CAPÍTULO 13 — EL CORAZÓN DEL OCÉANO #2
No explicó más.
Atherion, que permanecía cerca de la entrada, miró la pieza durante un instante. El medallón que llevaba bajo la ropa reaccionó con un leve calor contra su pecho.
No dijo nada, pero Amariel lo notó.
Antes de que pudiera preguntarle, una corriente recorrió la tienda y apagó por un instante varias de las luces. Atherion llevó una mano hacia el medallón.
La sensación desapareció.
—¿Estás bien? —preguntó Amariel.
Atherion la miró.
—Sí.
Ella sostuvo sus ojos violetas durante unos segundos, sabía que no era toda la verdad pero también sabía que todavía no estaba listo para contarla.
Cuando abandonaron la tienda, continuaron hacia el centro de la ciudad. Las calles se hicieron más amplias y las construcciones más antiguas. Allí el agua parecía moverse siguiendo un orden preciso. No era solamente una corriente; era como si toda Elaria respirara al mismo ritmo.
Entonces llegaron a una gran plaza circular.
En el centro había una corriente que descendía desde lo alto y giraba alrededor de una estructura de cristal. En su interior podía verse una esfera luminosa que latía lentamente.
Zaphira dejó de caminar.
—El Santuario de las Corrientes.
Lysandra se acercó a ella.
—Aquí empieza el camino hacia el corazón del océano.
Sylthara permaneció unos pasos detrás del grupo. Su mirada recorrió el santuario y después se dirigió hacia la corriente central.
—Hasta aquí puedo acompañarlos.
Amariel giró hacia ella
—¿Qué significa eso?
Sylthara sonrió con serenidad.
—Que este lugar no me pertenece.
La corriente comenzó a intensificarse.
—Cada Custodia tiene un límite —continuó—. Yo les enseñé que las decisiones son el principio del camino. Pero el agua guarda otro tipo de verdad.
Sylthara retrocedió.
—La siguiente parte del camino no la haré con ustedes.
No hubo dramatismo en sus palabras. Solo aceptación.
Lumen se acercó a Amariel y rozó su pierna con el cuerpo. Aither permaneció junto a Atherion, observando la corriente.
—¿Y quién nos guiará? —preguntó Kael.
La respuesta llegó desde las profundidades, una enorme sombra atravesó la corriente, primero parecía una nube, después una criatura.
Dos grandes alas se extendieron a ambos lados del santuario mientras una mantarraya gigantesca emergía desde el centro del agua.
Su cuerpo era inmenso, elegante y silencioso, cubierto por tonalidades plateadas y azul profundo.
Sus ojos brillaban con una inteligencia antigua mientras avanzaba entre ellos sin alterar la corriente.
Todos permanecieron inmóviles, la criatura giró alrededor del grupo y después descendió lentamente hasta el centro del santuario.
El agua comenzó a elevarse, la mantarraya desapareció dentro de ella y una figura humana apareció donde había estado la criatura.
Era una mujer de aspecto joven, aunque su mirada pertenecía a alguien mucho más antiguo.
Su cabello largo y plateado flotaba alrededor de su rostro incluso cuando el agua permanecía quieta, y sus ojos azules parecían contener la profundidad de todo el océano.
Vestía telas blancas y azuladas que se movían con las corrientes, adornadas con detalles delicados que recordaban escamas y gotas de agua.
En el centro de su frente llevaba un pequeño cristal azul.
Miró a cada uno, finalmente, habló.
—El agua recuerda aquello que el mundo intenta olvidar.
Atherion dio un paso al frente.
—¿Quién eres?
La mujer lo observó.
—Thalora.
Syltharal inclinó ligeramente la cabeza.
—Custodia Primordial del Océano.
Thalora dirigió la mirada hacia ella
—Y desde este momento, ellos caminarán conmigo.
Sylthara sonrió.
—Entonces mi parte del camino ha terminado.
Amariel sintió una extraña tristeza al escucharlo, pero no tuvo tiempo de responder. La corriente comenzó a cerrarse alrededor de ellos.
Thalora levantó una mano.
—No teman al agua.
Su mirada pasó de uno a otro.
—Aquí no encontrarán aquello que más temen.
El santuario desapareció.
Durante un instante, Amariel no sintió nada.
Después abrió los ojos.
Estaba sola.
Frente a ella había una superficie de agua perfectamente quieta. No reflejaba su rostro. Reflejaba una escena.
Atherion estaba allí.
No como el rey de Umbrath.
No como el supuesto Destructor.
No como el heredero de un pasado que nadie comprendía.
Simplemente estaba allí.
Amariel lo observó mientras caminaba hacia ella.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó.
Atherion sonrió ligeramente.
—Eso debería preguntártelo yo.
Ella bajó la mirada.
—Porque estamos conectados.
El reflejo cambió, ahora aparecían ambos frente al Árbol de la Vida, después en Sylvaris, después caminando entre ruinas, después luchando juntos.
Pero ninguna de esas imágenes mostraba una profecía, mostraban decisiones, momentos en los que Amariel había elegido acercarse a él aunque no estuviera obligada, momentos en los que había buscado su mirada.
