Crónicas del Equilibrio Ancestral CAPÍTULO 14 — LA DECISIÓN
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CAPÍTULO 14 — LA DECISIÓN

«Cuando el pasado reclama lo que cree suyo, solo el corazón puede decidir a quién pertenece el futuro.»

El corazón del océano no se parecía a ningún lugar que hubieran visto antes.

Muy por debajo de las ciudades de Elaria, donde las corrientes luminosas atravesaban enormes arcos de cristal y las montañas submarinas parecían sostener el fondo del mundo, existía una cámara circular rodeada por agua en movimiento.

No había paredes visibles; solo columnas de corriente que subían y descendían alrededor de una plataforma central, formando un espacio suspendido entre el océano y algo mucho más antiguo.

En el centro permanecía el estanque donde cada uno había visto aquello que realmente amaba, aquello que había intentado esconder detrás del deber, del orgullo, del miedo o de las expectativas de otros. Ahora las aguas estaban quietas.

Thalora permanecía frente a ellos en su forma humana, con el cabello plateado flotando alrededor de sus hombros y los ojos azules fijos en el grupo.

A unos pasos, la pequeña criatura de fuego había aparecido nuevamente sobre una roca: Aeudan, el Custodio de Ignator, todavía en su forma de zorro, con las pequeñas llamas recorriendo su cola y sus patas.

No había llegado con ellos. Simplemente estaba allí, como si el fuego hubiera encontrado un camino hasta las profundidades del océano.

Rangar fue el primero en darse cuenta. Miró al pequeño zorro y después a Thalora, intentando comprender por qué ambos Custodios se encontraban allí.

—Tú dijiste que no volverías hasta que necesitáramos recordar algo.

El pequeño zorro abrió los ojos.

—Y ahora lo recuerdan.

Su voz no sonaba como la de un adolescente ni como la de una criatura diminuta.

Era una voz antigua escondida dentro de un cuerpo joven, una voz que parecía haber esperado mucho tiempo para pronunciar aquellas palabras.

Thalora permaneció en silencio, dejando que ambos Custodios ocuparan el espacio sin explicar por qué estaban allí.

Brumm miró primero al zorro y después a la mujer.

Aureon comprendió que aquello no era una nueva prueba, o al menos no una prueba como las anteriores.

Kael se acercó un poco a Amariel, mientras Zaphira y Lysandra permanecían juntas.

Atherion, en cambio, había dejado de mirar a los Custodios.

Su atención estaba fija en el centro del estanque. Algo allí estaba llamándolo.

—No hemos terminado —murmuró.

Amariel lo escuchó.

—No.

Atherion llevó una mano al medallón. El objeto respondió.

La luz que apareció esta vez no fue dorada ni azul.

Fue una mezcla de ambas, atravesada por pequeños destellos violetas que se extendieron por el agua como grietas de luz.

Thalora dio un paso atrás. Aeudan dejó de mover la cola.

Aither levantó la cabeza y sus ojos azules se fijaron en la corriente central.

Lumen se acercó a Amariel, erizando ligeramente el pelaje de su lomo.

Por primera vez desde que habían comenzado aquel viaje, las criaturas que acompañaban a los herederos parecían reconocer algo que estaba más allá de ellos.

El agua comenzó a girar y, entonces, aparecieron las voces.

No una, sino decenas. Algunas eran claras, otras apenas susurros.

Unas pronunciaban nombres que los viajeros reconocían; otras hablaban en lenguas antiguas que ninguno comprendía.

Eran voces de personas que habían vivido antes de los reinos, voces de quienes habían elegido, perdido, amado, huido, gobernado y caído.

Eran las voces que habían quedado atrapadas en los fragmentos de memoria, en las ruinas, en los medallones, en los símbolos y en las historias incompletas que habían seguido a los herederos desde el principio.

—¿Qué está pasando? —preguntó Kael.

Thalora no apartó la mirada del agua.

—El pasado ha encontrado una puerta.

Aureon apretó el libro contra su pecho.

—¿Y quién la abrió?

Aeudan respondió desde la roca.

—Ustedes.

La corriente explotó en silencio. No hubo estruendo.

No hubo una onda que golpeara el cuerpo.

Simplemente, durante un instante, el mundo dejó de parecer real.

Las columnas de agua se congelaron en el aire y las luces de Elaria quedaron suspendidas alrededor de ellos.

En medio de aquella quietud apareció una imagen: un mundo unido.

El mismo que habían visto antes. Pero esta vez pudieron verlo completo.

No había seis reinos. No existían las fronteras que ahora conocían.

Las montañas no pertenecían a Verdia, los bosques no tenían dueño, las aguas no estaban separadas de las tierras, y la luz y la sombra no eran consideradas fuerzas enemigas.

Había ciudades construidas alrededor de grandes árboles, templos que se elevaban sobre el agua, criaturas de fuego caminando junto a pueblos humanos y dragones atravesando los cielos sin que nadie levantara armas contra ellos.

En el centro de aquel mundo se encontraba el Árbol de la Vida, todavía joven, rodeado por seis símbolos y un séptimo espacio que parecía no pertenecer a ninguno.

Amariel sintió que la marca de su mano comenzaba a arder. Aureon dio un paso hacia la visión.

—Ese símbolo...

Lo reconocía. Era el mismo que había visto en los antiguos registros de Alfheim.

La imagen cambió. Ahora aparecía Atenea.

No estaba sola. A su lado se encontraba Zeus, y frente a ellos permanecían varias figuras que no parecían dioses.

