de un chico más muerto de hambre que ella, haya logrado levantar un imperio —dice y se encoge de hombros.
A Indira le hace gracia el comentario y suelta una sonora carcajada.
—Procura que William no te escuche decir eso, si hemos de poner nuestro nivel de pobreza en una balanza cuando nos conocimos, yo creo que pesaba más mi lado. Al menos él tenía coche —recuerda Indira.
—Si es la chatarra que tiene en la foto de su despacho, yo no lo contaría como coche —dispara Amelia de nuevo—, espero que al menos el asiento trasero fuera ancho.
Sin dejar de sonreír, Indira asiente, recordando la de veces que ese coche fue su refugio romántico porque no tenían nada más íntimo.
—En fin, voy a responder que irás, después haces lo que te dé la gana. Aunque si fuera yo, iría, solo para restregarles a todos esos pijos que alguien que entró en la universidad gracias a una beca, fue capaz de conseguir mucho más que ellos.
—Si vas a hacer lo que te da la gana, ¿para qué vienes a molestarme? —pregunta Indira, estirando las piernas sobre la tumbona de nuevo.
—Me aburría —se encoge de hombros Amelia.
Indira resopla.
—Son las siete de la tarde, Amelia, nadie te pide que trabajes hasta tan tarde. Deja esa maldita agenda de la que no te despegas y vete a disfrutar un poco del crucero, anda, y déjame en paz —remata haciendo reír a su amiga.
—Como quieras, voy a ver si me ligo a algún camarero guapo —dice dándose la vuelta.
—Usa protección, como aparezcas por la oficina con un bombo te despido —amenaza Indira.
Amelia la ignora sin dejar de sonreír, sabiendo que Indira Campbell jamás la despediría por un motivo como ese.
Cuando se queda a solas de nuevo, Indira cierra los ojos tratando de relajarse esos últimos minutos que le quedan de sol, pero de nuevo nota otra sombra interponerse entre ella y el astro.
—¿Qué se te ha olvidado? —pregunta irritada, quitándose las gafas.
Cuando se incorpora, se encuentra la figura de un hombre trajeado e imponente, su marido, William Murphy, que la mira sonriente.
—Deberías ser más amable con Amelia —dice divertido, inclinándose sobre ella para darle un beso en la cabeza.
Indira se mueve para dejarle sitio y William se sienta en su tumbona.
—¿Qué tal la reunión? —pregunta tratando de subir el respaldo para dejar de estar tumbada.
William, siempre atento, se levanta y la ayuda.
—Un trámite aburrido al que debía asistir, supongo. Odio este tipo de reuniones, ya lo sabes —dice sentándose de nuevo, mientras se afloja el nudo de la corbata.
Indira lo mira y se pregunta por qué demonios ha dejado de sentirse atraída por él, porque William es odiosamente guapo, y encantador. El prototipo perfecto de hombre y marido, aunque tenga sus defectos como ella.
—Bueno, como has dicho, si queremos entrar en el concurso para optar a ese contrato, hay que estar ahí —dice Indira y él la mira de reojo.
—Pero me ha tocado a mí soportar la videoconferencia mientras tú estabas aquí tostándote al sol —dice en tono divertido, sin un ápice de reproche.
—Tú eres más simpático.
—Ya —se ríe William, pasándole los dedos sobre el pecho izquierdo hasta que logra coger un pelo que probablemente pertenece a la melena oscura de Indira , dejándolo caer al suelo.
Después, le pone una mano sobre el vientre y mira al cielo como si buscara algo.
No hay nada sexual en la caricia, es pura complicidad adquirida durante años de un matrimonio en el que empezaron enamorados, pero donde la llama se fue apagando y ninguno de los dos hizo nada para remediarlo porque de algún modo, a ambos les motivaba más levantar la empresa que estaban construyendo.
En aquel momento, no le dieron importancia, pensaron que lo podrían solucionar más adelante, que se dedicarían tiempo cuando todo estuviera asentado, pero cuando eso sucedió, lo único que les quedaba era el cariño y como si hubiera un acuerdo tácito entre ellos que jamás llegaron a verbalizar, se mantuvieron juntos, fieles, como compañeros inseparables porque, aunque no quede amor, se quieren y muy de vez en cuando, echan un polvo para desahogarse.
Eso es todo lo que queda de su matrimonio, pero a ellos les vale.
—Estoy muerto de hambre —dice William—. ¿Te importa si cenamos antes?
—Claro, aunque no lo creas, estar aquí también cansa —se ríe Indira—. Deja que me dé una ducha rápida y vamos al restaurante.
La cena transcurre tranquila, como todas las que tienen, porque todas sus conversaciones están centradas siempre en sus negocios, y esa es la pasión que ambos comparten, porque desde hace años, son más socios que pareja, aunque, sobre todo, se consideran amigos.
—Creo que voy a ir un rato al casino —dice William cuando terminan de cenar, ofreciendo su brazo a Indira para que camine junto a él por el pasillo—. ¿Te quieres venir?
—Ya sabes que no —contesta Indira con una sonrisa, mientras alza la mirada para observarlo.
—¿Te molesta que vaya? —pregunta William con gesto inocente, entornando la mirada con expresión divertida porque sea cual sea la respuesta, él irá igualmente.
—Sabes que no —repite su mujer, dándole un suave empujón.
—¿Tú qué vas a hacer? Es muy temprano para ir a dormir —dice William cuando llegan a la puerta de su camarote.
—Yo no he dicho que vaya a dormir —responde Indira con gesto coqueto—, voy a cambiarme estos zapatos que me están matando y luego iré a tomarme una copa tranquilamente.
—De acuerdo, nos vemos aquí entonces —dice William, dándole un beso en los labios antes de marcharse.