Momentos en los que se había preocupado por él incluso cuando nadie se lo había pedido.
La superficie del agua volvió a cambiar, Amariel comprendió entonces algo que había intentado evitar desde el principio.
No era solamente la conexión, no era solamente el Equilibrio, no era solamente el destino.
Lo que sentía por Atherion existía incluso cuando nadie se los pedía, incluso si el mundo desaparecía, incluso si el llamado nunca hubiera ocurrido.
Ella lo habría elegido, el pensamiento la golpeó con tanta fuerza que dio un paso atrás.
—No...
La voz de Thalora apareció en la distancia.
—No debes responder todavía.
Amariel levantó la mirada.
—¿Entonces qué debo hacer?
—Reconocer lo que existe.
La imagen de Atherion volvió a aparecer, Amariel no dijo que lo amaba, todavía no pero por primera vez dejó de esconderse detrás de la palabra conexión.
En otro espacio del santuario, Zaphira caminaba entre columnas de agua.
Frente a ella aparecía Lysandra una y otra vez, en distintos momentos de su vida.
Cuando eran niñas. Cuando entrenaban. Cuando discutían.
Cuando Lysandra permanecía a su lado durante las ceremonias más difíciles.
Cuando la protegía de las miradas de la corte.
Cuando la miraba sin ver a una princesa.
Zaphira intentó sonreír.
—Es mi mejor amiga.
El agua no respondió.
La imagen cambió.
Lysandra aparecía frente a ella sin uniforme de sacerdotisa ni armas. Solo como mujer.
Zaphira sintió que algo dentro de ella se quebraba.
No era tristeza.
Era la última barrera que había construido alrededor de una verdad que llevaba demasiado tiempo evitando.
—No.
El reflejo permaneció.
Zaphira cerró los ojos.
—No es solamente eso.
La voz de Lysandra apareció detrás de ella.
—Entonces ¿qué es?
Zaphira se volvió.
Por un instante quiso responder como princesa.
Quiso hablar de deber, reino, responsabilidad y futuro.
Pero no pudo.
—Eres tú.
Lysandra no se acercó.
No decidió por ella.
Solo permaneció allí.
Zaphira entendió que aquello era precisamente lo que más había amado de ella desde el principio.
Nunca había intentado decidir quién debía ser.
Mientras tanto, Rangar se encontró frente a una versión mucho más joven de sí mismo.
Rhaelia estaba allí. Su hermana gemela corría por un campo de entrenamiento, se burlaba de él después de vencerlo y luego regresaba para ayudarlo a levantarse.
La escena cambió y aparecieron ambos adolescentes discutiendo sobre Ignaroth, sobre el lugar que cada uno debía ocupar y sobre aquello que el reino esperaba de ellos.
Después llegó el momento de su partida.
Rhaelia se alejaba.
Rangar observó la escena sin poder moverse.
Durante años había convertido aquella partida en una historia sencilla: ella había elegido irse.
Pero el agua le mostró lo que había escondido debajo de esa explicación.
La había extrañado.
Había esperado que regresara.
Había sentido que una parte de él se iba con ella.
Y, sobre todo, nunca se había perdonado por no haber encontrado una forma de detenerla sin convertirse en aquello contra lo que ella luchaba.
Rangar apretó los puños.
—Era mi hermana.
La imagen desapareció.
—Lo sigue siendo —respondió Thalora.
Rangar respiró lentamente.
Por primera vez no intentó convertir el dolor en orgullo.
En otro espacio, Brumm se encontró frente a su propio reflejo. Primero vio al gigante que todos conocían: enorme, fuerte, capaz de cargar árboles, derribar criaturas y enfrentarse a enemigos que otros no podían detener. Después el reflejo cambió.
Vio al muchacho que ayudaba a otros sin esperar reconocimiento.
Al amigo que hacía bromas cuando todos estaban tensos.
Al joven que había salvado a un animal porque no soportaba verlo sufrir.
Vio sus propias lágrimas después de la muerte de su padre.
Y comprendió que ninguna de aquellas cosas disminuía su fuerza.
Su reflejo permaneció frente a él.
—Soy un gigante —dijo.
La figura del agua sonrió.
—Sí.
Brumm levantó el rostro.
—Pero no solamente por mi tamaño.
El agua comenzó a rodearlo.
Y esta vez no tuvo que demostrar nada.
Kael encontró otro futuro.
Se vio sentado en el trono de Sylvaris.
Pero la visión no era gloriosa.
Había personas esperando órdenes.
Consejeros hablando.
Guerreros buscando dirección.
Y Amariel frente a él.
No como alguien que necesitara ser protegida.
Como alguien que esperaba que su hermano respetara su decisión.
Kael observó la escena.
Comprendió que había pasado demasiado tiempo intentando protegerla de caminos que ella tenía derecho a recorrer.
Después vio otro futuro.
En ese, seguía siendo heredero.
Seguía siendo príncipe.
Pero escuchaba antes de ordenar.
Protegía sin encerrar.
Lideraba sin apropiarse de las decisiones de otros.