Eran seres libres. Personas que habían nacido sin haber recibido un destino escrito.

Entre ellos se encontraba aquel joven que habían visto anteriormente sosteniendo el libro. Aureon contuvo el aliento.

—Él.

El joven levantó el libro. Atenea habló, pero esta vez las voces llegaron hasta ellos.

—No podemos elegir por ellos.

Zeus respondió:

—Entonces debemos permitir que elijan.

La escena cambió nuevamente. En otra parte del mundo, un dragón enorme descendió entre las montañas.

Valkar. No lo llamaban todavía por ese nombre.

Era el Primer Dragón. Sus escamas reflejaban todos los colores de los seis elementos y sus ojos tenían una profundidad que parecía contener siglos.

No era una criatura dominada por la oscuridad.

No era un monstruo. Era un ser que había sido creado para custodiar aquello que todavía no entendía completamente.

Y junto a él estaba Nyxaria. Atherion dejó de respirar.

Su madre parecía mucho más joven que en los recuerdos que había conservado.

Caminaba junto al dragón sin miedo. En su mano llevaba un objeto que Atherion reconoció inmediatamente: el medallón.

—Mamá...

La imagen avanzó. Nyxaria levantó la mirada hacia Valkar.

—No puedes protegerlos de sus decisiones.

El dragón inclinó la cabeza.

—Lo sé.

—Entonces deja que elijan.

Valkar cerró los ojos.

—¿Y si se equivocan?

Nyxaria lo observó durante unos segundos.

—Entonces tendrán que vivir con lo que elijan.

Atherion sintió que algo dentro de él se rompía.

No porque la escena fuera dolorosa, sino porque era demasiado familiar.

Aquella conversación explicaba algo que llevaba semanas sintiendo sin comprender: el Equilibrio nunca había prometido salvarlos de las consecuencias.

Solo les había dado la posibilidad de elegir.

La imagen volvió a cambiar. Ahora aparecía el primer ser libre. El joven del libro estaba frente a Valkar.

—Te culparán —dijo.

El dragón lo miró.

—¿Por qué?

—Porque eres el más poderoso.

Valkar no respondió.

—Cuando todo se rompa, necesitarán un responsable —continuó el joven—. Y tú serás el más fácil de señalar.

—¿Y tú?

El joven bajó la mirada hacia el libro.

—Yo solo les di la posibilidad de elegir.

La visión se oscureció. Una grieta apareció sobre el mundo.

Después otra. Y otra. No fue una sola decisión.

Fueron cientos. Miles. Pequeñas decisiones tomadas por personas que creyeron estar protegiendo a alguien.

Otras tomadas por orgullo. Otras por miedo.

Algunas por amor. Algunas por desesperación.

Cada una provocaba una consecuencia. Cada consecuencia provocaba otra decisión.

El mundo no se quebró de una sola vez. Se fue quebrando poco a poco, hasta que los seis reinos terminaron separados, hasta que las historias cambiaron, hasta que los nombres se perdieron,

hasta que algunos comenzaron a culpar a otros y hasta que el Primer Dragón quedó atrapado en una historia que ya no recordaba cómo había comenzado.

Atherion cayó de rodillas. Amariel corrió hacia él.

—¡Atherion!

Esta vez él no la detuvo. Ella se arrodilló frente a él y tomó su rostro entre las manos.

—Mírame.

Atherion levantó los ojos. Y entonces ocurrió.

La figura apareció detrás de ellos. Primero fueron las sombras.

Después las alas. Luego el enorme rostro.

Los ojos. Morados. Enormes. Antiguos. Dolidos.

Valkar. El Primer Dragón emergió de la visión como si el agua hubiera dejado de ser agua y se hubiera convertido en una puerta.

Su rostro ocupó el espacio frente a ellos y todos retrocedieron al sentir aquella presencia.

Aither se adelantó, extendiendo las alas.

Aeudan bajó de la roca. Thalora permaneció inmóvil.

Valkar miró al grupo. Después miró a Atherion.

Y algo cambió en sus ojos. Reconocimiento.

Dolor. Miedo. Amor. Todo mezclado en una expresión que ninguno de ellos había visto jamás en un ser tan poderoso. Atherion no podía apartar la mirada.

—¿Quién eres?

El dragón abrió la boca. Pero antes de responder, una voz diferente atravesó el lugar.

Una voz que habían escuchado anteriormente.

La voz que había llamado desde las ruinas.

La voz que había dicho vengan a mí. La sombra apareció detrás de Valkar.

El Primer Ser Libre. El joven del libro.

Ya no parecía joven. Su rostro estaba marcado por los años, por la culpa y por algo que parecía haber crecido junto con la historia. El libro permanecía en sus manos.

—Él es el Destructor —dijo.

Atherion se puso de pie.

—¿Quién?

La figura señaló al dragón.

—El que permitió que todo esto ocurriera.

Valkar cerró los ojos. Las sombras comenzaron a rodearlo.

—No.

La voz de Valkar salió profunda, quebrada.

—Yo no...

El Primer Ser Libre continuó.

—Él no eligió salvarlos.

—No podía elegir por ellos —respondió Valkar.

—Y por eso murieron.

El mundo alrededor comenzó a cambiar. Ciudades ardiendo. Pueblos divididos. Dragones encadenados. Seres huyendo. Personas acusándose unas a otras. Valkar intentó avanzar, pero las sombras comenzaron a sujetarlo. Atherion observó la escena horrorizado.

—¡Déjalo!