Crónicas del Equilibrio Ancestral CAPÍTULO 13 — EL CORAZÓN DEL OCÉANO
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CAPÍTULO 13 — EL CORAZÓN DEL OCÉANO

«El agua no pronuncia aquello que temes encontrar; revela aquello que tu corazón ya sabía amar.»

El camino hacia Elaria comenzó mucho antes de que pudieran ver el océano.

Durante horas habían seguido una antigua ruta que descendía entre montañas hasta convertirse en un sendero de piedra húmeda, cubierto por una bruma cada vez más densa.

El paisaje había ido cambiando poco a poco; primero desaparecieron los árboles altos, después las raíces que habían acompañado su camino y finalmente las montañas comenzaron a abrirse frente a ellos, dejando escuchar, a lo lejos, el sonido profundo de las olas.

Rangar fue el primero en detenerse cuando el horizonte azul apareció entre dos enormes paredes de roca.

El príncipe de Ignaroth observó aquella extensión interminable con los brazos cruzados, mientras el viento marino agitaba su cabello rojo y le hacía entrecerrar los ojos.

—No me gusta cómo termina este camino —murmuró.

Brumm soltó una carcajada mientras acomodaba sobre el hombro parte de su equipaje.

—Termina en el mar.

—Precisamente.

Zaphira sonrió al escucharlo y continuó caminando junto a Lysandra.

Para ellas, aquel paisaje no representaba una amenaza.

El olor de la sal, el movimiento de las corrientes y el sonido de las olas parecían despertar algo familiar en ambas.

Sus cabellos se movían con el viento mientras avanzaban hacia la costa, y por primera vez desde que habían abandonado los demás reinos, Zaphira parecía completamente cómoda con el lugar que se abría ante ellos.

—A un chico de un volcán no pueden simplemente sumergirlo y esperar que todo salga bien —protestó Rangar.

Zaphira giró hacia él con una sonrisa divertida.

—Vamos, chico fuego. Nosotras entramos en las entrañas de un volcán.

Lysandra añadió, sin perder la serenidad:

—Tú puedes sobrevivir al corazón del océano.

Rangar la miró durante unos segundos.

—Eso no me tranquiliza.

—No era la intención —respondió ella.

La risa de Brumm se extendió por el grupo y hasta Atherion dejó escapar una pequeña sonrisa antes de volver la mirada hacia el mar.

Aquella ligereza resultaba extraña después de todo lo que habían vivido, pero precisamente por eso parecía necesaria.

Habían atravesado pruebas, visto recuerdos que no comprendían y cargaban preguntas que aumentaban con cada paso.

Durante unos minutos pudieron ser simplemente ocho jóvenes viajando juntos, discutiendo sobre quién tendría más problemas bajo el agua.

Atherion se acercó entonces al borde de la costa y abrió uno de los compartimentos de su equipaje.

Sacó varios dispositivos pequeños, metálicos y de diseño delicado.

Cada uno tenía una estructura curva que se ajustaba sobre la nariz y la boca, con pequeños filamentos azulados que se encendieron en cuanto los activó.

Rangar tomó uno entre los dedos y lo examinó con desconfianza.

—¿Eso qué es?

—Un respirador.

—¿Y funciona?

Atherion lo miró con una calma casi irritante.

—Si no funcionara, no te lo estaría dando.

Brumm tomó otro y lo observó por ambos lados.

—¿Cuánto dura?

—No tiene límite mientras permanezca activo.

Aureon levantó las cejas. Incluso él, acostumbrado a estudiar objetos antiguos y tecnología de otros reinos, parecía sorprendido.

—Esto no es magia.

—No.

—Entonces, ¿qué es?

Atherion guardó los demás dispositivos.

—Tecnología.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que varios intercambiaran miradas.

Umbrath siempre había sido descrito como un reino de sombras, secretos y criaturas peligrosas.

Nadie les había hablado de aquello. Atherion, sin embargo, parecía considerar el dispositivo algo tan cotidiano como una espada.

—Definitivamente tienes demasiados secretos —murmuró Aureon.

—Eso ya lo sabías.

Atherion fue el primero en entrar al agua.

La superficie se cerró sobre él sin resistencia.

Su cuerpo descendió unos metros y, en lugar de necesitar uno de los dispositivos, simplemente continuó respirando.

Su sangre primordial respondía al océano de una manera que ninguno de los demás podía imitar.

Bajo el agua, sus movimientos cambiaron ligeramente; su cuerpo parecía adaptarse a la presión y a las corrientes, como si una parte de aquella profundidad reconociera algo antiguo en él.

Aither descendió detrás de su compañero y sus enormes alas doradas se plegaron contra su cuerpo para permitirle avanzar.

Zaphira y Lysandra tampoco necesitaron ayuda.

Entraron en el agua con naturalidad y comenzaron a descender como si caminaran por una calle conocida.

Sus orejas ligeramente puntiagudas, curvadas hacia abajo en la parte superior, se movían apenas con las corrientes, y sus ojos permanecieron abiertos sin dificultad.

Para ellas, el océano no era un lugar extraño. Era hogar.

Los demás activaron los respiradores.

Cuando Amariel se sumergió, sintió primero el cambio de presión y después la extraña tranquilidad de escuchar el mundo de una manera diferente. La voz de Kael llegó perfectamente a través del dispositivo, clara y cercana.

—¿Puedes respirar?

Amariel asintió.

—Perfectamente.

