CAPÍTULO 14 — LA DECISIÓN #2
El dragón levantó la mirada. Y entonces lo miró directamente. No como un monstruo. No como un enemigo. Como un padre que había encontrado finalmente a su hijo después de haberlo perdido durante toda una vida.
Atherion sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Por qué me miras así?
Valkar dio un paso. Las sombras se tensaron.
—Porque te conozco.
Atherion negó.
—No.
—Sí.
—No sé quién eres.
El dragón abrió las alas.
—Yo sí sé quién eres.
El agua comenzó a temblar. Valkar miró a Amariel. Después volvió los ojos hacia Atherion.
—Eres mi hijo.
Nadie se movió. El mundo pareció detenerse. Atherion no reaccionó inmediatamente. Su rostro perdió toda expresión.
—No.
Valkar bajó la cabeza.
—Atherion...
—No.
—Mi padre murió.
Valkar cerró los ojos.
—No.
—Medea me dijo que no sabía quién era.
—Porque yo le pedí que guardara silencio.
—Mi madre nunca me habló de ti.
—Porque murió antes de poder hacerlo.
Atherion comenzó a respirar con dificultad. Todos los fragmentos. Todos los sueños. El medallón. Las voces. Las visiones. El dragón. Nyxaria. La sensación de reconocer algo que jamás había conocido. Todo comenzó a encajar. Pero el reconocimiento no trajo paz. Trajo rabia.
—Entonces eras tú.
Valkar no respondió.
—Tú estabas en mis sueños.
El dragón bajó la mirada.
—Sí.
—Tú eras la voz.
—Algunas veces.
Atherion apretó los puños.
—¿Por qué nunca viniste?
Valkar permaneció en silencio. Y aquella ausencia de respuesta fue peor que cualquier explicación.
—¿Por qué dejaste que me llamaran Destructor?
El dragón cerró los ojos.
—Porque durante demasiado tiempo creí que si aceptaba el nombre que me dieron, podría cargar con aquello que no supe impedir.
Atherion sintió que las piernas le fallaban. Amariel se acercó, pero esta vez no lo tocó. No podía. Aquella era una herida que nadie podía cerrar por él. El Primer Ser Libre levantó el libro.
—Ahora lo entiendes.
Atherion lo miró.
—No.
La palabra salió baja.
—Ahora entiendo menos.
La figura sonrió.
—Entonces todavía queda mucho por perder.
Las sombras comenzaron a avanzar. Thalora levantó una mano. El agua se interpuso. Aeudan lanzó una llamarada que atravesó las sombras.
—No —dijo el Custodio de Ignator—. Esta vez no decidirás por ellos.
El fuego golpeó la oscuridad. El Primer Ser Libre retrocedió. La sombra desapareció.
Pero Valkar permaneció. Atherion seguía frente a él. El dragón lo observó.
—No necesito que me perdones.
Atherion respiró profundamente.
—No sé si puedo hacerlo.
—Lo sé.
—No sé si eres mi padre o el monstruo que todos dicen.
Valkar cerró los ojos.
—Yo tampoco sé quién soy todavía.
Aquella respuesta sorprendió incluso a Atherion.
El Primer Dragón. El ser que había vivido antes de los reinos.
El guardián del Equilibrio. No sabía quién era.
Y por primera vez Atherion comprendió que aquella confusión no pertenecía solamente a él.
Valkar había perdido partes de sí mismo mucho antes de que Atherion naciera.
Entonces el dragón miró a Amariel.
—Ahora viene la decisión.
Ella levantó la cabeza.
—¿Qué decisión?
Valkar no respondió. Su mirada pasó de Atherion a ella. Después volvió hacia Atherion.
—El mundo ya te ha dado un nombre.
Atherion entendió. Destructor. El nombre que lo había perseguido.
El nombre que había hecho que los guardias de Ignator lo miraran con miedo.
El nombre que había aparecido en los libros.
El nombre que había sido utilizado para explicar aquello que nadie quería comprender.
Pero ahora existía otro nombre. Hijo. Y entre ambos nombres se encontraba la decisión de Amariel.
Las aguas comenzaron a cambiar. El grupo entero sintió que algo estaba a punto de suceder.
Aureon miró a Amariel. Recordó la Ciudad de Atenea.
La marca. La estrategia. Las preguntas que su madre nunca había respondido.
Por primera vez comprendió que quizá la respuesta que buscaba no estaba en los libros.
Zaphira miró a Lysandra. Recordó su propio reflejo.
La verdad que había reconocido bajo las aguas.
No podía seguir fingiendo que amar a alguien era solamente cumplir un deber.
