CAPÍTULO 13 — EL CORAZÓN DEL OCÉANO #3
Y cuando Amariel se alejaba para seguir su propio camino, Kael no intentaba detenerla.
Sonrió.
—Eso es lo que quiero.
No el trono.
No solamente.
Quería convertirse en alguien digno de ocuparlo.
Lysandra se encontró frente a un reflejo diferente al de Zaphira.
La vio durante años.
La vio como princesa.
Como amiga.
Como alguien a quien debía proteger.
Pero las imágenes no terminaban allí.
Aparecieron momentos que ni siquiera ella había querido nombrar.
La forma en que buscaba a Zaphira entre una multitud.
La manera en que su voz cambiaba cuando la princesa estaba herida.
La preocupación que sentía cuando Zaphira desaparecía demasiado tiempo.
El modo en que se quedaba a su lado incluso cuando no existía ninguna obligación.
Lysandra cerró los ojos.
—Siempre pensé que era mi deber.
El reflejo de Zaphira apareció frente a ella.
—¿Y ahora?
Lysandra abrió los ojos.
—Ahora sé que no era solamente eso.
No necesitó decir más.
Aureon, en cambio, no vio un futuro.
Vio un pasado.
Era pequeño.
Corría por los salones de Alfheim mientras las voces de los dioses llenaban las enormes cámaras de luz. Zeus aparecía como una figura poderosa, imponente. Atenea estaba cerca, observándolo con aquella mirada que parecía analizarlo incluso cuando él todavía era un niño.
Aureon recordó lo que había significado crecer bajo la sombra de dos seres extraordinariamente poderosos.
El conocimiento.
La estrategia.
El poder.
La expectativa.
Ser hijo de dioses significaba, en su mente infantil, tener respuestas.
Pero el recuerdo cambió.
Ahora estaba en el presente.
Frente a un mundo que no comprendía.
Frente a libros que ya no contenían todas las respuestas.
Frente a una madre que ocultaba cosas.
Y entonces apareció Amariel.
No como una respuesta.
Como una pregunta.
Aureon observó la forma en que ella miraba el mundo. La manera en que calculaba distancias, posiciones y posibilidades. El símbolo que llevaba. La marca que había visto reaccionar.
Algo en ella le resultaba demasiado familiar.
—La estrategia...
El agua respondió mostrando el rostro de Atenea.
Después el de Amariel.
No eran iguales.
Pero había una semejanza que Aureon no podía ignorar.
—¿Qué eres?
La visión desapareció antes de responder.
Aureon quedó solo con la pregunta.
Atherion fue el último.
Cuando el agua apareció frente a él, no mostró a Amariel.
Tampoco mostró a Nyxaria.
Al principio.
Solo oscuridad.
Después una figura apareció.
Un hombre.
No podía ver su rostro.
Atherion dio un paso hacia él.
La escena cambió.
Había una mujer.
Nyxaria.
Estaba sosteniendo algo entre sus manos.
El medallón.
Atherion sintió que el suyo ardía contra su pecho.
La escena cambió nuevamente.
Una enorme criatura apareció detrás de ella.
Escamas.
Alas.
Una presencia tan antigua que parecía llenar todo el mundo.
Atherion sintió que el aire le faltaba.
La criatura se acercó a Nyxaria.
No había violencia.
No había odio.
Había algo más difícil de comprender.
Dolor.
Atherion quiso avanzar.
—¿Quién eres?
La figura volvió el rostro.
La imagen se quebró.
Antes de desaparecer, escuchó una voz.
—Todavía no.
Atherion abrió los ojos.
Estaba nuevamente en el santuario.
Todos habían regresado.
Amariel estaba frente a él.
Zaphira tenía los ojos húmedos.
Rangar permanecía en silencio.
Brumm respiraba profundamente.
Kael miraba a su hermana.
Lysandra permanecía junto a Zaphira.
Aureon sostenía su libro con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
Ninguno preguntó inmediatamente qué había visto el otro.
No hacía falta.
Algo había cambiado en todos.
Thalora apareció frente a ellos.
Su forma humana parecía más luminosa bajo las corrientes del santuario. Detrás de ella, el agua comenzó a girar lentamente hasta formar la silueta de la enorme mantarraya que habían visto antes.
—Ahora saben algo que antes no sabían.
Aureon levantó la mirada.
—Pero no sabemos qué significa.
Thalora sonrió.
—Saber no siempre significa comprender.
Atherion sostuvo su mirada.
—¿Y ahora qué?
La Custodia observó al grupo.
—Ahora siguen caminando.
La corriente se abrió detrás de ella.
Por un instante, todos pudieron ver nuevamente el corazón de Elaria: el enorme santuario, las corrientes luminosas, las criaturas que atravesaban el agua y la ciudad extendiéndose en todas direcciones.
Fenrhael permanecía al otro lado de la corriente.
No los llamó.
No los acompañaría.
Solo inclinó la cabeza.
Thalora avanzó hacia ellos.
—Desde este momento, yo caminaré con ustedes.
Lumen se acercó a Amariel y se acomodó junto a ella. Aither extendió ligeramente las alas antes de seguir a Atherion. El resto comenzó a avanzar detrás de la nueva Custodia.
Amariel caminó unos pasos en silencio.
Atherion estaba a su lado.
Ninguno mencionó lo que había visto.
Pero cuando sus manos estuvieron a punto de rozarse mientras avanzaban, ninguno de los dos se apartó.
Y, bajo las aguas de Elaria, mientras la ciudad continuaba respirando alrededor de ellos, el camino volvió a abrirse.
Esta vez, hacia un lugar donde las respuestas serían todavía más peligrosas que las preguntas.