Rangar probó hablar.

—Yo también.

Brumm lo miró.

—No grites.

—No estoy gritando.

—Suena como si estuvieras gritando.

—¡No estoy gritando!

Lysandra se volvió hacia ellos.

—Ahora sí.

La carcajada de Zaphira se perdió entre las corrientes,descendieron juntos.

La luz de la superficie fue quedando atrás mientras el azul del océano se hacía más profundo.

A su alrededor aparecieron bancos de peces plateados que se desplazaban como una sola criatura, grandes sombras que cruzaban a lo lejos y jardines de coral que brillaban con tonos azules, violetas y turquesas.

Más abajo surgieron enormes formaciones rocosas y montañas sumergidas, algunas atravesadas por cascadas submarinas que descendían hacia abismos todavía más profundos.

Entre ellas comenzaron a aparecer estructuras, primero fueron pequeñas torres, después puentes, luego cúpulas, finalmente, Elaria apareció ante ellos.

La ciudad submarina se extendía entre montañas y valles del océano como una civilización construida para convivir con el agua y no para resistirla.

Torres blancas y azuladas se elevaban desde enormes plataformas, conectadas por puentes arqueados y avenidas transparentes.

Corrientes luminosas recorrían la ciudad como ríos suspendidos, atravesando jardines de coral y plazas donde criaturas marinas se desplazaban libremente.

Sobre ellos nadaban mantarrayas, tiburones y enormes bancos de peces, mientras pequeñas luces recorrían las estructuras como estrellas bajo el mar.

En el centro se levantaba el Palacio de Elaria.

No parecía un edificio separado del océano, sino parte de él.

Sus torres se curvaban como olas congeladas y alrededor de la estructura giraban corrientes luminosas que descendían desde la superficie hasta las profundidades.

Muy por encima, una enorme esfera de agua parecía contener el movimiento de todo el océano dentro de sí.

Amariel se quedó inmóvil unos segundos.

—Es hermoso.

Zaphira sonrió.

—Bienvenida a Elaria.

La entrada a la ciudad no estaba protegida por murallas.

Una enorme estructura circular se abrió frente a ellos y una corriente suave los condujo hacia el interior.

Los habitantes que pasaban cerca comenzaron a reconocer a Zaphira y Lysandra, inclinando ligeramente la cabeza a su paso.

Algunos miraban con curiosidad a los visitantes que utilizaban los respiradores, mientras otros observaban con evidente sorpresa a Atherion y Aither.

Atherion no pareció prestar atención, Amariel sí, había aprendido que las miradas podían decir cosas que las palabras nunca pronunciaban.

Aun así, Elaria era diferente. No había miedo evidente. Solo curiosidad.

La ciudad estaba llena de movimiento. Mercaderes recorrían plataformas con criaturas marinas, artesanos trabajaban materiales extraídos de las profundidades y pequeñas embarcaciones se desplazaban entre los canales interiores.

Había música proveniente de alguna plaza cercana y voces que se mezclaban con el sonido constante del agua.

Para los demás, aquella ciudad parecía imposible.

Para Zaphira y Lysandra era simplemente la vida cotidiana.

—¿Podemos quedarnos aquí unos días? —preguntó Brumm.

Zaphira lo miró.

—Acabamos de llegar.

—Precisamente. Ya me gusta.

Rangar señaló uno de los edificios cercanos.

—Yo quiero ver qué venden allí.

Lysandra siguió su mirada y descubrió una tienda cuya entrada estaba cubierta por pequeñas placas metálicas con formas de peces, conchas y corrientes.

—Armas —dijo.

Los ojos de Rangar se iluminaron.

—Eso sí lo entiendo.

La tienda resultó ser mucho más grande de lo que parecía desde fuera.

En su interior, las paredes estaban cubiertas de armas fabricadas con materiales que ninguno de ellos había visto antes: lanzas ligeras capaces de canalizar corrientes, espadas curvas diseñadas para moverse con rapidez bajo el agua,

arcos cuyos materiales parecían flexibles como algas y pequeñas hojas de metal capaces de cambiar de dirección cuando entraban en contacto con una corriente.

Rangar tomó una espada curva y la hizo girar con cuidado.

—Esto no pesa nada.

El artesano de Elaria, un hombre de piel clara y cabello oscuro recogido hacia atrás, sonrió.

—Bajo el agua, el peso cambia. Una espada que en tierra parecería ligera puede convertirse en un problema cuando la corriente decide llevarla por otro camino.

Rangar observó el arma con mayor interés.

—¿Y esta?

—Diseñada para guerreros que usan velocidad antes que fuerza.

Brumm tomó una lanza mucho más grande.

El artesano lo miró de arriba abajo.

—Esa sí puede servirte.

Brumm sonrió.

—Por fin alguien piensa en mi tamaño.

Rangar soltó una carcajada.

Mientras ellos examinaban las armas, Aureon encontró una pequeña pieza circular cubierta de símbolos antiguos. La levantó y la acercó a la luz.

—Esto no es únicamente un arma.

El artesano lo observó con atención.

—No.

Aureon frunció el ceño.

—¿Entonces qué es?

—Una pieza de navegación antigua. Perteneció a una época en la que Elaria todavía no estaba dividida en ciudades.

Aquella respuesta hizo que Aureon bajara lentamente la pieza.

Amariel lo observó.

—¿Antes de los seis reinos?

El hombre negó con la cabeza.

—Antes de muchas cosas.