Lysandra tomó su mano. No dijo nada. No necesitaban hacerlo.
Rangar observó a Atherion. El mismo joven al que había amenazado en Ignator.
El mismo al que su pueblo había llamado Destructor.
Después recordó la prueba. El fuego. Las consecuencias.
Y comprendió que volver a juzgarlo por una historia que no conocía sería exactamente repetir aquello que acababan de aprender.
Brumm se adelantó un paso. No para atacar.
Para permanecer. Kael miró a Amariel. Por primera vez sintió el impulso de detenerla.
Y por primera vez decidió no hacerlo. Ella debía elegir.
Aunque la elección pudiera dolerle. Aunque no estuviera de acuerdo.
Aunque tuviera miedo. Aither se colocó detrás de Atherion.
Lumen permaneció junto a Amariel. Los dos animales parecían comprender que aquel instante no pertenecía a ellos.
Pertenecía a los dos jóvenes. Valkar habló.
—El mundo lo llamó Destructor.
Atherion cerró los ojos.
—Y tú lo llamaste hijo.
Valkar miró a Amariel.
—¿Qué vas a hacer?
Amariel observó a Atherion. Durante todo el viaje había intentado explicar aquella conexión.
Había hablado del llamado, del Equilibrio, de los sueños compartidos, de las visiones, de la misión, de los reinos, de la posibilidad de que sus caminos estuvieran unidos por algo mucho más grande que ellos.
Pero en aquel instante comprendió algo. Si elegía a Atherion porque el Equilibrio lo necesitaba, entonces no sería una elección.
Si elegía quedarse porque una profecía lo había escrito, tampoco.
Si se alejaba de él porque tenía miedo de equivocarse, estaría dejando que el miedo decidiera.
Y si lo abandonaba solamente porque el mundo lo llamaba Destructor, estaría aceptando una historia que nadie le había permitido cuestionar.
Amariel dio un paso. Atherion levantó la mirada. Ella se acercó hasta quedar frente a él.
—No sé quién serás mañana.
Atherion no respondió.
—No sé qué hiciste antes de conocerme. No sé qué ocurrió con tu padre. No sé qué ocurrió realmente entre Valkar y el Primer Ser Libre. No sé qué nos espera cuando salgamos de aquí.
Atherion tragó saliva.
—Amariel...
Ella negó suavemente.
—Déjame terminar.
El joven guardó silencio.
—Pero sí sé quién eres conmigo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sé que cuando tuve miedo, no huiste. Sé que cuando todos te llamaron Destructor, nunca intentaste obligarme a creer otra cosa.
Sé que pudiste usar tu poder contra nosotros y no lo hiciste.
Sé que me has dejado decidir incluso cuando tú no estabas de acuerdo.
Y sé que, cuando pude alejarme de ti, elegí quedarme.
Atherion cerró los ojos. Amariel levantó una mano y tocó suavemente su rostro.
—Eso no lo decidió el Equilibrio.
El medallón comenzó a brillar.
—Lo decidí yo.
Valkar observó la escena. Sus enormes ojos morados se llenaron de algo que parecía dolor y alivio al mismo tiempo. Amariel respiró profundamente. Y entonces pronunció la decisión que había estado evitando desde el principio.
—Lo elijo a él.
Atherion abrió los ojos. El mundo entero respondió. Las aguas del santuario se elevaron. El fuego de Aeudan se encendió. Las seis fuerzas aparecieron alrededor del grupo. Aire. Agua. Fuego. Tierra. Luz. Sombra. Pero ninguna intentó dominar a las demás. Se entrelazaron.
El Árbol de la Vida apareció en el centro de la visión, extendiendo sus raíces hacia todos ellos.
Atherion llevó una mano al pecho. El medallón se abrió y la pieza que había reunido durante el viaje encajó finalmente en su lugar, pero no mostró toda la verdad.
Solo una parte. El rostro de Nyxaria. La mano de Valkar sosteniendo el medallón.
Un recién nacido. Atherion. Y una última imagen: Atenea observando desde lejos.
La visión desapareció antes de mostrar qué había ocurrido después.
Atherion cayó de rodillas. Amariel lo sostuvo.
Y en ese instante algo cambió en él. No dejó de sentir miedo.
No dejó de sentir rabia. No perdonó a Valkar.
No aceptó de pronto toda la historia. Pero dejó de intentar ser aquello que otros habían decidido que era.
Miró al dragón.
—No sé si puedo llamarte padre.
Valkar inclinó la cabeza.
—No tienes que hacerlo.
Atherion respiró.